El hombre y el Estado. Jacques Maritain

9788474900811.__mediano__Título: El hombre y el estado

Autor: Jacques Maritain

Editorial: Ediciones Encuentro

Año: 2002

Madrid, 220 págs, 15 Euros. Traducción de Juan Miguel Palacios

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por Armando Zerolo Durán. Prof. Ciencia Política Universidad CEU-San Pablo.

Apuntes para salir de la Edad Moderna

El hombre y el Estado vio la luz por primera vez en 1951 y desde entonces ha sido traducido a multitud de idiomas causando las más variadas reacciones.

En esta breve reseña de un libro sobradamente conocido queremos resaltar algunas de las opiniones que todavía hoy pueden arrojar algo de luz acerca de las líneas fundamentales que están guiando la salida de la Edad Moderna y configurando una nueva época. No pretendemos, por tanto, entrar a valorar la polémica acerca de su “democratismo”.

Es un hecho más o menos aceptado que ya no estamos en la modernidad ni somos modernos, que vivimos un fin de siècle, que algo se acaba para dar lugar a algo nuevo e incierto. La salida de la modernidad seguirá una vía moderna, trazada por los acontecimientos históricos de ese periodo y el carácter formado en ese tiempo. Ha sido la modernidad la que ha generado las condiciones de una nueva época. Igual que Alejandro fue discípulo de Aristóteles, que la ciudad medieval generó los caracteres del Estado Moderno, la novedad surgió de lo pasado en una tensión entre la continuidad y la discontinuidad. Toda época histórica tiene en sí el germen de algo nuevo y distinto a ella misma, y cuenta con el desgaste del tiempo que implica su propia caducidad.

Así parece entenderlo Maritain cuando habla del clima histórico de la modernidad, y para hacerlo se refiere necesariamente a la Edad Media, que al mismo tiempo se presenta como oposición a lo moderno y como su precursora. La Edad Media fue una “era sacral”, donde la “unidad de fe era una condición previamente requerida para la unidad política y el marco de referencia fundamental era la unidad de un cuerpo social de naturaleza político-religiosa”. Paradójicamente esta unidad entre lo político y lo religioso hizo que la Iglesia tuviese que ocuparse de cosas que no le eran propias. No se produjo una confusión, como se sostuvo por muchos pensadores ilustrados, pero sí que se dio una unidad radical entre las nociones de ciudadano y de cristiano, había que ser cristiano para ser ciudadano. El modelo, escribe Maritain, “tuvo éxito durante unos cuantos siglos, mas, a fin de cuentas, fracasó tras la Reforma y el Renacimiento, y un retorno al ideal sacral de la Edad Media es hoy en día inconcebible”.

La Edad Moderna “no es una edad sacral, sino una edad profana o secular. El orden de la civilización terrena y de la sociedad temporal ha alcanzado en ella una completa diferenciación y una plena autonomía”. El esfuerzo moderno, en este sentido expresado, no es necesariamente negativo, pues una correcta afirmación de la independencia de los distintos órdenes (religioso y temporal, Dios y el César) es precisa incluso para una correcta adhesión religiosa. El problema es que, como señala Maritain, “este proceso normal se ha visto acompañado, y echado a perder, por el más agresivo y estúpido esfuerzo para aislar y, en último término, expulsar a Dios y al Evangelio de la esfera de la vida social y política”.

El Estado Moderno, como forma política de una sociedad que se ha construido a sí misma a imagen del ideal tecnológico, ya no está al servicio del hombre, sino que pone todos los factores humanos al servicio de sus propios fines. El término de esta forma estatal, el Estado Totalitario, es una “última desintegración consecuencia de la lenta putrefacción de la conciencia humana en el interior del cuerpo social”.

Pero en todo caso, dando por supuestas las consecuencias brutales de este laicismo radical, resulta interesante ver los efectos no queridos de esta actitud, que aun siendo nihilista, ha provocado efectos imprevistos. El hecho es que el hombre moderno ha crecido en la conciencia de que, primero, “el poder político no es el brazo secular del poder espiritual”, segundo, “la igualdad de todos los miembros del cuerpo político”, tercero, “la importancia de las fuerzas internas que actúan en la persona humana, por oposición a la fuerzas exteriores de coerción” y, cuarto, el peligro para el bien común del “debilitamiento y decaimiento de los resortes interiores de la conciencia”.

La experiencia de los campos de concentración, nazis o soviéticos, y la conclusión fatal de la Segunda Guerra Mundial con la bomba atómica, desvelaron por fin el mito del Estado y pusieron ante el hombre moderno la realidad bestial de la ensoñación. Este acontecimiento, esta toma de conciencia colectiva de la falacia de un mundo  ideal fabricado por el hombre, es lo que pone fin a la Modernidad. “Los tiempos actuales, por miserables que puedan ser, pueden exaltar a quienes aman a la Iglesia y a quienes aman la libertad. La situación histórica con la que se enfrentan está definitivamente clara”, señala Maritain. La época actual es una época de opciones radicales debido a la “claridad” de los acontecimientos. Hay una opción que se nos presenta dramáticamente nítida, y es la alternativa entre la autonomía de la libertad materializada en el Estado Moderno, y la liberación de la Verdad, en cuya obra coopera en el mundo la Iglesia. Es un debate que no tiene solución política y que hoy se presenta, por los cambios históricos, con un aspecto original propio de los nuevos tiempos.

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