Jonathan Swift. “Viaje a Laputa” en Los viajes de Gulliver.

En uno de sus accidentados viajes Gulliver arribó a una misteriosa isla flotante. Podía ser dirigida por el rey por encima de otros territorios con los que se comunicaba únicamente a través de cuerdas con las que izaba las peticiones de los súbditos. La isla nunca tomaba tierra y tampoco se alejaba demasiado, proyectaba su sombra sobre los territorios inferiores y nunca se alejaba demasiado de ellos. Siempre estaba en una prudente y molesta distancia.gulliver laputa

Sus habitantes “tenían la cabeza inclinada, sea a la derecha, sea a la izquierda,  y uno de sus ojos vuelto hacia adentro y el otro mirando directamente al cenit”. Se hacían acompañar de un lacayo llamado “agitador” que se servía de un palo en cuyo extremo iba atada una vejiga rellena de guijarros para espabilar a su amo. La razón es que “al parecer, las mentes de estas personas se enfrascan tan intensamente en especulaciones que no pueden ni hablar ni oír lo que otros les dicen si no se las hace volver en sí con algún contacto externo sobre los órganos del habla y del oído”. Así, las gentes de Laputa que pueden permitírselo, van siempre acompañadas de un agitador que les saca de su estado de obnubilación en momentos críticos, agitando el palo cerca de sus ojos y orejas, evitando así que se caigan de la isla, que se golpeen contra algo o entre ellos.

Gulliver cuenta que necesitó hacerse un traje y que el rey dio orden a un sastre de que realizase la tarea. “Tomó la altura con un cuadrante, y luego dibujó con reglas y compases las dimensiones y contornos de mi cuerpo entero y lo trasladó todo al papel. Al cabo de seis días me trajo el traje, muy mal confeccionado, y casi por completo deforme”. Lo que más escandalizó al protagonista de tan desafortunados sucesos fue que “tales accidentes eran frecuentes y que se les prestaba poca atención”. Y lo que les pasaba con la ropa, les pasaba con las casas, todas mal construidas, sin un ángulo recto, y las paredes completamente torcidas, pues el desprecio que se tenía por la geometría aplicada era máximo. Gulliver escribió que “no he visto pueblo más tosco, poco diestro y desmañado, ni tan lerdo e indeciso en sus concepciones. Son pésimos al razonar y dados con gran vehemencia a la contradicción. La imaginación, fantasía e inventiva les son por completo extrañas, y no poseen en su idioma palabras con que expresar dichas ideas”.

Pero sin duda lo más pasmoso de aquel pueblo de matemáticos y geómetras es “la enorme disposición para las novedades en política, que continuamente les tiene averiguando acerca de los asuntos públicos, dando juicios sobre cuestiones de Estado y disputando apasionadamente sobre cada tilde de la opinión de un partido. Y, añade el viajero, he observado la misma actitud entre la mayoría de los matemáticos que he conocido en Europa, aunque nunca acerté a descubrir la menor analogía entre las dos ciencias”.

El rey “no mostraba la menor curiosidad por enterarse de las leyes, el gobierno, historia, religión o costumbres de los demás países, sino que limitaba sus preguntas al estado de las matemáticas y recibía las noticias que yo le daba con el mayor desdén e indiferencia, a pesar de que los agitadores a uno y otro lado le despabilaban frecuentemente”.

Esto me lo contó Gulliver una vez que coincidimos en un pub y tuve la inmensa fortuna de tomar unas pintas con él. Le animé a dejarlo por escrito por considerar maravillosas sus aventuras. Yo, sin embargo, pobre por mi profesión y la mala fortuna de mi familia, no salí nunca de mi pueblo, pero le conté que en nuestro país debía haber descendientes de Laputa que viven en pequeñas casas laputienses. No daba crédito a lo que le contaba y le tuve que narrar alguna de mis historias. Por ejemplo, le pareció digna de la alta Laputa aquella anécdota que tuve con los agentes de calidad de mi trabajo. Le conté que un día vinieron a mi despacho en busca de evidencias de calidad, y que habiéndoles dado dos cajas llenas de papeles, estadísticas, reglamentos autocumplidos y decenas de horas dedicadas a cursos y cumplimentación de formularios autorreferenciales, se fueron tan contentos e imprimieron uno de sus sellos en mi puerta y otro en mi frente. Se desternillaba cuando le conté que otro compañero les entregó un remolque de papel reciclado y que el regocijo de los agentes de calidad fue tal que le nombraron subsecretario de relaciones institucionales de la agencia madre de Laputa.burocracia

Cuando le dije que había otras Laputillas que se encargaban de poner una pegatina en los vehículos y que sin ellas no podía circular nadie fue cuando comenzó a indignarse. Le conté que una vez vi un burro con una de esas pegatinas adheridas en su frente por azar, y que el agente laputiense le multó por no estar homologado. Le conté que en una ocasión un vehículo en pésimo estado se accidentó y que ni los científicos más re-putados (que son los descendientes directos de Laputa) podían explicárselo porque el coche tenía todos los papeles en regla. Otra vez, un oficinista pidió por teléfono a gerencia papel y tinta para su impresora y recibió un “conforme” de la administración de Laputa con el siguiente mensaje: “Conforme. Imprima y entréguelo al subvicegerente”.

Pero cuando su cara enrojeció y entró en un estado colérico fue cuando le conté que en una ocasión se aprobó una ley obligando a todos los súbditos a entregar su casa a unas entidades laputienses, la mitad de su salario y un alto porcentaje de su dinero y que nadie se quejó porque todos consideraban que el procedimiento se había ajustado adecuadamente a los patrones y métodos establecidos. Me pidió que callase si no quería hundirle en la miseria cuando empecé a relatarle aquella vez en que un pueblo entero se quedaba tan contento cuando un gobernante ignorante y lerdo les tiranizaba cada cuatro años porque se les había dado la oportunidad de ir de fiesta e introducir un papel en una caja para elegir entre él y su hermano, por supuesto ambos de la estirpe de los re-putados (cuando se dedican a la política, les llaman di-putados, por descender doblemente de Laputa).

Lo más penoso, y esto ya no se lo conté para no entristecerle todavía más, es que en las Laputillas que hay por aquí los encargados son tan pobres que no pueden permitirse el lujo de costearse un agitador y que de este modo es absolutamente imposible sacarles de su estado de obnubilación. Él me dijo que lo peor que nos podía pasar es que uno de ellos, un laputiense, mutase en “agitador” y consiguiese terminar de confundirnos a todos.

Anuncios

3 comentarios el “Jonathan Swift. “Viaje a Laputa” en Los viajes de Gulliver.

  1. Te has inventado el nombre del autor. Se te ve el plumero. Qué real¡¡¡¡¡. Pues ahí estamos y ahora nos cambian de Rey y a volver a empezar. O… terminará muy rápida la labor?. En fin vaya mundo. Besazo Ñuca

    Me gusta

  2. Pingback: Ernst H. Kantorowitz. “Los dos cuerpos del rey”, y la inmortalidad como problema político (I) | Seminario de Estudios Políticos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s