Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio (I)

Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio, Barcelona, Herder, 2012, 79 pp.

 

por Alonso Muñoz Pérez

 

El hijo coreano de Sloterdijk

Parece que Peter Sloterdijk –el mejor pensador alemán vivo- ha tenido un hijo y éste le ha salido coreano. Paradojas de la globalización, el coreano Byung-Chul Han después de estudiar metalurgia (!)hqdefault en Corea del Sur, se cansó de esa sociedad hiper-competitiva y recaló en Alemania donde estudió Literatura alemana, Filosofía y Teología católica. Terminó dando clase en la misma escuela donde Sloterdijk es Rector (esa intraducible Hochshcule für Gestaltung en Karlsruhe), pero duró poco y ahora profesa en una recién estrenada Universidad de Artes en Berlín. Decimos que debe de ser al menos un (medio) hijo de Sloterdijk porque entre ambos se producen consonancias de temas y modos. El pensador de Karlsruhe ha parecido encontrar un modo de hacer filosofía sin caer en la Escila del post-modernismo melancólico o la Caribdis de un discurso teo-metafísico: la filosofía como crítica antropologico-cultural. Así mientras pospone ad calendas graecas la decisión sobre el fundamento del Ser y en la indefinición escogida de no ser ni nihilista ni creyente, está creando escuela: Byung-Chul afronta en este breve ensayo –tanto que según las normas de la UNESCO no se puede considerar ni libro al tener menos de cien páginas- el problema de una sociedad enferma… de sí misma.

 

La sociedad del rendimiento

En efecto, para Byung-Chul, las enfermedades de la humanidad han sido bacterianas hasta antes del descubrimiento de los antibióticos o en todo caso víricas hasta el s. XXI. Se caracterizaban por adoptar un esquema schmittiano amigo-enemigo: unos anticuerpos hostiles invaden y atacan nuestro cuerpo. Pero las nuevas enfermedades como el déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de personalidad (TDA) o el síndrome de desgaste ocupacional (SDA o “burning out”, estar “quemado” en el trabajo) son fruto de un “exceso de positividad”. De un exceso de “Yo”. Éste es precisamente el problema de la estupidez que a todos nos acecha: ni se siente a la realidad ni se siente al otro. Es un puro yo tropezando inconscientemente consigo mismo. De ahí, como apunta Dalmacio Negro citando a Ortega, que la nuestra sea una “época estúpida”.

Es una falta del otro –de un prójimo, de una autoridad, de un padre, de un amigo o de sus reversos negativos, incluso de un objeto- que me ponga límites y contraste mi subjetividad. Así “la violencia parte no sólo de la negatividad, sino también de la positividad, no únicamente de lo otro o de lo extraño, sino también de lo idéntico” (p. 18). A la sociedad disciplinaria deja paso lo que él llama, la sociedad de rendimiento. “Lo que provoca la depresión por agotamiento no es el imperativo de pertenecer sólo a sí mismo, sino la presión por el rendimiento. Visto así, el síndrome de desgaste ocupacional no pone de manifiesto un sí mismo agotado, sino más bien un alma agotada, quemada. […] En realidad lo que enferma no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento, como nuevo mandato de la sociedad del trabajo tardomoderna. […] La supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad; más bien hace que libertad y coacción coincidan. Así, el sujeto del rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. Esto es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado […] Las enfermedades psíquicas de la sociedad de rendimiento constituyen precisamente las manifestaciones patológicas de esta libertad paradójica” (Cap. 2). En un país con un 26% de desempleo –emprendedoro un tercio de fracaso escolar- se presiona a través de los medios de comunicación, cursos en la Universidad o incluso a menores para que uno decida hacer-se emprendedor. Lejos de afrontar el enorme problema de un país burocratizado y anquilosado, se prefiere cargar el sambenito simbólico sobre el incremento de la productividad de la población y una culpabilización sutil: si no tienes recursos económicos por no encontrar trabajo es que eres poco emprendedor. Como si inventar la enésima aplicación para móviles –es decir, ser el tonto útil del mercado tecnológico extranjero- fuera el bálsamo de Fierabrás de la economía española. Lamentablemente, de seguir así de esclerotizada nuestra conciencia crítica, va camino de serlo, de producir los efectos ya conocidos de semejante brebaje. Así, la clase política española oculta su responsabilidad porque ha encontrado al hombre de paja adecuado: el emprendedor. Eso lo solucionará todo, a la par que desviará la responsabilidad del desastre desde los administradores burocráticos (los oligarcas) a los sujetos pasivos, a ese pobre pueblo ya bien amaestrado en el imperativo categórico de la productividad, so pena de remordimiento interior.

 

Acción, contemplación y multitasking

Y no es que el libro (o nosotros mismos) estemos en contra de la creatividad personal. Lo que se señala es esa constante presión a rendir, al movimiento constante, a mover la pierna compulsivamente bajo el pupitre o bajo la mesa de despacho, a entregarnos al “exceso de estímulos, informaciones e impulsos. [Lo cual] modifica radicalmente la estructura y la economía de la atención. Debido a esto, la percepción queda fragmentada y dispersa. Además, el aumento de la carga de trabajo requiere una particular técnica de administración del tiempo y la atención, que a su vez repercuteD25 sobre esta última. […] El multitasking no es una habilidad para la cual esté capacitado únicamente el ser humano tardomoderno de la sociedad del trabajo y la información. Se trata más bien de una regresión. En efecto, el multitasking está ampliamente extendido entre los animales salvajes. El animal salvaje está obligado a distribuir su atención en diversas actividades. De este modo, no se halla capacitado para una inmersión contemplativa. […] Los recientes desarrollos sociales y el cambio de estructura de la atención provocan que la sociedad humana se acerque cada vez más al salvajismo. […] Los logros culturales de la humanidad, a los que pertenece la filosofía, se deben a una atención profunda y contemplativa. […] La pura agitación no genera nada nuevo. Reproduce y acelera lo existente” (pp. 33-35).

El autor se atreve en este sentido a corregir a Hannah Arendt: “en contra de la suposición de ella, tampoco en la tradición cristiana se da una prevalencia unilateral de la vita contemplativa. Antes bien, se aspira a una mediación entre vita activa y vita contemplativa. Como dice S. Gregorio Magno: […] La vida activa nos tiene que llevar a la contemplación, pero a su vez la contemplación ha de partir de lo que hemos contemplado en el interior y llamarnos a volver a la actividad” (p. 41, nota). Frente al desarrollo social del rendimiento “Arendt no ofrece ninguna alternativa efectiva” (p. 49). Hecha esta corrección y puesto el punto adecuado –el libro de Byung-Chul no es esteticista ni se trata del penúltimo manifiesto en defensa de las “Humanidades”-, tiene razón la pensadora de Könisberg que “la sociedad moderna, como sociedad de trabajo, aniquila toda posibilidad de acción, degradando al ser humano a animal laborans, a meros trabajadores. […] Así, Arendt considera que la modernidad, que principalmente ha comenzado una inaudita y heroica activación de todas las capacidades humanas, termina en una mortal pasividad” (p. 43). “El trabajo desnudo es precisamente la actividad que corresponde a la vida desnuda” (p. 46), a la nuda vita de Agamben, quien también es llamado a testificar en el ensayo. “En esta sociedad de obligación, cada cual lleva consigo su campo de trabajos forzados. […] Así, uno se explota a sí mismo, haciendo posible la explotación sin dominio. Los seres humanos que padecen depresión, TLP o SDO desarrollan síntomas patentes también en los llamados Muselmänner de los campos de concentración” (p. 48).

Continúa aquí.

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