Las cuestión de las raíces medievales del modo de pensar estatal

La pregunta de Carl Schmitt y la respuesta de Duns Scoto

Así170941.carl_schmitt_als_student-1912 como Dios crea y define un orden natural, así el legislador moderno crea y define ex nihilo el orden social. Carl Schmitt en su Teoría de la Constitución (Cap. 8, El poder constituyente) hace una analogía entre, por un lado, la relación del soberano con el orden normativo emanado de la soberanía y, por otro, la relación de Dios con el orden creado. Es decir hace una analogía entre el poder del político respecto de la legislación y Dios respecto del orden del mundo. Schmitt sin pretender resolver la cuestión más general de “la vieja y eterna disputa metafísica que en las más distintas formas se repite para los diversos campos del pensamiento humano: si una cosa es buena y justa porque Dios la quiere, o si Dios la quiere porque es buena y justa”, opta como es sabido por la decisión política como fundamento del orden (político) y no -como hace su adversario intelectual, Kelsen- por la norma (o más exactamente por el procedimiento en abstracto) como fundamento de toda decisión concreta. El intento de Kelsen es expulsar todo fundamento personal del orden y, por tanto, toda remisión a algo distinto de un procedimiento racionalista, donde la vida humana es mero bios (vida meramente biológica) carente de telos (finalidad).

Para André de Muralt este tipo de derivaciones tienen su origen en la tensión entre dos grandes estructuras de pensamiento: la aristotélico-tomista y la escotista. Para el escotismo –según Muralt- es posible pensar una objetividad independientemente de su existencia o no. Por ejemplo, uno puede dar carta de objetividad a la pura materia –desprovista de toda forma- o al alma humana –desprovista de toda corporalidad- independientemente de que estas realidades se den o no empíricamente. Así uno puede pensar en la materia o el alma independientemente de toda consideración sobre cómo estas realidades se dan en el mundo. Nosotros conocemos el orden de las cosas de potentia Dei ordinata (según éste orden del mundo dado), pero eso no quiere decir que la voluntad de Dios no pueda hacerlas o combinarlas de distinto modo de potentia Dei absoluta (según su omnipotencia, prescindiendo del orden creado del mundo). Por ejemplo, Dios podría hacer que el asesinato fuera bueno moralmente o hacer meritorio el odio a Dios (el controvertido tema del odium Dei). Muralt señala en esta estructura de pensamiento escotista el origen del constructivismo, voluntarismo, racionalismo, etc… propios del pensamiento político moderno (vid. La estructura de la filosofía política moderna. Sus orígenes medievales en Escoto, Ockham y410NG9R2DJL._SY300_Suárez. La última edición francesa cuenta con importantes añadidos sobre el derecho según Aristóteles, dos capítulos nuevos sobre (1) el método de análisis estructural y de comprensión analógica de las doctrinas filosóficas y (2) el sacerdocio ministerial y el real además de un apartado ampliado sobre la filosofía política de Ockham).

La Edad Media como mediadora de la Antigüedad y la Modernidad

Sin embargo, las cosas no son tan “sencillas” (es un decir), pues la época medieval es precisamente una edad de transición entre la Antigua y la Moderna, siendo el término medio, la revelación cristiana. Apenas hay pensamiento político en la Edad Media, pues esta época es fundamentalmente religiosa y jurídica. Como señala Dalmacio Negro, “igual que se ha dicho con razón que el pensamiento político moderno es teología política secularizada -aunque sería más exacto decir mejor aún politizada- el pensamiento político medieval era teología jurídica. Una importante particularidad de la segunda escolástica, la española, consiste en que conserva esa visión. De ahí que los “políticos” tuviesen tan mala prensa entre los escolásticos españoles. Véase por ejemplo, lo que dice Pedro de Rivadeneyra. Quizá todo eso explique la debilidad o escasez del pensamiento hispano propiamente político” (“Maquiavelo no era maquiavélico”, p. 220). No se puede simplemente considerar que la Edad moderna es una edad decadente -desde el punto de vista de la realidad política- tras la síntesis perfecta medieval. La cuestión sería: ¿tiene alguna legitimidad ontológica el modo de pensar escotista o la escuela franciscana de pensamiento? En efecto, ésta pone el acento en la voluntad más que en el intelecto tomista, en el bien más que en la verdad. No olvidemos que el racionalismo escolástico fue incapaz de afrontar el reto moderno más allá de un atrincheramiento repetidor de mantras filosófico. ¿Es la modernidad un fenómeno anticristiano? Ni Galileo, ni Copérnico, ni Pico della Mirandola, ni la política de los Reyes Católicos son medievales, pero ¿son intelectual y ontológicamente anti-cristianos?

9788825011340¿Pueden integrarse en una perspectiva cristiana las dos acentuaciones medievales: la intelectualista de la escuela dominicana y la voluntarista de la escuela franciscana?

En efecto para Orlando Todisco (Lo stupore della ragione), la escuela franciscana de pensamiento tiene una legitimidad no sólo cristiana sino también ontológica. La línea agustiniano-bonaventurista piensa no tanto en términos de ratio cuantoen términos de verbum, que es como la Vulgata tradujo el término griego logos en significativa elección al traducir. El fundamento del orden es así no una mera racionalidad abstracta o un “Dios de los filósofos”, sino un ser personal que al crear un orden (el mundo) expresa lo que Él mismo es. Así la línea franciscana entiende el ser más en términos de don que en términos cognoscitivo-intelectuales y en este sentido parecería aproximarse más a la inicial afirmación de Schmitt: que lo que está al fundamento de un orden es una decisión personal. La cuestión teológico-política sería pues la analogía entre el momento creativo del político y el momento creativo de Dios. ¿Se puede hacer tal analogía? Y en caso afirmativo, ¿cómo es esa creación? ¿Se trata de meramente dar existencia a un orden racional necesario? ¿O es también una libertad creativa, una especie de juicio analítico a posteriori, valga la paradoja? ¿Es la política un mero reconocimiento de un orden jurídico? ¿O tiene la política una lógica propia, más próxima a la necesidad retórica o estética?

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