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El liberalismo en España. Una antología. Dalmacio Negro

El Liberalismo en España. Una antología. Dalmacio Negro. Unión Editorial, Madrid, 1988. 355 pp.

El liberalismo se puede definir como el intento de limitar las facultades del mando político para garantizar el ejercicio de las libertades públicas, pero como toda definición política, necesariamente sujeta a las realidades históricas, se presta mal a una conceptualización demasiado estática. Por esta razón, Dalmacio Negro prefiere hablar de tres liberalismos distintos en España: el ideal, el posible y el imposible.cortes de cadiz

El liberalismo en España tiene una particularidad respecto a los de nuestros vecinos europeos, y es que, en lugar de nacer como reacción contra la monarquía, lo hace como un levantamiento popular contra el usurpador Bonaparte y para restaurar en el poder al rey legítimo. Así que, mientras que en Europa los liberales quitan al rey, en España lo reponen. Este hecho, que arranca con la Guerra de Independencia (1808), marca un primer liberalismo español, que tomará forma en la ciudad de Cádiz con la Constitución de 1812. Se trata de un liberalismo ideal, más preocupado por las ideas que por la realidad histórica. Es abstracto en sus planteamientos y contradictorio en su ejecución. Sujeto al debate sobre la soberanía de la nación, propone la soberanía del rey; habla del pueblo y solo cuenta con la sociedad cortesana y la altísima burguesía; clama por la democracia y solo da participación a los títulos. Pero aun así es interesante, y al decir de Dalmacio Negro, el liberalismo sea quizás la realidad política española que más merezca la pena en los dos últimos siglos. Es interesante porque es el intento de un pueblo por dotarse de una forma política que tenga en cuenta su libertad, el ideal de gobierno y las instituciones históricas y verdaderamente representativas de la libertad política.

La Monarquía Hispánica, como forma política original de España, fundada por los Reyes Católicos, actuó como mito político animando las acciones y discursos de la mayoría de los diputados doceañistas porque, es justo decirlo, la verdadera reacción era contra el absolutismo y la sociedad cortesana, y no contra la tradición española, al menos hasta los últimos Austrias. El problema era que la realidad “hispánica” quedaba lejos en el tiempo y que la acción absolutista de los Borbones había erosionado enormemente las instituciones representativas, quedando ya solo pequeños vestigios en algunas regiones de España, pero prácticamente sin vida política efectiva.rey felon

Lamentablemente no dejó de ser un intento frustrado por diversas razones. La primera y más relevante fue que la monarquía, en lugar de volverse liberal como la francesa, reclamó su poder absoluto, y conspiró por sus intereses dinásticos. El liberalismo original, como levantamiento popular, sin un ideario construido, necesitaba del apoyo institucional para poder tomar cuerpo político. Pero era claro que los liberales disgregados no podrían hacer frente a la resistencia que le oponía la monarquía, a los poderes establecidos y a su propia desunión.

En 1834, con el Estatuto Real, se levanta acta de defunción de la Monarquía Hispánica y comienza, según Dalmacio Negro, el “liberalismo posible”, más sujeto a la realidad histórica española y muy influido por las ideas constitucionales moderadas de ingleses y franceses como Burke, Bentham, Constant y los liberales doctrinarios. Dando por hecho que había un poder político concentrado y centralizado en la Monarquía de los Borbones, lo más práctico sería afrontar su división y limitación al modo de la Charte francesa de 1814, que en realidad lo que hacía era plantear una Monarquía Cosntitucional. División de poderes, bicameralismo, libertades públicas, de opinión, de prensa y religiosa, sufragio censitario y protección de la propiedad. Pero la monarquía no cooperó en esto y, al contrario que la francesa, que asumió que debía hacerse liberal, se resistió al cambio produciendo el efecto de una polarización de las facciones liberales, una moderada y la otra progresista, triunfando esta última e imposibilitando así la llegada al poder de un liberalismo moderado. La Iglesia quedó próxima a la monarquía, en una suerte de regalismo antiguo que, inopinadamente, la posicionó como adversaria real del liberalismo.

Entre 1834 y 1874 se produce, por distintos factores, una separación cada vez mayor del Estado y la Sociedad, que como pueblo quedó marginada en lo político y, en gran parte, en lo económico. No se consolidó una clase media, el poder se repartió entre la sociedad cortesana nacida al abrigo de los privilegios de la monarquía y la educación y las virtudes políticas se deterioraron enormemente. La sociedad, maltratada y marginada, quedaba demasiado fragmentada como para intentar una reforma política moderada.guerra carlista

1874 y la Restauración fueron el escenario de las divisiones sociales y de la polarización de un país que ya no encontraría la paz en los equilibrios políticos. La dictadura militar de Primo de Rivera no consiguió apuntalar el edificio en ruinas y la Segunda República fue solo el preámbulo del gran fracaso de las políticas españolas decimonónicas: la Guerra Civil, la fractura social de un pueblo y el fracaso del Estado. Así, según Dalmacio Negro, “el liberalismo ha sido más una aventura que un auténtico régimen político y su gran tragedia fue la coincidencia del orto de la idea liberal con la descomposición final de la forma política tradicional hispana”.

La obra incluye un estudio introductorio de 115 páginas elaborado por Dalmacio Negro y una interesante antología de textos muy significativa de los diferentes momentos liberales que ayuda a acercarse sin gran dificultad al liberalismo español.

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Las raíces filosóficas de la cultura europea

http://agenda.obrasocial.lacaixa.es/-/las-raices-filosoficas-de-la-cultura-europea

Rémi BRAGUE filósofo, director del centro de investigación Tradición del Pensamiento Clásico de la Sorbona y de historia del cristianismo europeo en la Luddwig-Maximiliän Universität de Múnich.

A Atenas y Jerusalén, las dos ciudades que simbolizan la razón y la fe, la estética y la ética, etc., que suelen confrontarse desde Tertuliano hasta León Chestov y Leo Strauss, hay que añadir una tercera para que la síntesis resulte posible. La cultura europea ha elegido a Roma. ¿Por qué? ¿Es posible seguir siendo romano?

Rémi Brague en Madrid el 24 de noviembre

“Romanticismo político”. Carl Schmitt

Portada de Romanticismo político de C. SchmittCarl Schmitt. “Romanticismo político”, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2000.

por Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo. 

Alguien dijo en alguna ocasión que la moralidad de una persona se entiende en la relación que encuentra un gesto humano con la concepción del todo que lo motiva. Y hoy, sólo hace falta una mínima perspectiva, una pequeña distancia con las cosas, para darse cuenta hasta qué punto los “todos”, los “absolutos” o las “totalidades” que pueblan la conciencia del yo contemporáneo afectan a nuestra capacidad de entendimiento de la realidad, y orientan nuestras acciones y gestos hacia quejas, ironías, lamentos e indignaciones muchas veces estériles.

Este problema viene en realidad de largo y obedece a unas causas determinadas, pero tiene un nombre que es capaz de englobarlo y que se llama Romanticismo.

Establecido con un arraigo más característico en el siglo XIX, en el espíritu de la sociedad burguesa inspirada por las formas políticas de la Revolución francesa como el Estado-Nación o el Estado de Derecho, es una respuesta esteticista al desengaño político de la época, que vacía la realidad de contenido ante la ilusión de las infinitas posibilidades de la acción humana. A falta de una verdadera participación o acción política, disuelta en los medios de la oratoria y escritura propios de la tribuna y el periódico, el siglo ofrece una respuesta en forma de productividad lírica que entiende como posibilidad, como occasio.

La ocasión del Romanticismo en su perspectiva de posibilidad infinita en este cuadro de Friedrich

La “ocasión” del Romanticismo en su perspectiva de posibilidad infinita (Carpar David Friedrich)

 

Los nuevos demiurgos revolucionarios

Parlamento

Estética de la “clase discutidora”, como la llamaba Donoso Cortés

Carl Schmitt describe sencillamente el Romanticismo como la salida anímica que encuentra la época burguesa al dualismo privado-público originado por el protestantismo, en medio claro está del monopolio político propio del Estado.

El problema esencial que desvelan los románticos es, una vez más, el de la mediación. Según Schmitt, el Romanticismo no se puede entender sin las grandes ideas derivadas de una metafísica secularizada. Si el siglo s. XVII podía caracterizarse por una idea de un Dios absoluto y providencialista, dos siglos más tarde ya encontramos arraigados en la mentalidad común dos grandes demiurgos derivados: la Humanidad y la Historia. Lo que los hombres podían hacer en nombre de una idea de Dios, lo realizan ahora estos dos grandes actores abstractos. De ser un instrumento de Dios se pasa a ser por ejemplo un instrumento de la Historia. Nace esa famosa creencia de que los hombres hacen la Historia, en vez de pensar que son seres históricos. O, tomando al absoluto la Humanidad, se cree que cada gesto o cualidad humana sirven a la sociabilidad del hombre, que a la postre forma parte de una comunidad universal.

“Cuando los románticos llevan diarios personales, escriben cartas, se analizan a sí mismos y a otros, discuten retratan, caracterizan, esto se encuentra desde luego orientado por las dos nuevas realidades: la comunidad y la historia. Transforman cada pensamiento en una conversación sociable y cada instante en un momento histórico, se detienen en cada segundo y en cada sonido y lo encuentran interesante. Pero más aún: cada instante se transforma en un punto a partir del cual construyen, y como su sentimiento se mueve entre el yo comprimido y la expansión en el cosmos (…). Este es el camino por el que se asegura un dominio romántico de la realidad” (p. 137)

La realidad va vaciándose para dejar paso al sentimiento. Solo tendrá consideración la realidad que no contradiga al romántico, la que a él le inspire genialidad y pueda transformar únicamente de manera lírica. Schmitt lo sintetiza en una palabra: sólo importa lo “fantástico”.

Idea del burgués subjetivista

Idea del burgués subjetivista

Así, en esa época de los periódicos, los salones literarios, la crítica de arte burguesa y, sobre todo, de la música de Beethoven, Listz, Wagner o Chopin, se intenta redimir el desencanto del siglo, como decía Weber, mediante el poder armonizador que se le da a la estética. El desengaño de la forma política parlamentaria, el darse cuenta de que no funcionaba con el perfecto equilibrio esperado, daba lugar en definitiva a esta reacción igualmente formal. Como si el lirismo fuese capaz de superar o recomponer la unidad perdida. Y así, esta época representativa de la burguesía parlamentaria trae este modo de respuesta individualista al mundo que, en potencia, llama a lo revolucionario.

Era de esperar que la crítica schmittiana al Romanticismo viniese esencialmente por la directa oposición que encuentra con la decisión política y con la norma jurídica, que destruyen lógicamente la independencia ocasionalista del romántico.

Populismo: “cul de sac” del romanticismo

Esta deriva de la productividad romántica creadora de una reordenación del mundo corresponde a la dinámica abierta por la Revolución de 1789 en su perspectiva ateiológica. Se entiende que el Romanticismo era la respuesta necesaria, digamos, a la falta de fundamento trascendente del orden político del Estado-Nación.

Tanto es así que, como el fundamento del orden de la Revolución francesa permanece, también se mantiene el Romanticismo político. La ironía y el juego de la tertulia no han desaparecido, sino que hoy siguen muy presentes, como un ruido de fondo, en periódicos y algunos canales de televisión, saltando de manera casi indiferente de un tema a otro. No sólo eso, sino que la quintaesencia de la espiritualización romántica se sublima lógicamente en el populismo. El populista al fin y al cabo no es más que el romántico que decide, en función de dónde sopla el viento de los sondeos y de cuáles son las últimas tendencias del consenso, qué conforma el verdadero êthos entero del pueblo o Nación. De ahí por cierto que los cambios históricos se adviertan, ante todo, como cambios estéticos, que en última instancia son cambios en la representación.
.Populistas en cartel

Lo cierto es que los últimos ejemplos en esa búsqueda política del espíritu del pueblo llegan ya a ser casos verdaderamente paradigmáticos y clarividentes, pues las figuras de los representantes siempre terminarán por crear o salir al encuentro de nuevos demiurgos mediadores que puedan interceder en pos de la catarsis del espíritu político romántico.

Sant Jordi Kirchner

Está claro que mientras no podamos ser capaces de pensar la política en términos distintos a los anglosajones, seguiremos anclados en la autocomplacencia romántica, nido de revoluciones y motivo de estancamiento general. Y sino, lo de siempre, como dice Álvaro D’Ors: “a cada nuevo orden, una nueva violencia”.

 

 

 

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Tenemos el gusto de anunciar que reiniciaremos las sesiones del seminario sobre pensamiento político el próximo lunes día 17 de noviembre en el aula 1.11 de la Facultad de Derecho de la Universidad San Pablo CEU. Bajo la dirección de Don Dalmacio Negro, continuaremos comentando el libro “Historia de las formas del Estado”, capítulos 17 y 18.

Para los que no puedan asistir intentaremos seguir publicando documentos audiovisuales que resuman lo tratado.

Sin otro particular, reciban un cordial saludo,

Secretaría “Seminario EP-LDC”

 

Retomamos las sesiones del “Seminario de Pensamiento Político LDC”

de Armando Zerolo Publicado en Noticias
solidarnosc © Leszek Biernacki

La oposición real, la posible y la ficticia.

LeviathanPor Alonso Muñoz Pérez

Todo poder es un fenómeno espiritual. No para la tradición estatista de la política, cuyo credo -no hay más Dios mortal que el Estado y el santo Hobbes es su profeta- concibe el poder como una catapulta, una presa o un cañón: energía potencial acumulada, susceptible de almacenamiento, de cuantificación y de generación impersonal. Se podría decir, simplificando un tanto, que Hobbes inauguró la tradición del poder como resorte, como mecanismo, confundiendo así en el plano ontológico, fuerza y poder. El Leviathan no es más que la agregación de las fuerzas individuales, enajenadas en el cuerpo artificial del soberano. La portada del libro de Hobbes no puede ser más elocuente: un gran hombre formado de pequeños hombres, cañones, armas de pólvora y rayos.

Sin embargo, la tradición europea de la política -cual río intrahistórico que surge del manantial bíblico-  ha considerado el poder como una realidad espiritual. Ciertamente desde Hobbes y el surgimiento del Estado, esta tradición coexiste con la tradición del poder como resorte, como energía potencial. Pero, como señala Guardini,

«sólo puede hablarse de poder en sentido verdadero cuando se dan estos dos elementos: de un lado, energías reales, que puedan cambiar la realidad de las cosas, determinar sus estados y sus recíprocas relaciones; y de otro, una conciencia que esté dentro de tales energías, una voluntad que les dé unos fines, una facultad que ponga en movimiento las fuerzas en dirección a estos fines. Todo esto presupone el espíritu, es decir, aquella realidad que se encuentra dentro del hombre y que es capaz de desligarse de los vínculos directos de la naturaleza y de disponer libremente sobre ésta» (El poder, cap. 1, p. 171 ed. esp.).

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Cuidado con desear el anillo de poder estatal…

¿Qué implica cada una de esta dos concepciones del poder, aquella en la que el poder es un fenómeno espiritual y la otra donde más bien es mecánico-material? Pues en la segunda, en donde el poder es concebido como materia dispuesta de un determinado modo (la catapulta o la torsión de una goma), entonces la lucha política es entendida como la guerra no-violenta por el control del Gran Artefacto del poder. Es comprensible que por tanto, la guerra sea la continuación de la política por medios ya plenamente violentos. Y aun esa misma lucha es comprendida en términos de «fuerzas», de ahí las abundantes metáforas físicas: mantener la presión, utilizar los instrumentos de, arrastrar al contrario a, empujar hacia, congelar la política de, etc… Como los referentes de nuestra clase política -sean conscientes de ello o no- son anglosajones, su concepción del poder es la dominante: mecanicista, materialista y, por tanto, irreal. La tierra prometida de nuestros políticos es Anglosajonia. Desde José María Aznar, a Pablo Iglesias (Podemos = Yes, we can), pasando por Íñigo Errejón y Pedro Sánchez, las referencias cognitivas e intelectuales de nuestra clase política son anglosajonas.

La última raíz de la estupidez en la vida política y su falta de sentido común estaría en esa auto-referencialidad del poder moderno: el idiotés del que hablada Aristóteles. Pues nada hay más contrario al realismo político que la razón de Estado, dicho sea con perdón de los estatistas (y realistas) bienintencionados. Y es que ya deberíamos saber que los sueños de la razón -de Estado- no engendran políticas realistas, sino un desastre económico, social y espiritual digno de una mejor guerra mundial. Veremos.

Hombres sirviendo un cañón como analogía de la relación del poder estatal y sus súbditos…

La política de resortes se podría sintetizar en que todo consiste en presionar y arrastrar, tirar y empujar. Dos movimientos básicos que hacen de la política un mero cálculo vectorial. Así personajes como Suárez (lean la estupenda y documentada biografía de Gregorio Morán y empiecen a desacralizar al Santo Patrón de la Transición española) o Zapatero, que en un contexto de realidad no hubieran pasado de sobrevivir entre el mileurismo y el INEM, se convierten en talentos políticos de primer orden por su capacidad intuitiva para calcular presiones y empujes. Nada menos (pero nada más). Así, los pertenecientes a la otra tradición de la política (la respublicana) hemos de comprender que el Estado se sostiene sobre fundamentos de poder no estatales y sólo tiene poder porque parasita a un pueblo, a unas personas y a unos modos no-estatales. Por eso la respuesta a la pregunta de Böckenförde, de si “el Estado liberal y secularizado, ¿se nutre de supuestos normativos que él mismo es incapaz de garantizar?”, no puede ser sino un rotundo sí. El apoyar-se del poder sobre sí mismo lleva como última consecuencia a la despersonalización (cualitativamente) y a la despoblación (cuantitativamente hablando). Es el tema de la Biopolítica. Pues al poder de la modernidad estatista le terminamos molestando las personas, deseando en el fondo -por paradójico que parezca- una política y un orden etsi personas non daretur. El summum de este modo de pensar lo sintetiza ese ser tenebroso -consejero de seguridad nacional de los EE.UU., consejero de Obama y teórico de la oligarquía anglosajona- y de nombre impronunciable, Zbigniew Brzezinski:

«Hoy en día es infinitamente más fácil matar a un millón de personas que controlar a un millón de personas» (17 de noviembre de 2008, Chatam House, Londres).

Y ya se sabe que la cultura moderna anglosajona es extremadamente práctica. Pueden oír al mismo Brzezinski decirlo (con subtítulos en inglés, presionar el botón de subtítulos en la parte inferior del vídeo):

Por ello, más bien tenemos que apuntar a la otra tradición europea. Aquella donde el poder es un fenómeno espiritual, un hacer hacer, en definición minimalista sugerida por Dalmacio Negro. Hacer es fuerza. Hacer hacer (a otro), es ya una conexión espiritual de entendimiento y voluntad entre al menos dos personas. Por eso el poder, entendido como fenómeno espiritual, tiene una única fuente ontológica: el logos. La retórica, por un lado, y el dia-logos, por otra, se convierten así en el método de la política, en el medio por el que se consigue influir en otros presentándoles un modo de acción colectiva y una forma de la vida común que les conmueva. La tiranía, la demagogia, el caudillismo o el Estado serán siempre modos impolíticos para esta tradición. La manera de recuperar no ya esta tradición -eso de recuperar tradiciones no tiene en sí mismo mucho valor- sino simplemente el poder y la res publica es precisamente ganando la batalla de las ideas. Porque, lo sepan o no, Rajoy, Pedro Sánchez, Iglesias y -apuremos toda la ponzoña al vaso- muchos católicos,  son resortes de un mismo mecanismo de poder -el poder como dominio y fuerza, el poder del anillo de Sauron, el villano de «El Señor de los Anillos»- además de hijos putativos de un Brzezinski o de un Kissinger cualquiera. Es decir, están bajo el influjo espiritual de una visión política que no han escogido simplemente porque no son conscientes de ella.

El triple círculo de Podemos, la representación de la serpiente Oroboros y una imagen del Anillo de Poder con el Ojo de Sauron. Oligarquías nacionales, regionales y oposición ficticia luchan por el Anillo de poder: The Ring is mine!

El triple círculo de Podemos, la representación de la serpiente Oroboros y una imagen del Anillo de Poder con el Ojo de Sauron. Oligarquías nacionales, regionales y oposición ficticia luchan por el Anillo de poder: The Ring is mine!

La clase política y su oposición ficticia (We-can y adláteres) no son sino manifestaciones de la misma hidra, posiblemente también en un sentido muy literal y directo, cuestión esta que merecería reflexión aparte. En realidad, la única oposición real a la actual clase política viene… del nacionalismo. El nacionalismo no es sino la manifestación espiritual de la enfermedad oligárquica regional. Es un Pujol que también quiere el caramelo de la soberanía, el anillo de poder de Sauron. Pues, en toda lógica, ¿porqué debería uno compartir con otros co-oligarcas algo que podría tener en plena posesión? ¿Quién no soñaría con convertirse en el Sauron (regional) y no en un mero miembro de los diecisiete espectros del anillo? Pujol ya fue un año a la reunión de Bildberg, pero no le volvieron a invitar. Calaron su categoría personal bastante rápido y los dominadores de este mundo no están para perder el tiempo con sotas de bastos. Aun así, la única espita real en la impenetrable clase política española es el nacionalismo, una cuña de la misma madera, lo cual dice mucho del momento tan lamentable en el que nos encontramos.

anillounicoPor tanto entre la clase política del Congreso de los Imputados, la oposición real (los nacionalistas) y la oposición ficticia (Podemos) sólo cabe desear una oposición posible, una oposición que recuperando el sentido de lo público -no confundir con Estado por favor- pueda reordenar en su justo lugar el terreno de lo Económico, lo Jurídico, lo Ético a través de una política del logos. De ahí la necesidad antes aludida (Prolegómenos a toda política futura…) de una labor intelectual como acción política (no sólo como previa sino como coextensa con la acción política). Para Platón, el estudio no era una ocupación teórica, sino práctica. Una labor de comprensión, precisamente, del poder como fenómeno espiritual que está al alcance de todos los que estamos fuera del aparato estatal -y no anhelamos convertirnos en aparatchniks- así como profundizar en las razones del escepticismo hacia la clase política, que no son otras que el propio modo de gobernar estatal. Esto también daría para otra reflexión.

Si Vaclav Havel pudo hablar del «Poder de los sin poder», y Lech Walesa liderar la primera revolución obrera real de la historia, hoy tocaría un tipo de reflexión política que mostrara la desnudez del emperador que nos tiraniza (esta UOSP, o Unión de Oligarquías Socialdemócratas Partidistas), que nos vacunara contra los fantasmas del pasado decimonónico –Tirano Banderas redivivo con categorías de la Discourse Theory– y diera lugar a una Teoría de la Política renovada. Pero, ¿habrá quien apueste por esta oposición posible? ¿Habrá quien se pregunte como Hável, porqué están las catedrales ahí?

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Prolegómenos a toda política futura que pueda presentarse como alternativa

Por Alonso Muñoz Pérez

5852582-L“…añadiremos que cuando un pueblo ha sido dirigido durante mucho tiempo por una aristocracia cerrada o semicerrada, es casi inevitable que en ella nazca y se acentúe un espíritu de cuerpo o de casta por el cual sus miembros se creen infinitamente superiores al resto de la humanidad. Este orgullo, que a menudo es acompañado de una cierta frivolidad espiritual y de un culto excesivo a las formas exteriores, hace de tal modo que fácilmente aquellos que están en lo alto crean que todo les deba ser espontáneamente debido, sin que ellos tengan deber alguno respecto de los que están fuera de su casta. Éstos son considerados como meros instrumentos ciegos de sus miras, sus pasiones y sus caprichos…”.

Esto afirmaba el pensador político italiano, Gaetano Mosca, en sus Elementos de ciencia política (1895) al analizar las formas y organizaciones de la clase política (Parte II, cap. IV, VI). Cualquiera que tenga contacto no ya con el mundo político sino con el simple mundo de la empresa o de cualquier organización reconocerá en los de arriba el espíritu de cuerpo (o de casta) antedicho: orgullo, frivolidad espiritual, culto a las formas exteriores, exigencia irresponsable a los inferiores. Es una especie de fariseísmo político, propio de los actuales cuadros dirigentes en España.

Así, hoy nos encontramos entre la Caribdis del oligarquismo neo-franquista del 78 y la tentadora Escila de un revival del alegre festival del 89 (de 1789). La responsabilidad de este impasse no está del lado de los nostálgicos del Terror jacobino. Más bien la responsabilidad de esta situación política proviene, según nos relata Michael Burleigh, de:

“las deficiencias y limitaciones de los partidos existentes. [Éstas] deben de ser sin duda las causas que explican en parte el éxito extraordinario de los nacionalsocialistas, que a partir de 1928 pasaron de un apoyo de poco más del 2 por ciento de los votos, que no les daba derecho ni a un solo escaño en el Parlamento alemán, a más del 37 por ciento cuatro años más tarde” (El Tercer Reich. Una nueva historia, Madrid, Taurus, 2002, p. 95).portada-tercer-reich_med

Por tanto, y a falta de una alternativa real (y sensata) a día de hoy, nos queda sólo el terreno de la posibilidad. Así, nos preguntamos more kantiano, por las condiciones necesarias que debería reunir la realidad para dar a luz una política alternativa al actual cul-de-sac de nuestra vida colectiva. Estas condiciones son dos: organización y visión política.

1. En efecto, en primer lugar, esa posible alternativa requerirá, como evidencia cartesiana de la acción política, un Nosotros. No me refiero a una masa de sans-mileuristes, sino a un grupo más o menos reducido que medianamente organizado, pueda aglutinar un cambio político. Esta claro que sin sujeto colectivo no hay acción colectiva y por tanto al Cogito ergo sum del plano antropológico, le deberá suceder en analogía un Actúo con otros luego existo. O más sencillamente, en términos mosquianos, una mínima organización. Mas esta evidencia de Perogrullo nunca podrá darse sin un elemento cognitivo. Es más, hoy en día hay que señalar: imposible sin un elemento intelectual. Y es en este paso donde las buenas intenciones de mucha gente naufragan repetidamente. Pues no es una exigencia evidente.

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Mariano Rajoy pone de su propia mano al lado de “Presidencia del Gobierno” un “Yo” rodeado con un círculo. La interpretación más benévola es que tiene problemas de memoria.

En las legislaturas Zapatero pudimos asistir al auge y caída -aunque muchos todavía no se han dado cuenta de esto último, ni han sacado la correspondiente lección- del hazteoirismo. Grandes movilizaciones que, sin duda, implicaban una organización y una gran movilización de sectores sociales hasta entonces alejados de toda implicación política e incluso pública. El resultado ha sido: nada de lo de Zapatero ha cambiado y la tercera legislatura de Zapatero Segundo (alias Mariano “Yo presidente” Rajoy) avanza viento en popa a la porra España. Además la tentación de la guillotina es cada vez más comprensible y, según algunas opiniones publicadas y encuestas cocinadas, cada vez más popular. Así la granja España se debate entre quedarse con el Napoleón conocido o apoyar al Snowball por conocer. Sin embargo, lamento tener que dar la noticia, ambos aspiran a lo mismo y pertenecen a la misma especie gobernante de la orwelliana Rebelión en la Granja. Hoy en día, no hay alternativa política (sensata). Pero no por falta de organización de los sensatos que por aquí queden, sino porque nadie ha presentado algo distinto, no digo ya mejor. Entre la siesta anglo-socialdemócrata de la actual castita y el ensueño del leninismo bananero no hay alternativas que no sean como mucho las personalísimas o cosméticas.

2. Eso nos lleva, en segundo lugar, a que el problema, queridos compatriotas hispanos, es intelectual: mientras no resolvamos qué significa lo público, qué problemas tiene la forma política estatal y qué modos modernos (vade retro tradicionalismo esteticista) de vida colectiva necesitamos, nunca podremos salir de esta polaridad estéril. Son, sin embargo, muy pocos los que están dispuestos no ya a embarcarse, sino tan siquiera a apoyar la reflexión política intelectual que pueda dar el imán intelectual y estético a toda organización que aspire a un discurso propio. En mi opinión dicha reflexión podría salir de dos grupos sociales: los católicos con inquietud intelectual y los desencantados de las religiones políticas. De donde, por definición, no podrá salir una alternativa es de los “católicos” comprometidos en salvar el sistema y de los creyentes en algún sucedáneo de religión política, sea esta el liberalismo anglo -Qué alegría cuando me dijeron, vamos a trabajar a Londres o a Nueva York- o el Zozialismo del siglo XXI, que es como el del XIX pero con el palo en otro sitio.

Esto significa, uniendo la condición primera con la segunda que hemos de organizarnos para pensar. Pensar qué es una economía real y no la irracional de deuda y gasto estatal irresponsable. Pensar qué es el Derecho hoy en día y si, por ejemplo, se puede hacer un sistema jurídico al margen del estatal. Pensar cómo afrontar la necesidad de atención médica desde algo que no sea una burocracia de protocolos anónimos (estatales). Pensar en cómo vamos a educar a nuestros hijos y no sólo renunciar a la procreación a favor de un mayor tiempo para consumir. Pensar qué sentido tiene la Universidad, además de cumplir con probidad prusiana y conciencia luterana el ciclo de la gestión de calidad (ISO 14000). Pensar si hay modos de retejer el espacio de lo público, desde hace mucho tiempo expropiado y -lo que es peor- destruido por el “mundo administrado”.Image760

A los desengañados de las religiones políticas hay que decirles que no caigan en el escepticismo o en el cinismo amargado. Que tampoco caigan en la melancolía del individualismo. Hay quien os comprende y quien os espera para pensar juntos muchas cosas. A los católicos con cierta inquietud intelectual hay que decirles que no se dejen seducir por esas mismas tentaciones. Con el estrambote del deber de resistirse a reducir todo al buen comportamiento moral. Y a salvarme yo y el resto qué le vamos a hacer.

Como motivación a contrario, si alguien quiere saber qué nos deparará el futuro si no nos organizamos para pensar juntos con esperanza, no tiene más que ver la Alemania de Weimar: los creyentes burgueses fagocitados, los intelectuales o aislados en la cárcel de su propio Yo o entregados a legitimar las injusticias más perversas, la clase política entre la socialdemocracia oligárquica o la nueva oligarquía völkisch, la de la revolución nacional popular. Así que como dijo Orwell en su última entrevista, ya enfermo de tuberculosis en su lecho de muerte,

“la moraleja que hay que sacar [de la posibilidad de que 1984 sea nuestro futuro] es muy sencilla”. Y volviéndose a la cámara, mirando al espectador señala: “Don’t let it happen! It depends on you”. No dejes que ocurra. Depende de ti.

¿Nos atreveremos a entregarnos al pensamiento como acción política eficaz para toda política futura que pueda presentarse como alternativa?