“La gran revolución (IV)”. Dalmacio Negro.

16.- ¿Qué significa el Estado que emergió de la contrarrevolución como deus mortalis?[1] automaton

Teológicamente, significa la abolición de Dios Creador, o por lo menos su suplantación en lo que concierne a este mundo. La Creación bíblica implica la creación del orden universal; según una vieja distinción escolástica, de potentia ordinata, es decir, dotando al mundo de sus propias reglas, unas reveladas (las leyes divinas, los “mandamientos”), otras a descubrir por el hombre (las leyes naturales), de modo que in interiore homini habitat veritas (San Agustín).[2] El Estado sin ataduras, desligado del Dios inmortal, implica en su plenitud,  la creación racional, como una suerte de torre de Babel, de un nuevo orden artificial desligado si no contrapuesto al orden natural por creación divina; o increado, según las religiones no bíblicas puramente naturalistas, pero ajeno  a la voluntal humana en todo caso. Ahora se trata de un orden artificial cuyas reglas impone el poder político según el principio in exteriore homini habitat veritas.  Todo Estado -incluido el Estado más totalitario imaginable-, es por eso Estado de Derecho.

Metafísicamente, significa la abolición del principio de  trascendencia y la eclosión o triunfo del de inmanencia. El gurú socialdemócrata Jürgen Habermas habla de una trascendencia puramente secular, de este mundo, lo que implica la sustitución de las religiones por las ideologías moralizantes o religiones civiles según las conveniencias del orden estatal. Significa la libertas indiferentiae como principio, de manera que cada uno interpreta a su conveniencia el bien y el mal y, si tiene poder, reduce la voluntad de los demás a la libertad de ajustar su conducta a las motivaciones que aseguran su dominación.

Históricamente, significa que el Estado arrebata a la Iglesia la auctoritas, el derecho sin cortapisas de definir la verdad «Jesús enseñaba con autoridad» (Mc. 1, 20)-, eliminando así la distinción capital entre los dos poderes, el de la Iglesia como institución (derivado de la auctoritas) y la potestas inherente al poder temporal; distinción cuya tensión ha hecho posible la historia de Occidente como historia de la libertad. La Verdad del orden es ahora la verdad estatal según la conocida regla de Hobbes auctoritas, non veritas legis habet rationem (vigorem en otra versión de esta frase: la autoridad, no la verdad, es la razón o causa de la ley;). Los gobiernos estatales imponen su voluntad sin ninguna cortapisa, aunque estuvieron autocontenidos  mientras estuvo vigente el êthos cristiano, que se afanan ahora en liqudar sovietizando o bolchevizando la Legislación.

Políticamente, significa la marcha ininterrumpida de la estatalidad hacia el Estado Totalitario, la forma contemporánea del estatismo. Una forma más suave, legal -el Estado de Derecho, que es en realidad un Estado Legislativo-, en comparación con los Estados Totalitarios clásicos, que persiguen el mismo fin, la sociedad perfecta, utilizando directamente la violencia. El actual Estado Totalitario[3] se inspira  en la búsqueda de la fraternidad igualitaria, la felicidad general, etc.,   controlando la vida “desde la cuna hasta la sepultura”. Como recomendaba a su gobierno el economista sueco Gunnar Myrdal, «hay que proteger a las personas de sí mismas». Su forma política es el Estado de Bienestar, un Estado Fiscal, y   sus instrumentos principales la propaganda, la educación y la política económica. El arma principal de esta última es en efecto la política fiscal:  impuestos como el de la renta, que necesitan de una policía administrativa mucho más controladora de la vida personal, hasta detalles íntimos (en la práctica los funcionarios suelen tener más sentido común que los políticos al aplicar la legislación), que la policía criminal. Esta última se limita a los delitos, que son excepciones a la vida normal; pues la corrupción actual es estructural a causa de la enorme expansión del Estado, que no es ya más que una enorme máquina depredadora. Un puro Estado Fiscal al servicio de las oligarquías, sin otro objeto que el de vegetar parasitariamente.

La gente normal que quiere emprender algo o prosperar legítimamente, o simplemente conservar lo suyo, tiene que contar casi inevitablemente con la intrincada legislación y acaso con complicidad de alguien situado en el aparato politico o burocrático (los burócratas suelen ser más escrupulosos), que le facilite las cosas. Otras exacciones especialmente lesivas son los impuestos sobre la herencia, sucesiones y donaciones, que eliminan la  propiedad, garantía de la independencia, sobre todo la mediana y pequeña de las clases medias  y destruyen la base económica de la familia (igual que el impuesto sobre la renta, que dificulta o impide  ahorrar) y perturban las relaciones familiares. Todos ellos y algunos más constituyen una importante causa material (concurren también otras, que  omito por razones obvias) de la gravísima -decir gravísima es quedarse corto- crisis demográfica, que asuela Europa y al mundo occidental en general. Apenas Rusia o Hungría se preocupan seriamente por animar la natalidad restringiendo o prohibiendo el aborto, anticonceptivos libres, matrimonio homosexual, ayudando a la familia, etc. Hay otras policías a medias administrativas y a nedias criminales: la del pensamiento, la de la salud, la ecologista, la feminista, etc. Ante esto, es el conformismo la actitud general y las mismas Iglesias parecen estar paralizadas o sumidas en la indiferencia.

17.- La Iglesia representaba precisamente,  lo público  antes de la Reforma, consistiendo la ciudadanía en la pertenencia a la Cristiandad. Moderaba la política con su auctoritas como un ejercicio de caridad en tanto miraba al bien común, aproximadamente según la regla de San Agustín in necesarius unitas, in dubiis libertas, in omnibus charitas. Al afirmarse las monarquías absolutas, cuyo fundamento es el derecho divino de los reyes (la única manera de justificar el principio hereditario, observó Bertrand de Jouvenel), la Iglesia renunció de facto a  la auctoritas (que se refiere al saber) con la ingenua doctrina del cardenal Roberto Bellarmino de la potestas  indirecta de la Iglesia sobre el Estado, reduciendo así la auctoritas a la potestas (que se refiere al poder, la fuerza), y quedando unidos simbólicamente la Iglesia y el Estado  por la alianza del Trono y el Altar -el Trono en primer lugar-, en los países católicos, remedando   la unión de la Iglesia y el poder político en los protestantes. De esta manera, mientras el mundo protestante evolucionaba de modo casi natural hacia la secularización  y el secularismo (hacia la politización: los conceptos teológicos se revuelven contra su origen) en el sentido que les dio a estas palabras el teólogo luterano Gogarten, el mundo católico, al legitimar la Iglesia al Mortall God estatal con esa alianza entre el Trono y el Altar evolucionó hacia el anarquismo al margen de la Iglesia y el Estado, y hacia el laicismo radical, en la misma medida en que se impuso la estatalidad.trono y altar

La contrarrevolución francesa, en principio una revolución política contra la  Monarquía y la Iglesia, consagró la estatalidad al liberar el Estado de las monarquías despóticas,  como un Estado-iglesia, siguiendo la tendencia protestante, al poner como titular de la soberanía a  la Nación Política en representación de la voluntad popular: la voluntad del pueblo político del deus mortalis a diferencia de la voluntad del Pueblo de Dios depositario de poder (la Nación Histórica) conforme a la concepción fundada en la omnipotentia iuris en el orden por creación.[4] La ciudadanía dependía ahora de la pertenencia a un Estado y la ley estatal se convirtió en la expresión de la palabra del dios mortal, que determina como tiene que ser la conducta pública del hombre exterior,[5] bajo la amenaza permanente de las sanciones que impone la misma ley en el caso de desobediencia. El temor a la condenación eterna, un asunto individual o personal del hombre religioso, se transformó en el miedo colectivo del hombre exterior al poder del Estado. Miedo que se convierte para el disidente en el equivalente al miedo al infierno, cuando la estatalidad adopta abiertamente la forma del Estado Totalitariode cualquier signo.[6]

18.- Sin más limitaciones que las inherentes a su propio poder y a la existencia de  otros poderes políticos, la Legislación,  en muchos casos “bestial”, como denunciara Bertrand de Jouvenel en el caso de los antiguos Estados Totalitarios, florece hoy por todas partes.  La Legislación detallista, profusa, difusa, confusa, obtusa, abusiva, inextricable, contradictoria, en definitiva técnica,  habitúa a los juristas a la interpretación literal, positivista, del Derecho,  fomenta la corrupción estructural y sanciona leyes inicuas (aborto, matrimonio homosexual, eugenesia,…). Pessima res publica plurimas leges (Es pésima la cosa pública regida por multitud de leyes), sentenciaba Tácito. “Multiplicad las leyes  y multiplicaréis la corrupción”, observaba Lao-tsé.  Ernst Jünger decía que como «el Derecho se ha convertido en un arma», la única solución es “emboscarse”. Pues, en situaciones semejantes, prosigue Jünger, «nadie sabe si mañana no le contarán en un grupo que se encuentra fuera de la ley». Emboscarse resulta hoy extremadamente difícil sino imposible. Pero lo cierto es que el orden se está  trocando en  desorden y  caos, prospera la desintegración social y el miedo, que es uno de los rasgos psico-sociológicos de la situación presente, aumenta en la misma medida.

Todo el mundo es hoy  sospechoso de algo, aunque no tenga conciencia de porqué ni de qué. Jünger veía hacía tiempo que la figura del sospechoso (Verdächtig) había sustituido o estaba en trance de sustituir a la del trabajador (Arbeiter), y   Gabor Steingart ha presentado recientemente la figura del sospechoso como la categoría política y sociológica que  ha sustituido de hecho a las del ciudadano y el súbdito.[7] El sospechoso es una figura intermedia entre estas dos últimas y las del siervo y el esclavo.

19.- Es indiscutible que la religión es la clave de la historia. Lord Acton, Christopher Dawson, etc.;  Ranke, Burckhardt, Müller-Armack, etc. hablan del poder histórico de la fe;[8] los estatistas se sirven de artificiosas religiones civiles o ideologías. «Jamás ha existido un Estado, decía Ranke, sin una base espiritual y un contenido espiritual». Es indiferente, que se trate de las religiones bíblicas o no bíblicas, de ideologías, cientificismos o supersticiones que ofician como religiones seculares, civiles o de la política (dicho sea de paso, las ideologías, o son herejías secularizadas -es decir, politizadas- o son supersticiones).

La causa última de la situación actual, que es una consecuencia langfristig, a largo plazo, de la Contrarrevolución francesa, radica en que, como pensaba Jünger,  las  religiones  bíblicas, que son creacionistas, “tienen fuerza” para la formación de leyendas pero no de mitos, lo que las diferencia radicalmente de todas las demás, sean  naturalistas  o artificialistas. Y por cierto, dicho sea de paso, de acuerdo con Alain Besançon, el islam no es una religión bíblica sino pagana; Allah no es un dios personal, sino la unicidad de lo divino: el musulmán cree en la unicidad.

El cristianismo es radicalmente desmitificador,  desdivinizador,  o desacralizador. Lo único divino es el Dios trinitario. Frente a esta Gran Revolución, la Contrarrevolución francesa suscitó nuevos mitos empezando por el del Estado-nación, una suerte de Estado-iglesia. Los nuevos mitos cientificistas -la ciencia funciona para mucha gente, creyente y no creyente, como una religión- pretenden integrar burdamente al hombre en el orden cósmico sustituyendo los mitos de las antiguas religiones naturalistas, fundamentalmente la griega y también la romana, debilitados o reducidos a caricaturas por el cristianismo, cuando no destruidos. El Estado-iglesia armado con esos mitos pseudorracionalistas, aumenta su fuerza al configurarlos como mitos jurídicos; por ejemplo, el Estado de Derecho, que incluye el de las Constituciones artificialistas, o es un mito o un oxímoron, pues, como se indica más arriba, todo Estado, aunque sean los Totalitarios de la Urrss o Corea del Norte, es Estado de Derecho; si no, no podría funcionar.

El objetivo, consciente o inconsciente, es luchar contra el Logos del evangelio de San Juan que, de uno u otro modo sigue configurando la cultura occidental. «El Logos del amor, escribe René Girard, deja hacer; se deja siempre expulsar por el logos de la violencia; pero su expulsión  se revela cada vez mejor, al revelar con ella  a este logos de la violencia [el logos naturalista, que llama Girard heracliteano, un logos polémico] como el [logos] que no existe más que expulsando el verdadero Logos y, en cierto modo,  parasitándolo».[9] moneda cesar

20.- Pío XI proclamó a Cristo como Rey del mundo -Cristo Rey- en la encíclica Quas primas (11.XII.1925), frente al deus mortalis encarnado entonces sin la menor duda en el Estado Totalitario Soviético, y quizá en el Fascista -que  no fue en realidad más que una dictadura cuya retórica era ciertamente totalitaria (inventó incluso esta palabra)- pero con alcance más general frente a toda idolización del Estado o el poder político. Esta  afirmación doctrinal procede  según Augusto Adam de Duns Scoto, y M. J. Scheeben la explicitó o fundamentó en el siglo XIX. Según este teólogo, el fin último de Cristo no es la redención del mundo:  «en último término, no es el mundo el fin supremo, sino que es  Cristo el fin último del mundo».  En el plan de Dios Creador, tendría  precedencia la Encarnación sobre la Redención, según Scheeben. La Creación habría sido concebida para Cristo como Rey de  todo el universo. Un  reino «cuyo cuerpo había de ser el linaje humano», en el que la Redención -la reparación de los daños causados a la Creación- revelaría «del modo más grandioso su bondad y su gloria».[10] Por eso, «Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él». (Juan 3,14-21). El Vaticano II amplió y concretó la proclamación de Cristo como Rey empleando la fórmula  “Jesucristo Rey del universo”.

La religión socialdemócrata ha sustituido al cristianismo en Europa y se expande desde aquí por el resto del mundo como la religión universal del nihilismo. La situación actual se caracterizaría por la reanudación de  la eterna guerra de las Investiduras. Pero no se trata ahora de discusiones jurisdiccionales, complicadas, conflictivas o incluso radicales entre el poder de la Iglesia derivado de su auctoritas y las potestades temporales que, con todo, no  cuestionaban ni la religión ni la cultura ni  la civilización. Trátese de  un Kulturkampf (combate por la cultura) de dimensiones universales cuyo epicentro está en Europa. Ese combate  existencial tendría lugar entre el deus mortalis y  la Iglesia como una suerte de kat’echon,  dique o barrera que retiene o contiene al Anticristo según San Pablo,[11] si es que la Iglesia puede ser directamente un kat’echon. Pues esta figura escatológica parece ser más bien un poder político.

En todo caso, la figura de  “Jesucristo Rey del universo” debiera  ser la alternativa al dios mortal, cada vez más orwelliano.[12]   Clyde S. Lewis escribió The Abolition of Man (La abolición del hombre), Robert Musil Der Mann ohne Eigenschaften (El hombre sin atributos),[13] y se  pretende incluso crear un hombre nuevo.[14]

La Ecclesia docens, la Iglesia docente, diría seguramente Pierre Manent, tiene la palabra.

Conferencia en el Foro San Benito en el Valle de los Caídos (22. II. 2015).

[1]  Cf. D. Negro, Il dio mortale. Il mito dello Stato tra crisi europea e crisi della politica. Piombino, Il Foglio 2014.

[2] La ciencia moderna presupone también la existencia de reglas que rigen la Naturaleza, las leyes “científicas”. Newton pensaba que la leyes naturales podían encontrase en la Biblia y es conocida la frase de Einstein «Dios no es un jugador de dados».  Hobbes construyó el Estado como un artificio científico.

[3] Para las formas políticas estatales, D. Negro, Historia de las formas del Estado. Una introducción. Madrid, El buey mudo 2010.

[4] Está olvidada la teología de las naciones, partes del Pueblo de Dios, a la que apeló todavía Juan Pablo II.

[5] Los antiguos descubrieron la consciencia (lo que se conoce como el paso del mito al logos) y el cristianismo descubrió la conciencia (vid. Lord Acton, “La historia de la libertad en el Cristianismo”. En Ensayos sobre la libertad y el poder. Madrid, Unión Editorial 1999). El homo politicus es el hombre natural, consciente, exteriormente libre; en el cristianismo el hombre es fundamentalmente homo historicus en tanto hombre libre integralmente, y el hombre político, social, etc., se subordina, por decirlo así, al histórico. La conciencia histórica es otra singularidad del cristianismo. San Agustín estableció la distinción fundamental entre el homo exterior, el hombre consciente y el homo interior, el hombre consciente de tener conciencia, que dirige -o debe dirigir- al hombre exterior.

[6] Para las formas del Estado, D. Negro, Historia de las formas del Estado. Introducción. Madrid, El buey mudo 2010.

[7]Das Ende der Normalität. Nachruf auf unser Leben, wie es bisher war.  Munich/Zurich, Piper 2011.

[8] Vid. de Ranke, Sobre la épocas de historia moderna. Madrid, CEPC 2015; de Burckhardt, Reflexiones sobre la historia uniuversal. México, Fondo de Cultura, 2ª de. 1961; A. Müller-Armack, “Über die Macht des Glaubens in der Geschichte”. En Religion und Wirtschaft. Geistsgeschichtliche Hintergründe unserer europäischen Lebensform. 2ª ed. Stuttgart, Kohlhammer 1981  (hay trad. de importantes escritos de este autor).

[9] Des choses cachées depuis la fondation du monde. París, Grasset 1978. II, IV y  IV, II.

[10]  Misterios del cristianismo. Barcelona, Herder 1964. & 64, p. 454.

[11]    «La historia de la Edad Media es la historia de una lucha en torno a Roma, no la de una lu­cha contra Roma. Lo fundamental de este Imperio cristiano [el Sacro Imperio Romano de la Nación Alemana] no es el hecho de que sea un Imperio eterno, sino que tenga en cuenta su propio fin y el fin del eón [camino, recorrido, tiempo nuevo] presente, y a pesar de ello sea capaz de poseer fuerza histórica. El concepto decisivo de su continuidad, de gran poder histórico, es el del Kat-echon. Imperio signifi­ca en este contexto la fuerza histórica que es capaz de detener la aparición del Anticristo y el fin del eón [entre los gnósticos significaba también una entidad divina emanada de la divinidad suprema] presente, una fuerza qui tenet, que retiene, según las palabras de San Pablo Apóstol en la 2ª carta a los tesalonicenses. El Imperio de la Edad Media cristiana perdura mientras permanece activa la idea del Kat-echon. No creo que sea posible, para una fe originalmente cristiana, piensa Schmitt, ninguna otra visión histórica que la del Kat-echon. La creencia en que una barrera retrasa el fin del mundo, constituye el único puente que conduce de la paralización escatológica de todo acontecer humano a una fuerza histórica tan extraordinaria como la del imperio cristiano de los reyes germa­nos. Únicamente el Imperio romano y su prolongación cristiana explican la persisten­cia del eón y su conservación frente al poder avasallador del mal. En comparación con la teoría del Kat-echon, las construcciones políticas o jurídicas de la continuación del Im­perio romano no son algo fundamental, sino que constituyen un signo tic la apostasía y la degeneración de la religiosidad en mito científico» Y, a propósito de la unidad me­dieval de Imperio y sacerdocio, precisa Schmitt que «no fue nunca una concentración de poder en manos de una persona: se fundaba desde, el principio, en la diferenciación entre potestas y auctoritas como dos líneas distintas de orden dentro de la misma amplia unidad». «Para la concepción cristiana del Imperio, tiene importancia a mi parecer, que el cargo de emperador no signifique, en la creencia de la Edad Media cris­tiana, una posición absoluta de poder que absorbe o anula todos los demás cargos. Es una función del Kat-echon, con tareas y misiones concretas, que se suma a un reino o una corona concreta, o sea, al dominio sobre un determinado país cristiano y su pue­blo». C. Schmitt El nomos de la tierra en el derecho de gentes del ius publicum europaeum. Granada, Comares 2003.    I, 3 pp. 39-41

[12]  Vid. 1984 de George Orwell y Un mundo feliz  de Aldous Huxley. Hay diversas ediciones en español.

[13] Los libros de Lewis y   Musil están traducidos al español.

[14] Vid. D. Negro, El mito del hombre nuevo. Madrid, Encuentro 2009.

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