“Europa: la destrucción de las naciones (IV)”. Dalmacio Negro.

13.-  Viendo y viviendo lo que pasaba, escribió Simone Weil en 1943 un famoso libro, L’enracinement,[1] para mostrar  la necesidad vital del espíritu humano de enraizar en la tierra de los padres, los antepasados. Un inglés crítico de la oligarquía, el famoso Dr. Johnson, decía «patriotism is the last refuge of a scoundrel» (el patriotismo es el último refugio de un canalla). En  contraste, exageraba un tanto Cánovas del Castillo  al afirmar que «con la patria se está como con la madre con razón o sin ella».  Lo cierto es que, como dice Rüdiger Safranski en algún sitio, «podemos vivir aquí o allá, pero no en todas partes». Vivimos y enraizamos en un lugar concreto de la tierra, a la que pertenecemos y nos pertenece. Mapa europa

En Europa, el hombre concreto, el hombre de carne y hueso diría Unamuno,  enraíza históricamente en los pueblos-naciones, las partes laicas del Pueblo de Dios, que se fueron configurando en el seno de la Cristiandad medieval.  Se piensa a veces, abriendo ingenuamente el camino al enemigo, que la Cristiandad desapareció en la famosa paz de Westfalia de 1648. Maritain consideró necesario inventar una Nueva Cristiandad. Ciertamente, se consagró entonces  la soberanía  como el principio rector del ius publicum europaeum, principio que independizó el poder político de la omnipotentia iuris medieval, que presuponía la soberanía de Dios Creador, soberanía depositada en este mundo en el pueblo. Lo desaparecido fue en realidad la unidad de la Cristiandad. La Cristiandad siguió viva física y espiritualmente,   aunque dividida confesionalmente por la Reforma protestante, la segunda gran división del cristianismo después del gran cisma que había separado ya la Cristiandad romano-germánica de la Cristiandad griega-eslava.  La Cristiandad, el Pueblo de Dios, no sólo sigue existiendo sino que se prolonga en pueblos-naciones geográficamente extraeuropeos, principalmente en las dos Américas y Oceanía.

Uno de los mayores problemas actuales -en la medida en que se trate de un problema-, abordado por el Vaticano II, consiste en que la Cristiandad se ha asentado definitivamente por todo el ecúmene (οἰκουμένη, oikouménē, tierra o lugar habitado, casa donde se mora) sin formar Patrias o Naciones de cultura cristiana, es decir, inmersa en otras culturas y civilizaciones, salvo el enclave en Asia de las islas Filipinas, o enclaves menores como el de Goa en la India y Macao y Hong-Kong en China. Esas culturas no son cristianas, pero tampoco necesariamente anticristianas salvo la excepción del islam o una parte del islam. Pues, sin perjuicio de la tolerancia,  cristianismo e islam, las dos únicas religiones constitutivamente universalistas, la segunda imitando a la primera, son religiones rivales.

14.- La expansión universal del Pueblo de Dios es sólo un verdadero y gravísimo problema por el hecho de  coincidir con el ataque directo al êthos cristiano de las Patrias y Naciones de la Cristiandad originaria por sus propios poderes políticos, ganados en buena medida por las religiones nihilistas seculares o de la política, que adoptan la forma de ideologías y sus sucedáneos, las bioideologías. La aporía es tan grave, que es en realidad metapolítica, pues afecta a los presupuestos metafísicos de la política. Proviene de la revolución francesa, que es, en rigor, la mayor contrarrevolución habida hasta ahora contra la Gran Revolución cristiana, la madre de todas las revoluciones auténticas, incluida la francesa. Recuérdese la frase de Jesús: «No creáis que he venido a traer paz; no he venido a traer paz, sino espada» (Mat. 10, 34). La doble espada de la oración y la palabra, que pueden necesitar empero espadas metálicas frente a la amenaza del Anticristo, que es permanente.

Las Naciones son extensiones en el tiempo de las Patrias enraizadas en la tierra, el espacio. Creadas por la historia, son tan pétreas como aquellas: mineralizaciones del tiempo histórico, diría Ortega. No proceden de la voluntad sino de las costumbres, los usos y las tradiciones formando  comunidades éticas, aunque contribuya la voluntad política a darles sus figuras concretas.

Los contrarrevolucionarios franceses conquistaron el Estado, lo reformaron para aumentar su poder,  trasladaron al pueblo  el derecho divino de los reyes bajo la forma de la voluntad general de Rousseau y, aparte de otras cosas, inventaron la Nación Política  como el titular de la soberanía del nuevo Estado-Nación  en contraste con la Nación Histórica. Una creación en la que la Nación como parte del Pueblo de Dios configurada por la historia -a la que subyace la historia de la salvación a consecuencia del pecado original-, fue sustituida por la voluntad oligárquica del poder humano, en este caso la oligarquía burguesa en nombre de la Nación Histórica o Cultural, cuya representación se arrogó. El principio moral de la Nación  Política unida al Estado -cuyo contenido es esencialmente económico (Schumpeter, Schmitt)- es la utilidad y al final el dinero,  frente al principio del bien común de las naciones históricas partes de la Cristiandad, cuyo presupuesto es la caridad.

14.- Manent ha vuelto  sobre el tema en un notable ensayo dedicado exclusivamente a la Nación. No   distingue entre Nación Histórica y Nación Política, pero lo está exigiendo su argumentación. Por ejemplo, cuando recuerda: «No olvidemos que la instalación del Estado neutral y laico supone la formación previa de una nueva comunidad sagrada, precisamente la nación». Pues «el Estado no podía devenir neutral más que si, previamente, la nación francesa no hubiese llegado a ser para la gran mayoría de los ciudadanos la “comunidad por excelencia”, sucediendo así a la Iglesia. Para que fuese posible el Estado laico, era necesario que “Francia” remplazase a “la Francia toda católica”. Era necesario que la proposición “yo soy francés” contuviese la promesa de una devoción sin reservas a la nación y al pueblo francés».[2] La Francia “toda católica” de que habla Manent, era sociológicamente la Nación Histórica o Cultural, y la nueva “comunidad por excelencia”, la formada por  los que se proclamaban ciudadanos de la Nación Política. Una minoría de los franceses, igual que en las antiguas ciudades o póleis griegas. A partir de la revolución, apareció de hecho en todas partes la distinción entre esa nueva Nación creada políticamente y la  Nación formada  históricamente.

15.- El gran problema es el Estado-Nación. El Estado es de suyo una forma política artificial; un mecanismo, una máquina de poder  superpuesta a la Nación Histórica, capaz de absorber los poderes sociales -los poderes intermediarios de Montesquieu-, en el poder político, eliminando así el autogobierno. Como decía con toda la razón Carlos Marx, mucho más interesante que los marxistas, que en su inmensa mayoría ni siquiera le han leído, el Estado-Nación es una superestructura oligárquica. Pues bien, entre el pueblo natural y el Estado existía ya una sociedad política bajo la monarquía absoluta, la sociedad cortesana formada por las oligarquías en que se apoyaba el monarca. La Nación Política en que se apoyan los gobiernos estatales sustituyó a la sociedad cortesana.[3]

Lo que hicieron los revolucionarios franceses, fue monopolizar como Nación o sociedad política  la representación  de la Nación Histórica,  parte del Pueblo de Dios en Europa. Esa fracción -la nueva oligarquía, pues todo gobierno, sea el que sea, es oligárquico-,[4]  constituyó la Nación Política,  a la que está sometido desde entonces mecánicamente el Pueblo de Dios de las naciones históricas europeas. Funcionen bien o mal, los gobiernos son por lo general mediocres. El problema actual, que viene de atrás, es que, en la medida en que  se han hecho portavoces del nihilismo, están destruyendo el Pueblo de Dios y las naciones  reales, naturales, no artificiales, las naciones históricas, que son totalidades orgánicas. Los gobiernos de las naciones políticas representan hoy  al nihilismo que, como tal, tiene que destruir también la realidad histórica  o cultural, para reemplazarla por otra imaginaria.ultima cena

16.- La tendencia o el destino de Europa parece ser en este momento la descivilización alentada por las religiones seculares y promovida por los poderes públicos. La única excepción visible a esta tendencia es la Rusia postbolchevique, cuyo gobierno defiende -por convicción o por conveniencia-, en combinación con  la Iglesia ortodoxa,  la tradición cristiana, seguido por los de algunas naciones menores como Hungría.

Lo que ocurra depende de la recuperación de las naciones históricas en estrecha relación con la actitud de la Iglesia, muy socavada empero por la neutralidad que emana del Estado. Decía Federico Nietzsche: «Staat heißt das kälteste aller kalten Ungeheuer. Kalt lügt es auch; und diese Lüge kriecht aus seinem Munde: Ich, der Staat, bin das Volk» (Se llama Estado  al monstruo más frío de todos los monstruos fríos. Miente incluso en frío; y de su boca sale esta mentira: YO, el Estado, soy el pueblo).

La Iglesia Católica  es, con todo, la que mejor  conserva en conjunto la fe y la tradición histórica, el êthos de la civilización cristiana: la Cristiandad. Pero captados también por la presión del espíritu de la neutralidad nihilista, abundan los creyentes ingenuos y los no tan ingenuos  e igual que buena parte del clero -la Iglesia docente- en  el que abundan asimismo los ingenuos y los no tan ingenuos, está tan desconcertada como la Iglesia discente. No obstante, decía el historiador luterano Ranke,  «en la Iglesia, hay siempre algo que no se deja manipular».[5]  Pues la Iglesia no puede ser neutral ante el mal: «El celo de tu casa me consume» (Juan 2 13-25).

Los dirigentes eclesiásticos, sobre todo los obispos, entre ellos el de Roma, asentaron su crédito en otros tiempos entre los creyentes y el pueblo pagano como defensores civitatis. La situación actual no deja de ser parecida. Mas, confundiendo tal vez los derechos humanos, el internacionalismo y el cosmopolitismo ambientales, la globalización, etc., con  la universalidad propia de la Iglesia,  no parecen  predispuestos a hacer de defensores nationis frente a los nuevos bárbaros decididos a acabar con la Cristiandad y las naciones, figuras del pueblo de Dios, para crear una nueva civilización nihilista, como postulan la ONU, el presidente Obama y, sin ambages, confesandolo abiertamente, el actual gobierno socialista francés.[6] La Iglesia es un contramundo en el mundo. Pero, como acaba de decir el papa Francisco, la mundanidad anestesia el alma.

[1]              Nacida en 1909, murió ese año de 1943 dejando inacabado L’enracinement,  publicado por su admirador Albert Camus en París, Gallimard 1949. Hay trad. española.

[2]           La raison des nations. Réflexions sur la démocratie en Europe. Paris, Gallimard, 2006.

[3]           N. Elias, La sociedad cortesana. México, FCE 1982.

[4]           Cf. D. Negro,  “La ley de hierro de la oligarquía”. Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Nº  90 (2013).

[5]                Sobre las épocas de la historia moderna. Madrid, Instituto de Estudios Políticos y Constitucionales (en prensa).

[6]             Todos los gobiernos, sean políticamente de “derechas” o de “izquierdas” -productos ambas, uno más moderado, el otro más radical- son hoy socialistas o estatistas, que es la misma cosa. El socialismo es, como anunciaron Tocqueville o Donoso, certificaron Nietzsche,  Burckhardt y tantos otros y satirizaron Huxley u Orwell, la religión del nihilismo y el Estado su Iglesia.

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