Cap. XVI (a). La gran Revolución

Hoy todo el mundo habla de Estado como algo que viene siendo lo mismo desde el siglo XVI. En su origen se le asocia frecuentemente con Maquiavelo, que tiene poco que ver con ello. Jouvenel habla del ‘Estado moderno’ para diferenciarlo de otras formas políticas anteriores. Carl Smith propone ‘lo político’ que es tal vez más exacto. El Estado llega a su plenitud al independizarse de la monarquía. La Iglesia aún no ha entendido lo que es el Estado. El Estado es particularista frente al universalismo eclesiástico. El Estado es un dios mortal como decía Hobbes, que sustituye al Dios trascendente.

La Revolución, como dijo el propio Jouvenel, hace de la Nación política un sustituto de la Virgen, porque sustituye a la Iglesia. Se trasladan ahí los sentimientos de reverencia, de piedad y de veneración que le eran propios. Guardini explica muy bien, por ejemplo, la idolización del Estado. La Iglesia ha caído en eso sin darse cuenta.

Dalmacio Negro durante el seminario

Después de la Revolución todavía se fue conservando un poco la diferencia entre el espacio público y privado. Y es que una de las cosas que pasa con el Estado es que tiende a monopolizar lo público. La disputa por lo público, que es el ámbito propio de la religión, ya tuvo sus antecedentes con las monarquías estatales que, con la unión del trono y el altar, iban acaparando este espacio antes exclusivo de la Iglesia.

La Revolución francesa es el Waterloo del Estado social aristocrático. Esto significa que el Estado naciente, al venir encumbrado por la burguesía, iba a basarse no en un principio de desigualdad sino de igualdad, como dice Tocqueville, al venir forjándose desde la Edad Media la idea cristiana de que todos los hombres son iguales por naturaleza.

Dice Croce que la Revolución debía de ser más bien la gran contrarrevolución, porque lo que se instala tras la Revolución francesa es la oligarquía, aunque sea encubierta por el Estado de derecho. El hecho es que lo que se instala es una nueva oligarquía contraria al Estado social aristocrático anterior. 

Con el cristianismo la democracia es imposible porque éste instala la omnipotentia iuris medieval, que hace primar el Derecho sobre la política. Lo que se produce con la Revolución es una inversión que hace primar la política sobre el Derecho. El Estado democrático y de derecho no puede existir porque para empezar el Estado se construye mediante su propio derecho y, además, el Estado como tal es mando que organiza la sociedad y, al implicar una jerarquía, rompe con toda idea democrática. El Estado de Derecho solo tuvo sentido en Alemania porque allí, por influencia de la Revolución, era más natural un paso del Estado policial al Reichstag o Estado de Derecho.

El dirigismo de la Monarquía Despótica se servía de la legislación como instrumento del mando político. La legislación se opone al Derecho. Hay juristas que ya no hacen distinción y los entremezclan. La legislación es la potenciación de la ley a partir del principio hobbesiano de auctoritas non veritas facit legem, la ley se convertirá en instrumento coactivo. Tras la Revolución francesa la ley será un mandato absoluto que obliga a todos. Hoy el derecho es legislación porque es pura coacción. La legislación son mandatos, órdenes. El derecho trata de ordenar una pluralidad mientras que la legislación lo que trata es de uniformar, eliminando el pluralismo. El Derecho procede de la realidad social, no de lo político. Lo que es coactivo es lo político, el Estado.

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