“La gran revolución (II)”. Dalmacio Negro

5.- Para abordar rápidamente esta cuestión, apelaré  al conocido filósofo italiano   Benedetto Croce. Una amiga, la poetisa Maria Curtopassi,  le había regalado en 1942 un ejemplar del Nuevo Testamento y Croce le confesó al agradecérselo: « …he proseguido y casi terminado en estos días el Nuevo Testamento… evangelistas Estoy profundamente convencido y persuadido de que  el pensamiento y la civilización moderna son cristianos, una prosecución del impulso dado por Jesús y Pablo. He escrito al respecto una breve nota de carácter histórico, que publicaré en cuanto disponga de tiempo. Lo que se disputa (in contrasto) en esta terrible guerra mundial, ¿es  una concepción todavía cristiana de la vida y la [concepción] que podría  sobrepasar (risalire) a la edad cristiana e incluso a la  pre-helénica y pre-oriental   y regresar (riattaccare) a la  violencia anterior a la civilización, la violencia bárbara de la hordas?». El escrito se publicó el mismo año de 1942 con el título Perché non possiamo non dirci “cristiani” (Porqué no podemos no decirnos “cristianos”). Croce era hostil al fascismo, y, el ministro de Educación Nacional Giusseppe Bottai, viendo segundas intenciones, seguramente inexistentes pues Croce no era precisamente un escritor sutil, replicó con un artículo   titulado  “Benedetto Croce rincristianito per dispetto” (Benedicto Croce recristianizado por despecho).

6.-  Croce era agnóstico y el escrito en modo alguno significaba  una “recristianización” o conversión del filósofo idealista, sino el reconocimiento de que la historia demostraba el  arraigo del mensaje religioso cristiano en las conciencias, con todas sus implicaciones sobre la naturaleza de la cultura y la civilización, por lo menos las occidentales.  El pensador italiano, que nunca renunció al agnosticismo, afirmaba desde un punto de vista estrictamente histórico-filosófico (igual que tantos ateos y agnósticos actuales que coinciden aproximadamente con él en la defesa de la civilización europea): «Il Cristianesimo è stato la più grande rivoluzione che l’umanità abbia mai compiuta... » («El cristianismo ha sido la revolución más grande que haya completado  jamás la humanidad…).[1] Algo parecido dijo menos rotundamente Alfred Weber  cuatro años nás tarde en Abschied von der bisherigen Geschichte: las categóricas exigencias  espirituales cristianas, decía Weber, «irradian como las de ninguna otra religión sobre la existencia humana, son conformadoras de la vida…e invocan a la vigilia las energías y actividades que en el fondo del alma apetecen lo incondicionado y que son capaces de trasladar montañas». Añadía el hermano de Max Weber: «También los modernos ingenios que trasladan montañas tienen su origen, en última instancia,… en las infinitas pretensiones espirituales del cristianismo».[2]  «Europa es la Biblia y los griegos», decía  el filósofo francés Lévinas. El historiador Paul Johnson afirma que el cristianismo   impregna la historia de Europa hasta en los menores detalles. Etc.[3]

De acuerdo con el irrefutable párrafo de Manent citado hace un momento, todas las revoluciones y contrarrevoluciones posteriores a la instalación del cristianismo,  sean políticas, sociales, económicas, científicas, técnicas, etc., incluida la Gran Contrarrevolución francesa, han sido hasta ahora una consecuencia del espíritu revolucionario introducido por el cristianismo. Revolucionario en un sentido más profundo y totalizador al mismo tiempo que en el sentido político y sociológico. Hasta la revolución puritana inglesa (1640-1648), la palabra revolución significaba el movimiento de los astros sobre sí mismos -el movimiento de rotación (el de Tierrra dura unas 1.600 horas y por eso no lo perciben los sentidos)- y el cristianismo le ha dado la vuelta a todo, inaugurando un nuevo eón, o, como dicen los científicos, aunque no sea lo mismo, un nuevo paradigma.

7.- El eón definitivo es el de la historia de la salvación: «se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed la Buena Noticia» (Mc. 1, 15). Se trata de un tiempo radicalmente nuevo -esto es lo que significa la palabra griega eón-, en conflicto permanente con el eón antiguo, un eón mítico, pues,  como dice el evangelio de San Juan (16, 13), «el Espíritu de la verdad os guiará siempre hasta la verdad completa». Quid quid latet apparebit, se dice en el oficio de difuntos.  Lo que está oculto -la verdad de la realidad- no se hará patente plenamente hasta el final de los tiempos.

Esto no excluye intentar orientarse en el mundo (Weltorientieren) y cabe preguntarse sobre el éxito de la Contrarrevolución francesa: ¿significa la victoria del eón de las religiones, las culturas y civilizaciones antiguas sobre el cristiano, o, simplemente su retorno? ¿Se trata de que se recrudece la lucha entre ambos eones, el cristiano y el pagano, por la victoria final? ¿Se trata de la aparición de un eón inédito hasta ahora?  Dejando al margen la  cuestión teológica  para la que soy incompetente, si es que tengo competencia en algo, desde el punto de vista de la doctrina de los eones, se trataría a mi entender  de esto último: de la aparición de un eón inédito en la historia universal. Volveré sobre ello.

8.- En primer lugar hay que puntualizar, que la religión cristiana no es europea y las raíces de Europa no son cristianas, como suele decirse. El cristianismo es una religión semítica injertada en el patrón romano.[4]  Jesús era semita, los apóstoles eran semitas y San Pablo, otro semita, importó a Roma la fe en Cristo Hijo único de Dios, impulsado por el sueño que tuvo en Misia, ciudad el Asia Menor.  Pío XII recordó frente al antisemitismo de tanta gente culturalmente cristiana: «todos somos espiritualmente semitas». Si insisto en ello, es para sugerir que el cristianismo es tan universal como pretendía serlo la contrarrevolución francesa y que el floreciente nihilismo europeo es también un nihilismo muy particular, justo por su raíz cristiana. Y no sólo por causas históricas:  si a la creatio ex nihilo, el dogma fundamental de la fe cristiana como recordaba Ratzinger, creo que en su Escatología, se le quita la creatio, queda sólo el ex nihilo, la Nada como fundamento de todo. Algo completamente distinto al me ốn de Parnénides, una mera deducción lógica puesto que me ốn significa “no-ente”, la mera negación intelectual del ente. La Nada cristiana es la realidad originaria. Tanto, que no es infrecuente en la mística identificar a Dios con la Nada. En realidad es la Nada el fundamento de la mística cristiana.  Por ejemplo, en el caso del famosísimo maestro (Meister) Eckhardt (siglo XIII), cuya rehabilitación fue confirmada por cierto en 1992 por el entonces cardenal Ratzinger.

imago dei

9.-  El hombre europeo, creado imago Dei, se reconoció,  a medida que se apropiaba del cristianismo, como el actor de la Historia, es decir, el protagonista del tiempo histórico, reconociendo asimismo que es histórica la realidad que le es propria. Pues, si bien forma parte de la Naturaleza, es en tanto humano un ser espiritual cuyo habitat es la historia. Por eso es el cristianismo la Constitución histórica de Europa en el sentido proprio de la palabra Constitución como término político: su alma, su forma decía Aristóteles, su Idea fundamental diría Coleridge, aquello que  la constituye.

La “revolución” francesa fue una consecuencia de la historicidad humana a causa de la libertad. Pues los demás seres no hacen revoluciones; ni siquiera tienen deseos; sólo tienen instintos. En cambio el hombre, ser espiritual, no tiene instintos, decía Arnold Gehlen. Y, en tanto  espíritu libre es un abismo, pensaba San Agustín. «Il n’est pas ni ange ni bête, mais s’il veut faire l’ange fait la bête» (Pascal). La revolución fue el  contrapunto de la trayectoria natural de la cultura y la civilización europeas al iniciar un camino que pretende desviarse de ella regresando a la Nada originaria.

Con palabras de Manuel Bustos, esa revolución «no es sólo una respuesta radical y violenta a los abusos del viejo orden imperante como se ha creído tradicionalmente, sino expresión de la confianza en la  autonomía del hombre para poder hacerse a sí mismo y configurar la realidad a su guisa (el orden social y político, la religión y la moral) mediante la razón. Por extensión, el intento final de la Revolución no es otro sino producir el definitivo estado perfecto de la Humanidad».[5] Fue una contrarrevolución de pretensiones universalistas, igual que el cristianismo del que procede.  A muchos contemporáneos, entre ellos Tocqueville, les sorprendió su profundo sentido religioso.

10.- Y es que la Gran Contrarrevolución fue, históricamente, una consecuencia  política de la Reforma protestante.  El luterano Ranke, padre de la historiografía  científica (con reservas: la historia era para Ranke también un saber), escribió en su Historia de los Papas, una obra maestra: «La inspiración religiosa había dejado de do­minar la vida de las naciones europeas en la medida de antes: el desarrollo de las nacionalidades y la formación de los Estados marcaban poderosamente su fuerza. Por lo tanto era necesario que la relación entre el poder temporal y el espiritual sufriera un cambio profundo. Y hasta en los mismos Papas se notaba una gran mudanza».[6] La Reforma,  en sí misma un movimiento interno del cristianismo y la Iglesia de amplias consecuencias, era en rigor antipolítica o por lo menos apolítica; las circunstancias  acabaron politizándola. Y la politización como un puritanismo moralizador empezó así a deplegar todas las posibilidades de la razón de Estado -“la locura de Europa” (Saavedra y Fajardo)  ampliada ahora como el orden público impuesto estatalmente-,  al introducir los revolucionarios jacobinos el Terror en nombre de la virtud.[7]  Es significativo que hubiese entre ellos bastantes hugonotes, en quienes resonaba la aspiración inconsciente de implantar el Reino de Dios en la tierra, que es lo que mueve, intensamente desde entonces, el espíritu revolucionario, concretamente al socialismo posterior a las revoluciones 1848, que es en realidad estatismo.   Hegel definía el  puritanismo como “la anulación de toda diferencia”; e,  intenta, igual que el fanatismo, imponer  su visión de la verdad  mediante la política, pues, en sí mismas,  las religiones no son violentas.[8] protestante

La Gran Contrarrevolución fue, en este sentido, una secuela del intento de los  revolucionarios calvinistas ingleses -los “santos”- de instaurar el Reino de Dios en la tierra, intento debelado ya por San Agustín en los primeros tiempos del cristianismo. Ese anhelo es uno de los motores del pensamiento utópico.

11.- Las utopías son artificios imaginarios construidos racionalmente, y según algunos autores, esa idea  habría inspirado en Inglaterra la famosa utopía del católico Tomás Moro (Utopía) y la utopía tecnológica del católico anglicano Francis Bacon (La nueva Atlántida).  Pudo también inspirar a Hobbes el mito del Estado como una contrautopía, precisamente frente al teológicamente utópico Reino de Dios en la tierra de los puritanos calvinistas,[9] contra quienes invocaba  la frase de Jesús «Mi reino no es de este mundo». El imaginario contrato  en el que fundó Hobbes el Estado como sucedáneo del Reino, es una consecuencia del miedo existente en el estado de naturaleza, descrito por él como una especie de infierno, también imaginario, en el que cada hombre se conduce como un lobo con los demás hombres (homo hominis lupus).

Hobbes justificó así el miedo  como fundamento de la obediencia al poder político estatal, a cambio de la seguridad o salvación definitivas en este mundo, lo que explica que se considere legítimo el terror que acompaña a los movimientos revolucionarios o que pretenden serlo: la revolución para implantar el Reino de Dios en la tierra, como un reino seguro, en el que se promete además la felicidad, se legitima a sí misma. Con todo,  si el terror se inspira directamente en ideas religiosas puritanas o fanáticas cristianas, puede tener ciertos límites objetivos. En cambio, si la verdad que se trata de imponer no es religiosa sino la verdad según el criterio de las ideologías, que son religiones civiles,[10]  los límites del terror dependen de la voluntad, la conveniencia o los caprichos de los oligarcas. Pues todo gobierno es inexorablemente oligárquico.[11]

David Hume lo explicó muy bien en su brevísimo ensayo “Sobre los primeros principios del gobierno”: «La opinión es el único fundamento del gobierno, y esta misma alcanza igual a los gobernantes más despóticos y militares que a los más populares y libres». Lo ejemplificaba así: «El sultán de Egipto o el emperador de Roma pueden manejar a sus inermes súbditos como  simples brutos, a contrapelo de sus sentimientos e inclinaciones; pero tendrán que contar al menos  con la adhesión de sus mamelucos o de sus cohortes pretorianas».[12]  Marx se equivocó al interpretar la historia como el conflicto entre la clases sociales. Acertaban en cambio Aristóteles y Maquiavelo al interpretarla en función de las oligarquías.

[CONTINÚA]

[1] El texto completo del ensayo de Croce puede verse en Internet.

[2] Cit. en  L. Díez del Corral, “Sobre la singularidad del destino histórico de Europa”.  De historia y política. Madrid, Instituto de Estudios Políticos 1956.   Pp.  261-262.

[3] El nacimiento del mundo moderno. Buenos Aires, Javier Vergara 1992 Cf. D. Negro, Lo que Europa debe al cristianismo. Madrid, Unión Editorial, 3ª  ed. 2006.

[4]  Cf. R. Brague, Europa, la vía romana. Madrid, Gredos 1993.

[5] La paradoja posmoderna. Génesis y características de la cultura actual. Madrid, Encuentro 2009.  II, pp. 41-42. Sobre la confianza del hombre, más que en su autonomía en su autarquía o completa independencia -que lleva a la libertas indifferentiae-,  Hans Graf Huyn, Seréis como dioses. Vicios del pensamiento político y cultural del hombre de hoy. Barcelona, Eiunsa 1991.

[6] En  la excelente antología   Pueblos y Estados en la Europa moderna. México, Fondo de  Cultura 1979. L. I, Intr. I, I.

[7] La introducción del Terror como método  moralizador es históricamente muy significativa. El Terror Rojo duró desde el 5 septiembre 1793 al 28 de julio 1794 en que fueron guillotinados Robesspierre y algunos de sus amigos. Es de notar que la guillotina fue inventada por razones humanitarias. Se llama también Terror Blanco a la represión subsiguiente a la restauración de Luis XVIII.

[8] Vid., por ejemplo,W. T. Cavanaugh, El mito de la violencia religiosa. Ideología secular y raíces del conflicto moderno. Granada, Nuevo Inicio 2010.

[9] Vid. M. Walzer, La revolución de los santos. Buenos Aires, Katz 2008. J. Gray, Misa negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía. Barcelona, Paidós 2008. Clásico para el tema del Reino de Dios, R. Schnackenburg, Gottes Herrschaft und Reich Gottes. Friburgo, Herder  3ª ed.  1963 (hay una trad. francesa).  Una síntesis de las aplicaciones teológico-políticas en G. Friedrich, Utopie und Reich Gottes, Gotinga, Vandenhoeck 1976. Sobre la utopía, R. Spaemann, Crítica de las utopías políticas. Pamplona, Eunsa 1980. Etc.

[10] Eric Voegelin las llamaba religiones políticas, Raymond Aron religiones seculares, Emilio Gentile las llama religiones de la política, Marco Revelli religiones de la guerra. Todas las ideologías  critican la política a la vez que luchan por el poder político, aumentándolo y legitimándolo cuando consiguen apoderarse de él. Todas confluyen en el socialismo, que puede ser nacionalista, pues todo socialismo será nacionalista mientras no sea socialista todo el mundo, y todo nacionalismo es socialista. El gran teórico, tanto del del nacionalismo como del socialismo, es el exjacobino Fichte. Vid. El Estado comercial cerrado (1800). Madrid, Tecnos 1991.

[11]  Vid. D. Negro, “La ley de hierro de la oligarquía”. Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Nº  90  (2013).

[12]  Escritos políticos. Madrid, Unión Editorial  1975.  3.  Vid. D. Negro, “La ley de hierro de la oligarquía”. Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Nº 90 (2013) [Puede consultarse en la web de la Academia]

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