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Vídeo: Lección Magistral Rodolfo Juarez Díez sobre Argentina en la Universidad San Pablo-CEU el 22 de Octubre de 2013

Lección Magistral sobre Argentina del prof. Rodolfo Juarez Díez de la Universidad Nacional de Cuyo (Video)

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“Charles Maurras”. Olivier Dard.

“Charles Maurras”. Oliver Dard, Ed.Armand Colin, París, 2013, 352pp. 25€maurras portada

Charles Maurras (1868-1952), 60 años después de su muerte, vuelve a ser objeto de interés historiográfico e intelectual, ¿y de algo más? Olivier Dard, el autor de esta nueva biografía, se pregunta cuál es hoy el interés de un autor devenido marginal en el escenario político. En un riguroso y objetivo estudio analiza la biografía de Maurras, sus influencias en la historia francesa y europea, su auge, caída, condena y rehabilitación por Roma, conversión y muerte.

Es claro que Maurras ya no es un personaje directamente influyente en la vida y en las ideas dominantes en la política contemporánea, igual que no hay duda que fue uno de los personajes más importantes de la primera mitad del siglo XX. En torno a su gran obra, la Action Française, se reunieron los grandes personajes políticos y literarios de la Francia de la III República, y no se puede entender esta época crucial de Europa dejando a un lado a Maurras.

Fue un alumno destacado, interesado por la literatura y la filosofía, cuya prometedora carrera quedó pronto marcada por tres sucesos que le acompañarán el resto de su vida. La muerte de su padre, una precoz sordera que le incapacitó para una vida pública corriente, y finalmente la pérdida de la fe. Tres acontecimientos de distinta índole que marcarán el carácter del “maestro”.

Él mismo dijo que su vida podría dividirse en cuatro capítulos. El primero iría de 1885, fecha de su llegada a París, hasta el Affaire Dreyfus, el segundo desde la fundación de Action Française hasta la victoria de 1918, la tercera cubre el periodo de entre guerra hasta 1830, y la cuarta es la de su apoyo a Petain, posterior condena, y caída en desgracia.  Resulta muy interesante recorrer el camino propuesto por el profesor Dard para intentar comprender al “maestro” y, con él, a una generación que se movió en masa entre extremos. El nacionalismo, antisemintismo, realismo o republicanismo, fascismo o comunismo, clericalismo o ateísmo militante, fenómenos contrarios y en muchos casos vividos acríticamente por una misma persona. No fue el caso de Maurras, siempre fiel a unas pocas ideas, quizás demasiado fiel, con la fidelidad del intelectual a las ideas, y no tanto a los hechos, lo que le valió ser acusado más de una vez de intransigente y rígido por alguno de sus seguidores. No es Maurras, por tanto, el hombre de acción advenedizo y dúctil, sino más bien el de un intelectual que influye desde un segundo plano. No es el revolucionario tipo de la Francia decimonónica, sino el contrarrevolucionario que ama la estabilidad y la seguridad.maurras retrato

Nacionalista y realista, influido por su maestro Comte, afirmó la primacía de la política en una época en la que lo espiritual aparecía mezclado y confundido en los asuntos mundanos. También él fue víctima de la confusión y le valió interesantes respuestas como las de su antiguo discípulo Maritain en su conocido “Primacía de lo espiritual”. En este contexto de lucha y aclaración entre lo político y lo espiritual llegó su condena por la Santa Sede en 1926 y la inclusión de algunas de sus obras en el Index, aunque levantada posteriormente en 1939 por Pio XI.

Apoyó la Primera Guerra Mundial y denunció el Tratado de Versailles por zanjar mal un asunto y dejar abiertas demasiadas cuestiones que, casi necesariamente, volverían con una nueva fuerza, como así sucedió en 1939. Su crítica a los políticos de la III República, que llevarían a Francia al desastre, no fueron escuchadas y la derrota no tardó en llegar. Esto, junto a su apoyo al Mariscal Petain, su antisemitismo y un acentuado nacionalismo, contribuyó a la creación del mito de que Maurras era el director de orquesta de la revolución nacional y el colaboracionismo. Dard trata escrupulosamente el caso con la tranquilidad y perspectiva que otorga el paso del tiempo y muestra a un Maurras convertido en chivo expiatorio de una nación que se dejó llevar irresponsablemente por los acontecimientos.

El “maestro” fue condenado y sólo salió de prisión por un indulto especial por enfermedad que le permitió morir fuera de la prisión. Dard cita el testimonio del canónigo Cormier sobre los últimos días de Maurras y su conversión “in extremis”. Cuando este le comentó la posibilidad, no solo de recibir la bendición, sino también la confesión, Maurras respondió: “Sí, ciertamente es mi deseo”. Y llegado el momento de la unción de enfermos, contestó: “Es con pleno conocimiento que quiero, esta vez, que se me administre, porque quiero que todo suceda con lealtad y honor. Uno no termina su vida con una superchería”.

Para Olivier Dard, Maurras sigue siendo el “maestro”, cuyas ideas hoy ya no son relevantes, pero cuyo reconocimiento como hombre de letras, que sacrificó su obra de escritor por su gran pasión, la política, no debe ponerse en duda.

Olivier Dard es profesor de Historia Contemporánea en La Sorbona de París. Con este ensayo se perfila en el escenario editorial francés como uno de los biógrafos destacados de principios de siglo. Sus principales obras publicadas son:

Bertrand de Jouvenel, Perrin 2008.389 p.

Voyage au cœur de l’OAS, Perrin, 2005

Le rendez-vous manqué des relèves des années trente, PUF 2002.

Les années trente. Le choix impossible, Le Livre de poche, références, 1999, 278 p.

Jean Coutrot, de l’ingénieur au prophète, presses universitaires franc-comtoises, 1999, 468 p.

La synarchie, le mythe du complot permanent, Perrin, 1998, 294 p.

Henri Queuille, Journal de guerre Londres-Alger, (avril 1943-juillet 1944), présenté et annoté par Hervé Bastien et Olivier Dard, préface de Serge Berstein, Plon/Fondation Charles de Gaulle, 1995, 379 p.

Cap. XV. Formas no estatales de lo Político.

Capítulo XV: Formas no estatales de lo Político

(Por Ignacio Álvarez O´Dogherty)P1000238

Las formas no estatales quieren decir que no hay Estado, tal vez puedan darse algunos elementos estatales como el ejército, pero no propiamente un Estado.

El primer caso analizable es el español, con la forma personal creada a partir de Fernando el católico, que concentra todo el poder político en su persona, aunque no estuviese exento de ciertos elementos estatales en lo que respecta a Castilla. España más tarde llegará a ser un Imperio que, en su forma imperial, mantendrá ciertos elementos estatales como la hacienda y el ejército. Es curioso que a pesar de todo el propio Carlos V nunca lo denominó como un Imperio. Luis Díez del Corral dice que hacia principios del XVII, en el Barroco, se diluyen estos elementos estatales como, por ejemplo, en lo tocante al ejército.

Con los borbones comenzarán, aunque algo difusos, a introducirse realidades estatales que no se afianzarán hasta Carlos III, que de Nápoles trae el despotismo ilustrado y, con esto, lo que legitima a la monarquía absoluta. La tradición hispánica nunca aceptó el derecho divino de los reyes, los mismos escolásticos lo rechazaron. Es en esta época cuando el Estado se impone a la Iglesia, lo que se comprueba claramente cuando se ve a las Monarquías católicas expulsar a los jesuitas por razones políticas.  Los jesuitas eran críticos con el derecho divino de los reyes y, además, molestaban las misiones jesuíticas en Hispanoamérica, organizadas como una especie de gran parroquia que se sustraía al poder civil. A partir de entonces comienzan a aflorar las ideas ilustradas en el ambiente, críticas con el cristianismo, cerca del momento en que se producirá la Guerra de la Independencia. Surge el liberalismo español, que es estatal.

Cuando Fernando VII reclama y reestablece el absolutismo es porque está siendo coherente con la introducción del despotismo ilustrado, que contiene de fondo el Derecho Divino de los Reyes. Años después, pasada la Revolución Francesa, también las monarquías constitucionales o parlamentarias conservarán subliminalmente la idea de monarquías por Derecho Divino en tanto son hereditarias. De ahí que se pueda afirmar que tanto Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, como la reina Isabel II son de alguna manera representantes del principio del Derecho Divino, principio sobre el que se construye el Estado liberal español de todo el siglo XIX. Todo el problema decimonónico para los liberales en España trata sobre la construcción del Estado. Se empieza tratando de mantener el Gobierno que había, también se reforma el Ejército creando por ejemplo la Guardia Civil, cobra importancia la diplomacia (otro elemento estatal) Bravo Murillo emprenderá su reforma de la Administración… hasta que Cánovas del Castillo termina construyendo definitivamente el Estado; un Estado que sale, por cierto, de una guerra civil, que siempre ayuda a fortalecer un Estado.

Aun así, hay que señalar que la Nación política no existe en España como en Francia. La Nación política la quiere crear Cánovas apoyada en el caciquismo. Los regeneracionista se quejan de que el Estado no es un Estado nacional porque intuitivamente se daban cuenta del hecho de que este Estado era en el fondo bastante frágil.

Más tarde, ya después de la Guerra Civil, quien construye el Estado a la altura de las circunstancias es Franco, que lo llama “Estado nacional”, bastante alentado por el modelo portugués de Salazar, que pretendía ser corporativo y aplicaba básicamente la Doctrina Social de la Iglesia.

“La gran dictadura: anatomía del relativismo” José María Barrio Maestre

Foto la gran dictadura MaestreTítulo: La gran dictadura: anatomía del relativismo

Autor: José Ma Barrio Maestre

Editorial: RIALP

Año: 2011

Madrid, 187 págs, 16 €.

El discurso racional ha sido cancelado y, por ende, el ser humano. Este es el problema que preocupa al doctor en Filosofía y profesor de la Universidad Complutense, José Ma Barrio Maestre, ante el panorama intelectual de la posmodernidad que se ha hecho ya sustantivo en una palabra: relativismo.

Este término define una excusa del pensamiento que, tras una cierta lógica, esconde una (im-) posición de facto, cuyo último y primer argumento es únicamente la violencia de quien se impone. “Relativo” procede de “relación” y quien dice que “todo es relativo” hace alusión a una verdad del pensamiento y es que la mayor parte de las afirmaciones humanas dependen, se determinan según  se concreten en un punto de referencia. El relativismo, en cambio, absolutiza este matiz y se erige como un dogma amparado tras una razón incapaz, con una alergia endémica a la referencia a lo concreto y, en última instancia, como un pensamiento perpetuamente indefinido y estéril, sin embarazo ni parto, ante el cual todo argumento de razón termina siendo pretencioso.

“Su principal respaldo, dirá Barrio Maestre, parece ser la desafección que naturalmente provoca quien se siente legitimado para ‘imponer’ su verdad, reduciendo a los demás a simples súbditos (…) y manteniendo, así, la culpable ‘minoría de edad’ premoderna que ya denunciaba Kant en su célebre opúsculo sobre la Ilustración”.

Desde este punto de vista, toda definición de una cultura y de los denominados valores, esto es, de una ética, resultará completamente problemática. Centrados en un discurso sobre lo meramente funcional, las verdades de la praxis resultan insuficientes para el fundamento de una ética que dé cuenta de lo “bueno en sí”, de lo apetecido. La cultura, por su lado, termina quedando recluida en la no discriminación propia de lo políticamente correcto, que se presenta como lo “no exclusivo en sí” pero que al mismo tiempo va homologando conceptualmente la indiferencia por medio de palabras talismanes que han perdido ya todo sentido como “democracia”, “libertad” o “tolerancia”, que llegan a significar una cosa y su contraria.

El relativismo se presenta así como la consecuencia hoy patente de un proceso de politización de la cultura iniciado desde el asentamiento del Estado. El confesionalismo no confesado del Estado, es decir, su neutralidad, transmuta a la larga el pensamiento contemporáneo haciendo de toda verdad algo episódico y de la libertad un ideal de autonomía de la realidad. Impostura del pensamiento, Barrio Maestre muestra como el relativismo es un viaje a ninguna parte, ya desde el mismo inicio, pues “no siempre somos conscientes de que cualquier forma de usar las palabras posee un compromiso con una realidad que trasciende las palabras mismas”, el lenguaje será pues una tiranía para el relativista o, dicho de otra manera, un “metalenguaje”.

La realidad como algo ad-ecuado, algo hacia lo que nos vamos aproximando, puede corresponder en cierto modo con la intuición relativista de que nadie “tiene” efectivamente la verdad, pues “en la medida en que una persona refleja la cosa tal como es en sí misma, señala Barrio Maestre citando a Benedicto XVI, entonces esa persona ha encontrado la verdad. Pero solo una parte de lo que realmente existe, no la verdad en toda su grandeza y plenitud (…). Verdad y opinión errónea, verdad y mentira están continuamente mezcladas en el mundo de manera casi inseparable. La verdad, en toda su grandeza y pureza, no aparece”. De ahí que podamos afirmar, con el profesor Barrio Maestre, que lo contrario a la arrogancia sea el ponerse en camino.

“Ensayo sobre la política de Rousseau”. Bertrand de Jouvenel. Ediciones Encuentro.

Seminario de Estudios Políticos

“Ensayo sobre la política de Rousseau”. Bertrand de Jouvenel, Ediciones Encuentro, Madrid, 2013, 132pp. 13€

http://www.ediciones-encuentro.es/libro/ensayo-sobre-la-politica-de-rousseau.htmlportada rouseau

El “Ensayo sobre la política de Rousseau” escrito por Bertrand de Jouvenel en 1978 como prólogo a una edición del “Contrato social” acaba de traducirse por primera vez al español y ve la luz en la colección “Mínima Política” de Ediciones Encuentro.

El “Ensayo”, de Bertrand de Jouvenel, es probablemente la mejor obra que se haya escrito sobre el pensamiento político de Rousseau. Es sabido que Rousseau era un autor poliédrico y aparentemente contradictorio. Un ejemplo de ello son dos de sus obras más conocidas, el “Emilio” y el “Contrato social”. En la primera parece defenderse una primacía del individuo, y es lo que ha animado a gran parte de los pedagogos contemporáneos a desarrollar programas de educación subjetivistas; mientras que en el “Contrato” parece defender una primacía absoluta del Estado, lo que ha…

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“Ensayo sobre la política de Rousseau”. Bertrand de Jouvenel. Ediciones Encuentro.

“Ensayo sobre la política de Rousseau”. Bertrand de Jouvenel, Ediciones Encuentro, Madrid, 2013, 132pp. 13€

http://www.ediciones-encuentro.es/libro/ensayo-sobre-la-politica-de-rousseau.htmlportada rouseau

El “Ensayo sobre la política de Rousseau” escrito por Bertrand de Jouvenel en 1978 como prólogo a una edición del “Contrato social” acaba de traducirse por primera vez al español y ve la luz en la colección “Mínima Política” de Ediciones Encuentro.

El “Ensayo”, de Bertrand de Jouvenel, es probablemente la mejor obra que se haya escrito sobre el pensamiento político de Rousseau. Es sabido que Rousseau era un autor poliédrico y aparentemente contradictorio. Un ejemplo de ello son dos de sus obras más conocidas, el “Emilio” y el “Contrato social”. En la primera parece defenderse una primacía del individuo, y es lo que ha animado a gran parte de los pedagogos contemporáneos a desarrollar programas de educación subjetivistas; mientras que en el “Contrato” parece defender una primacía absoluta del Estado, lo que ha influido notablemente en ciertas corrientes totalitarias. Jouvenel, de un modo brillante, afronta estas aparentes contradicciones y no se conforma con una respuesta simple. Rousseau es mucho más que un puñado de contradicciones.Jouvenel

En primer lugar, el ginebrino es un moralista que detecta, quizás por su comunitarismo calvinista, que el Estado Moderno deja de lado el componente moral y comunitario del hombre. Las tesis de Hobbes o el individualismo materialista hacia el que corría el Estado de su época no satisfacen a Rousseau, que entiende que el hombre se desarrolla junto con sus iguales, y que, por tanto, no puede vivir en la esquizofrenia moderna que propone un corazón partido por la mitad: una parte ama al Estado, la otra a sí mismo, pero esas dos partes no se encuentran nunca en un lugar común. El hombre no puede ser dual y Rousseau intenta, a su manera, unirlo en su teorización de la “voluntad general”. Las consecuencias son conocidas.

El pensamiento rousseauniano no se comprende sin la primera preocupación del autor que es, como sostiene Jouvenel, moral. Observa que en su época los salones, la corte y las costumbres eran frívolas y decadentes. Se pregunta por qué y observa que en la sociedad se produce una suerte de progresismo decadente, lo que le convierte, en feliz expresión de Jouvenel, en un “evolucionista pesimista”. Todo tiende a ir a peor, todo es degeneración y corrupción. ¿Dónde está el origen, ese punto incorrupto? Según sus principios debería haberlo encontrado en la Edad Media, pero aquella época era cristiana, y su prejuicio antirreligioso le impide llegar a esa conclusión. Es por ello que acude al mito del estado de naturaleza y al problema del pecado original como causa de la decadencia. El pecado, que para él será la propiedad, la causa de todas las desigualdades y de la envidia, es lo que ha corrompido la sociedad.estado naturaleza

El mérito del ensayo de Jouvenel reside en que establece una serie de distinciones que Rousseau tiene a confundir, y así habla de un Rousseau teólogo, otro reformador y otro político. La obra de Rousseau está cargada de teología, con conceptos como el pecado original, la conversión, la fe, y la Iglesia, salvo que los utiliza de un modo racionalista y los politiza. La Nación viene a sustituir a la Iglesia, el hombre se convierte en ciudadano, la fraternidad religiosa se convierte en civil, el pecado es la propiedad y, en cierto modo, el Estado es Dios.

En todo caso, Rousseau no es un autor político, escribió poco sobre instituciones y mucho sobre moral y religión, pero, ironías de la historia, su pequeño opúsculo “El contrato social”, que él mismo dijo que habría que rehacerlo, es una de las obras más influyentes de la Edad Moderna.

“La droite française. Aux origines de ses divisions. 1814-1830” Olivier Tort

La droite française. Aux origines de ses divisions 1814-1830. Olivier Tort, CTHS, 2013, 347pp. Por Armando Zerolo Durán

Olivier Tort es un joven profesor en la Universidad de Artois, y antiguo alumno de la Ecole Normale, además de uno de los exponentes más relevantes de una generación de historiadores franceses que está revisando los fundamentos de la derecha francesa lejos de los prejuicios creados desde la segunda mitad del siglo XIX. portada Tort

En su último ensayo, La derecha francesa. Los orígenes de sus divisiones., Olivier Tort constata el hecho de que la derecha hoy en día en Francia aparece dividida y sin un ideario claro, fenómeno que podemos observar en cualquier otro país de Europa prácticamente con idénticas características. Tort encuentra la explicación en los mismísimos orígenes de la derecha en Francia, cuando ni siquiera era designada con ese nombre y tampoco se concebía a sí misma como un partido político.

La situación política de Francia tras la Revolución Francesa y Napoléon quedó trastrocada, con pocas certezas y muchos retos, aunque quizás el mayor fuese el de asimilar el nuevo constitucionalismo de inspiración inglesa y adoptado e interpretado a su propio modo mayoritariamente por los republicanos. Los antagonistas del bando republicano o revolucionario, otrora llamados “realistas”, se encontraban reunidos en su común oposición a la Revolución y al Imperio, representados estos últimos por los partidos orleanista y bonapartista de izquierdas. Pero si bien tenían claro el adversario de puertas a fuera, en el seno de la “derecha” las cosas no estaban perfectamente definidas. Los había que defendían el Antiguo Régimen y el absolutismo, que además podían combinar con un acentuado galicanismo; otros tomaron partido por el rey y por una aceptación de las tendencias constitucionales moderada por el ultramontanismo y la moral de los antiguos; y muchos se dejaban llevar por los intereses concretos de la política, oscilando hacia un bando u otro según las posibilidades de medro.Guillotina Tort

Una revisión de la Restauración tiene el interés de apreciar la génesis de los primeros partidos políticos y cómo ellos mismos se fueron ubicando en el nuevo sistema parlamentario dentro del marco constitucional que también se estaba configurando ex novo. La derecha primigenia, la de 1815, nació con la pretensión de revolucionar hacia detrás Francia, tanto contra el bonapartismo como contra la ideología liberal ilustrada, pero en apenas quince años, hasta 1830 y la revolución liberal que acabó con la Restauración, se observa un clarísimo fracaso de este proyecto “restaurador”. Las razones son múltiples, y Olivier Tort tiene el mérito de haber seleccionado las causas internas a la propia derecha, sin despreciar las exteriores, para revisar los tópicos creados tras el fracaso del proyecto realista.

En efecto, ni todos los miembros del gobierno realista eran “ultras”, ni los que lo fueron mantuvieron la llama de su pasión viva durante mucho tiempo pues, en definitiva, la Restauración fue ese momento de la historia en el que se impuso el equilibrio entre las prerrogativas del jefe de Estado y los poderes parlamentarios. La oposición, que la hubo, fue débil y normalmente reducida a un discurso formal. La aceptación del nuevo orden constitucional fue aceptada de facto por todas las partes y fue un denominador común la lucha encarnizada por hacerse con el control de la máquina, más que un intento desinteresado por desmontarla y volver a lo anterior. El ensayo recoge ejemplos de cómo los realistas, bajo el gobierno Villele, con pleno  poder, no solo no intentó una vuelta al Antiguo Régimen, sino que fortaleció y consolidó el sistema bicameral y ministerial. Villele, al frente del partido realista, fue el que desarrolló, en sus seis años de gobierno, el sistema liberal, la propiedad industrial y la defensa de la burguesía que, poco después, se haría con el poder derrocando a Carlos X.asamblea nacional

Las divisiones en el seno de la derecha, tanto cuando tuvo el poder, como cuando se encontró en la oposición, fueron acentuadas, y la dialéctica interna se produjo en prácticamente todos los ámbitos sensibles: los grandes propietarios frente a la pequeña aristocracia, la propiedad inmueble y las grandes rentas frente a la burguesía naciente, la política internacional frente al nacionalismo patriótico, el absolutismo frente a la monarquía limitada, el galicanismo frente al ultramontanismo, la economía rural contra la industrial, etc. En prácticamente todos los ámbitos hubo desunión en los principios y esto marcó, según Tort, el fracaso de la derecha en sus mismos orígenes y su incapacidad para ubicarse en el nuevo escenario político con la constitución de un partido político de nuevo cuño sólidamente fundamentado y capaz de hacer frente a los embates de las potentes ideologías emergentes. Tort demuestra cómo los realistas, contra las interpretaciones al uso divulgadas por la historiografía posterior a la Restauración, estaba muy lejos de constituir un grupo homogéneo. Las revoluciones de 1830 y 1848 reducirán a la derecha a un papel marginal, y ella misma quedará impotente ante sus propias divisiones. La revisión de este periodo como germen de los nuevos movimientos políticos que han marcado dos centurias de la política continental tiene hoy un renovado interés y es de celebrar que en Francia se esté produciendo este fenómeno.

Para saber más: Del mismo autor, sobre Guizot y su relación con la “derecha” :

http://www.guizot.com/fr/colloque-francois-guizot-2008/