La oposición real, la posible y la ficticia.

LeviathanPor Alonso Muñoz Pérez

Todo poder es un fenómeno espiritual. No para la tradición estatista de la política, cuyo credo -no hay más Dios mortal que el Estado y el santo Hobbes es su profeta- concibe el poder como una catapulta, una presa o un cañón: energía potencial acumulada, susceptible de almacenamiento, de cuantificación y de generación impersonal. Se podría decir, simplificando un tanto, que Hobbes inauguró la tradición del poder como resorte, como mecanismo, confundiendo así en el plano ontológico, fuerza y poder. El Leviathan no es más que la agregación de las fuerzas individuales, enajenadas en el cuerpo artificial del soberano. La portada del libro de Hobbes no puede ser más elocuente: un gran hombre formado de pequeños hombres, cañones, armas de pólvora y rayos.

Sin embargo, la tradición europea de la política -cual río intrahistórico que surge del manantial bíblico-  ha considerado el poder como una realidad espiritual. Ciertamente desde Hobbes y el surgimiento del Estado, esta tradición coexiste con la tradición del poder como resorte, como energía potencial. Pero, como señala Guardini,

«sólo puede hablarse de poder en sentido verdadero cuando se dan estos dos elementos: de un lado, energías reales, que puedan cambiar la realidad de las cosas, determinar sus estados y sus recíprocas relaciones; y de otro, una conciencia que esté dentro de tales energías, una voluntad que les dé unos fines, una facultad que ponga en movimiento las fuerzas en dirección a estos fines. Todo esto presupone el espíritu, es decir, aquella realidad que se encuentra dentro del hombre y que es capaz de desligarse de los vínculos directos de la naturaleza y de disponer libremente sobre ésta» (El poder, cap. 1, p. 171 ed. esp.).

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Cuidado con desear el anillo de poder estatal…

¿Qué implica cada una de esta dos concepciones del poder, aquella en la que el poder es un fenómeno espiritual y la otra donde más bien es mecánico-material? Pues en la segunda, en donde el poder es concebido como materia dispuesta de un determinado modo (la catapulta o la torsión de una goma), entonces la lucha política es entendida como la guerra no-violenta por el control del Gran Artefacto del poder. Es comprensible que por tanto, la guerra sea la continuación de la política por medios ya plenamente violentos. Y aun esa misma lucha es comprendida en términos de «fuerzas», de ahí las abundantes metáforas físicas: mantener la presión, utilizar los instrumentos de, arrastrar al contrario a, empujar hacia, congelar la política de, etc… Como los referentes de nuestra clase política -sean conscientes de ello o no- son anglosajones, su concepción del poder es la dominante: mecanicista, materialista y, por tanto, irreal. La tierra prometida de nuestros políticos es Anglosajonia. Desde José María Aznar, a Pablo Iglesias (Podemos = Yes, we can), pasando por Íñigo Errejón y Pedro Sánchez, las referencias cognitivas e intelectuales de nuestra clase política son anglosajonas.

La última raíz de la estupidez en la vida política y su falta de sentido común estaría en esa auto-referencialidad del poder moderno: el idiotés del que hablada Aristóteles. Pues nada hay más contrario al realismo político que la razón de Estado, dicho sea con perdón de los estatistas (y realistas) bienintencionados. Y es que ya deberíamos saber que los sueños de la razón -de Estado- no engendran políticas realistas, sino un desastre económico, social y espiritual digno de una mejor guerra mundial. Veremos.

Hombres sirviendo un cañón como analogía de la relación del poder estatal y sus súbditos…

La política de resortes se podría sintetizar en que todo consiste en presionar y arrastrar, tirar y empujar. Dos movimientos básicos que hacen de la política un mero cálculo vectorial. Así personajes como Suárez (lean la estupenda y documentada biografía de Gregorio Morán y empiecen a desacralizar al Santo Patrón de la Transición española) o Zapatero, que en un contexto de realidad no hubieran pasado de sobrevivir entre el mileurismo y el INEM, se convierten en talentos políticos de primer orden por su capacidad intuitiva para calcular presiones y empujes. Nada menos (pero nada más). Así, los pertenecientes a la otra tradición de la política (la respublicana) hemos de comprender que el Estado se sostiene sobre fundamentos de poder no estatales y sólo tiene poder porque parasita a un pueblo, a unas personas y a unos modos no-estatales. Por eso la respuesta a la pregunta de Böckenförde, de si “el Estado liberal y secularizado, ¿se nutre de supuestos normativos que él mismo es incapaz de garantizar?”, no puede ser sino un rotundo sí. El apoyar-se del poder sobre sí mismo lleva como última consecuencia a la despersonalización (cualitativamente) y a la despoblación (cuantitativamente hablando). Es el tema de la Biopolítica. Pues al poder de la modernidad estatista le terminamos molestando las personas, deseando en el fondo -por paradójico que parezca- una política y un orden etsi personas non daretur. El summum de este modo de pensar lo sintetiza ese ser tenebroso -consejero de seguridad nacional de los EE.UU., consejero de Obama y teórico de la oligarquía anglosajona- y de nombre impronunciable, Zbigniew Brzezinski:

«Hoy en día es infinitamente más fácil matar a un millón de personas que controlar a un millón de personas» (17 de noviembre de 2008, Chatam House, Londres).

Y ya se sabe que la cultura moderna anglosajona es extremadamente práctica. Pueden oír al mismo Brzezinski decirlo (con subtítulos en inglés, presionar el botón de subtítulos en la parte inferior del vídeo):

Por ello, más bien tenemos que apuntar a la otra tradición europea. Aquella donde el poder es un fenómeno espiritual, un hacer hacer, en definición minimalista sugerida por Dalmacio Negro. Hacer es fuerza. Hacer hacer (a otro), es ya una conexión espiritual de entendimiento y voluntad entre al menos dos personas. Por eso el poder, entendido como fenómeno espiritual, tiene una única fuente ontológica: el logos. La retórica, por un lado, y el dia-logos, por otra, se convierten así en el método de la política, en el medio por el que se consigue influir en otros presentándoles un modo de acción colectiva y una forma de la vida común que les conmueva. La tiranía, la demagogia, el caudillismo o el Estado serán siempre modos impolíticos para esta tradición. La manera de recuperar no ya esta tradición -eso de recuperar tradiciones no tiene en sí mismo mucho valor- sino simplemente el poder y la res publica es precisamente ganando la batalla de las ideas. Porque, lo sepan o no, Rajoy, Pedro Sánchez, Iglesias y -apuremos toda la ponzoña al vaso- muchos católicos,  son resortes de un mismo mecanismo de poder -el poder como dominio y fuerza, el poder del anillo de Sauron, el villano de «El Señor de los Anillos»- además de hijos putativos de un Brzezinski o de un Kissinger cualquiera. Es decir, están bajo el influjo espiritual de una visión política que no han escogido simplemente porque no son conscientes de ella.

El triple círculo de Podemos, la representación de la serpiente Oroboros y una imagen del Anillo de Poder con el Ojo de Sauron. Oligarquías nacionales, regionales y oposición ficticia luchan por el Anillo de poder: The Ring is mine!

El triple círculo de Podemos, la representación de la serpiente Oroboros y una imagen del Anillo de Poder con el Ojo de Sauron. Oligarquías nacionales, regionales y oposición ficticia luchan por el Anillo de poder: The Ring is mine!

La clase política y su oposición ficticia (We-can y adláteres) no son sino manifestaciones de la misma hidra, posiblemente también en un sentido muy literal y directo, cuestión esta que merecería reflexión aparte. En realidad, la única oposición real a la actual clase política viene… del nacionalismo. El nacionalismo no es sino la manifestación espiritual de la enfermedad oligárquica regional. Es un Pujol que también quiere el caramelo de la soberanía, el anillo de poder de Sauron. Pues, en toda lógica, ¿porqué debería uno compartir con otros co-oligarcas algo que podría tener en plena posesión? ¿Quién no soñaría con convertirse en el Sauron (regional) y no en un mero miembro de los diecisiete espectros del anillo? Pujol ya fue un año a la reunión de Bildberg, pero no le volvieron a invitar. Calaron su categoría personal bastante rápido y los dominadores de este mundo no están para perder el tiempo con sotas de bastos. Aun así, la única espita real en la impenetrable clase política española es el nacionalismo, una cuña de la misma madera, lo cual dice mucho del momento tan lamentable en el que nos encontramos.

anillounicoPor tanto entre la clase política del Congreso de los Imputados, la oposición real (los nacionalistas) y la oposición ficticia (Podemos) sólo cabe desear una oposición posible, una oposición que recuperando el sentido de lo público -no confundir con Estado por favor- pueda reordenar en su justo lugar el terreno de lo Económico, lo Jurídico, lo Ético a través de una política del logos. De ahí la necesidad antes aludida (Prolegómenos a toda política futura…) de una labor intelectual como acción política (no sólo como previa sino como coextensa con la acción política). Para Platón, el estudio no era una ocupación teórica, sino práctica. Una labor de comprensión, precisamente, del poder como fenómeno espiritual que está al alcance de todos los que estamos fuera del aparato estatal -y no anhelamos convertirnos en aparatchniks- así como profundizar en las razones del escepticismo hacia la clase política, que no son otras que el propio modo de gobernar estatal. Esto también daría para otra reflexión.

Si Vaclav Havel pudo hablar del «Poder de los sin poder», y Lech Walesa liderar la primera revolución obrera real de la historia, hoy tocaría un tipo de reflexión política que mostrara la desnudez del emperador que nos tiraniza (esta UOSP, o Unión de Oligarquías Socialdemócratas Partidistas), que nos vacunara contra los fantasmas del pasado decimonónico –Tirano Banderas redivivo con categorías de la Discourse Theory– y diera lugar a una Teoría de la Política renovada. Pero, ¿habrá quien apueste por esta oposición posible? ¿Habrá quien se pregunte como Hável, porqué están las catedrales ahí?

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