Portada de Los orígenes religiosos de la Revolución francesa

Dale F. Van Kley Los orígenes religiosos de la Revolución francesa

Portada de Los orígenes religiosos de la Revolución francesaTítulo: Los orígenes religiosos de la Revolución francesa

Autor: Dale F. Van Kley

Editorial: Encuentro

Año: 2002

Madrid, 558 págs.

Por Nacho Álvarez O’Dogherty, doctorando de Pensamiento Político USP-CEU

¿Es posible que una revolución que inventó la descristianización tenga orígenes cristianos? Con esta pregunta provocadora comienza Dale F. Van Kley su exhaustivo estudio acerca de una de las revoluciones más importantes de la historia política. Sugerir que la iconoclasia y el fervor con el que la máquina ejecutaba holocaustos en medio de la plaza fuesen, de fondo, una profesión de fe cristiana, resultará a priori disonante. Basta sin embargo leer la tesis de Van Kley para darse cuenta de que el famoso paso de Francia como  fils ainé de l’Eglise a cabeza de la Revolución dista mucho de ser una fortuita coincidencia.

Como nos recuerda el autor, hasta la misma víspera de la Revolución, ser francés era ser católico, el certificado de bautismo servía como certificado de ciudadanía y la aceptación del catolicismo era, pues, el requisito previo para la naturalización de los extranjeros. Resulta además que la Francia de Luis XVI estuvo marcada por un renacer del fervor religioso por parte del monarca con ánimo de hacer resurgir el catolicismo en su reino. ¿Qué paso entonces para que, cinco años más tarde, se celebraran los famosos matrimonios republicanos y se hiciesen clamorosas procesiones en pos del Ser Supremo?

Para explicar esta transformación, el libro se remonta a los orígenes de la coronación y al rito de consagración de la monarquía gala y, principalmente, a los cambios jurídico-teológicos surgidos a partir del s. XVI en el marco de las Guerras de Religión. De este modo podemos decir que la famosa matanza de San Bartolomé sirve de paradigma e ilustra bien un conflicto que, sin verse del todo resuelto, se prolonga y evoluciona hasta el siglo de la Ilustración. Así se nos muestra cómo los debates teológicos, salpicados por numerosas revueltas, se desenvuelven en el ámbito jurídico francés y van transformando poco a poco la definición sobre las instituciones, el monarca y su reino.

Como nos indica el propio autor, el problema de la monarquía francesa es el problema de la identificación del monarca con lo divino, el problema del rey-sacerdote. De tal forma que ya  “en las procesiones parisinas del siglo XVI, contra la herejía, se empezó a asociar de manera provocadora a la monarquía con la Hostia consagrada cuando la procesión del Corpus Christi, independiente hasta entonces, se unió a las dedicadas a santa Genoveva y a san Dionisio; en 1568 en una de ellas se yuxtapuso la Sagrada Forma no sólo al rey (…) sino también a los símbolos de la monarquía, es decir, a la mano de la justicia, al cetro y a la corona”. De este modo, sucedía que todo ataque a la religión constituía un ataque al propio rey, de tal forma que la iconoclasia calvinista contra los símbolos del catolicismo era igualmente un atentado contra los símbolos dinásticos.

Van Kley, a lo largo del paulatino transcurrir de dos siglos, sitúa dos partidos o tendencias políticas enfrentadas: la primera podría denominarse como la de los calvinistas-galicanos y la segunda como la de los católicos-devotos. En medio de tal conflicto se nos explica cómo el rey, particularmente desde Enrique IV, se erige como mediador de la disputa sin llegar a decantarse nunca por una posición determinada. Así vemos que nace el absolutismo borbónico como “un intento de asegurar la monarquía elevándola por encima de las luchas confesionales, inmunizar la conciencia del rey contra las opiniones tanto de los sacerdotes  como de los pastores y convertir a la corona en rival de la Iglesia como mediadora en la relación de sus súbditos con Dios”. Esto explica la extensión de la soberanía regia del ámbito político al jurídico, añadiendo a su potestad política la supremacía jurídica por medio del derecho a legislar.

Con todos estos elementos de trasfondo, Van Kley nos ayuda a comprender cómo los enfrentamientos religiosos del siglo XVI van pasando progresivamente del ámbito político al jurídico.  Se percibe mejor cómo la nueva disputa se produce entre el intento de la Corte de acaparar toda causa jurídica y la defensa, casi siempre del Parlamento, de un Derecho francés anterior y primigenio. Y así, más tarde entendemos cómo la causa de la renovación espiritual jansenista se termina convirtiendo en la causa del Parlamento de París, por qué la disolución de la Compañía de Jesús se produjo en Francia debido a la no conformidad de su Constitución con el derecho francés o cómo una cuestión sacramental como la administración del viático acaba enfrentando a los propios magistrados del Parlamento contra los ministros devotos del rey.

Por último, Dale Van Kley sostiene la hipótesis de que la Ilustración francesa, al aparecer en Francia de alguna forma ajena a las disputas religiosas, sirvió de adecuada tercera vía para aquellos cansados de una lucha entre partidos que venía agostando los ánimos franceses desde hacía mucho tiempo. Así fue como por ejemplo la filosofía contenida en una obra como El contrato social sirvió, ya en la Revolución, como una especie de crisálida que explicitaba lo que antes había implícito en los debates contractualistas o, más bien al contrario, ayudaba a transformar la problemática haciendo variar su contenido.

En medio de tal maraña teológico-jurídica, llegamos a percibir con una claridad asombrosa en qué consiste la Constitución Civil del clero, cómo se produce el paso de la religión a la ideología contractualista o el origen del componente sagrado de la Asamblea Nacional, en la que los miembros del tercer Estado abrazaban eufóricamente a los miembros del clero recién incorporados. Vemos, en definitiva, la conexión entre el óleo sagrado de Saint-Denis y la invocación a la Nación de los revolucionarios.

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R. Brague. Le propre de l´homme. Sur une légitimité menacée

imagesTítulo: Le propre de l´homme. Sur une légitimité menacée (Lo propio del hombre. Sobre una legitimidad amenazada)

Autor: Rémi Brague

Editorial: Ed.Flammarion

Año: marzo 2013

París, 258 págs.

Por Armando Zerolo Durán, profesor de Pensamiento Político USP-CEU

Hay una gran expectación en torno a la aparición de la entrega del tercer tomo de la trilogía de Rémi Brague, que será Le Règne de l´homme. El primer volumen es La sagesse du Monde [La sabiduría del Mundo. Ediciones Encuentro], y trata del contexto cosmológico de lo humano que comienza en la antigüedad, La Loi de Dieu [La Ley de Dios. Ediciones Encuentro], que trata del contexto teológico de lo humano propiamente medieval, y el último, todavía por aparecer, que será Le Règne de l´homme, y tratará del proyecto moderno de construir al hombre fuera de todo contexto. Por esta razón se recibe con alegría el acontecimiento de la aparición de Le propre de l´homme, que es el resultado de una serie de conferencias pronunciadas en la Universidad Católica de Lovaina, en el cuadro de la Cátedra “Cardenal Mercier” en el año 2011 y que es una anticipación, un “satélite”, de su próxima obra.

La tesis que Brague presenta en su libro es sencilla y se puede resumir en la siguiente pregunta que él mismo formula: “¿Quién puede decirnos que es bueno que estemos aquí, que nuestra presencia y la posesión de características que nos hacen hombres sea legítima? ¿Quién sino Dios?” En efecto, la modernidad se construye sobre el intento de legitimar la presencia del hombre en el Mundo desde sí mismo, desde su autonomía y por sus propios medios. Así entiende el autor que nace el humanismo y sus distintos tipos, como un intento inmanentista de legitimar la presencia y existencia de los hombres y sus acciones en el mundo.

El ensayo retrata cuatro tipos de humanismo y su respectiva tarea de explicar lo humano.

La primera etapa fue la de la “diferencia”, en la que el hombre se comprende a sí mismo como una especie que se distingue sustancialmente de las demás por algunas propiedades que solo él posee, como el Logos y la sociabilidad o politicidad. Todavía no se deduce una superioridad de esto y, en algunas ocasiones, como es el caso de ciertos mitos primitivos, se siente como una especie inferior por el hecho, por ejemplo, de tener que trabajar.

La segunda etapa fue la de la “superioridad”, en la que el hombre empieza a entenderse como mejor al resto de las especies. Esta superioridad puede deberse a que el hombre realice del modo más pleno los fines de la naturaleza, o a que, como es el caso de las religiones bíblicas, Dios haya elegido al hombre antes que a cualquier otro, lo que no es un mérito, sino un don gracioso.

La tercera fase fue la de la “conquista”, en la que el hombre aparece como un ser que debe dominar a todos los demás. El comienzo de esta carrera lo marcan Descartes y Bacon, y el final está en Fichte y Nietsche. El hombre como dueño y señor de la naturaleza. Se trata de la corrección del pecado original por el que el hombre perdió el control sobre la naturaleza, y ahora, con nuevos medios, con las ciencias de la naturaleza, está de nuevo capacitado para recuperarlo, lo que en los últimos tiempos de esta fase, con Fichte, se convierte en una obligación moral.

La cuarta fase del humanismo es la de la “exclusión”, según la cual el hombre es el ser más elevado y no tolera a ningún otro por encima de él. Es la etapa del positivismo, de Marx, pero antes también de Rousseau, Comte o Robespierre y un agnosticismo general.

No hay una etapa ulterior porque aun se está desarrollando. Ahora vivimos en un estado transitorio que podría considerarse como “la derrota del humanismo”, entendido como el fracaso del pensamiento moderno para dar argumentos a favor de la existencia del hombre. La modernidad ha puesto en manos de los hombres los instrumentos para determinar su destino, y con ello ha situado la cuestión de si conviene continuar con la aventura humana o no en primera línea de la libertad. Pero al tiempo que ha suscitado la gran pregunta sobre el proyecto humano, ha dejado vacía la respuesta sobre la legitimidad del hombre, no puede responder a ella. El humanismo es el intento ingenuo de proteger lo humano, pero no es capaz de explicar por qué hay que hacerlo, en definitiva, “nuestro humanismo no es otra cosa que un anti-antihumanismo”.

El libro recorre estos problemas, deteniéndose en las principales amenazas de lo humano, como el ecologismo radical y sus precedentes históricos, las dificultades que encuentra el ateísmo para dar una respuesta razonada a la cuestión de la legitimidad de la existencia del hombre y el fracaso del proyecto ilustrado. En la última parte retoma la visión religiosa del hombre y del mundo y propone la tarea de establecer una relación con la trascendencia razonable, es decir, la religión. El paso a lo trascendente a través de la razón, de una elaboración racional de la religión por una teología, permitirá respetar al hombre en aquello que constituye su humanidad.

“Es indispensable producir un pensamiento del Bien y de la Providencia, para que el hombre, como mínimo, pueda continuar siendo, y siendo lo es”.