“La gran revolución (I)”. Dalmacio Negro

[Publicamos por entregas la conferencia impartida por Don Dalmacio Negro en el Foro San Benito en el Valle de los Caídos (22. II. 2015).]

1.- La cultura europea nació en los monasterios, cuyas reglas esenciales se deben a  San Benito. En contraste, se ha hecho costumbre, y esa costumbre se ha convertido en una idea-creencia,  atribuir a la Ilustración las reglas  que rigen el proceso de descivilización de Europa.  Ahora bien, la Ilustración es uno de los grandes mitos contemporáneos. Por lo pronto, no ha existido jamás semejante época, que ni siquiera es una particularidad europea.san benito Las ilustraciones son normales cuando se ha difundido, popularizado o vulgarizado la cultura de una civilización y,  con palabras de Carl Schmitt, la europea  fue  «una vulgarización en gran estilo, de esclarecimiento y asimilación literaria de los grandes acontecimientos del siglo XVII, humanización y racionalización».[1] Paul Hazard ha descrito muy bien en su famoso libro La crisis de la conciencia europea, como, agotada la creación de sistemas filosóficos, la cultura del siglo XVII se divulgó en la primera mitad del XVIII. Nada justifica hablar de la Ilustración como una época especial, ni preclara ni oscurantista ni revolucionaria; si acaso, en términos estrictamente políticos, reaccionaria, en tanto que los philosophes era generalmente partidarios del despotismo ilustrado. Algo así como su Intelligentzia. La gran cultura renacentista  culminó en esos grandes sistemas metafísicos del siglo XVII, en los que constituyó un objeto central el problema del mal, que llevó a la necesidad de justificar la existencia de Dios. Esto último tomó forma en la teodicea, literalmente nada menos que “justificación de Dios”, tal como la presentó Leibniz en 1710 en sus Ensayos de teodicea sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal.[2]

2.- La invención de esa época y su mitificación han sembrado el desconcierto en torno a  la interpretación histórica. En relación con lo que interesa ahora, fue decisivo el tremendo terremoto de Lisboa en 1755, un acontecimiento que causó gran impresión entre esos  escritores.  La metafísica había sustituido  a la teología como el primero de los saberes.[3] La metafísica es una forma radical de pensar, pues va a las raíces y es un pensamiento de totalidad; pues la verdad -que no es lo mismo que la certeza-,  se aprehende únicamente en relación con el todo.  Pero los philosophes se caracterizan por  una forma de pensar que tendía a sustituir el pensamiento filosófico como pensamiento de totalidad, por un pensamiento unilateral y algunos de ellos por  fijar su atención en el problema del mal. En este sentido, fueron  los primeros ideólogos debido a su unilateralidad y  a que hicieron de la sospecha el criterio de su pensamiento para explicar las causas del mal en las sociedades humanas.

Lo que se llama Ilustración, suele ser el conjunto de este pensamiento, a decir verdad, escasamente difundido en su momento. Alcanzó no obstante cierta intensidad a partir de la década de 1780, cuando esos escritores franceses se interesaron por el pensamiento de Hobbes, muy útil para justificar el despotismo.

Las ideas propiamente “ilustradas” que han influido posteriormente,  tuvieron  un eco popular escaso  o nulo en su momento.  Se llama Ilustración a lo que llamó más  la atención durante y tras la revolución, por el éxito de algunas de sus actitudes e ideas, a veces contradictorias entre sí.  La minoría de los philosophes a los que llamara Ortega “intelectuales descarriados”, sin duda entre otras razones por su unilateralidad, se dedicó a explicar las causas del mal en la sociedad. Uno de ellos fue el calvinista Rousseau, para quien era mas importante  el sentimiento que la razón.philosophes

3.- Siempre han existido y existirán minorías disidentes o críticas con el status quo y  las tradiciones, y es imposible decir cual hubiera sido el destino de ese pensamiento, de no sobrevenir la revolución francesa en 1789. Me limitaré a reproducir un texto de Roger Chartier: «La afirmación de la interpretación clásica de que la Ilustración produjo la Revolución,  ¿no invierte acaso el orden de las razones? ¿No habría que considerar más bien que la Revolución inventó la Ilustración al querer arraigar su legitimidad en una recopilación de textos y autores fundamentales, reconciliados más allá de sus diferencias vivas y unidos en la preparación de la ruptura con el antiguo mundo?».[4]  La revolución inventó esa época, de la que los contrarrevolucionarios románticos hicieron un mito. El mito sigue vivo y, como decía hace tiempo Ernst Jünger en algún lugar, mientras se combate con la Ilustración, las vanguardias del nihilismo, que apareció en la revolución francesa, se cuelan por la retaguardia. Benedicto XVI expresó siempre sus reservas sobre las descalificaciones indiscriminadas del pensamiento moderno en general y de la Ilustración en particular.

Un expresivo párrafo de Pierre Manent  puede ayudar a centrar el tema: «El desenvolvimiento político de Europa es comprensible solamente,  como la historia de las respuestas a los problemas planteados por la Iglesia -una forma de asociación humana de un género completamente nuevo, subraya Manent-, al plantear a su vez cada respuesta institucional problemas inéditos, que reclaman la invención de nuevas respuestas. La clave del desenvolvimiento europeo es, dice el escritor francés, el problema teológico político».[5]

 4.- En 1989, se conmemoró el segundo centenario de la revolución francesa y, quizá también porque ese mismo año se desplomó  el Imperio  Soviético, una de sus secuelas, la conclusión general fue que esa revolución estaba definitivamente muerta.    Pero la historia vuelve siempre y se estaba asentando simultáneamente  la revolución culturalista de mayo de 1968 en el plano de las ideas-creencia colectivas, una revolución que difundió el nihilismo, aunque tanto los culturalistas como sus adversarios siguen hablando de la Ilustración.  Ahora bien, sería más exacto  decir que no fue esta última la causa de la revolución y sus secuelas, sino la revolución la causa de la Ilustración.

El problema no es, pues,  la Ilustración sino ese acontecimiento, conocido como la Gran Revolución. Como dijo el teólogo luterano Hegel, uno de los impresionados por el acontecimiento, fue y sigue siendo para muchos “la reconciliación del cielo y la tierra”.    

Otra consecuencia, en este caso del nihilismo  de la llamada Gran Revolución, es que “nadie quiere ya nada”  en Europa. Recordando quizá esta melancólica constatación de su amigo Jünger, citaba Carl Schmitt una máxima de la Stoa: ubi nihil vales, ibi nihil velis. Si  para los europeos entregados al carpe diem, nada vale nada, es lógico que su totalidad, Europa, tampoco quiera nada ni valga nada. El origen del nihilismo no es la Ilustración: es la Gran Revolución, que, en el sentido estricto de esta palabra, es otro de los mayores mitos contemporáneos. Pues, a la verdad, en la perspectiva de la historia universal, no fue una revolución sino una contrarrevolución.

[1] “El proceso de la neutralización de la cultura”. Revista de Occidente. Febrero 1930. P. 204.

[2] Sobre las relaciones entre la teodicea y la filosofía de la historia, O. Marquard, Las dificultades con la filosofía de la historia. Ensayos. Valencia, Pre-textos 2007.

[3]  La interesante corriente  de origen anglicano Radical Orthodoxy, surgida en la Universidad de Cambridge, se propone restablecer la teología como el primero de los saberes apoyándose en Santo Tomás de Aquino. Sobre este movimiento, al que se han adherido autores católicos y otros protestantes, D. Sureau, Una nueva teología política (en torno a la “Radical Orthodoxy”). Granada, Nuevo Inicio 2010. Lo de teología política puede ser equívoco. La teología política cristiana es de origen protestante. Lo procedente en la perspectivas católica sería más bien una teología jurídica. Así, el pensamiento propiamente político es muy pobre y escaso en la Edad Media en la que predominaba la omnipotentia iuris.  Hay que extraerlo del Derecho o de panfletos del arte y otras manifestaciones. Una historia de la teología política, C. Corral Salvador, Teología política. Una perspectiva histórica y sistemática. Valencia, Tirant Humanidades 2011.

[4] Cf. R. Chartier, Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII. Los orígenes culturales de la Revolución francesa. Barcelona, Gedisa 1995. Intr. p. 17.

[5]Histoire intellectuelle du liberalisme. París, Calmann-Lévy 1987. Avant-propos, pp. 19-20. «Decir de la Iglesia misma que es un tipo de política, es ver a la Iglesia como una alternativa al poder del Estado». C. Bernabé Ubieta (ed.), La Modernidad cuestionada. Universidad de Deusto 2010,. Este libro incluye el texto del siempre sugerente teólogo norteamericano W. T. Cavanaugh,  “La mitología de la modernidad: un diagnóstico teológico”. 5, p 29.

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