Daniel Bell. Las contradicciones culturales del capitalismo

Portada 'Las contradicciones culturales del capitalismo'Daniel Bell. Las contradicciones culturales del capitalismo, Alianza, Madrid, 1977, 264 pp.

por Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo. 

No está siempre de más identificar el contexto cultural occidental actual afirmando aquello de que “todos somos de alguna manera hijos de mayo del 68”. Puede seguir resultando ambiguo para muchos que no alcanzan a entender qué revolución pudo advenir y asentarse en lo que parecieron ser unas difusas y momentáneas protestas estudiantiles que tuvieron lugar en el país galo. Sin embargo, lo que en realidad sucedía era que ese movimiento de rebelión frente a un, digamos, orden político y cultural heredados, era algo que se estaba dando con cierta anterioridad en los Estados Unidos en la década de los 60, con aquello que entonces se denominó como la “contracultura”. De este modo, a uno y otro lados del Atlántico, se estaban produciendo unas ‘novedosas’ eclosiones culturales que no eran sino una contestación a las bases de civilización heredadas de otra gran reforma anterior, la protestante.

El sociólogo norteamericano Daniel Bell da con los orígenes de ese nuevo movimiento cultural y explica su desarrollo histórico, sobre todo en el caso de Estados Unidos, como un proceso de pérdida de sentido de la moral y cultura puritanas tradicionales frente al progresivo asentamiento tecnoeconónimo del capitalismo. Así, algo tan sencillo como el crédito inmediato o el pago en cuotas no sólo se mostró como algo contrario a la moral de austeridad, ahorro y trabajo del puritanismo propio de la pequeña ciudad mercantil de entonces, sino que dio por completo la vuelta por ejemplo al concepto de respetabilidad social hasta el punto de hacer de la exhibición del consumo el fin legítimo del sistema.

Daniel Bell con boina

Daniel Bell

Entender que todo el contexto cultural actual está profundamente marcado por esta corriente venida de ese ámbito “contracultural”, como protesta a una forma puritana que en los 50-60 ya tenía todo de fachada, es muy importante y clarificador para entender el momento actual, y hasta la propia vida: en un momento en el que la conciencia del pasado, de la historia, está perdida o inventada, en el que nos vemos masivamente obligados en megaloproyectos políticos a futuro, en el que el éxito de una publicación se mide por índice de impacto, el canal más visto del mundo es youtube y los programas de televisión se dedican a ‘explorar’ ya hasta en la comida.

La sensibilidad modernista

Sabemos que uno de los atractivos de la modernidad es su preocupación por la formación del “yo”, de la persona, además de una tendencia de apertura, de búsqueda de lo novedoso, de lo nuevo. Lo que sucede es que el llamado modernismo parece saltar a su conquista de una forma nihilista, sensual, materialista o esotérica, lanzándose a la exploración de los arcanos culturales. No parte tanto de un anhelo, sino de un ansia de curiosidad, de exploración y, finalmente, de transformación antropológica. Algo que podemos ver, tomando un ejemplo de la época, en la corriente de la nouvelle vague cinematográfica, cuyo objetivo era epatar (palabra muy propia del arte modernista) al burgués, sacudirle, pues era aquello contra lo cual se luchaba, esa visión burguesa que hacía aguas por todas partes. En aquellas décadas, se pasaba, por ejemplo, del sentimiento de culpa o moralismo en la moral sexual puritana a la revolución sexual, fundamento de todas la ideología de genero que hoy nos inunda; o de la seducción del consumo capitalista, su hedonismo y su apariencia, para llegar a la autenticidad del que rompe tabúes y prohíbe prohibir.

Pierrot el loco

“Pierrot el loco”, film que clausura la nouvelle vague

No obstante, lo que Bell viene a resaltar es que la verdadera revolución se ha producido en la sensibilidad del hombre, que se mueve hoy en la sociedad del conocimiento, en una cultura “que carece de una filosofía de las primeras causas y de una escatología de las cosas finales“. Todo es inmediatez, impacto, sensación, simultaneidad, que rompe la distancia entre la obra de arte y la persona. Por ello se entiende que todo este humus contribuya al debilitamiento de la conciencia del hombre que navega en la cultura moderna y al empobrecimiento de su misma capacidad expresiva, en otras palabras, a su reducción y estupidez. A la postre, se dificulta el conocimiento de lo real y se facilitan las respuestas ideológicas ante las cuestiones. Para el modernismo, lo sagrado está eliminado a priori y lo religioso queda relegado al apetito del ritual y del mito propias del culto que, en palabras del autor, “pretende siempre sacar a la luz un conocimiento esotérico sumergido o reprimido por la ortodoxia durante largo tiempo, para luego ser de nuevo sacado a la luz“. Que es un poco como decir, en otros términos, que empezó a tratar con lo demoníaco y a hacerlo propio.

Paradojas del hogar público

Escrito a finales de los setenta, este libro termina con un repaso de la historia norteamericana reciente y una reflexión acerca de cómo lo “público” (léase, el aparato estatal), se ha ido convirtiendo en el sustentador de las necesidades colectivas pero también de los deseos privados, subjetivos… personales.

La nueva paradoja será que, tras la eclosión de los 60, ese movimiento cultural será politizado y asumido como ideología innovadora por el Estado, tendiendo a hacer de lo transgresor algo, tal vez no inicialmente políticamente correcto, pero sí cada vez más normal. Así, los deseos subjetivos se politizan y entran en pugna con los elementos estructurales de un sistema que ya entonces estaba en crisis por temas como la promesa de abundancia que lo fundamenta con respecto a la inflación que lo rige, o el contexto postindustrial con un “Estado social” y el sistema fiscal que lo sustenta.

Sed realistas, pedid lo imposible

“Sed realistas, pedid lo imposible”

 

La contradicción siempre vendrá por la diferencia en pugna entre la propuesta cultural, ese ambiente hijo del modernismo en el que uno se mueve, y las normas de la estructura socioeconómica, esto es, el “mundo laboral”. El resultado resulta patente en nuestros días: una dualidad entre la sociedad del rendimiento y del cansancio en el trabajo por un lado, y un contexto cultural oficial en el que temas como la ideología de género, la libertad sexual o las distintas modas transgresoras son fomentadas y aceptadas ya casi sin réplica o discusión.

Bell nos ayuda a entender esta esquizofrenia identitaria, sistémicamente hipócrita, puritana y salvaje al mismo tiempo, en la que se hace fácil toda clase de escepticismo y difícil todo lo que tenga que ver con una construcción seria de cualquier tipo de humanidad.