Francisco Javier Conde, El hombre, animal político. Ed. Encuentro.

Francisco Javier Conde,  El hombre, animal político, edición y estudio preliminar de Jerónimo Molina, Madrid, Ediciones Encuentro, 2011, 149 pp.

Andrés Felipe Tobón Villada (www.eumed.es

La  figura de Francisco Javier Conde es, sin duda alguna, una de las más admirables  en el campo la filosofía política española del siglo XX. Su papel como pensador  político no queda relegado a la mera apreciación filosófica de los clásicos por  él leídos y los problemas de su tiempo. Conde va hacia adelante y hacia atrás  en la línea temporal del pensamiento filosófico político. Cabalga sobre su gran  envergadura intelectual a través de las múltiples líneas temporales, acaso  burlándose de aquellos que permanecen estáticos en su habitar académico.     portada conde

Quienes  se acercan una vez a la obra de Conde, mentirían al asegurar no querer volver a  ella. Este español del siglo pasado nos obliga a leerlo y releerlo, a pensar en  otros de sus textos, a reconstruir esa telaraña, a veces infinita, con la que  nos encontramos al leer un par de sus escritos.

Esa  es precisamente la naturaleza del libro que hace las veces de excusa para la  elaboración de esta reseña. El hombre,  animal político de Francisco Javier Conde, publicado por primera vez en  1957, y presentado nuevamente en 2011 con la edición y prólogo del profesor  Jerónimo Molina Cano, es una obra monumental, solo digna de la genialidad del  propio Conde.

Con  todo, debo señalar que mi primer acercamiento a Conde tuvo lugar en un breve  estudio que hice de la Revista de  Estudios Políticos. Tras leer muchos artículos, procurar entender la  dinámica que se entretejía en clave de pensamiento político en el seno del Instituto  de Estudios Políticos y, por supuesto, en la España del siglo XX, me encontré  con un nuevo director de la Revista,  heredero de las direcciones formadoras de Alfonso García-Valdecasas y Fernando  María Castiella Maiz, que habían dado lugar a una interesante serie de  discusiones acerca del papel político de la sociedad. Este nuevo director, que  no es otro que Francisco Javier Conde y que dirigiría la revista entre 1948 y  1956, lograría un sutil giro con el que transformaría la Revista, sin obviar la tradición de los anteriores colegas.

Conde,  respetuoso del anterior trabajo, introdujo tenues cambios que dieron lugar a la  conformación de una revista de estudios políticos centrada en dos temáticas  bastante innovadoras para el momento en el que se inscribe, a saber: Teoría del  Estado y Ciencia política. La dirección de Conde continuó la línea teórica  mantenida por Castiella, por ejemplo, sin dejar atrás la impronta española que García  Valdecasas había introducido como primer director de la revista. De este modo,  Conde consintió la unión de ambas preocupaciones, desde las dos temáticas  mencionadas líneas arriba, permitiéndose la pregunta por el cómo, el qué y el  por qué de la formación del Estado español.

Así  dicho, Conde logró integrar una preocupación teórica que se encargara de  inscribir su campo de estudio en la realidad que le era más cercana, tanto al Instituto  como a la Revista de Estudios Políticos,  a saber: España. El filósofo español, como puede percatarse cualquiera que  vuelque su mirada en esa publicación periódica, marcaría la pauta de los  siguientes directores, entre los que se cuentan Emilio Lamo de Espinosa y  Enríquez de Navarra (1956-1960), Manuel Fraga Iribarne (1961-1962) y Jesús  Fueyo (1962-1968). Después de Conde, la primera etapa de la revista mantuvo su  campo de estudio en una doble línea que entretejiera los asuntos de la ciencia  política con los de la filosofía política, en un campo profundamente  interesante como el de la teoría del Estado.

Es  menester señalar que si bien el presente escrito pretende mostrar a los  lectores el libro de Conde como toda una obra digna de ser ubicada en los  anales de la filosofía política, el propio autor insiste en intentar  convencernos de que lo suyo no es un libro, sino ‒más bien‒ unas cuantas  anotaciones dispersas, fragmentadas, sin ningún tipo de orden, que ha tomado a  bien reunir para abrir una breve discusión acerca de la condición política del  ser humano. Sin embargo, contra Conde, no puede obviarse que la reconstrucción  magistral que hace del pensamiento aristotélico, para luego enmarcar la  necesidad de entender el fenómeno de lo político como necesariamente humano, y  a este último como un ser necesariamente político, no obedece simplemente a  unos fragmentos desorganizados, a unos cuantos apuntes que bien pueden quedarse  en la incoherencia. Todo lo contrario, su trabajo es una reconstrucción acaso  necesaria para la nueva modernidad que explica que, en la significación del ser  humano, esto es, en lo que este es,  se encuentra concretamente la condición de lo político.

Para  Conde no es válido indicar que la realización del hombre se encuentra en la  política como acción, pues esto nos llevaría a pensar en la política como una  actividad ajena al hombre, es decir, como algo que éste realiza fuera de sí. El  filósofo señala que el entendimiento de la vinculación del hombre con la política  no está completamente claro en la expresión aristotélica «el hombre es una animal político», pues esta  categorización del hombre solo permite identificar actividades que de este se  desprendan. Para solventar este problema, Conde agrega una palabra más a la  expresión, quedando de la siguiente manera «el hombre es, necesariamente, un animal político». Así, la política no se  entiende solo como una actividad posible del ser humano, esto es, como una que  puede desecharse a pesar de la no consecución de la realización humana. La  política es, con Conde, esencia necesaria del ser humano en su condición de ser  moral. Justamente, lo político en el hombre es tanto potencia como posibilidad  de su realización como ser humano.       conde

La  ontología política que explica Conde, y que el profesor Molina recoge con  amplio entusiasmo, es una muestra clara de la pertinencia con que el autor se  permitía inscribir en el ambiente temático de la época. En esta línea, conviene  recordar que sería Hannah Arendt, curiosamente un año después de la publicación  de El hombre, animal político de  Conde quien escribiera La condición  humana. En este libro, Arendt concibe la política como condición de  humanidad, esto es: se es humano en tanto se tiene lugar en la vida política,  la cual solo es posible bajo la condición de estar juntos. Esta condición es  determinante a la hora de entender el mundo griego y, por tanto, a la hora de  entender la concepción que Arendt tiene de la política.

Sin  intención alguna de malograr la afirmación de una relación directa entre ambos  libros y autores, es interesante que la discusión que tenga lugar en ambos esté  sujeta a similitudes dadas en función de la pregunta por la ontología política  del hombre. Tal escenario indica, más bien, que las discusiones acerca de la  condición del hombre en el mundo, desde escenarios metafísicos dirigidos a la  política, estaban cobrando importancia. Conde, cabalgando sobre las líneas  temporales del pensamiento, también habitó tal discusión.

Sin  el ánimo de resumir el libro para que el lector no vaya a este, sino con la  intención de obligar su visita, baste con que las palabras dichas hasta el  momento hayan servido como escenario de construcción de intriga, curiosidad y,  por qué no, de confianza en la genialidad del trabajo del pensador español.

Andrés Felipe Tobón Villada

Publicado en: http://www.eumed.net/rev/historia/06/francisco-javier-conde.html

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3 comentarios el “Francisco Javier Conde, El hombre, animal político. Ed. Encuentro.

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