“Raymond Aron, realista político”. Jerónimo Molina.

“Raymond Aron, realista político”. Jerónimo Molina, Ed. Sequitur, Madrid, 2013, 88 pp. 10€

http://www.sequitur.es/raymond-aron-realista-politico/portada aron

Raymond Aron (1905-1983) es uno de los grandes pensadores políticos franceses del siglo pasado y seguramente uno de los más influyentes. En Raymond Aron, realista político, Jerónimo Molina reúne una serie de artículos en un todo homogéneo que trata los grandes temas de Aron: el primado de lo político, la ideología, el maquiavelismo, el realismo político y las religiones seculares.

Aron vive la Gran Guerra y sus secuelas, y alcanza la madurez intelectual cuando el socialismo es una realidad prácticamente indiscutida. Frente a la ideología dominante, él se declara liberal en la línea de sus compatriotas Montesquieu y Tocqueville, y reclama el primado de lo político, es decir, “el gusto de pensar sistemáticamente la política y de ver las cosas como son”. La primacía de los hechos y del acontecimiento político frente a la actitud falaz que niega la realidad con la violencia de las ideologías. La política es una realidad dependiente de la historia y, al mismo tiempo, irreductible a otras disciplinas como la economía.

El problema de la política es la ideología, el pensamiento alejado de los hechos que toma una parte de la realidad negando el resto de los factores. Aron provocó a sus lectores cuando habló del fin de las ideologías en el momento en que parecía que estas triunfaban. Hablaba, empero, del triunfo de una ideología más profunda y nociva, una ideología antipolítica que niega lo político y actúa uniformando la cultura. Las realidades históricas, sociales y culturales ya no importan porque se impone el “sinistrismo”, es decir, una única balanza para medir con “dos pesos, dos medidas”. Una reducción de la realidad que no puede más que resultar siniestra, incriminadora y simplificadora. “El escepticismo político generalizado en occidente y el confiado optimismo sobre el que reposan las democracias europeas –escribe Molina- ha dejado el campo libre a una sutil forma de maquiavelismo, la del poder cultural”. La pasión ideológica se intensifica y extiende con la simplificación de la realidad.

En su Ensayo sobre las libertades de 1965 Aron escribió que “ni el marxismo-leninismo, ni el fascismo, ni el liberalismo despiertan ya la fe que mueve montañas”, lo cual puede ser positivo en el sentido de una desideologización de la cultura, pero peligroso si permanece la fe aunque los ídolos hayan caído. ¿Fe en qué? Si ya no hay ni ilusión ni pesimismo, la creencia plana que adormece la fe de los fieles es la suposición de que se ha superado la política y la democracia ha vencido, neutralizando definitivamente el conflicto político.

La alternativa a la desaparición de la vida política causada, en último término, por el escepticismo, es el “maquiavelismo”, tan difícil de comprender para el racionalismo político que ignora sistemáticamente el primado de lo real. Para Molina, el maquivalismo de Aron se resume en tres raymond aronfórmulas: las restricciones impuestas por la acción política a la libre elección de medios, el primado de la política y el escepticismo en formas de gobierno. En efecto, ninguna acción política es incondicionada, “pura”. A veces se ha de elegir entre lo malo y lo peor, y siempre se ha de partir de unos medios predeterminados. El maquiavelismo, además, cuenta con que “desde un punto de vista humano, lo político es más importante que lo económico, por definición, pues lo político toca directamente al sentido de la existencia”, lo que, unido a que en política no se puede hablar abstractamente de una forma política óptima, pues toda forma existe vinculada a una materia, todo gobierno lo es de una sociedad determinada. “En la inteligencia de la actividad efímera de cada día –afirma Molina- que inexorablemente está abocada a congelar el momento en su futilidad, la circunstancia en su contingencia irrepetible, hay tal vez mas conciencia de las regularidades, de la esencia o del criterio de lo político que en los tratados convencionales de la ciencia política insitucionalizada”.

La pérdida de la realidad y la construcción de una ideología política ha llevado al siglo XX a la construcción de las “religiones seculares”, que son “verdaderos sustitutos de la fe que aspiran a salvar a la humanidad en este mundo: son las doctrinas que ocupan en el alma de los individuos el lugar de una fe que se ha desvanecido, situando aquí abajo, en un futuro lejano y en la forma de un orden social por construir, la salvación de la humanidad”. Jerónimo Molina señala que tan “solo” hay dos reparos, el primero, que no ofrecen ni el consuelo ni la esperanza de las religiones personales y, el segundo, que están corroídas en su interior al proponer como meta ideal una realidad terrestre que no satisface a los espítus.

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