Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio (y II)

Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio, Barcelona, Herder, 2012, 79 pp.

por Alonso Muñoz Pérez

 

La falta de actividad superiorimage010

Pasa el ensayo a analizar con la ayuda de Nietzsche la “pedagogía del mirar”, el aprendizaje a “ ‘no responder inmediatamente a un impulso’. […] Reaccionar inmediatamente y a cada impulso es, al parecer de Nietzsche, en sí ya una enfermedad, un declive, un síntoma de agotamiento” (p. 53-4). Así dice el pensador del martillo en Humano, demasiado humano: “A los activos les falta habitualmente una actividad superior […] en este aspecto son holgazanes. […] Los activos ruedan, como rueda una piedra, conforme a la estupidez de la mecánica” (p. 55). Sustitúyase “activos” por “profesores universitarios” y se tendrá un retrato (y un diagnóstico) de la Universidad, especialmente de la carpetovetónica. Agentes de igualdad, gestores de calidad, directivos de recursos humanos y una miríada de cargos burocráticos, son los compositores, directores e intérpretes principales del dodecafonismo educativo: un bacalao educativo que cuanto menos significativo es, más empeño pone en los procesos de auto-evaluación. Como dice John Taylor Gatto, “el sistema educativo produce personas irrelevantes”. Pero es muy coherente, cabría añadir.

Leer en la Universidad es, además de una actividad entre heroica y directamente imposible, un acto “egoísta”. ¿Qué produce un profesor leyendo? ¡Intolerable! Hay que ponerle a pasar lista, a dar unas cuantas horas de clase, a gestionar expedientes, a pasar papeles y correos electrónicos de A a B para poderlos pasar más tarde de B a A. Así, como señala Nuccio Ordine en otro ensayo breve (La utilidad de lo inútil. Manifiesto, Barcelona, El Acantilado, 2013mapa_procesos), “Los profesores se transforman cada vez más en modestos burócratas al servicio de la gestión comercial de las empresas universitarias. Pasan sus jornadas llenando expedientes, realizando cálculos, produciendo informes para (a veces inútiles) estadísticas, intentando cuadrar las cuentas de presupuestos cada vez más magros, respondiendo cuestionarios, preparando proyectos para obtener míseras ayudas, interpretando circulares ministeriales confusas y contradictorias. El año académico transcurre velozmente al ritmo de un incansable metrónomo burocrático que regula el desarrollo de consejos de todo tipo (de administración, de doctorado, de departamento, de grupo) y de interminables reuniones asamblearias. Parece que nadie se preocupa, como debería, de la calidad de la investigación y la enseñanza. Estudiar (a menudo se olvida que un buen profesor es ante todo un infatigable estudiante) y preparar las clases se convierte en estos tiempos en un lujo que hay que negociar cada día con las jerarquías universitarias. No nos damos cuenta que separando completamente la investigación de la enseñanza se acaba por reducir los cursos a una superficial y manualística repetición de lo existente” (p. 80).

ANECA-renueva-su-pertenencia-al-Registro-Europeo-de-Agencias_right_column_bigbannerCada vez menos docentes cuestionamos el estado de cosas, satisfechos como estamos si podemos llegar a final de mes. E incluso estamos ya interiormente colonizados por la lógica del rendimiento universitario, donde la calidad se mide en los litros de tinta de calamar vertida en publicaciones (a ser posible en inglés y con índice de impacto de proporciones nucleares), a ver quien micciona más lejos su curriculum de patentes, proyectos de investigación, congresos y encuestas de evaluación positivas según modelo concertado con la ANECA(-KGB). El otro índice de rendimiento son el elevado número de horas de clase. Éstas sirven para matar dos pájaros de un tiro: que profesores y alumnos estén ocupados, se entretengan mutuamente y ninguno de los dos colectivos tenga ni tiempo, ni ganas, ni interés por estudiar (que ya sabemos que no sirve para nada y no se puede medir ni ver). Por eso señala Byung-Chul que la rabia tiene en estos tiempos una valencia positiva: “El futuro se acorta convirtiéndose en un presente prolongado. Le falta cualquier negatividad que permita la existencia de una mirada hacia lo otro. La rabia, en cambio, cuestiona el presente en cuanto tal. […] La rabia es una facultad capaz de interrumpir un estado y posibilitar que comience uno nuevo” (p. 57). También la tristeza o el miedo son arrinconados por su carácter negativo, haciendo así que el “pensamiento sea un mero ejercicio de cálculo. Quizás el ordenador hace cálculos de manera más rápida que el cerebro humano y admite sin rechazo alguno gran cantidad de datos porque se halla libre de toda otredad. Es una máquina positiva. Precisamente por su egocentrismo autista, por su carencia de negatividad, el idiot savant obtiene resultados solo realizables por una calculadora” (p. 58). Parece como si la compañía alemana líder en el software de gestión administrativa de empresas, SAP, acabase de leer este ensayo para anunciar zombiefunctionque “busca reclutar personas con autismo como programadores y probadores de productos, aprovechando talentos que pueden ofrecer una cuidadosa atención al detalle y la habilidad para solucionar problemas complejos”. Así, uno empezaría a dudar sobre qué sería más rápido y eficaz: o llenar de autistas la profesión docente por medio de contrataciones masivas o convertir a los docentes en contagiados de trastorno del espectro autista (TEA). Se rumorea que la ANECA ha nombrado una comisión de sabios al respecto a efectos de determinar lo más eficaz para el mercado laboral y la productividad. Afortunadamente, la pandemia de SDO o “burning out” entre el colectivo docente ayudará en cualquier caso.

 

El esfuerzo para la muerte y los dos tipos de cansancio

Como última figura, el autor analiza la obra de Melville, Bartleby o el escribiente. Como es sabido, Bartleby es un secretario que no hace ni bien ni mal, sino que a todo lo que se le pide o sugiere responde con un “Preferiría no hacerlo” (I would prefer not to). Byung-Chul cuestiona la interpretación que Agamben hace de la obra. Así para el coreano-alemán, no “resulta muy convincente la afirmación según la cual Bartleby debido a su obstinada negación a escribir, persevera en la potencia del poder-escribir y que su radical renuncia al querer denota una potentia absoluta. […] Pero Agamben pasa por alto que Bartleby rechaza cualquier recado de mensajería. […] La existencia de Bartleby es un negativo ser para la muerte. […] Todos los esfuerzos para la vida conducen a la muerte, sería el mensaje central del relato” (pp. 66-68). En realidad todos estos rasgos así como los anteriores de las tres enfermedades de la positividad remiten al mito “Hombre nuevo” de Dalmacio Negro, prototipo de hombre neutral, sin atributos (Musil), unidimensional (Marcuse), tibio (cfr. Ap. 3,16).

Por último, el autor analiza los dos tipos de cansancio. El malo es el que reclama un dopaje, “pues hace posible un rendimiento sin rendimiento” (p.71). Este cansancio que reduce la vitalidad a la mera función y rendimiento vitales, lleva al cansancio a solas (Alleinmüdigkeit), “que aísla y divide”. Enlazando con la obra de Peter Handke –probablemente el mejor novelista en lengua germana vivo-, se señala que “estos cansancios son violencia, porque destruyen toda comunidad, toda cercanía, incluso el mismo lenguaje” (p.73). A este cansancio, Handke contrapone “el cansancio elocuente, capaz de mirar y reconciliar, “ ‘como un Más del Yo aminorado’ abre un entre, al aflojar el constreñimiento del Yo. […] El ‘entre’ es unimage_thumb[13] espacio de amistad como in-diferencia, donde ‘nadie ni nada domina o siquiera tiene preponderancia sobre los demás” (p. 74). Es lo que Handke llama “el cansancio fundamental, que es cualquier cosa menos un estado de agotamiento en el que uno se sienta incapaz de hacer algo. Más bien se considera una facultad especial. Deja que surja el espíritu. La ‘inspiración del cansancio’ se refiere al ‘no-hacer’: “¡Una oda de Píndaro a un cansado en lugar de a un vencedor! A la comunidad de Pentecostés recibiendo al Espíritu Santo –a todos los apóstoles- me la imagino cansada. La inspiración del cansado dice menos lo que hay que hacer que lo que hay que dejar”. Conseguir un cansancio que se deja llevar por una inspiración, que no multiplica el Yo en un activismo de la clonación sino que refuerza sus potencias pasivas –valga la paradoja- sin llegar a ser un saco de patatas o una mera potencialidad irrealizada, es el estado de libertad interior que permite escapar a la sociedad del rendimiento y su cansancio de alma quemada, atención dispersa y personalidad clonada.

Es muy significativo que un pensador del cual desconocemos si es creyente o no, termine resolviendo estas paradojas y un análisis filosófico apuntando a un escritor creyente y a un hecho sobrenatural como es Pentecostés. Pero, ¿se espera todavía la inspiración en una sociedad y en una universidad cansadas de su auto-exigencia de rendimiento? Probablemente, sólo nuevas instituciones con nuevos presupuestos (no nos referimos al documento de gestión económica) puedan abrir un espacio público con algo distinto a la sociedad del rendimiento y del cansancio. Ojalá encontremos en el futuro oasis sociales (y Universidades) donde se pueda experimentar esta vida. Byung-Chul nos introduce sin duda a esa ligereza del cansancio y a la atención de un pensamiento que no se desentiende de la realidad de lo que nos pasa. Seguiremos atentos (y cansados) a lo que venga de Alemania. De momento, este recensor ha tenido que escoger dormir menos, terminar esta recensión en el cansancio de las tres de la madrugada y con la previsión de una clase a las ocho de la mañana (y las que vienen después mañana y tarde) para poder experimentar con placer inútil siquiera un poco de ese cansancio fundamental de Handke que nos abre a lo inconmensurable del Totalmente Otro de mi Yo. Sólo un cansancio fundamental nos puede ayudar a soportar el del rendimiento.

UnknownPentecostés-detalle-El-Greco-Museo-del-Prado

 

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