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 LA CONCEPCIÓN DE LA CULTURA EUROPEA 

(Homenaje de Don Dalmacio Negro a Don Luis Diez del Corral en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas)

     

 

Excmo. Sr. Presidente, Sres. Académicos, querida familia de don Luís y doña Rosario, señoras y señores.

 

En este acto, tan justo como emotivo para muchos de nosotros, en recuerdo  de quien llegó a ser Presidente de esta Real Academia, de la que fue miembro tantos años, desearía evocar el tema que constituía sin duda el motivo central de las preocupaciones intelectuales de quien fuera mi maestro y de otros aquí presentes, ciñéndome lo más posible a sus propias palabras: la cultura europea y la demostración, frente a viejos prejuicios, de que la española es una de sus partes fundamentales, si bien no podré abordar ahora este último aspecto.

 

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A don Luís Díez del Corral se le consideraba en su tiempo uno de los pares de la cultura europea. Su bagaje cultural era inmenso. Pero en él, el pensamiento como teoría, la contemplación de la realidad, dominaba siempre a la erudición, de la que se servía para iluminar la “experiencia de la vida”. Y uno de sus rasgos más singulares es que la ordenaba siempre desde la perspectiva española con una óptica europea. Lo europeo in-formaba, daba la forma a su concepción de la cultura. No por un eurocentrismo politizado sino como una exigencia de la razón histórica, que le obligaba asimismo a aceptar que Europa no dirigía ya la historia universal y estaba perdiendo su condición central, adquirida en el siglo XVI y consolidada en el XIX.

Johannes Huizinga, uno de sus historiadores preferidos, había especulado brillantemente sobre la situación de la Europa de entreguerras en el famoso libro titulado Entre las sombras del mañana. Una situación históricamente inquietante agudizada tras la primera guerra verdaderamente mundial de 1939-1945,  cuyo resultado fue la definitiva unificación geográfica del mundo formando una sola constelación política, en la que confluían las historias particulares de las diversas culturas y civilizaciones. En la perspectiva europea, la situación histórica había devenido, más que inquietante  sumamente problemática. Para los europeos, perdida irrevocablemente su hegemonía política, la gran cuestión  consistía  ahora en qué podría aportar Europa a la Historia Universal y su papel dentro de ella.

 

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Decía Heidegger que la pregunta incluye la respuesta, y la respuesta de don Luís fue El rapto de Europa (1954), la obra en torno a la cual cabe decir que, en una consideración de conjunto, se concentra su pensamiento.  Ahora bien, como el historiador no profetiza, su respuesta no fue una solución del problema, sino el examen rigoroso de lo que hace tan problemática para los europeos la nueva situación histórica. En El rapto planteó la aporía crucial del presente europeo.

Cincuenta y cinco años después de la aparición de El rapto, en un momento todavía  más crítico, en el que puede estar decidiéndose el destino de Europa como una civilización, ceñiré mi exposición a los grandes rasgos de su visión de la cultura europea en esa obra señera tan actual, haciendo sólo alusión, por razones obvias, a sus dos importantes complementos directos: Del nuevo al viejo mundo (1963), otra obra maestra, y Perspectivas de una Europa raptada (1974), donde, da por hecho, veinte años después, que el rapto se ha consumado.

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El subtítulo de El rapto de Europa, “Una interpretación de la historia universal”, sugiere de suyo que, temáticamente, el libro es una Filosofía de la Historia.

La Filosofía de la Historia está desacreditada tanto por el imperio de la visión cuantitativa de la historia, como por los errores y, sobre todo, la desmesura de las filosofías de la historia dominantes con sus pretensiones de ser interpretaciones dogmáticas. Sin embargo, la Filosofía de la Historia es posible desde un punto de vista cualitativo y como “Una interpretación”. Su problema es, dicho apresuradamente, de método. Y justamente por su método, El rapto de Europa ha sido de hecho  la última Filosofía de la Historia de gran estilo y, al mismo tiempo, innovadora de esa disciplina.

Don Luís comienza prestando atención a la filosofía de la historia hegeliana, de raigambre luterana, y a su contrapunto, la comteana, de raigambre cientificista. Ambas  son, en su trasfondo, teologías de la historia secularizadas. La primera en el sentido que da don Luís al concepto “secularización” como contrapuesto a “profanización”, y más radicalmente, en tanto ateiológica, profanizada, la segunda. En contraste con ellas, El rapto de Europa no es una teología de la historia y mucho menos una filosofía de la historia unilateral, dogmática, un “sistema cerrado”, que, en tanto determina o pretende determinar el futuro encajonándolo como una proyección inexorable del pasado, renuncia a nuevas posibilidades históricas, un concepto zubiriano clave en la obra de don Luís. Las filosofías de la historia convencionales, empeñadas en eliminar el azar en el acontecer humano, se oponen así,  paradójicamente, al progreso indefinido que propugnan, sobre todo en el caso de Comte.

El rapto responde en cambio a la Historiología que pedía Ortega, el maestro de don Luis ex auditu, ex lectione y ex devotione sin beatería. Le oí comentar más de una vez, la necesidad de desmitificar el pensamiento de este gran  “despertador” de la cultura española, como le caracterizó Karl Vossler. Pues, dicho sea de paso, don Luís era un pensador desmitificador: baste citar al respecto La función del mito clásico en la literatura contemporánea publicado en 1957, tres años después de El rapto.

Para Ortega, la única posibilidad de una auténtica historia universal consistía en configurarla historiológicamente, sin pretensiones deterministas, abierta a la variedad de las formas de vida históricas en tanto posibilidades  realizadas pero, por pertenecer a un tiempo pasado, desrealizadas. Es decir,  como una síntesis de las formas de la vida humana más que de las culturas, que son en sí mismas la respuesta espiritual de aquellas a la vida puramente biológica, inserta servilmente en la Naturaleza. Por eso la historia, al considerar realidades desrealizadas es en último análisis interpretación; como dirían Ranke y su discípulo Jacobo Burckhardt, una obra de arte. En este sentido, en tanto “una interpretación de la historia universal”,  El rapto de Europa es, una filosofía de la historia de las formas de vida asentada en la concepción antropológica tradicional de la naturaleza humana como algo fijo, permanente y universal: la historia universal, afirmaba rotundamente don Luis, «no es una sinfonía, sino una serie de sinfonías, pero no aisladas unas de otras, sino atravesadas por Leitmotive comunes que emergen aquí o allá».

 

En efecto, la única manera en que puede ser legítima una filosofía de la historia es distinguiendo los hechos de los acontecimientos como sugería Ranke, maestro ex lectione de don Luís, y preconizaba en su tiempo su amigo Carl Schmitt. Apegado a la realidad, El rapto de Europa pliega, por decirlo así, la razón histórica a la razón vital, distinguiendo entre el hecho –los ejemplos concretos a los que apela continuamente-, como indicador expresivo de las ideas que mueven la acción humana, y el acontecimiento que conmueve la sensibilidad colectiva. Pues los acontecimientos alteran la percepción táctil de la realidad –como decía don Luís de Tocqueville-, al cerrar una posibilidad histórica y abrir un nuevo horizonte preñado de nuevas posibilidades.  Los hechos son la materia de las formas de vida y los acontecimientos lo que les da su figura encuadrándolos.

La innovación que introduce El rapto de Europa en la filosofía de la historia consiste, pues, en que, si por una parte cerró  el ciclo de las filosofías de la historia habituales, por otra abrió en cambio el de las filosofías historiológicas, si se puede decir así, de la historia universal, tomando como hilo conductor la intensa historicidad de la cultura europea en contraposición a la más bien escasa de las demás culturas, con las que el autor la compara continuamente. En efecto, la tesis rectora de El rapto de Europa es la evidencia, sustentada en finos análisis comparativos, de que la cultura europea «se distingue de la de otros pueblos y culturas… por haber sido más historia que las demás; por haber descubierto dimensiones inéditas en la historicidad humana».

Debido a su carácter sintético, la Filosofía de la Historia tiene que contar inevitablemente, aunque sólo hasta cierto punto y en cierto modo, con la Filosofía de la Cultura, y don Luis parte críticamente de las dos filosofías de la historia entonces en boga, las de Spengler y Toynbee,  que, como es sabido, reducen las grandes culturas históricas a ocho y veintiuna respectivamente. La diferencia esencial, aunque no la única, consiste en que don Luis desmitifica las pretensiones deterministas más o menos subliminales de esas dos grandes filosofías históricas al centrarse en las formas de vida en que se asientan las culturas. Acepta, no obstante,  su método comparativo, fructífero para entender y explicar la inserción de la cultura europea en la historia universal.

 

***

La perspectiva historiológica de El rapto de Europa enmarca la obra entre dos grandes acontecimientos mediados por el de la Encarnación, aunque sería quizá preferible decir, cum grano salis, “separados”, para evitar confusiones con el método dialéctico de raíz hegeliana imperante entonces, potenciado y mistificado por el  auge de la filosofía de la historia de origen marxista, mucho más “terriblement simplificatrice” hubiera dicho Burckhardt, que las de Hegel, Comte, Spengler y Toynbee.

 

El gran acontecimiento remoto es lo que llamaba Karl Jaspers el tiempo-eje de la historia de la humanidad. Según Jaspers, la historia universal habría empezado a incoarse en torno a los siglos  VIII-II antes de Cristo, cuando se asentaron en el ecúmene conocido –Oriente, Europa, África- las nuevas formas de vida que, sustancialmente, llegan hasta hoy. En ese lapso de tiempo tuvo lugar una primera y relativa unificación cultural del mundo, al consolidarse las grandes culturas. Don Luís completaría más tarde, en cierto modo, la tesis jaspersiana en Del nuevo al viejo mundo con su visión del mundo hispanoamericano, que el filósofo alemán no pudo tener en cuenta dado el estado de los estudios precolombinos.

El gran acontecimiento inmediato es la definitiva unificación del mundo tras la segunda guerra mundial, concluida apenas nueve años antes de que viera la luz El rapto de Europa: «ya no es posible, que se presente al Occidente la historia universal compartimentada en capítulos con sujetos heterogéneos, sino, afirma don Luís, como un gigantesco espectáculo unitario, con aislamientos temporales, cortes y divisiones tajantes, sin duda, pero dentro siempre de un marco histórico común».

 

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La toma de las formas de vida como punto de partida, obliga  a entender la historia –el tiempo- desde la geografía –el espacio-, puesto que el solar de las formas de vida es la Naturaleza, de la que son tributarias.  De ahí que, para entender con realismo el lugar de la cultura europea en la historia universal, sean fundamentales, por un lado, la centralidad planetaria de Europa, y, por otro, su rica complejidad geográfica. La centralidad de esta península de Asia es tan obvia que basta mirar cualquier mapamundi elemental; su complejidad puede contemplarse asimismo en otro más detallado de su tierra y su mar, de sus islas, penínsulas y tierras compactas, de sus llanuras y montañas, ríos de distintas capacidades, desigualdades climáticas. Su complejidad ha dado lugar a culturas particulares -la causa de las naciones-, o incluso, dice, a “países intravertidos y extravertidos”, distinción que, comenta de pasada, permite hablar de dos diferentes tipos de política: la intravertida frente a la extravertida. Concluye don Luís su enumeración, afirmando que la diversidad geográfica de Europa dentro de su unidad espacial como una península asiática, ha  sido una de las causas materiales de su éxito en la historia universal.

 

Lo determinante de Europa es empero su racionalidad. Racionalidad que, por una parte, es políticamente «el supuesto y la causa de su triunfo planetario» y, por otra, al unificar la variedad geográfica, da a la vida europea una forma tan singular, que su cultura se diferencia radicalmente de las demás. Hasta el punto, sostiene don Luís citando a Hans Freyer, que «la actual organización social del Occidente no es generalmente necesaria, sino que es una categoría histórica».

Ahora bien, el monopolio unilateral de esta categoría ha sido posible gracias al tercer gran acontecimiento mediador entre el tiempo-eje jaspersiano y la última guerra mundial. «Procede sustancialmente, escribe don Luís, del elemento más entrañable y sutil de su vida histórica»: el cristianismo occidental, más intensamente histórico que el oriental, más apofático o contemplativo. «Que la razón sea capaz, si no de contemplar a Dios, al menos de pensarlo, es, recordaba en El rapto de Europa, una tesis absolutamente occidental, y todo el posterior desarrollo de la ciencia europea será posible por el impulso que recibiera de tan sublime pretensión».

 

Así pues, la singularización de la forma de vida europea y la diferenciación de su cultura de las demás comenzó a dibujarse en la Edad Media, época que no han tenido todas ellas, y que, en el caso de Europa, ha hecho que la suya sea sustancialmente de origen campesino, un rasgo peculiar y fundamental al que dedica don Luís un sustancioso capítulo basado en la distinción entre ciudades campesinas y ciudades anticampesinas. En efecto, la cultura europea nació materialmente en los monasterios, radicados en el campo, a los que se unieron más tarde los castillos, al mismo tiempo que, espiritualmente, las particulares formas de vida europeas se regían u ordenaban por la omnipotentia iuris, la omnipotencia del Derecho, que, entendido como las reglas racionales del orden natural por creación -como se decía o sobreentendía hasta Kant-, estaba presente en todas partes. Precisamente esta omnipresencia del Derecho contribuyó sobre manera, observa don Luís, a que sea consustancial a la cultura europea un amplio margen de crítica; actitud a la que se debe por ejemplo, compara el autor de El rapto, que el mundo europeo no sea un conjunto «compacto, homogéneo, como el del islam o el indio».

 

La causa última consiste en que la cultura europea es «esencialmente de una cultura secularizada» a consecuencia de la desmitificación o desdivinización de la Naturaleza que lleva a cabo el cristianismo. Por eso pudo conocer revoluciones agrarias, en definitiva técnicas, inéditas en otras culturas. «Europa, escribe don Luís, realizó una colosal revolución agraria en los siglos centrales del Medioevo, que se puede parangonar en sus efectos con la revolución industrial que vivirá medio milenio después». Sin embargo, lo determinante fue, que, de esa revolución «salió la textura bien trabada y uniforme de una sociedad y una civilización campesinas con calidades que la diferencian decisivamente de otras grandes civilizaciones agrarias».

Efectivamente, en el seno de la compleja textura geográfica campesina se fueron configurando las naciones como partes de un todo. Mas no como un producto nacido espontáneamente de la tierra, sino como algo tejido mediante la transcripción a cada una de ellas del universalismo inherente al Imperio carolingio, transcripción ciertamente del romano pero con un nuevo espíritu en tanto Imperio cristiano.   Constituida de este modo la Nación como la forma de vida política de los pueblos europeos, «es una obra que conjuga esfuerzos, que se integra sin imposición ahogadora». Una importante consecuencia es que «la cohesión libre de sus miembros engendrará la interna solidez que distingue al Estado nacional europeo», por ser en sí mismo de raíz democrática. Las naciones europeas no son, pues, artificios, sino concretas formas de vida colectiva dentro de un gran cuerpo común.

 

En fin, la singularidad de la cultura europea, determinada por su racionalidad, se manifiesta en todos sus ámbitos pragmáticos: en el arte, cuya historicidad, señalaba don Luís, es una nota exclusiva del europeo, en la imprenta, en las especializaciones, en la burocracia, en la organización estamental, en el Estado, en la economía, en las diversas formaciones históricas producidas por Occidente.

Esta cultura, que por su carácter fáustico «ha sido en el fondo, más acción que sabiduría», no sólo «ha acertado  a crear un tipo de civilización objetiva, generalizable, generosa, humana», sino que ha acelerado la historia y, con todo, «la gran cultura de occidente» «es dueña de una u otra manera del planeta».

La causa eficiente del dinamismo europeo la ve don Luís, lector estudioso de San Agustín, en la esperanza cristiana, que rompe «el círculo vicioso de la concepción cíclica de la historia» característica de las demás culturas por su dependencia de la Naturaleza: «la realización de la promesa mesiánica introduce un factor nuevo que acrece el carácter de historicidad. En la cultura europea, el más allá como horizonte absoluto, no sólo condiciona la  historia desde su principio y desde su fin, sino que irrumpe en el centro de ella de la manera más concreta y decisiva en la figura del Hijo del Hombre, que nació, padeció y murió en un determinado tiempo, en un determinado lugar». La misma idea de progreso, «típica y exclusivamente occidental», tiene ahí su origen, no menos que la “imaginación creadora”, movida por “la bienaventuranza cristiana”: «Si la técnica europea se ha mostrado desde antiguo insatisfecha con lo realizado, con el nivel de bienestar logrado, sentido pronto como angosto, ha sido porque se le aplicaban como medidas criterios infinitos de bienaventuranza mundanizada». La esperanza impulsó desde el plano profundo de las ideas creencia  los inventos técnicos, y, alentada por la fe bíblica, la ciencia, dispuesta a dominar la Naturaleza desdivinizada. Los hechos prueban, afirmaba don Luis, que «el ímpetu de la trascendencia es condición imprescindible para un reobrar enérgico sobre el mundo». De ahí que el mito de Fausto, incluida su rebelión, sea el mito propiamente europeo: sustituye al de Prometeo, incapaz de inventar nada.

 

En este momento de “tiempos revueltos”, para resumir la situación con ese concepto de Toynbee, la conclusión de don Luís es muy significativa: la ciencia y la técnica europeas, escribe,  han abierto «la posibilidad de concebir el nivel histórico homogéneo producido por ellas como un nuevo tiempo-eje». Esta frase, resultado de muchos estudios y meditaciones, es sin duda la clave de la obra y de la actitud del autor ante el presente. Una frase que a nosotros puede parecernos profética, aunque el maestro no haya querido profetizar.

 

Muchas gracias por su atención.

 

Dalmacio Negro Pavón

 

 

 

Homenaje a Don Luis Diez del Corral “La concepción de la cultura europea” Dalmacio Negro Pavón

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2 comentarios el “Homenaje a Don Luis Diez del Corral “La concepción de la cultura europea” Dalmacio Negro Pavón

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