William T. Cavanaugh. “Imaginación teo-política”. Ed. Nuevo Inicio.

William T. Cavanaugh. Imaginación teo-política. Ed. Nuevo Inicio, Granada, 2007. 144 pp.portada teo politica

William T. Cavanaugh es un joven teólogo norteamericano que se ocupa de los grandes problemas de fondo de la teoría política con gran lucidez. En este breve libro reúne una serie de artículos cuyo nexo es el problema del Estado (Estado-Nación moderno) y su monopolio de la libertad y del espacio público. El autor clama por la recuperación del espacio común como única posibilidad para construir una vida que tenga en cuenta todos los factores de lo humano.

Cavanaugh, como buen teólogo, es un desmitificador, y en su ensayo afronta tres mitos configuradores de la cultura moderna: el mito del Estado como salvador, el mito de la sociedad civil y el mito de la globalización.

El primero de los mitos lo ha tratado con mayor extensión en uno de sus ensayos posteriores, El mito de la violencia religiosa. Dicho mito enuncia que el Estado Moderno nace y se legitima como neutralizador de los conflictos religiosos. Las guerras de religión asolaron Europa, según el mito, hasta que el Estado creó un espacio político neutral y relegó a las religiones a la esfera privada, evitando así que los europeos se siguiesen matando en nombre de Dios. Los hechos demuestran que esto no es verdad y que los europeos no se mataban por la consustanciación o la transustanciación, sino por el dominio político. La cuestión interesa porque lo que nos ha dejado este mito como sustrato de fondo es la idea de que la religión es un conjunto de creencias que afectan a la esfera subjetiva del individuo, y que en tanto que asimiladas personalmente por cada uno tendrán unos efectos concretos en la vida pública. Es decir, que la religión transformaría la esfera privada de la persona produciendo unos efectos no-religiosos y políticos. Lo que queda entonces es la identificación entre religión-privado y político-público, con lo que lo religioso queda relegado a una esfera marginal. Sin embargo, la religión, en tanto que virtud (religio) es un hábito que afecta al hombre en cuerpo y alma e impregna todas las facetas de su vida, pública y privada, y configura un espacio público.

El segundo de los mitos explica cómo el Estado nace de la gran escisión moderna entre Estado y Sociedad, público y privado, que ha sido posible, según Cavanaugh, por la invención de dos relatos correlativos: el de la religión y el del Estado. La religión sería la tendencia subjetiva hacia lo transcendente, y la política el espacio neutro que acoge las iniciativas privadas pasadas por el filtro del consenso. plaza puebloLa imaginación teológica cristiana asume con demasiada frecuencia estos relatos y queda perdida en la maraña estatista que reduce la participación política al espacio social o civil. La Iglesia pasa a ser entonces un agente “social” más de entre otros muchos, como ONG´s, partidos, asociaciones, etc., y el Estado, en realidad, se autoconstituye como única y verdadera Iglesia bajo cuyo manto protector se cobijan las particularidades.  El problema, rara vez visto por muchos católicos bien intencionados, es que se acepta el poder inmenso y tutelar del Estado y se asume que «el precio a pagar por la Iglesia para ser admitida en lo “público” sea un sometimiento de sus propias pretensiones de verdad a la vara de medir de la razón pública, es decir, una auto-disciplina del lenguaje cristiano». San Agustín sostenía que la verdadera res-publica para  un cristiano no es el imperium, sino la Iglesia.  El espacio público, desde el cristianismo, es la Iglesia, donde se hace cuerpo el misterio de la unidad y, por tanto, donde acontece la salvación. La familia, por ejemplo, que para los antiguos era el lugar de lo privado, para la tradición cristiana ya no será un simple oikos, pues la hospitalidad hace que la casa esté siempre abierta a la comunidad, y también «porque la Iglesia es una nueva familia que rompe el aislamiento de la antigua unidad familiar (Mc 3, 20-35)». La Iglesia ya no es ni polis ni oikos, sino ekklesia, asamblea de la totalidad, pueblo de Dios. La Iglesia es un cuerpo público peculiar que no puede admitir el relato moderno del Estado sin desnaturalizarse. La Iglesia también es un espacio público y la asunción de los modelos de sociedad civil que se manejan «condenan de hecho a la Iglesia a la irrelevancia pública». Para Cavanaugh, «una presencia pública cristiana no puede consistir en la búsqueda de influencia sobre los poderes, sino más bien en el tipo de disciplinas comunitarias que necesitamos para producir unas gentes de paz capaces de hablar con verdad al poder».catedral

El tercer mito, el de la globalización, afirma que la globalización coopera con la universalidad de la idea cristiana porque reúne a todo el género humano en un mismo espacio, y que, por tanto, la idea de una aldea global es católica. Para Cavanaugh nada hay más lejos de la realidad en cuanto que la globalización supone, de hecho, la pérdida de lo local en cuanto espacio, y de lo particular, en cuanto que realidad. No se puede dar un verdadero progreso humano si se suprime lo local y lo particular, y la globalización, lo estamos viendo, está produciendo sujetos fragmentados mucho más proclives a caer en el servilismo estatista. Para el autor, la Eucaristía «produce una catolicidad que simplemente no prescinde de lo local, sino que contiene a toda la catholica dentro de cada encarnación local del Cuerpo de Cristo».

La posmodernidad está escindida en una serie de oposiciones aparentemente irreconciliables como el individuo y el Estado, la sociedad y el Estado, lo universal y lo local, la religión y la política, lo público y lo privado. La asunción del mito del Estado como neutralizador de las diferencias e integrador de las particularidades alimenta la creación de una religión secular que magnifica al monstruo y genera individuos «descentrados, a la deriva en un mar de imágenes dislocadas y sin relación».

Armando Zerolo Durán

 

 

 

 

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