“El liberalismo doctrinario”. Luis Díez del Corral.

Portada 'El liberalismo doctrinario'Luis Díez del Corral. El liberalismo doctrinario. Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1956. 602 pp.

El momento histórico de la Restauración francesa se desenvuelve en un contexto político harto singular en el coexistirán en el mismo suelo patrio las distintas sociedades que se habían formado en Francia tras veinticinco años de guerra entre la Revolución y el Imperio. Divididos en sus pretensiones, estos distintos grupos convivirán en un período de paz bajo un Estado que no ha tardado en denominarse como Romántico, por esa capacidad que tendrá el individuo entonces de proyectarse en opciones políticas ensayadas con anterioridad, aunque ya idealmente simplificadas y desentrañadas de su pasado.

En este cambio de orden europeo el liberalismo advino como una nueva forma política que respondía a las reclamaciones de garantías y libertades constitucionales que permitiesen desarrollar una cierta estabilidad tras los hechos consumados desde el estallido revolucionario. En ese sentido, después de que el trágico impulso napoleónico trastornase la historia y el régimen europeos, un determinado grupo de hombres dedicará sus esfuerzos a contener las reacciones excesivas en uno u otro sentido para, al mismo tiempo, dar cauce efectivo a las exigencias impresas en el corazón de la nueva burguesía, clase que ganó una definitiva preponderancia política por entonces.

Es el profesor D. Luis Díez del Corral quien trata acerca de este grupo conocido por el nombre de liberal doctrinario en uno de sus primeros ensayos, que de ser una camarilla a comienzos de la Restauración pasó convertirse prácticamente en un partido que fue motor y eje del cambio surgido tras la revolución de julio de 1830 con el advenimiento de la monarquía burguesa de Luis Felipe de Orleans.

Personajes históricos como Royer Collard, Barante, Camille-Jordan o Guizot, en su mayoría provenientes del círculo intelectual establecido por la Universidad napoleónica, surgen en ese momento para tratar, con la perspicacia ecléctica y circunspección que le son propias, de asentar un nuevo orden social vertebrado en torno al principio de la legitimidad. Serán políticos que se pondrán a filosofar y a legislar, convencidos del arte del perfeccionamiento social logrado a partir de una determinada política legislativa.

GuizotSin ser ‘ultras’ realistas ni liberales revolucionarios, los doctrinarios presentan un modo novedoso de entender principios tan esenciales entonces como la legitimidad y el Derecho. Evitando siempre caer en un esquema científico o naturalista, presentan un firme sentido de la coyuntura histórica y de las circunstancias sociales. Por ello, a pesar del nombre, se dice que los doctrinarios no poseen una doctrina fundamental, sino que más bien eluden toda tendencia hacia la absolutización de un principio o de una serie de postulados. Su política puede estar asentada en bases como el censo electoral, la regulación de la libertad de prensa o la continuación de la división de poderes de la que hablaría Montesquieu, pero éstos son fundamentos legislativos que han de adecuarse a las necesidades políticas de cada momento.

No obstante, siendo su política una especie de conciliación de distintas doctrinas que no ha de olvidar los errores pasados y que debe de orientarse hacia nuevos ideales, al ser burgués el nuevo ‘espíritu del tiempo’, una idea política fundamental para el sistema doctrinario será la garantía de la propiedad. Esta garantía jurídica surgida a raíz de la Revolución gala constituye uno de los pilares de los doctrinarios. Hasta tal punto que Royer Collard lo utilizará, por ejemplo, como base de su argumentación para la legislación de la libertad de prensa, considerando al periódico como algo equiparable a la propiedad, un cuerpo jurídico mayor que el derecho individual, lo que explica en consecuencia el sistema de fianza o caution.

Luis Felipe de OrleansDespués de la sistematización política en torno a la propiedad, existe para el grupo doctrinario otro pilar básico como es el de la armonización en torno al concepto de razón y del Derecho. Díez del Corral se sirve especialmente de la figura de Guizot para explicar esta idea que, si bien huye de la omnímoda pretensión más historicista y totalizadora de un Hegel, sí explica sin embargo la transición política que operan los doctrinarios del Estado-Nación surgido en 1789 hacia el Estado de Derecho. Firme estaba todavía el recuerdo de las atrocidades cometidas cuando la ‘representación’ política suponía una expresión de la voluntad popular. Por ello será el francés quien, partiendo desde la concepción política burguesa y eludiendo en todo momento el Derecho Natural racionalista de los revolucionarios, objetivará una razón pública que se convertirá en la nueva ratio status, entendiendo la misma de un modo censitario, como el fruto obtenido de la discusión pública de la burguesía en una elaboración continua e incesante. El Derecho será entendido –a partir de la legitimidad– como algo histórico, como un dato previo, como un principìo. No exactamente como algo abstracto y puramente apriorístico, pues hecho y derecho aparecen entremezclados en la sociedad para los doctrinarios, sino como una evidencia fundamental recogida de la historia. Así, a pesar de que Guizot entiende la justicia como un principio puro que lucha contra la fuerza, la convierte paradójicamente en un concepto polémico, en algo que debe ser depurado.

Doctrinarismo español

En la segunda parte del libro, Díez del Corral extiende la influencia del liberalismo doctrinario a la política española liberal surgida en 1812 en el contexto de la Guerra de la Independencia y muestra sus divergencias fundamentales.

Es el sustrato teológico neoescolástico y la distinta tradición política española, casi nada afectada por las ideas ilustradas centroeuropeas, el que explica la particular rareza del liberalismo español con respecto al de las demás naciones de Occidente. La hidalguía se conecta con los aislados y numerosos pronunciamientos militares de comienzos del siglo XIX, el débil absolutismo de apenas un siglo de duración permite una natural integración en la Constitución de las Cortes generales tradicionales con el monarca como mejor y más capaz representante de la Nación. De este modo, el temple del liberalismo de un Martínez de la Rosa o de un Alcalá Galiano siempre será más moderado y menos dramático que el de los doctrinarios franceses, cuya estructura es más difícil y teórica.

Obra culmen y significativa del proceso de secularización política española es para Díez del Corral la Constitución del 45, con la figura de Donoso Cortés de trasfondo. Por último, Cánovas será ya el hombre que porfiará con miras definitivas el proceso de justificación de la Nación política en España.

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