“Europa: la destrucción de las naciones (IV)”. Dalmacio Negro.

13.-  Viendo y viviendo lo que pasaba, escribió Simone Weil en 1943 un famoso libro, L’enracinement,[1] para mostrar  la necesidad vital del espíritu humano de enraizar en la tierra de los padres, los antepasados. Un inglés crítico de la oligarquía, el famoso Dr. Johnson, decía «patriotism is the last refuge of a scoundrel» (el patriotismo es el último refugio de un canalla). En  contraste, exageraba un tanto Cánovas del Castillo  al afirmar que «con la patria se está como con la madre con razón o sin ella».  Lo cierto es que, como dice Rüdiger Safranski en algún sitio, «podemos vivir aquí o allá, pero no en todas partes». Vivimos y enraizamos en un lugar concreto de la tierra, a la que pertenecemos y nos pertenece. Mapa europa

En Europa, el hombre concreto, el hombre de carne y hueso diría Unamuno,  enraíza históricamente en los pueblos-naciones, las partes laicas del Pueblo de Dios, que se fueron configurando en el seno de la Cristiandad medieval.  Se piensa a veces, abriendo ingenuamente el camino al enemigo, que la Cristiandad desapareció en la famosa paz de Westfalia de 1648. Maritain consideró necesario inventar una Nueva Cristiandad. Ciertamente, se consagró entonces  la soberanía  como el principio rector del ius publicum europaeum, principio que independizó el poder político de la omnipotentia iuris medieval, que presuponía la soberanía de Dios Creador, soberanía depositada en este mundo en el pueblo. Lo desaparecido fue en realidad la unidad de la Cristiandad. La Cristiandad siguió viva física y espiritualmente,   aunque dividida confesionalmente por la Reforma protestante, la segunda gran división del cristianismo después del gran cisma que había separado ya la Cristiandad romano-germánica de la Cristiandad griega-eslava.  La Cristiandad, el Pueblo de Dios, no sólo sigue existiendo sino que se prolonga en pueblos-naciones geográficamente extraeuropeos, principalmente en las dos Américas y Oceanía.

Uno de los mayores problemas actuales -en la medida en que se trate de un problema-, abordado por el Vaticano II, consiste en que la Cristiandad se ha asentado definitivamente por todo el ecúmene (οἰκουμένη, oikouménē, tierra o lugar habitado, casa donde se mora) sin formar Patrias o Naciones de cultura cristiana, es decir, inmersa en otras culturas y civilizaciones, salvo el enclave en Asia de las islas Filipinas, o enclaves menores como el de Goa en la India y Macao y Hong-Kong en China. Esas culturas no son cristianas, pero tampoco necesariamente anticristianas salvo la excepción del islam o una parte del islam. Pues, sin perjuicio de la tolerancia,  cristianismo e islam, las dos únicas religiones constitutivamente universalistas, la segunda imitando a la primera, son religiones rivales.

14.- La expansión universal del Pueblo de Dios es sólo un verdadero y gravísimo problema por el hecho de  coincidir con el ataque directo al êthos cristiano de las Patrias y Naciones de la Cristiandad originaria por sus propios poderes políticos, ganados en buena medida por las religiones nihilistas seculares o de la política, que adoptan la forma de ideologías y sus sucedáneos, las bioideologías. La aporía es tan grave, que es en realidad metapolítica, pues afecta a los presupuestos metafísicos de la política. Proviene de la revolución francesa, que es, en rigor, la mayor contrarrevolución habida hasta ahora contra la Gran Revolución cristiana, la madre de todas las revoluciones auténticas, incluida la francesa. Recuérdese la frase de Jesús: «No creáis que he venido a traer paz; no he venido a traer paz, sino espada» (Mat. 10, 34). La doble espada de la oración y la palabra, que pueden necesitar empero espadas metálicas frente a la amenaza del Anticristo, que es permanente.

Las Naciones son extensiones en el tiempo de las Patrias enraizadas en la tierra, el espacio. Creadas por la historia, son tan pétreas como aquellas: mineralizaciones del tiempo histórico, diría Ortega. No proceden de la voluntad sino de las costumbres, los usos y las tradiciones formando  comunidades éticas, aunque contribuya la voluntad política a darles sus figuras concretas.

Los contrarrevolucionarios franceses conquistaron el Estado, lo reformaron para aumentar su poder,  trasladaron al pueblo  el derecho divino de los reyes bajo la forma de la voluntad general de Rousseau y, aparte de otras cosas, inventaron la Nación Política  como el titular de la soberanía del nuevo Estado-Nación  en contraste con la Nación Histórica. Una creación en la que la Nación como parte del Pueblo de Dios configurada por la historia -a la que subyace la historia de la salvación a consecuencia del pecado original-, fue sustituida por la voluntad oligárquica del poder humano, en este caso la oligarquía burguesa en nombre de la Nación Histórica o Cultural, cuya representación se arrogó. El principio moral de la Nación  Política unida al Estado -cuyo contenido es esencialmente económico (Schumpeter, Schmitt)- es la utilidad y al final el dinero,  frente al principio del bien común de las naciones históricas partes de la Cristiandad, cuyo presupuesto es la caridad.

14.- Manent ha vuelto  sobre el tema en un notable ensayo dedicado exclusivamente a la Nación. No   distingue entre Nación Histórica y Nación Política, pero lo está exigiendo su argumentación. Por ejemplo, cuando recuerda: «No olvidemos que la instalación del Estado neutral y laico supone la formación previa de una nueva comunidad sagrada, precisamente la nación». Pues «el Estado no podía devenir neutral más que si, previamente, la nación francesa no hubiese llegado a ser para la gran mayoría de los ciudadanos la “comunidad por excelencia”, sucediendo así a la Iglesia. Para que fuese posible el Estado laico, era necesario que “Francia” remplazase a “la Francia toda católica”. Era necesario que la proposición “yo soy francés” contuviese la promesa de una devoción sin reservas a la nación y al pueblo francés».[2] La Francia “toda católica” de que habla Manent, era sociológicamente la Nación Histórica o Cultural, y la nueva “comunidad por excelencia”, la formada por  los que se proclamaban ciudadanos de la Nación Política. Una minoría de los franceses, igual que en las antiguas ciudades o póleis griegas. A partir de la revolución, apareció de hecho en todas partes la distinción entre esa nueva Nación creada políticamente y la  Nación formada  históricamente.

15.- El gran problema es el Estado-Nación. El Estado es de suyo una forma política artificial; un mecanismo, una máquina de poder  superpuesta a la Nación Histórica, capaz de absorber los poderes sociales -los poderes intermediarios de Montesquieu-, en el poder político, eliminando así el autogobierno. Como decía con toda la razón Carlos Marx, mucho más interesante que los marxistas, que en su inmensa mayoría ni siquiera le han leído, el Estado-Nación es una superestructura oligárquica. Pues bien, entre el pueblo natural y el Estado existía ya una sociedad política bajo la monarquía absoluta, la sociedad cortesana formada por las oligarquías en que se apoyaba el monarca. La Nación Política en que se apoyan los gobiernos estatales sustituyó a la sociedad cortesana.[3]

Lo que hicieron los revolucionarios franceses, fue monopolizar como Nación o sociedad política  la representación  de la Nación Histórica,  parte del Pueblo de Dios en Europa. Esa fracción -la nueva oligarquía, pues todo gobierno, sea el que sea, es oligárquico-,[4]  constituyó la Nación Política,  a la que está sometido desde entonces mecánicamente el Pueblo de Dios de las naciones históricas europeas. Funcionen bien o mal, los gobiernos son por lo general mediocres. El problema actual, que viene de atrás, es que, en la medida en que  se han hecho portavoces del nihilismo, están destruyendo el Pueblo de Dios y las naciones  reales, naturales, no artificiales, las naciones históricas, que son totalidades orgánicas. Los gobiernos de las naciones políticas representan hoy  al nihilismo que, como tal, tiene que destruir también la realidad histórica  o cultural, para reemplazarla por otra imaginaria.ultima cena

16.- La tendencia o el destino de Europa parece ser en este momento la descivilización alentada por las religiones seculares y promovida por los poderes públicos. La única excepción visible a esta tendencia es la Rusia postbolchevique, cuyo gobierno defiende -por convicción o por conveniencia-, en combinación con  la Iglesia ortodoxa,  la tradición cristiana, seguido por los de algunas naciones menores como Hungría.

Lo que ocurra depende de la recuperación de las naciones históricas en estrecha relación con la actitud de la Iglesia, muy socavada empero por la neutralidad que emana del Estado. Decía Federico Nietzsche: «Staat heißt das kälteste aller kalten Ungeheuer. Kalt lügt es auch; und diese Lüge kriecht aus seinem Munde: Ich, der Staat, bin das Volk» (Se llama Estado  al monstruo más frío de todos los monstruos fríos. Miente incluso en frío; y de su boca sale esta mentira: YO, el Estado, soy el pueblo).

La Iglesia Católica  es, con todo, la que mejor  conserva en conjunto la fe y la tradición histórica, el êthos de la civilización cristiana: la Cristiandad. Pero captados también por la presión del espíritu de la neutralidad nihilista, abundan los creyentes ingenuos y los no tan ingenuos  e igual que buena parte del clero -la Iglesia docente- en  el que abundan asimismo los ingenuos y los no tan ingenuos, está tan desconcertada como la Iglesia discente. No obstante, decía el historiador luterano Ranke,  «en la Iglesia, hay siempre algo que no se deja manipular».[5]  Pues la Iglesia no puede ser neutral ante el mal: «El celo de tu casa me consume» (Juan 2 13-25).

Los dirigentes eclesiásticos, sobre todo los obispos, entre ellos el de Roma, asentaron su crédito en otros tiempos entre los creyentes y el pueblo pagano como defensores civitatis. La situación actual no deja de ser parecida. Mas, confundiendo tal vez los derechos humanos, el internacionalismo y el cosmopolitismo ambientales, la globalización, etc., con  la universalidad propia de la Iglesia,  no parecen  predispuestos a hacer de defensores nationis frente a los nuevos bárbaros decididos a acabar con la Cristiandad y las naciones, figuras del pueblo de Dios, para crear una nueva civilización nihilista, como postulan la ONU, el presidente Obama y, sin ambages, confesandolo abiertamente, el actual gobierno socialista francés.[6] La Iglesia es un contramundo en el mundo. Pero, como acaba de decir el papa Francisco, la mundanidad anestesia el alma.

[1]              Nacida en 1909, murió ese año de 1943 dejando inacabado L’enracinement,  publicado por su admirador Albert Camus en París, Gallimard 1949. Hay trad. española.

[2]           La raison des nations. Réflexions sur la démocratie en Europe. Paris, Gallimard, 2006.

[3]           N. Elias, La sociedad cortesana. México, FCE 1982.

[4]           Cf. D. Negro,  “La ley de hierro de la oligarquía”. Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Nº  90 (2013).

[5]                Sobre las épocas de la historia moderna. Madrid, Instituto de Estudios Políticos y Constitucionales (en prensa).

[6]             Todos los gobiernos, sean políticamente de “derechas” o de “izquierdas” -productos ambas, uno más moderado, el otro más radical- son hoy socialistas o estatistas, que es la misma cosa. El socialismo es, como anunciaron Tocqueville o Donoso, certificaron Nietzsche,  Burckhardt y tantos otros y satirizaron Huxley u Orwell, la religión del nihilismo y el Estado su Iglesia.

“Europa: el fin de las naciones (III)”. Dalmacio Negro.

guerra8.- La sovietización cultural, una forma suave de bolchevización globalizadora no por cierto  estrictamente marxista sino más bien leninista y nacionalsocialista, ha sobrevivido como secuela en  Occidente. Es una mezcolanza de leninismo, estalinismo, socialismo, culturalismo, puritanismo y otros factores descivilizadores cuyo denominador común es el  nihilismo. Junto con  el multiculturalismo y las bioideologías, alimenta la política correcta importada de Norteamérica que  destruye el êthos, la moral colectiva de las naciones.[1]

En el caso especial de España, que marcha estadísticamente a la cabeza en la intensidad de la destructividad -por ejemplo en aborto, consumo de drogas, prostitución, matrimonio homosexual, desnatalización, etc., (y están aumentando significativamente  los suicidios)-, concurre otra circunstancia que ahora no es del caso.

9.- Europa, y bajo su influencia la civilización occidental en su conjunto, deslumbrada por el poder de la ciencia y la técnica, que se le antoja mágico, sobre todo el de la técnica, pues la ciencia casi ha desaparecido,  vive en la irrealidad. Vivir fuera de la realidad es una actitud romántica y lo grave del romanticismo es que se viva la vida colectiva en la irrealidad, pues, en este caso se asienta en la nada.  Escribió Tocqueville: «si sirve de mucho al hombre como individuo que su religión sea verdadera, no ocurre lo mismo respecto a la sociedad. La sociedad no tiene nada que temer ni nada que esperar de la otra vida;  lo que más le importa, no es tanto que nosotros los ciudadanos profesemos la verdadera religión, como que profesemos una religión». Ahora bien, la religión que prevalece es, como temía Tocqueville, la religión artificial de la igualdad, en la que el pueblo nihilista de la  socialdemocracia sustituye al pueblo de Dios. Religión política, la religión socialista es una religión coactiva al ser artificial. No es ni liberal,  ni social, ni demócrata. Su liberalismo es el de la indiferencia moral, supuestamente neutral, que opone la libertad sin responsabilidad  -la independencia absoluta de toido lazo o limitación-  a la libertad; su democracia se  funda en la coacción legal o violenta; y su socialismo es en la práctica un capitalismo de Estado, el socialismo fiscal del gran capital. Su verdad es la de la mentira que difunde la propaganda. Las religiones políticas o de la política son religiones falsas como todas las religiones seculares y,  por tanto, destructivas.

Constituye un buen ejemplo, en relación con el tema de hoy, la nada del “patriotismo constitucional” -el patriotismo vinculado a un papel, como si fuese la tierra-  inventado por el socialdemócrata Habermas (en realidad le precedió Siéyés en la revolución francesa), que ha hecho suyo la cada vez más insostenible Unión Europea, que sirve de coartada a los gobiernos europeos en su tarea de destruir las naciones.   

Romano Guardini  describía así el pathos del momento hace ya unos tres cuartos de siglo: «Europa atraviesa hoy día  la crisis más profunda de su historia: tan profunda, que muchos llegan a preguntarse si todavía existe “Europa” en el antiguo sentido de la palabra».[2] Lo decía cuando  Christopher Dawson, miembro de la gran escuela de historiadores que comenzó con Ranke, el padre de la historia científica, y continuaron Dilthey, Jacobo Burckhardt, quien consideraba la religión una de las cuatro potencias de la historia, lord Acton, Hilaire Belloc,… diagnosticaba en 1948, que «los acontecimientos de los últimos años pronostican o el fin de la historia humana o un vuelco de ella».[3]  Constituía un axioma para esta escuela de historiadores, que son las religiones la clave de las culturas y las civilizaciones. Que la religión es la clave de la historia debiera ser un tópico con categoría de presupuesto.

Para no perder de vista que nuestro tema es la Nación, rectificando algo a Burckhardt, es hoy la historia junto a la teología, la estética y la filosofía, el más importante de los saberes: historia magister vitae, la historia es la maestra de la vida. Enseña entre otras cosas, que la ciencia sólo puede ser  ancilla philosophiae, una llave de la filosofía.

10.- Los europeos estamos todavía acostumbrados a oír que el ser humano es un animal político y social, categorías a las que se pueden y se suelen añadir las de animal técnico, estético, moral, etc., y actualmente sobre todo económico, pues el poder político, al que le importa únicamente la economía, un campo pragmático natural, valga la redundancia,  de la acción humana, como el saber que legitima a  los demás saberes como si fuese una teología. Sin emargo, hay quienes piensan y viven de ello o por lo menos lo explotan para adquirir notoriedad remunerada, que el hombre es un animal como los demás.

Sin entrar en las causas de esta cosmovisión mecanicista -muy ligada el reduccionismo de lo humano a lo económico-, y que cabe resumir en la imperante sovietización cientificista a lo Gramsci antes mencionada, basta decir que la ciencia no es un saber: a la ciencia  no le importa la verdad, que es lo mismo que la realidad, sino solamente la certeza. Cosa muy buena pero insuficiente, pues, como decía Heidegger, “la ciencia no piensa” y el pensar y el ser son lo mismo, por lo que se piensa con la realidad.  La ciencia, no digamos la técnica, que sólo conoce como hacer funcionar las cosas, ha impuesto empero el predominio de la abstracción  afectando incluso, más a ras de tierra, a las formas de trato; un ejemplo de esa abstracción son las relaciones públicas, necesarias sino indispensables en sociedades puramente técnicas. No es que la ciencia y la técnica sean malas en sí mismas. Todo lo contrario. Lo que ocurre es que la civilización actual   adolece de leitenden Ideen,  de ideas rectoras. Un tema muy interesante, al que por razones obvias cabe sólo aludir entre líneas.

Lo que importa aquí, es que el hombre es  ante todo un ser histórico. Será luego también económico, político, social, económico y todo lo que ustedes quieran. En realidad tiene que ser algo de todo eso y muchas más cosas, aunque sea en un grado menor, para poder vivir humanamente; incluso la tontería de que es un homo sociologicus (la cultura actual está llena de tonterías cientificistas que pasan por dogmas). Ahora bien, el habitat, el lugar donde mora humanamente, el modo de morar que le es propio, aquello que le hace ser  hombre, es la Historia. En ella no co-existe con los demás seres, como hacen los animales, por lo menos con los de su especie, sino que con-vive con los demás hombres que moran en ella;  incluso si se quiere, con los animales que adapta a su modo de vidaservidumbre

11.- Los griegos, a quienes hay que referirse siempre por lo de la historia magister vitae en estas cuestiones -descubrieron la realidad de la consciencia y la posibilidad de la política-, inferían certeramente del hecho de convivir, que el hombre es un animal político, porque   gracias a su consciencia -la consciencia de disponer de la razón- podían organizar la convivencia en libertad (exterior), y Santo Tomás de Aquino añadió  más tarde la cualidad de animal social en virtud de la caridad. Pues el hombre es capaz de amar  de un modo distinto al de los animales, aunque sea este último el que se recomienda  y casi se impone hoy en día debido a la difusión masiva de la ignorancia y con propósitos non sanctos.

Es muy ilustrativo de la situación  un célebre párrafo Étienne de la Boétie, autor del famoso librito La servidumbre voluntaria o el contra uno, sobre este aspecto. Este amigo del escéptico político Montaigne decía en el siglo XVII: la mejor manera de «embrutecer a los súbditos, no se puede conocer más claramente que por lo que hizo Ciro a los lidios cuando, tras haberse apoderado de Sardes, la capital de Lidia… se le dio la noticia de que los sardos se habían sublevado. Pronto los hubo reducido bajo su mano; más, no queriendo saquear ciudad tan bella, ni verse siempre en la dificultad de mantener en ella un ejército para guardarla, se le ocurrió un gran remedio para asegurársela: estableció burdeles, tabernas y juegos públicos, e hizo publicar una disposición según la cual sus habitantes debían frecuentarlos. Esta guarnición resultó tan eficaz, ironiza La Boétie, que desde entonces nunca más fue necesario utilizar la espada contra los lidios: estas pobres y miserables gentes se  entretuvieron en inventar toda clase de juegos».[4] Nihil novum sub sole. El panem et circenses como instrumentum regni para domesticar a los hombres. Federico II de Prusia, quien imitó el despotismo de Pedro en Grande de Rusia, imitándole a su vez las demás monarquías absolutas, consideraba a sus súbditos staatliche Tiere, animales estatales. Y es así como les consideraba el Estado Totalitario bolchevique y le  consideran los Estados Totalitarios socialdemócratas de la Unión Europea y los que les imitan.

12.- Igual que los demás seres vivos, el hombre hunde ciertamente sus raíces en la tierra de la que procede, y a la que volverá si no consigue ser inmortal, un anhelo tan viejo como la humanidad.  Sin embargo, en tanto consciente, el ser humano posee espíritu y, como decía San Agustín, en cuanto espíritu vive en el tiempo, es decir, vive en la Historia, que comenzó al irrumpir el tiempo con el hecho de la Creación.  El hombre es un ser histórico, afirmaba Ortega, lo que le valió por cierto muchas incomprensiones. La causa es que lo propio de la naturaleza  humana en tanto humana, consiste en que   sabe que va a morir: que es efímero su tiempo terrenal. Es un Sein-zumTode, un ser para la muerte, decía Heidegger. Su consciencia (Bewusstsein) se transforma así en conciencia (Gewissen), por lo que sus actos tienen siempre un propósito o intención, tienden  a algo (in-tendere), que consiste en definitiva en perdurar, en  sobrevivir al tiempo carnal. De ahí la cultura, del latín colere, cultivar un campo para sobrevivir físicamente, y el culto para sobrevivir  espiritualmente con ayuda de la divinidad, la primera y la última de las realidades,  al ser la causa, ciertamente incomprensible, de la realidad de la vida.

Por que el cultivo y el culto arraigan, enraízan en la tierra, es  Gea la madre de todo, al habitar en ella lo divino, sea ello lo que fuere, y a cuyas reglas, el Derecho -natural puesto que emerge de la Naturaleza-, debe someterse forzosamente la vida visible. Todo culto es por ende  ritual, y se comprende que el rito o parte del rito sea orgiástico, puesto que el culto implora la vida y por tanto la reproducción, el fin primario de cualquier especie. En todo caso,  se ofrendan ritualmente productos de la tierra, que pueden ser desde sacrificios humanos al pan y el vino.  La vida enraíza en la tierra y la tierra es la Patria más inmediata. Todo nace de la tierra y todo vuelve a la tierra.

[CONTINÚA]

[1]              Estados Unidos, la Meca actual -por buenas razones- de europeos y no europeos,  es un  problema. A sus Universidades -no hace falta mencionar  los mass media, las ongs y los políticos- les apasionan las novedades, aunque sean completamente estúpidas. Si se quedasen en Norteamérica, allá ellos. Lo malo es que cuando no las exportan, los demás, fascinados por el sheriff imperial,  las importan.

[2]      El mesianismo en el Mito, la Revelación y la Política. Madrid, Rialp 1948 (incluido en Escritos políticos). VII, p. 155.

[3]      Religión y cultura. Buenos Aires, Sudamericana 1953.  X, 7, p. 243.

[4]           Op. cit. [16], p. 44.

Dalmacio Negro. “Europa: la destrucción de las naciones (II)”.

4.- Las naciones se formaron en la Edad Media como partes de la universitas christiana. El gran historiador Ranke filió cinco bien diferenciadas: la germánica, la inglesa, la francesa, la italiana y la española. Curiosamente, no mencionaba la eslava, que sería la sexta (ni la ugro-finesa, una Nación menor y separada físicamente). Algunas fracciones de las mencionadas por el historiador alemán se desgajaron formando otras naciones. Por ejemplo, Portugal, parte de Hispania; Austria, el Imperio alemán, Escandinavia, Dinamarca, Holanda, partes de la Nación germánica.naciones medieval
A finales del siglo XV, entre 1492-1494, coincidiendo con el final de la Reconquista, la unión de las monarquías de Castilla y Aragón y el descubrimiento de América, se instituyó la ley del equilibrio europeo entre las tres más grandes y poderosas políticamente, España, Francia e Inglaterra, comenzó la Weltpolitik, la política mundial, y se empezó a hablar de Europa para designar el ámbito geográfico de la Cristiandad.
Montesquieu pensaba en el siglo XVIII, que Europa era una Nación de Naciones, pues la Nación es la forma política de Europa una vez constituida como tal; igual por ejemplo que la Polis en la Grecia clásica, un conjunto de poleis. Sin perjuicio de la clasificación de Ranke, se formaron más de cinco naciones en torno a monarquías. «En cierto sentido, decía Bertrand de Jouvenel, es sobre el trono donde se forma la nación. Los súbditos se convierten en compatriotas como resultado de la fi-delidad a una misma persona». Las naciones se configuraron territorialmente a medida que, apoyándose recíprocamente reyes y burgueses -habitantes de burgos o ciudades- frente a los múltiples poderes feudales, se afirmaban las clases medias, una peculiaridad europea, igual que la Nación como forma histórica política. De ahí que Nación y clase media sean sociológicamente casi lo mismo. Es insólito el caso de un monarca que intente destruir su Nación y su clase media para afirmarse, potenciando y fomentando en cambio oligarquías

5.- El espíritu de la Nación es el resultado de un conglomerado de costumbres, usos y tradiciones unificadas por un mismo êthos o carácter colectivo a consecuencia de una convivencia histórica más intensa; en España, por ejemplo, por la Reconquista como un objetivo común, aunque fuesen corrientes las disensiones y enfrentamientos entre los distintos reinos, lo que retrasó la reunificación política de la Nación española.
Ahora bien, todas las naciones europeas participan de un êthos superior al de cada una, êthos o moralidad colectiva determinado originariamente por la fe católica como el fundamento de las creencias sociales comunes, siendo la religión lo común o público y teniendo la Iglesia la auctoritas suprema sobre la potestas de los diversos poderes políticos laicos, pues la laicidad es connatural a la fe cristiana: la respuesta evangélica «dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César», legitima los poderes políticos. En Europa, bastaba durante mucho tiempo ser cristiano, pertenecer a la ley de Cristo mediante el bautismo, para ser considerado lo que se llama hoy ciudadano. Así, un alemán podía ser obispo u ostentar otro cargo eclesiástico o laico, en España, en Inglaterra o en cualquier otro país de la Cristiandad -igual que el papa-, aunque por razones obvias solían ser nativos.
En fin, como dice Pierre Manent en un acertado párrafo, «el desenvolvimiento político de Europa es solamente comprensible como la historia de las respuestas a los problemas planteados por la Iglesia -una forma de asociación humana de un género completamente nuevo, subraya Manent-, al plantear a su vez cada respuesta institucional problemas inéditos, que reclaman la invención de nuevas respuestas. La clave del desenvolvimiento europeo es, afirma el pensador francés, el problema teológico político».

6.- Debido a la inversión en Europa del dualismo natural religión-política -ley de Cristo-ley estatal-, el Estado plantea hoy los problemas. Montesquieu pronosticó ya a la vista de la tendencia al despotismo de las modernas Monarquías absolutas (la cita está tomada de Hannah Arendt): «La mayoría de las naciones de Europa están aún regidas por las costumbres. Pero si se consolida el despotismo en algún momento por medio de un prolongado abuso del poder, por medio de alguna enorme conquista, no habría costumbres ni clima intelectual que pudiera resistírsele».
El despotismo monárquico, heredado por el Estado cuando se independizó de las monarquías, está en el origen del nihilismo, pues la naturaleza del Estado es la neutralidad, y su principio, la soberanía jurídica y política, tiende a neutralizar todo. Manent recuerda en otro lugar, que la monarquía absoluta cambió la trayectoria política de Europa: introdujo la nueva tradición de “la voluntad y el artificio” frente a la tradición de “la naturaleza y la razón”, la natural en Europa (M. Oakeshott).
La causa es que esa forma monárquica impuso paulatinamente el predominio de la política sobre la religión. invirtiendo el orden normal de las cosas.espadas Pues, como decía Tocqueville, «no hay ninguna acción humana, por muy rara que sea, que no nazca de una idea muy general que los hombres han concebido de Dios, de sus relaciones con el género humano, de la naturaleza de su alma y de sus deberes hacia sus semejantes. No podemos evitar que esas ideas sean la fuente común de la que proviene todo lo demás». O, como decía también Hegel, die Religion ist der Ort, wo ein Volk sich die Definition dessen gibt, was es für das Wahre hält, el lugar donde (o el modo en que) un pueblo se da la definición de lo que es la verdad para él. De otra manera: «el modo y la manera de la conciencia en que la verdad se da a todos los hombres». La crisis de la verdad -el relativismo-, es correlativa a la crisis de la religión. Si no hay verdades religiosas las impone o tiene que imponerlas el poder político para hacer posible la convivencia. La “ley del termómetro” de Donoso Cortés es inexorable: «no hay más que dos represiones posibles: una interior y otra exterior, la religiosa y la política. Éstas son de tal naturaleza, que cuando el termómetro religioso está subido, el termómetro de la represión está bajo, y cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión política, la tiranía, está alta». La diferencia radica en la forma de la represión. Tocqueville había escrito un poco antes del lugar antes citado: «Dudo que el hombre pueda nunca soportar a la vez una completa independencia religiosa y una entera libertad política; y me siento obligado a pensar que, si no tiene fe, es preciso que sirva, y que si es libre, es preciso que crea».

7.- Ortega identificaba el cambio histórico con el cambio generacional. El actual, más que un cambio es una crisis histórica: afecta a todas las generaciones vivas y futuras. Es como el comienzo de un tiempo histórico de transición en el que se cuestionan o decaen las antiguas creencias, las tradiciones, los viejos mitos, las costumbres y las actitudes acostumbradas, las formas de razonar y de sentir y, en definitiva, las formas de vida: las rutinas, que, decía Whitehead, son la urdimbre de la vida colectiva. Pero hay rutinas naturales y rutinas artificiales y el Estado crea rutinas artificiales basadas en la represión coactiva, que llevan al conformismo.
Nada menos que la constitución Gaudium et spes (4) del Vaticano II (1962-1965), uno de los grandes acontecimientos del siglo XX, reconocía sin ambages, que «el género humano se halla hoy en un período nuevo de su historia caracterizado por los cambios profundos y acelerados, que se extienden progresivamente al universo entero». El estado del mundo es completamente distinto en 2015 al de las décadas de 1950, 1960, 1970, 1980, 1990 o 2000.
Son muchas las concausas, pero la tendencia, como decía Ranke, o la trayectoria dominante, como decía Julián Marías, es la nihilista, inducida por las ideologías o religiones de la política apoyadas en la neutralidad estatal. La neutralidad siempre favorece a unos y perjudica a otros y el Estado, asaltado por las ideologías y los poderes oligárquicos, ha devenido el mayor enemigo del pueblo, de la Nación, de la cultura y de la civilización.
Ratzinger planteó la cuestión crucial en su imprescindible opúsculo El cristiano en la crisis de Europa: «Si, por una parte, el cristianismo ha encontrado en Europa su manifestación más eficaz, por otra parte hay que decir asimismo que ha tomado cuerpo en Europa una cultura que se presenta como la contradicción absoluta y más radical no sólo del cristianismo, sino también de las tradiciones religiosas y morales de la humanidad. De aquí se deduce, que Europa está experimentando una auténtica “prueba de resistencia”; y así se entiende también, escribía Ratzinger, el radicalismo de las tensiones a las que tiene que enfrentarse nuestro continente».
Peter Sloterdijk, el pensador alemán actual seguramente más interesante, sostiene con cierto optimismo que la situación de Europa es revolucionaria. Ha escrito recientemente: «Desde la década de los años ochenta podemos presenciar la emergencia de un nuevo Zeitgeist fácilmente reconocible en sus figuras. Se trata de un espíritu destructor del tiempo, que transforma la falta de seriedad en estilo de vida y eleva la pérdida de realidad del mundo a categoría de principio»…«En el clima del vacío ideológico, sugiere Sloterdijk, pudo ganar terreno la concepción de que existía una nueva virtud europea, a saber, la de carecer ya de una idea general acerca del mundo como totalidad». Sloterdijk se queda corto. La idea del mundo como totalidad -die Wahre ist das Ganze, lo auténtico o la verdad es el todo (Hegel)- se reduce a lo que se llama toscamente la globalización. Y, sobre la revolución, hay que recordar que, si es auténtica, la preparan los gobiernos que se alejan de la realidad o se oponen a ella con sus torpezas y con sus actos. Es lo que está ocurriendo especialmente en Europa.
Cuando estalla una revolución, es porque está hecha en las cabezas, observó agudamente Ortega. Las revoluciones no son por eso necesariamente negativas. Un buen ejemplo es la norteamericana y si se reflexiona, la mayor de todas las revoluciones habidas hasta ahora ha sido la cristiana de la que son tributarias todas las posteriores. El gran problema de las revoluciones auténticas es la imposibilidad de saber como acabarán y si acabarán. La revolución cristiana es la única que se sabe que concluirá con el fin de los tiempos, el fin de la historia, que no es un concepto secular sino teológico.

[CONTINUA…]

“Europa: la destrucción de las naciones” I. Dalmacio Negro.

[Publicamos en varias entregas la conferencia impartida por Don Dalmacio Negro en la Asociación de Mujeres Universitarias.]

EUROPA: LA DESTRUCCIÓN DE LAS NACIONES 

basilea1.-  Zygmunt Bauman llama sociedades líquidas a las sociedades actuales. Todo es incierto, relativo, no hay nada seguro: no hay verdades vigentes, todo es postmoderno, pues se ha acabado incluso la modernidad. Las ideas-creencia milenarias en que descansaban las sociedades occidentales parecen haberse evaporado ocupando su lugar ideas ocurrencia, la mayoría fugaces. El gran filósofo inglés Alfred North  Whitehead publicó  Adventures of Ideas  en 1933. Pensaba ya con su característica comprensión histórico-sociológica, que «la humanidad está ahora en uno de sus raros cambios de visión. La coacción de la tradición ha perdido su fuerza y es por eso misión nuestra -de los filósofos, de los investigadores y de los hombres prácticos- volver a crear y a poner en marcha otra visión del mundo que comprenda aquellos elementos de reverencia y orden sin los cuales la sociedad degenera en tumulto, y que esté por otra parte penetrada de una racionalidad inflexible».[1] Pero, ¿es todavía posible? Nietzsche pronosticó a finales del siglo XIX  el imperio del nihilismo durante doscientos años. Ha transcurrido más de un siglo y es patente el triunfo de la Nada sobre el Ser,  la realidad y, en cierto modo, sobre la Realidad de las realidades, como llama Zubiri a la divinidad.

Una de las ideas tradicionales más sólidas era la de la Nación, la pertenencia a amplias unidades de convivencia asentadas en la  idea de Patria, la tierra de los padres, los antepasados, una idea natural, espontánea, más restringida que la de Nación: la Patria se refiere a las familias, las unidades básicas de convivencia; la Nación a los miembros de esas familias, que pertenecen inevitablemente a una Patria como el conjunto de las familias, y a una Nación como el conjunto de individuos que participan del mismo êthos. Aunque no lo queramos, todos tenemos una Patria, pues hemos nacido de alguien que pertenece a una familia. Y también  a una Nación, ya que hemos convivido y seguimos conviviendo en la mayoría de los casos con otros individuos nacidos en la misma tierra compartida por otras familias y otros individuos bajo un mismo poder político. «La na­ción no tiene otro origen que una larga cohabitación de diferentes elementos bajo el mismo poder» (B. de Jouvenel).

 

2.- Séneca daba fe de que nemo patriam quia magna est amat, sed quia sua (nadie ama a su patria porque sea grande, sino porque es la suya) y Gea, la Tierra,  era una diosa para los antiguos, pues todos nacemos de la tierra. Recordando la realidad de la pertenencia a la tierra, se decía hasta no hace mucho los miércoles de Ceniza:  Memento homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris. Pero la ignorancia de la muerte da una falsa seguridad,[2] y esta frase de la Biblia Vulgata ha sido sustituida como saben, por la más líquida, aggiornata, neutral y light, “conviértete y cree en el Evangelio”; frase que disimula la verdad fundamental, inherente a la condición humana, de que hay que morir pero no se sabe cuando: certus an incerta quando.Seneca

De hecho, una de las consecuencias del nihilismo es la despreocupación, cuando no el desprecio, de la realidad, una de cuyas formas es la pretensión de ser inmortales, consciente en algunos casos y  una creencia colectiva inconsciente en la mayoría. El deseo de ser inmortales ha sustituido a la fe en la resurrección en el Occidente cristiano; algunas de las novelas satíricas de Houellebecq aparentemente pornográficas, aluden a la irrealidad de las formas posibles de eludir el hecho irreversible de la muerte, indispensable para entender todo lo demás.

Pues bien: el ser humano, además de pertenecer a la tierra, pertenece a la cultura en que ha nacido. Es a lo que alude implícitamente la palabra Nación, del verbo latino nascor. Se nace en la cultura de una tierra concreta. Pertenecemos a una cultura y no a la que queramos. Podemos contribuir a la cultura, estar influidos por otra cultura, e incluso adoptar otra nacionalidad. Esto último es una mera cuestión legal, uno de cuyos aspectos es el problema, hoy tan corriente, de la inmigración y la integración. En general, el inmigrante se puede adaptar mejor o peor a la nueva cultura, asimilarse pero no integrarse. El primer descendiente se integra ya más o menos, aunque hay casos en que la cultura de origen prolonga, dificulta o impide la integración

 

3.- Casos. Un inmigrante hispanoamericano se asimila e integra inmediatamente en la cultura española (y viceversa) y la primera generación será ya madrileña, orensana, almeriense o de Lérida (en este último caso existe hoy un problema artificioso, pues la mafia nacionalista gobernante prefiere por ejemplo a musulmanes, que espera aprendan catalán, a los hispanos, que no necesitan aprenderlo). El inmigrante hispanoamericano se adaptará o asimilará perfectamente en otras naciones europeas -mejor en la italiana por la lengua, algo menos en la francesa- y la primera generación estará completamente integrada. Si el inmigrante es europeo, se adapta perfectamente en cualquier Nación de esta cultura y sus primeros descendientes estarán ya completamente integrados. Los primeros inmigrantes chinos, japoneses, indios, etc., más bien conviven que se adaptan, pero los descendientes inmediatos, si no están integrados suelen estar perfectamente adaptados y sus descendientes estarán integrados. Un caso especial son los judíos, pero en las naciones de cultura cristiana acaban adaptándose o integrándose. Me detendré un momento en esto.

El austriaco Josep Roth escribió: «sentirse en casa dentro de una nación, es una emoción primaria del hombre europeo civilizado, en modo alguno una “cosmovisión” y jamás un “programa”». Este gran escritor era judío, igual que otros judíos asentados tiempo atrás en Austria o Alemania que, vinculados por la tierra, las sentían como su Patria y su Nación. Muchos de ellos lo demostraron defendiéndola con las armas y muriendo por ellas y una espléndida pléyade de intelectuales de esa nación bíblica sin territorio se consideraba alemana o austriaca, que vienen a ser lo mismo. Atestigua Stephen Zweig, también judío y excombatiente, en su oración fúnebre por Roth, que en el Imperio austro-húngaro, «fueron única y exclusivamente los judíos quienes mantuvieron la existencia de la cultura germana» en todos aquellos territorios marginales en que estaba amenazada su lengua.[3]hogar

Es cierto pero no una regla general, cuando los judíos se integran han perdido o abandonado la fe aunque sigan siendo adeptos a los ritos. Sin embargo, si el ambiente no es hostil por causas históricas pueden estar perfectamente integrados, conservar su fe y no ver el cristianismo como un adversario. No obstante, uno de los objetivos del bolchevismo y el internacionalismo socialdemócrata, que deben mucho a intelectuales judíos como Trotski, por citar uno sólo, consiste en acabar con las naciones.

La gran excepción suelen ser los musulmanes. Igual que en el caso de los judíos, la nacionalidad se transmite por la sangre y emigren donde emigren, siguen perteneciendo a la umma, la nación musulmana. Si permanecen en su fe, podrán convivir, se adaptarán más o menos, y, como se estamos viendo, no les resulta fácil integrarse. En realidad, consideran la tierra donde están asentados, dar al chahada, la casa a integrar en la umma, es decir, en dar al islam, en la casa del islam; la casa alude al lugar asentado en la tierra donde se mora.

[CONTINÚA]

[1]           Aventuras de las ideas. Barcelona, José Janés, 1947. I, VI. 3, p. 133.

[2]             H. Thielicke, Vivir con la muerte. Barcelona, Herder 1984.IV, e), pp. 198ss.

[3]      El legado de Europa. Barcelona, Acantilado 2003. P. 271.

portada gambescia

“El liberalismo triste”. Carlo Gambescia.

“El liberalismo triste”. Carlo Gambescia. Madrid, Ediciones Encuentro, 2015, 205 pp. 15€.

El liberalismo, como realidad política, surge a principios del siglo XIX y desde entonces se ha convertido en un concepto difícilmente clasificable. El ensayo de Carlo Gambescia, recientemente publicado en español con la excelente traducción de Jerónimo Molina, tiene la doble virtud de realizar un inteligente catálogo de las diferentes corrientes liberales y de esbozar un tipo de liberalismo, el triste, muy útil en nuestros días.liberalismo

¿Por qué es triste el liberalismo y qué tiene de liberal esa tristeza? Es triste porque parte de la realidad y del presente y, por tanto, plantea una acción política melancólica que surge de la desproporción que se da entre la vida tal y como se nos aparece y los anhelos y deseos más profundos que tiene el hombre. Es una tristeza que no lleva a la derrota y que tampoco parte del fracaso, sino que cuenta con que, en efecto, hay una inmensa distancia entre los fines últimos del hombre y la realidad presente en la que comienza su acción. Esta desproporción es estructural en el hombre y, por tanto, también en la política. De este modo, el liberalismo triste, cuya esencia es el realismo, “se cuida muy bien de dibujar con tonos proféticos un mundo futuro perfecto”. No renuncia a actuar en el mundo ni mucho menos a mejorarlo, pero siempre desde la constatación real de que “del leño retorcido del que el hombre está hecho no puede salir nada enteramente derecho”. La naturaleza falible del hombre, ni mucho menos perfecta, genera en la acción una tristeza o melancolía porque nos pone ante nuestros ojos que el problema de la liberación humana excede con mucho los medios políticos. Y es precisamente esto lo que el liberalismo triste tiene de liberal, esta desconfianza en el poder como solución a los grandes problemas que afectan a todo hombre. Porque si bien es cierto que el hombre desea la liberación, si acude a un poder político para que le ayude, el resultado es, y siempre será, que acabará cayendo en un yugo peor que aquel del que pretendía librarse.

plantaba arboles

El liberalismo triste es un liberalismo posible, con los pies en la tierra, que revisita una y otra vez la realidad presente para enfocar siempre desde un prisma nuevo la acción concreta. No parte de un gran proyecto realizado de una vez por todas al que la realidad debe conformarse con mayor o menor violencia, sino que el plan es renovado una y otra vez según se presentan los hechos. Puede parecer conformismo, pero nada más alejado de la verdad, porque conformismo sería no desear la mejora del presente, y no es esto lo que Gambescia propone. Su liberalismo triste quiere mejorar lo presente y para ello debe conocerlo y, sobre todo, respetarlo según lo que es.

Para el autor, los compañeros de viaje de este realismo político iniciado quizás con Burke, serían Freund, Tocqueville, Pareto, Mosca, Ferrero, Croce, Weber, Ortega y Gasset, Jouvenel, Röpke, Aron y Berlin, de los que hace un inteligente comentario y cuya lectura vuelve a ser hoy imprescindible. A un lado y a otro de este liberalismo posible, “árquico” según el autor, se encuentran los “enemigos del liberalismo” y las distintas familias liberales.

La taxonomía que Gambescia realiza del liberalismo es muy útil y pocos autores se atreven hoy en día a adentrarse en el mundo de la historia de las ideas para realizar una comprensión general de la cuestión. Con una sencilla división tripartita entre “liberalismo micro-árquico”, “liberalismo an-árquico” y “liberalismo macro-árquico”, el autor nos ayuda a comprender posturas liberales extremas y sus familiaridades, como pueden ser por ejemplo las parejas de Hayek y Keynes, Smith y Stuart Mill, Chicago y Austria, etc., y sirve también para comprender por qué hay liberalismos que defienden un Estado pequeño, por qué hay otros, como el de Rothbard o Hoppe, que son anárquicos, o por qué, en el otro extremo, es posible que haya liberales que potencian un Estado enorme.

El problema de la política es, precisamente, intentar eliminar el problema o, lo que dicho en términos más clásicos, utilizar la política para eliminar la condición de lo humano. Este libro es un inteligente recuerdo de esta verdad tan importante y que con tanto dolor se nos ha hecho presente en el siglo XX.