Ernst H. Kantorowitz. “Los dos cuerpos del rey”, y la inmortalidad como problema político (I)

Los dos cuerpos del rey Ernst H. Kantorowitz. “Los dos cuerpos del rey: un estudio de teología política medieval”, Madrid, AKAL, 2012, pp. 558.

Hay quien dice aquello de que todo problema actual obedece, en el fondo, a una cuestión teológica. Al afirmar esto, corre uno siempre el riesgo de caer en el escolasticismo y abstraerse así en especulaciones filosóficas dignas de los ciudadanos de Laputa, con sus pertinentes “agitadores” que nos despierten continuamente a la realidad. De hecho, nuestra tendencia habitual es laputaniense: ya sea de política o teológica, económica o jurídica, filosófica o inmobiliaria, la especulación abunda; sucede hasta cuando hablamos de la propia vida: difícil nos es hoy librarnos de ella. A pesar de todo, en lo que a la teología se refiere, nuestras miras pueden ser por lo general muy cortas, cuando no prácticamente inexistentes. Ello trae toda una serie de numerosas consecuencias, por lo pronto, dos inmediatas a nuestro tiempo: la creciente mitologización del pensamiento –pareja a la infantilización del hombre–  y la absurda pretensión de la desaparición de lo sagrado, alcanzada –por fin– en esta época postmoderna.

Sacado de lo profundo de la Baja Edad Media, este famoso libro del alemán Ernst H. Kantorowitz nos recuerda precisamente que la cuestión teológica está lejos de ser clausurada; es más, nos hace ver que se encuentra muy presente. ¿Quién nos iba a decir que Starbucks, Nike o la Agencia Tributaria iban a tener algo que ver con las disputas jurídico-teológicas de los siglos XI y XII?, ¿o que aquel dicho recurrente de los profesores de marketing que nos insta a que “cada uno tiene que ser como una empresa y generar su propia marca” venga directamente de las sublimes discusiones de monjes preocupados por el sexo de los ángeles?

Las figuras de los cuatro evangelistas sacralizan el busto del emperador Otón II

Esa larga época del cesaropapismo, en la que las disputas entre la Iglesia y el Imperio se dirimían especialmente en torno a cuestiones de teología-jurídica, el Papa y el Emperador devinieron poco a poco cada vez más indiferentes el uno del otro, hasta el punto de asumir el primero roles propios de la potestas, y el segundo a consagrarse mediante elementos sacerdotales. Así, en esa era medieval en la que imperaba era el Derecho natural, cuando la mimetización de los dos poderes resultó más aguda, juristas y teólogos comenzaron a confundirse y tomar prestados conceptos los unos de los otros.  De tal modo que, por ejemplo, el concepto que utilizaron los teólogos para designar a la Iglesia en su conjunto como el corpus mysticum del que Cristo era la cabeza, pudo pasar en un momento dado a extrapolarse, con préstamos del Derecho romano de por medio, al ámbito del poder temporal como el corpus republicae mysticum, justo con el advenimiento de los primeros Estados nacionales o monarquías estatales, cuya cabeza sería el rey. Y de la misma forma en que el Imperio asumió rasgos eclesiales, la Iglesia también adquirió por su parte una fisionomía vasallática

Del aevum a la S.A.

El paradigma teológico-jurídico que resultaría ser quizás más paradigmático es el que después se relacionará con conceptos como los de perpetuidad, inalienabilidad o cualquier otro tipo de sempiternidad jurídica, que harían entonces referencia a figuras como la Corona, el Reino, la Patria o la Iglesia, hasta llegar a considerar como corporaciones jurídicas a la persona del abad o incluso al mismo emperador. Estas corporaciones unipersonales, precedentes de las actuales Sociedades Anónimas, tienen su origen nada más y nada menos que en el campo de la teología.

Fue en ese convulso s. XIII, en los momentos álgidos de la Querella de las Investiduras, cuando tuvieron lugar intensas discusiones suscitadas por el redescubrimiento de la filosofía aristotélica y su creencia en la increación y la continuidad infinita del mundo, propios del pensamiento heleno, que concibe la naturaleza algo inmortal, sagrado. Será entonces cuando la idea de progreso científico y religioso empezó a ponerse en boga por la influencia de los averroístas, que consideraban al conjunto de la vida de los géneros y las especies como algo sempiterno, de tal modo que, considerando un desarrollo temporal, llegaban a afirmar aquello de que “la verdad era hija del tiempo”. La polémica trajo a colación aquello que, en el pensamiento de Santo Tomás o San Agustín, era considerado como un término medio entre la condición finita del hombre y el lugar eterno de Dios: el aevum, es decir, la región infinita y a la vez cambiante en la que habitaban los ángeles de Dios. Así, descartando la concepción cíclica del tiempo característica del mundo griego, se produjo la secularización del continuum angélico en la historia, de tal modo que, en los dos siglos posteriores, ya empezaría a actuarse como si la realidad del mundo fuera interminable, en detrimento de la conocida máxima paulina de que “este mundo está por terminar”, alterando significativamente las bases del concepto metapolítico de la inmortalidad, que el profesor Dalmacio Negro reconoce hoy como uno de los problemas políticos fundamentales, asociado íntimamente a la idea del pecado original, que explica precisamente la nostalgia de la inmortalidad en el hombre.

Entendemos de este modo el origen del corporativismo jurídico como una ficción del derecho para designar entidades de mayor consistencia y envergadura, entidades a las que los individuos se encontraban ligados y ante las cuales tenían que responder. Será precisamente el êthos de cada pueblo y la labor de los juristas más reputados el que determine la fisionomía de cada Nación en base a las distintas ordenaciones de estas mismas corporaciones entre las que se incluyen el Reino, la Corona y la Iglesia. El curso histórico hará de Inglaterra el país del Common Law y el anglicanismo, o de Francia el lugar de la dinastía sacralizada, y siempre en función de esta ansia de inmortalidad secularizada.

Tumba que refleja el cuerpo mortal y el inmortal

Tal es la razón del título del libro, Los dos cuerpos del rey, pues será el rey mismo quien se encuentre definido por su doble naturaleza, la de su cuerpo corruptible y la de su figura inmortal, que pervive en efigie de generación en generación, pues el rey jurídicamente no puede morir. De ahí procede la famosa frase funeraria y paradójicamente festiva de “El rey ha muerto… ¡Viva el rey!”, que exaltaba a la ficción perpetua por encima de la muerte corporal, como si del cuerpo natural del rey se produjese una transmigración a través de su cuerpo inmortal. Como el ave Fénix mítica, el rey seguía su continuidad dinástica renaciendo continuamente de sus cenizas.

Este principio de divinización del emperador, ya se había dado en el imperio romano, con la particular diferencia de que el emperador en Roma era la encarnación visible de la divinidad, del genium de los dioses, mientras que sólo con el cristianismo se produciría la mistificación de personas jurídicas invisibles, además de carácter unipersonal, cosa inaudita en la historia.

En camino hacia la teología política

Obras como esta de Kantorowitz sientan las bases de la llamada teología jurídica, con vistas a la disciplina más reciente de la teología política, evidenciada a partir de la reforma protestante, que llevó a cabo un cambio en la concepción escatológica del hombre –la auténtica gran revolución de la modernidad– hasta el punto de empezar a esperar por la política la salvación que antes esperaba de la fe. El Estado empezaría a afirmarse con Hobbes y poco a poco empezaría a trastornarse la noción metapolítica de la inmortalidad, haciendo del miedo a la muerte el principio del orden político. El segundo punto de inflexión vendría de la mano de Rousseau, un calvinista, y de la Revolución francesa, llevando a cabo el llamado giro ateiológico inesperado, con una secularización de la inmortalidad, entendiéndola como algo colectivo… pero de esto tendremos que hablar en una próxima entrega…

El "deus mortalis", hijo del protestantismo

El “deus mortalis”, hijo del protestantismo

(…continuará).

 

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