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“Génesis del Estado Minotauro”. Armando Zerolo Durán.

9788415707127-250x344“Génesis del Estado Minotauro. El pensamiento político de Bertrand de Jouvenel”. Armando Zerolo Durán, Ed. Sequitur, Madrid, 2013. 248pp. 18€.

Por Angel Satué.

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El ensayo “Génesis del Estado Minotauro. El pensamiento político de Bertrand de Jouvenel”, nos ilumina la vida de un contemporáneo, y sus obras, que puestas en relación con el momento actual en que se encuentran las democracias liberales occidentales, entre ellas la española y la propia Unión Europea, ayudarán al crítico lector a interpretar el mundo en que vivimos, que es resultado y proceso de acontecimientos anteriores, vividos por hombres anteriores.

Bertrand de Jouvenel (1903-1987, París), fue periodista, espía, patriota francés, exiliado, converso católico, empresario, académico, activista, etc. Sólo esto debería de ser suficiente para adentrarnos en la obra del profesor Zerolo, y conocer el pensamiento del pensador francés. Partiendo de su biografía, el ensayo, con una maestría de sastre, acierta al entresacar citas diversas de la amplia obra de Jouvenel, hilvanando vida y hechos con sus ideas, y las de otras decenas de grandes autores como H. Arendt, Ludwig von Misses, Rousseau o Dalmacio Negro.

Todo ello al servicio de un estudio metódico de la excitante evolución del Estado desde el Medievo hasta nuestros días, poniendo el acento y la advertencia profética de Bertrand de Jouvenel, en el estado que queda por venir, el Minotauro. Éste es la sublimación del Estado Moderno de Hobbes y Rousseau, del nacido de la Revolución francesa y sus diferentes versiones, incluidas la napoleónica, la romántica, las totalitarias (nazi y comunista), y nuestro actual Estado del Bienestar.

En este proceso evolutivo del Estado surge una pregunta en el pensamiento del profesor Zerolo que compele directamente al lector, una pregunta constitutiva de la naturaleza humana: ¿Dónde queda el hombre ante esta evolución del aparato del Estado? ¿Cómo queda el hombre ante esta evolución estatal, que abraza la causa de la salvación y de la felicidad del hombre, y por tanto de su liberación, sin contar con el hombre mismo?

Asistimos en nuestra vida, proféticamente si nos atendemos al escritor francés, a un nuevo Estado salvador y profeta, fin en sí mismo, padre de todos, por encima de todos y, sin embargo, de ambiguos perfiles en cuanto a la cabeza y origen de las decisiones.

En 1945 predijo Jouvenel, recordando a Tocqueville, que “un poder bienhechor cuidará de cada hombre, desde la cuna hasta la tumba, enmendando todos los percances que le acontezcan, dirigiendo su desarrollo individual y orientándolo hacia el uso más apropiado de su actividad (…) y su felicidad pública y privada”.

Observamos en la obra de Bertrand de Jouvenel la venida de un nuevo hombre sometido a su única condición biológica, despojado de toda forma de relación comunitaria y social. Una relación entre el Estado y la persona, donde la persona es leal a un Estado garante de la felicidad, concebida como aspiración material de un nivel de vida. El hombre queda reducido, atrapado por la tecnología, por un ente más que total, supratotal, que deja de estar a su servicio para necesitar de un hombre necesitado, que justifique su propia existencia.

Un Estado que jamás podrá colmar las aspiraciones de infinitud que alberga el hombre en su corazón, y que tampoco será capaz de ser una compañía que de razón de la existencia de uno en este mundo, que flota en un Universo cuyo origen es expresión del Misterio.

Lejos de ser pesimista, Jouvenel, nos habla del sentido del hombre. Habla de un antídoto que reside en el ser creativo, social y libre del hombre, que ama lo suyo y a los suyos. El estado Minotauro absorbe el êthos. Pero el hombre es peregrino en este mundo y todo peregrino tiene que vivir por su meta, y ésta es la única que le da paz y tranquilidad, pues le permite ser él mismo. A pesar de todas las regulaciones del mundo, Jouvenel, el creyente, nos anticipa que a pesar de que el Minotauro es el resultado de la búsqueda de las certezas y de la verdad por el propio hombre, éstas solo proceden de Dios (no del Estado). Entonces, el hombre puede recuperar la libertad política, quizás aun viviendo en un Estado, pues construirá desde su familia, sus costumbres y su esperanza, de manera subsidiaria, los cuerpos intermedios, que han de conformar un Estado respetuoso de la libertad. Estas realidades intermedias parten de las necesidades reales de los hombres, al ser la traducción cultural de la naturaleza humana.

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“Raymond Aron, realista político”. Jerónimo Molina.

“Raymond Aron, realista político”. Jerónimo Molina, Ed. Sequitur, Madrid, 2013, 88 pp. 10€

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Raymond Aron (1905-1983) es uno de los grandes pensadores políticos franceses del siglo pasado y seguramente uno de los más influyentes. En Raymond Aron, realista político, Jerónimo Molina reúne una serie de artículos en un todo homogéneo que trata los grandes temas de Aron: el primado de lo político, la ideología, el maquiavelismo, el realismo político y las religiones seculares.

Aron vive la Gran Guerra y sus secuelas, y alcanza la madurez intelectual cuando el socialismo es una realidad prácticamente indiscutida. Frente a la ideología dominante, él se declara liberal en la línea de sus compatriotas Montesquieu y Tocqueville, y reclama el primado de lo político, es decir, “el gusto de pensar sistemáticamente la política y de ver las cosas como son”. La primacía de los hechos y del acontecimiento político frente a la actitud falaz que niega la realidad con la violencia de las ideologías. La política es una realidad dependiente de la historia y, al mismo tiempo, irreductible a otras disciplinas como la economía.

El problema de la política es la ideología, el pensamiento alejado de los hechos que toma una parte de la realidad negando el resto de los factores. Aron provocó a sus lectores cuando habló del fin de las ideologías en el momento en que parecía que estas triunfaban. Hablaba, empero, del triunfo de una ideología más profunda y nociva, una ideología antipolítica que niega lo político y actúa uniformando la cultura. Las realidades históricas, sociales y culturales ya no importan porque se impone el “sinistrismo”, es decir, una única balanza para medir con “dos pesos, dos medidas”. Una reducción de la realidad que no puede más que resultar siniestra, incriminadora y simplificadora. “El escepticismo político generalizado en occidente y el confiado optimismo sobre el que reposan las democracias europeas –escribe Molina- ha dejado el campo libre a una sutil forma de maquiavelismo, la del poder cultural”. La pasión ideológica se intensifica y extiende con la simplificación de la realidad.

En su Ensayo sobre las libertades de 1965 Aron escribió que “ni el marxismo-leninismo, ni el fascismo, ni el liberalismo despiertan ya la fe que mueve montañas”, lo cual puede ser positivo en el sentido de una desideologización de la cultura, pero peligroso si permanece la fe aunque los ídolos hayan caído. ¿Fe en qué? Si ya no hay ni ilusión ni pesimismo, la creencia plana que adormece la fe de los fieles es la suposición de que se ha superado la política y la democracia ha vencido, neutralizando definitivamente el conflicto político.

La alternativa a la desaparición de la vida política causada, en último término, por el escepticismo, es el “maquiavelismo”, tan difícil de comprender para el racionalismo político que ignora sistemáticamente el primado de lo real. Para Molina, el maquivalismo de Aron se resume en tres raymond aronfórmulas: las restricciones impuestas por la acción política a la libre elección de medios, el primado de la política y el escepticismo en formas de gobierno. En efecto, ninguna acción política es incondicionada, “pura”. A veces se ha de elegir entre lo malo y lo peor, y siempre se ha de partir de unos medios predeterminados. El maquiavelismo, además, cuenta con que “desde un punto de vista humano, lo político es más importante que lo económico, por definición, pues lo político toca directamente al sentido de la existencia”, lo que, unido a que en política no se puede hablar abstractamente de una forma política óptima, pues toda forma existe vinculada a una materia, todo gobierno lo es de una sociedad determinada. “En la inteligencia de la actividad efímera de cada día –afirma Molina- que inexorablemente está abocada a congelar el momento en su futilidad, la circunstancia en su contingencia irrepetible, hay tal vez mas conciencia de las regularidades, de la esencia o del criterio de lo político que en los tratados convencionales de la ciencia política insitucionalizada”.

La pérdida de la realidad y la construcción de una ideología política ha llevado al siglo XX a la construcción de las “religiones seculares”, que son “verdaderos sustitutos de la fe que aspiran a salvar a la humanidad en este mundo: son las doctrinas que ocupan en el alma de los individuos el lugar de una fe que se ha desvanecido, situando aquí abajo, en un futuro lejano y en la forma de un orden social por construir, la salvación de la humanidad”. Jerónimo Molina señala que tan “solo” hay dos reparos, el primero, que no ofrecen ni el consuelo ni la esperanza de las religiones personales y, el segundo, que están corroídas en su interior al proponer como meta ideal una realidad terrestre que no satisface a los espítus.

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“Common Law. El pensamiento político y jurídico de Sir Edward Coke”. Elio A. Gallego García.

“Common Law. El pensamiento político y jurídico de Sir Edward Coke”. Elio A. Gallego García. Ed. Encuentro, Madrid, 2011, 201pp, 17€.

Por Pablo Sánchez Garrido.portada common law

Resulta llamativo que un pensador político de la trascendencia de sir Edward Coke (1552-1634) apenas haya sido objeto de monografías o de estudios sistemáticos en lengua española. No hay que olvidar que Coke se encuentra entre los poquísimos autores que merecieron ser citados por Thomas Hobbes en su célebre Leviathan. Eso sí, Coke representó para Hobbes la abominable encarnación teórica de una especie de parlamentarismo monárquico mixto –desde las antiguas ideas del «Rey en Parlamento» y del «imperio de la ley»–, y por tanto, comparece en su obra como uno de los principales antagonistas de su colosal absolutismo. En efecto, el legado de Coke suponía una vigorosa defensa de aquella tradición intelectual que, sin rechazar la monarquía, combatió sus veleidades absolutistas, estableciendo sus justos límites desde la invocación de principios ético-jurídicos basados en el derecho (natural y consuetudinario), la razón y las libertades constitucionales y políticas. Una tradición que para Coke pervivía encarnada desde antaño en los viejos principios y costumbres del constitucionalismo histórico inglés y que se manifestaba a través de su common law. De hecho, su audaz defensa en vida de estos principios, en su calidad de «Attorney General» y sobre todo como juez de altos tribunales, frente al absolutista rey Jacobo, o a su sucesor, le valieron muy diversos sinsabores, como la reclusión temporal en la Torre de Londres, o que su obra fuera prohibida por un Carlos I temeroso de que Coke fuera «celebrado en exceso como un oráculo entre el pueblo». No es extraño que el legado intelectual de Coke encontrase resonancias posteriores en autores como Blackstone, Burke, Montesquieu, Locke, o en diversos padres fundadores de los Estados Unidos, como Adams o Jefferson, –tal y como expone el autor en su capítulo final.

Con esta obra, escrita con rigor y estilo límpido, el profesor Elio Gallego ha llenado un hueco vergonzante dentro de la bibliografía española sobre historia de las ideas políticas. Pero con ella, su autor no ha tratado simplemente de diseccionarnos el pensamiento de este paladín de lo que podríamos llamar imperio mixto de la ley como si se tratara de un objeto arqueológico de museo. Por el contrario, el autor ha procurado introducirse en las ideas de Coke desde dentro para mostrarnos su pensamiento como algo aún vivo y recuperable, en muchos aspectos. Algo semejante a lo que el profesor Gallego ya hiciera en su ensayo dedicado al análisis del régimen mixto de gobierno como constante de la historia del pensamiento político (Sabiduría clásica y libertad política, Ciudadela, 2009). Se trata por tanto de dos ensayos conectados temática y metodológicamente.parlamento ingles

La obra que reseñamos comienza introduciéndonos a Coke y su pensamiento en el contexto histórico-intelectual inglés de la época para posteriormente adentrarse en las diversas facetas de su pensamiento jurídico-político. En este sentido, realiza un diálogo crítico respecto a una de las interpretaciones obligadas sobre Coke, la de John Pocock. Este maestro de la «Escuela de Cambridge» dedicó una parte importante de su ya clásica obra The Ancient Constitution and the Feudal Law –traducida recientemente por Tecnos–, a interpretar el pensamiento de Coke. Sin embargo, el profesor Gallego advierte, a mi juicio certeramente, ciertas carencias interpretativas de Pocock sobre el pensador inglés. En este sentido, la referencia a la cuestión de la «Constitución Antigua» o «Constitución Histórica» es otra de las constantes del libro, puesto que en Coke encontramos a quien seguramente fue su principal exponente anglosajón. Aunque, estando dirigido este libro al lector español quizá se eche en falta en este punto alguna referencia significativa a la teoría de la Constitución Histórica de España. Como es sabido, esta doctrina vetero-constitucional, que aparece ya prefigurada en la obra de Juan Mariana, eclosiona posteriormente en la época de los debates histórico-políticos previos a la Constitución de Cádiz, por autores como Jovellanos o Martínez Marina, y aún más tarde la esgrimen muy diversos autores, como Martínez de la Rosa o Cánovas –quien la asumió bajo la denominación de «Constitución interna» de España.Edward Coke

Por lo demás, el grueso del libro está dedicado a exponer la filosofía jurídico-política de Coke desde la peculiar confluencia que desarrolla en torno a las ideas de razón, autoridad, ley natural y tradición. Posteriormente, desde los capítulos cinco a siete, el análisis se adentra en el corazón del pensamiento cokeano: el common law, la Constitución antigua y la importancia de la jurisprudencia como lugar natural de la ley frente al eventual voluntarismo monárquico –o incluso parlamentarista. El punto de conexión entre estos tres elementos gravitará en torno a la necesidad de un gobierno mixto, como el que caracterizó desde antiguo a la estructura gubernamental inglesa: rey, cámara alta o de los lores, cámara baja o de los comunes. Podemos reconocer, por tanto en Coke a un adelantado con sus ideas, pero también con su propia vida y profesión jurídica, de la doctrina de la división de poderes, que posteriormente popularizó Montesquieu.

La obra añade asimismo un interesante «regalo» en su apéndice, se trata de la selección de una serie de máximas jurídicas latinas que Coke –desde su doble faceta de pensador y jurista– fue acuñando y que el autor se ha preocupado de rescatar y traducir, como, por ejemplo: Justitia est virtus excellens et Altissimo complacens.  

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“Agonía de la sociedad opulenta”. Augusto del Noce.

“Agonía de la sociedad opulenta”. Augusto del Noce. Eunsa, Pamplona, 1979, 227 pp.

Por Francisco Rico Rodríguezagonia portada

Augusto del Noce (1910-1989) ha sido uno de los nombres más relevantes en el pensamiento teológico-político a partir de la II Guerra Mundial. Su estilo católico no conformista fue formado en las universidades de Turín y más tarde en la parisina Sorbona, donde estudió a autores como Blondel, Laporte o Gouthier para elaborar su tesis de licenciatura sobre las obras de Nicolás de Malebranche. Sin alejarse en sus investigaciones sobre autores franceses, la lectura de Jacques Maritain le ayudó a unir Cristianismo y Modernidad.

En Agonía de la sociedad opulenta, el italiano une siete ensayos con un nexo en común: el análisis de la sociedad actual y la pérdida que esta tiene de la eternidad, de lo Sagrado. Así, del Noce describe a esta, como sociedad tecnológica, opulenta o de bienestar. Tecnológica porque tiene una “concepción instrumental de la razón” y no por los avances científicos y técnicos, opulenta porque “se demuestra apta para eliminar la miseria” y de bienestar porque iguala la felicidad a “la mayor satisfacción posible de los gustos y de los apetitos”.

En su continuo estudio el autor atribuye las bases de la opulencia en la pérdida de la trascendencia y “la decisión de considerar la conciencia como falsa”, que atribuye a Marx, Nietzsche y Freud,. Además, toma del marxismo la reducción de las ideas a instrumentos de producción, pero niega lo revolucionario (la promesa mesiánica) y acoge lo conservador de la burguesía (“la organización racional de la sociedad industrial”). Es decir, nos encontramos en una sociedad de una sola dimensión que vive en continua actuación (progresismo) y que muestra una gran contradicción porque niega los valores de la tradición y, a su vez, no encuentra unos valores presentes porque aún no existen.manifestación

Del Noce revela cómo el hombre no deja de ser esclavo: vive en una servidumbre total porque la sociedad es tecnológica, no por el avance de la tecnología, la cual nada tiene en contra del Cristianismo, sino más bien porque el hombre se convierte en un medio, basa todos sus conocimientos en ser instrumento del sistema. ¿Y qué culpa tiene la educación en todo este proceso? ¿Quién está detrás del bienestar? Las ideologías pretenden hacer “útil” a la verdad, es su caso, la socialdemocracia. “La civilización tecnológica la sustituye por la primacía de la acción, en el sentido de que el conocimiento humano cobra valor sólo en la medida en que puede servir para un fin práctico”. Entonces, ¿qué sentido tiene la existencia de la metafísica y la existencia de Dios? “En lugar de la autoridad de los valores nos encontramos con su creación”, esto es lo que de verdad está en crisis, el humanismo ateo, el lado romántico del marxismo; no el Cristianismo porque está fuera del ideal de esta sociedad, es completamente opuesto al bienestar y, como Del Noce afirma, “no hay otro camino que el de intentar espiritualizarla desde dentro”. El diálogo entre Cristianismo y Modernidad puede comenzar en el origen del problema; el cristianismo laicizado y el radical ateismo (en “la negación de la trascendencia religiosa”).

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Cap. XV (2). Formas no estatales de lo Político.

Capítulo XV

 2. Otras formas no estatales

Después de tratar el caso de la Monarquía Hispánica como forma histórica no estatal, pasamos a enunciar brevemente algunas otras formas que tampoco han sido propiamente un Estado.

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La primera sería la República de las Provincias unidas: Holanda, que surgió precisamente a partir de las guerras contra España. Fue la primera revolución burguesa porque la aristocracia tomó partido más bien por los españoles. El hecho de que en Holanda sean burgueses se comprueba, por ejemplo, en el arte: Van Dick, Rembrandt… son todo pintores pertenecientes a la burguesía. Además, el principado holandés es calvinista, eran protestantes pero calvinistas, no luteranos que exigen la obediencia pasiva. Esto resulta importante para entender cómo Holanda es “el centro de las libertades” según se diría, en el sentido de que era el lugar en el que todo el que sufría persecuciones o represiones por aquel entonces iba a este país.

En Holanda había más un gobierno que un Estado en el que no se hacía pues distinción de nacionalidades, en aquella época en la que todavía seguía en boga la idea de que la ciudadanía era la pertenencia a la cristiandad. La no distinción primaba en Holanda. Allí se conservó el autogobienro. Napoleón terminó de cambiar las cosas transformando la república en reino.

Venecia es otro caso de una ciudad que nunca fue un Estado, sino una república aristocrática. Empezó a languidecer cuando se descubrió América y especialmente después de la batalla de Lepanto que cerró el comercio con los turcos, al ser este negocio marítimo en el Mediterráneo su principal fuente de riqueza. También influyó la importancia de Amberes como ciudad comercial vertida hacia el Atlántico. Es un ejemplo claro que muestra la repercusión de la geopolítica en la configuración de las formas políticas.

Otra república no estatal es la Confederación Helvética que estaba siempre en conflicto con el Sacro Imperio alemán y formaba parte de él. A pesar de estabilizarse las relaciones entre ellos, la Confederación permaneció dependiente hasta que, tras la caída de Napoleón, fue evolucionando hasta que, con motivo de las revoluciones de 1848 que puso en auge al nacionalismo, se instituyó como una Confederación al margen del Imperio. Su régimen da muestra de una de las pocas democracias que existen en Europa. Debido a su pequeño territorio y escasa población, conformada por los cantones, su oligarquía es menos decisiva que en otros sitios. El pueblo controla más directamente. La neutralidad es típica de Suiza, neutralidad que siempre es contra alguien y el caso patente es que la utilizó contra los alemanes en la última Guerra Mundial, algo que no tiene que ver con su simpatía con los nazis, a pesar de los beneficios comerciales que consiguieron negociando con ellos. Algo que luego, por cierto, benefició a los alemanes más tarde en el mercado de divisas.

El Sacro Imperio Romano Germánico tampoco fue nunca un Estado, a pesar de estar formados por estadículos en el que cada uno conservaba el derecho de soberanía, algo que constituyó una gran faena para Richelieu en la Paz de Wesfalia, al reconocer la soberanía como un principio del Derecho Internacional, -es decir, el derecho interestatal- que contribuyó además al establecimiento de las Naciones. Al reconocer como soberanos a todos los Estados se le estaba dando una puñalada al Sacro Imperio Germánico, ya que de ahora en adelante tendría que consultar a todos los soberanos a la hora de tomar decisiones, disminuyendo la autoridad del emperador. Esto lo redujo el Imperio prácticamente a la nada. Por eso, comenzado el siglo XIX, el emperador renunció al título de emperador de Alemania para autoproclamarse emperador de Austria.

El Gobierno bajo el Imperio de la Ley (aunque cabría mejor designarlo como Imperio del Derecho) se refiere al Common Law inglés. Ocurre que en Inglaterra la ley tiene otro sentido distinto. La ley no es nada más que un medio del conocimiento del derecho, las costumbres son lo que se transforma en ley. El derecho no se crea sino que surge de la realidad social. Cuando nos referimos al Imperio de la Ley hablamos del modelo que el Continente copia en su idea de la forma inglesa. “La ley es la fuente del derecho”se suele decir, pero no es así. La ley no es derecho, esto es algo que sucede de la copia del modelo inglés en el Continente. En el fondo, se trata de la omnipotentia iuris medieval pero al revés. La mayoría de la ley hoy es derecho del Estado, no es derecho propiamente hablando porque, por ejemplo, no está basado en la autonomía de las partes. En último término, podemos decir que el Estado Social y Democrático de Derecho no surge de la realidad social, sino de una idea sobre cómo debe ser lo social.

Génesis del Estado Minotauro

“Génesis del Estado Minotauro”, Armando Zerolo Durán

Génesis del Estado Minotauro. El pensamiento político de Bertrand de Jouvenel. Armando Zerolo Durán. Sequitur, Madrid, 2013, 245pp.

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por Ignacio Álvarez O’Dogherty

Este hombre tan difícilmente encasillable en una doctrina política cualquiera como es Bertrand de Jouvenel, definió en su obra Du Pouvoir un nuevo tipo de Estado que bautizó con el nombre de Estado Minotauro. Inspirado por el mito de Teseo, Jouvenel evocaba la imagen de una bestia mitad toro mitad hombre que, encerrada en un laberinto, recibía como alimento a los jóvenes ciudadanos de Atenas. Era el precio a pagar por los atenienses tras haber perdido la guerra contra Creta: una pérdida de libertad a cambio de la seguridad.

 Sequitur acaba de publicar un estudio realizado por el doctor en Filosofía del Derecho, Armando Zerolo, que nos habla sobre este tipo de forma estatal. En un compendio de la obra de Jouvenel, Zerolo describe el proceso histórico que va conformando los rasgos de la bestia, define sus características y ayuda a comprender su misma esencia. Tan intrincada como un laberinto, la forma del Minotauro irá enredando poco a poco a sus habitantes en una lógica despiadada que no puede entenderse sin el largo proceso histórico que la ha ido conformando. Esta Génesis del Estado Minotauro se remonta, a hombros de Jouvenel, desde la misma Edad Media hasta el siglo XX para que, en un rápido panorama, podamos ir captando la configuración de los elementos de esta nueva forma de Estado. El Minotauro es el último estadio al que ha llegado el aparato, en una evolución que encuentra su fundamento en la resolución estatista de los problemas suscitados a raíz de las revoluciones políticas acontecidas desde 1789.

Siguiendo el punto de vista del pensamiento de Jouvenel, una de las claves para entender al Minotauro pasa por la concepción de “derecho subjetivo”. Tener “derecho a” equivale, para la modernidad, a un poder que cada persona tiene sobre el mundo, incluida la propia persona. Una vez enajenado al Estado, este poder se convertirá en una demanda continua de parcelas o propiedades que el aparato estatal deberá ir concediendo. El estado otorgará derechos subjetivos –es decir, poderes mediados- en función de este pacto entre el individuo y el Estado. En este sentido, el Minotauro, aprovechando la dinámica establecida por este contrato muchas veces asumido inconscientemente, se encarga de crear nuevas necesidades que luego deberá ir atendiendo. Una vez roto todo vínculo natural configurador del êthos y aprovechándose de ese instinto humano básico por el que se desea una vida mejor, este movimiento de demanda al Estado repercute en un agigantamiento inevitable del mismo, que invade paulatinamente todas y cada una de las parcelas de la vida de la persona.

Una de las principales peculiaridades de esta forma de Estado quizá sea su capacidad para mantener un orden cambiante en el que él mismo, en su providencia, va aportando los cambios. El Minotauro se organiza, pues, en función de un “desorden estable” consecuencia de la desintegración del êthos, en dónde toda situación de pánico o inseguridad se ve apaciguada y reconducida por el propio aparato estatal. Esto no ocurrirá, sin embargo, sin un gravamen sobre la totalidad de la persona, que genera un servilismo que reduce al hombre a su mera expresión biológica y consigue que la sociedad moderna habite en un estado de “frustración consumada”.

Bertrand de Jouvenel “Cuando Jouvenel habla del Estado Minotauro, está hablando más de la esterilización que están sufriendo los campos que de la bondad o maldad en sí del agua”.

Dentro de esta situación de creciente entropía, el Minotauro posee además técnicas de dominación muy sutiles que, en una mezcla de fraternidad socialista y humanitarismo hedonista, contribuyen al desmembramiento de lo humano y a la anulación de todo sentido de autoridad ajeno al del propio Estado.

De este modo, nimbado con el aura de una ideología mesiánica, el Minotauro gobierna desde el sistema anónimo de la burocracia a una masa de hombres cada vez más desarraigada, de una forma técnicamente cada vez más compleja y con el único fin de un bienestar sublimado que termina siendo meramente burdo.

Un libro imprescindible para entender los fundamentos de esta nueva forma estatal y muy recomendable para todo aquel que se aproxime por vez primera al pensamiento de Bertrand de Jouvenel. 

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