“Sobre las religiones: cristianismo, hinduismo e islam”. Alexis de Tocqueville

“Sobre las religiones: cristianismo, hinduismo e islam”. Alexis de Tocqueville, Encuentro, Madrid, 2013. 159pp. 16€.

Sobre las religiones

por Ignacio Álvarez O’Dogherty

Interesante es este libro o, mejor dicho, este conjunto de artículos en los que el autor de La democracia en América reflexiona en torno a la conciliación de la democracia con el llamado “hecho religioso”. Interesante porque en ellos encontramos el mismo análisis lúcido con el que este eminente padre del liberalismo trata los hechos de la realidad política y social aunque, en esta ocasión, entre a abordar el sutil terreno de lo sagrado.

Los numerosos viajes que realizó Tocqueville, no sólo a Estados Unidos, sino a Argelia, Canadá o Italia, permitieron darle a sus escritos esa perspectiva única que les caracteriza, al hablar como un espectador in situ de las particularidades de los diferentes lugares que visitaba. De este modo, fueron sus encuentros con las diferentes sectas estadounidenses, sus sorpresas con el clero canadiense, los escándalos de la intervención colonial en Argelia o sus enfrentamientos con obispos franceses -y contra el mismo Pío IX- los que fueron determinando su opinión acerca del papel de la religión en las sociedades modernas.

En un principio, Tocqueville verá las religiones como una forma de protección frente al despotismo político y, especialmente, como la manera más normal de garantizar una cierta estabilidad en el orden social. La “imposición de un sistema de creencias” supone, para el francés, “un yugo saludable para la inteligencia” que, al tiempo que evitan que el individuo caiga en un burdo materialismo al olvidar los “goces inmateriales de su espíritu”, le permite además alcanzar un nivel razonable de felicidad. El Tocqueville político se convertirá entonces en un firme defensor del respeto debido a las creencias tradicionales establecidas en cada país, es decir, en el principio liberal de la libertad religiosa.

Cristiano en lo social, liberal en lo político, Tocqueville propondrá un Islam a la turca  evitando su despotismo, y considerará servil y abominable una religión como la hindú basado en el sistema gregario de castas. La educación y la caridad -que a menudo equipara a la beneficencia-, deben dejarse por entero a las instituciones religiosas, pues la experiencia termina demostrando que la gestión por parte de las organizaciones civiles es ineficaz y abusiva.

Hijo de su tiempo, Tocqueville cree en los beneficios que la inversión industrial, la propiedad individual y la mejora de la economía suponen para el progreso de los pueblos. En el caso concreto de Argelia, por ejemplo, su opinión como diputado se fundamenta en que la buena convivencia entre las instituciones coloniales y las musulmanas pasa por un desarrollo económico que beneficie a colonizadores y colonizados.

Iguales ante Dios, iguales ante la Ley

Portada original de 'La democracia en América'

A pesar de ser un excelente observador que ha teorizado con probidad acerca de las implicaciones que la nueva forma política democrática traía a los pueblos, estas notas suyas sobre las religiones nos hacen ver quizás su falta de perspectiva. Alexis de Tocqueville ve la novedad cristiana exclusivamente como la instauración histórica de una concepción igualitaria del hombre, como si lo sustancial del cristianismo fuese que ha venido ha certificarnos que somos semejantes e iguales. Así, afectado por la concepción providencialista de su tiempo, Tocqueville verá ciertamente ese proceso histórico de convergencia hacia la democracia como un designio divino. Como dice en la introducción de La democracia en América:

Al cristianismo, que ha hecho a todos los hombres iguales ante Dios, no le repugnará ver a todos los ciudadanos iguales ante la ley

Sabemos que Tocqueville captó del todo la esencia del Antiguo Régimen y la esclerosis política que le afectaba. Es posible, sin embargo, que el prejuicio de lo “feudal”, incoado desde finales del siglo XVIII y todavía presente con bastante vigencia en siglo XIX reaccionario, haya contribuido a simplificar la visión histórica del escritor. En ese sentido, es muy probable que la visión del pasado histórico en Tocqueville, y en especial la de esos diez siglos que llamamos Edad Media, se haya visto empañada al tratar de ser percibida mediante las lentes conceptuales del Antiguo Régimen. Dicho esto, se hace más comprensible por qué después Tocqueville sí entenderá la Ley pero no el Derecho, sí un Estado normativo que regula la sociedad y no un sistema de obligaciones libremente establecidas que determina un orden jurídico.

En esta reconciliación de lo religioso con la novedad democrática, resulta significativo comprobar cómo la disminución de la importancia de los “agentes secundarios” se produce no sólo en el ámbito político, sino también en el religioso. Es sabido cómo Tocqueville habla del papel obsoleto y denostado de la nobleza, pero no es tan conocido su juicio al respecto de los santos cristianos, cuya devoción tachará de “idolátrica”. A este respecto, siempre resulta importante recordar que Tocqueville había vivido el giro producido durante la Restauración cuando, en 1820, el reaccionario Carlos X volvió a unir trono y altar en una vuelta de facto a la soberanía por Derecho Divino, adoptando medidas como la entrada en la Cámara de los Pares de los arzobispos y la mayoría de los obispos de Francia, experiencia de la que salió bien curado de clericalismo político.

Finalmente, el autor de este estudio sobre Tocqueville, Jean-Louis Benoît, nos muestra cómo la concepción política del pensador francés se ve determinada por la visión de un cristiano sin fe –le define como un Pascal sin Mémorial– que cree no obstante en el sentido del infinito y en la inmortalidad del alma. Unido al problema del poder, consustancial al liberalismo, esta concepción de la religión como ley motivará una posible veneración por la legislación, por la capacidad transformadora de la ley en el plano de la política.

Tocqueville, que no termina de ver la sacralización del Estado, será hijo de una nueva ley que corre el riesgo de olvidar la promesa implícita en la letra. Podrá entenderse mejor entonces cómo toda concepción de libertad para el liberalismo tiende a verse irremediablemente diluida en un vago sentimiento.

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