“La gran revolución (III)”. Dalmacio Negro.

12.- En la perspectiva actual, la Gran Revolución fue pues, en rigor, la mayor Contrarrevolución anticristiana habida hasta la fecha.   Sus ideas capitales, liberté, égalité, fraternité, droits de l’homme et le citoyen -los infinitos derechos humanos de ahora, que destruyen el sentido del Derecho-, idolización de la ley, de la Constitución, del ciudadano, del Estado, etc.,  son, diría Chesterton, ideas cristianas que se han vuelto locas.  Sus efectos dominan sin embargo el momento presente.  Guillotina TortSeñalaré entre ellos  la separación entre la Iglesia y el Estado. Una idea obvia en principio, puesto que el objeto de la Iglesia es la salvación en el allende, y el de lo político, la seguridad o salvación en el aquende. «Mas, decía Pierre Manent, si la separación de Iglesia y Estado es muy valiosa como regla de nuestras acciones, se volvería ruinosa si hiciéramos de ella la regla de nuestro pensamiento. Lo político y lo religioso no están nunca separados ni son separables. Sólo podemos, pues, comprenderlos si no los separamos».[1]  Ni la Iglesia visible ni la invisible -todas las iglesias cristianas, aunque la legítima sea la originaria, la católica-  son políticas, pero tienen velis nolis implicaciones políticas por el mero hecho de existir, a las que no puede renunciar: predicar la Verdad y la Justicia es la parte de su missio, misión que le disputa el Estado, que se configuró imitando al Papado. «Si estos callan gritarán las piedras» (Lc 19, 28-40). Las intervenciones eclesiásticas tienen ciertamente, que estar guiadas por la prudencia; sobreentendiéndose que la auténtica prudencia, inconfundible con la comodidad, el adocenamiento o el temor. La Iglesia dispone siempre, además de la espada de la oración, de la espada de la palabra. Y en muchas ocasiones, cuando los púlpitos callan o disimulan, “quien calla otorga”. Una disculpa demasiado  frecuente hoy en día es el “mal menor” (justificada en ocasiones), a la que se ha sumado la interpretación acomodaticia de la teología del laicado: que la política es asunto de los laicos es cierto pero falso y puede ser farisaico.

La Iglesia no puede ser neutral: la fe es tan real como la razón y la voluntad, la Verdad es la verdad eterna y  lo que justifica y legitima a la Iglesia es, en último analisis, la oposición al mal. La neutralidad es en  cambio, consustancial con el  Estado: inventado para poner fin a las guerras civiles religiosas (siglos XVI y XVII) a causa de la Reforma,  su principio es la soberanía político-jurídica y su naturaleza la neutralidad. De ahí la religión civil como una religión neutral y que los gobiernos estatales tiendan a reducir las religiones -el cristianismo y cualquier otra- a la intimidad; si son tolerantes, al ámbito privado.[2] La nueva teología política centroeuropea de los años sesenta (el protestante Jürgen Moltmann, el católico Jean Baptiste Metz, etc.) -sovietizada en Hispanoamérica como teología de la liberación-, nació para reivindicar un espacio público para la fe cristiana frente a la creciente expansión del Estado -por Estado habría que entender lo Político, el Gobierno, más general-, de las tendencias secularistas y del laicismo radical.[3]

En fin,  la Gran Contrarrevolución anticristiana  es el resultado de dos errores intelectuales que ahora sólo cabe mencionar:  la distacia establecida por la Reforma entre la fe y la razón -que Lutero consideraba eine Teufelshure, una prostituta del diablo, idea que renovó con fuerza más tarde Rousseau- y la separación establecida por Cayetano, interpretando erróneamente a Santo Tomás, entre el mundo natural y el sobrenatural, como explicó muy bien Henri de Lubac.[4]  Frente a ello decía Santa Teresa de Ávila, inconscientemente pues desconocía el asunto, «Dios anda entre los pucheros».

13.- Me detendré en un aspecto clave de la Contrarrevolución francesa –tal vez el principal desde el punto de vista de la historia de las ideas y de la filosofía política-, tomando como pretexto una frase  de Carl Schmitt: ohne Kalender keine Geschichte, sin calendario no hay historia. Los hechos fruto de la acción humana y los acontecimientos, que son su precipitado, generalmente con la concurrencia del azar -Hannah Arendt hablaba del “acontecimiento-milagro” (Ereignis-Wunder)-, determinan nuevas modalidades del tiempo o nuevos tiempos. En nuestro caso, un nuevo eón.  Es fundamental por tanto la fijación temporal de hechos y acontecimientos, ya que la  cronología estructura la historia, un saber tan fundamental en el cristianismo (la tradición es el meollo de la historia magister vitae) como la filosofía, ancilla theologiae, llave de la teología, pues planea sobre ella la historia de la salvación.

El calendario (de calaendas, los primeros días del mes romano) aceptado universamente es el calendario cristiano.[5]  El romano empezaba ab urbe condita, el año impreciso de la fundación de Roma (siglo VII a. C.). Julio César lo modificó siguiendo el egipcio un año antes de ser asesinado en los idus de marzo (45 a. C). Atendiendo una petición del papa Félix IV, el monje Dionisio el Exiguo propuso en  527 contar el calendario juliano partiendo de la fecha (revolucionaria) de la Encarnación de Cristo. Aceptada finalmente la propuesta por  el papa Bonifacio IV en 607, lo reformó el Papa GregorioXII en 1582,  para ajustarla al año astronómico según los conocimientos de la época.

Se ha señalado la incongruencia conceptual de establecer el comienzo del año el 1 de enero en lugar del 25 de diciembre, en que se fijó el nacimiento de Cristo, al parecer erróneamente,  aparte de que  debió nacer por lo menos un año antes de ese día. Pero para lo que interesa aquí, los intentos de reformar el calendario gregoriano para ajustarlo más a los muevos conocimientos, no han prosperado. El gregoriano sigue siendo el calendario occidental y, de hecho, el calendario internacional.[6]

calendario revolucion

14.- Pues bien. El diez de diciembre de 1649,  concluida la guerra de los Treinta Años (1618-1648) en la que había participado Descartes, se le ocurrió súbitamente al excombatiente francés la idea de comenzar ex novo  la filosofía,  tras asistir a la coronación del emperador alemán. Descartes  agradeció la revelación o iluminación peregrinando devotamente al santuario de Nuestra Señora de Loreto.  Inspirada la idea seguramente por San Agustín, dio lugar a la revolución espiritual cartesiana de la que salió la filosofía moderna, el racionalismo.

Siguiendo el método cartesiano, cuyo efecto se dejaba sentir poderosamente en los franceses cultivados, en particular los llamados ilustrados, -y el ejemplo romano-,  pensaron los revolucionarios franceses en datar la historia desde el momento inicial de la revolución, a fin de subrayar su carácter fundacional puramente racional pero innovador, no cristiano o anticristiano.

Tras el asalto a la Bastilla el 14 de julio de 1789,  en vez de ir a dar gracias en algún santuario por el éxito, a la verdad ridículo, pues la torre estaba prácticamente indefensa,[7]  se les ocurrió la  idea,  aireada por la prensa,  de  contar  la historia a partir de ese año como el  Año Cero del tiempo nuevo de la Humanidad redimida de sus miserias.[8] Comenzaría así el eón en su opinión definitivo (por supuesto ningún revolucionario pensaría en los eones). De hecho, la aprobación del  calendario tuvo que seguir ciertos trámites legales por lo que se fijó el  comienzo de la nueva era en 1792, aunque no se promulgó hasta 1793, coincidiendo con la proclamación de la república en “El juego de pelota” (Le jeu de pomme).  De ahí que fuese conocido  como  “el calendario republicano”.

Justificado también por la conveniencia de reformarlo científicamente, el motivo principal subyacente era erradicar el calendario cristiano -implícitamente el eón cristiano-, contra cuyo carácter religioso venían protestando algunos desde 1785. El nuevo calendario simboliza también la oposición de la Naturaleza, entendida como un complejo de fuerzas mecánicas en el sentido moderno, a la Historia, un complejo de tensiones procesuales, en el tiempo. De ahí los nombres de los meses y los días y otras circunstancias que no interesan aquí. Napoleón lo abolió  en 1806 por razones prácticas y para reconciliarse con la Iglesia, a la que necesitaba.

15.- Se preguntarán ustedes a cuento de que viene todo esto. Ese innovador comienzo de la historia revolucionaria partiendo de un Año Cero, significa la irrupción del nihilismo en la historia occidental. Evoca principalmente tres  cosas: 1) La vieja herejía de la apokatástasis,[9] renovada por los pelagianos y otras herejías secundarias,  y en la época moderna por los calvinistas puritanos ingleses,[10] que, apoyándose en la Biblia -la sola Scriptura-, por ejemplo en la frase citada de San Marcos, en la  apocalíptica «el nuevo cielo y la nueva tierra», la sucesión de los Reinos en el Libro de Daniel, etc. creían en la posibilidad de reconciliar todas las cosas instalando el Reino de Dios en este mundo mediante la política. 2)  La consolidación de la ideología de la emancipación como  madre del modo de pensamiento ideológico (J. Freund); de ella se desprenden las ideologías como religiones seculares, civiles o de la política y, no sin cierta contradicción, el mito de la libertad absoluta como libertas indifferentiae. 3) La afirmación del Estado como el gran dios mortal.

Me detendré en este último aspecto,  que encierra en cierto modo los otros dos.

Me atrevería a decir, que, en este momento,  Hobbes es tan importante como lo fue Lutero en relación con la Reforma. Quizá más importante, pues el desarrollo de su pensamiento afecta a todo el cristianismo sin distinción de Iglesias o confesiones, siendo seguramente las protestantes  las más afectadas por el hobbesianismo, que hizo de ellas religiones civiles.[11] Imitando el relato de la Creación en el Génesis, que, como ha notado Peter Sloterdijk, es la formación de un artificio, Hobbes reintrodujo la teología política vetada por San Agustín: construyó su teoría del Estado como el Gran Artificio, destinado a ser, según su propias palabras,  un deus mortalis bajo Deus inmmortalis.[12]

Las Monarquías Absolutas y las Despóticas utilizaron el Estado como un instrumento para afirmarse y potenciar su poder. Pero la revolución hizo de él la verdadera máquina del poder en que pensaba Hobbes,[13] dispuesta a hacerse con toda clase de poderes. Napoleón restauró ciertamente el calendario cristiano, pero remató la construcción del Estado como el deus mortalis, creyendo por cierto que seguía Maquiavelo, y abolió la distinción entre Gobierno y Estado.[14] El Estado napoleónico es el triunfo del dios mortal sobre el Dios inmortal, algo en lo que no había pensado Hobbes ni seguramente el propio Napoleón. Las ideas tienen vida y sus consecuencias son impredecibles.[15]

[1] P. Manent, La razón de las naciones. Reflexiones sobre la democracia en Europa. Madrid, Escolar y Mayo 2009. Pról., p. 17.

[2] La neutralidad no es lo mismo que el arbitraje: la neutralidad teórica del Estado es imposible en la práctica, pues cuando trata de imponerla toma partido. En la vida pública, la neutralidad es siempre contra alguien o algo, bien por acción, bien por omisión. Los gobiernos totalitarios se caracterizan por llevar la neutralidad al punto de querer neutralizar la conciencia: «la destrucción de la conciencia es el verdadero presupuesto de una sujeción y un dominio totalitarios». J. Ratzinger, Iglesia, ecumenismo y política. Nuevos ensayos de eclesiología. Madrid, BAC 1977. III, 1ª, III. P. 183.

[3]  «El cristianismo planteó desde sus mismos comienzos, y a pesar de su escaso número de adeptos, una pretensión jurídica de carácter público y se situó en un plano jurídico semejante al del Estado». J. Ratzinger, Iglesia, ecumenismo…  3ª, 2ª, II, 2, p. 234.

[4] H. de Lubac, El misterio de lo sobrenatural. Madrid, Encuentro 1991.

[5] Una historia del calendario, W. Segura González, La reforma del calendario. Las transformaciones del calendario gregoriano. EWT ediciones 2012 (puede consultarse en Internet).

[6] Que el calendario gregoriano sea el calendario internacional, puede tener un simbolismo mayor del que pueda parecer a simple vista:  es un hecho que la cultura cristiana está penetrando, ahora intensamente, en todo el mundo, no sólo a través de las misiones, sino de la ciencia, la técnica, el arte, el cine, la literatura, el derecho, el “capitalismo”, el marxismo,  el nacionalismo, el liberalismo,  el socialismo, etc; Incluso el nihilismo. Se trata de hechos, que son producto del cristianismo; sean  buenos, malos, regulares (¿?) o indiferentes en sí mismos, son cultura cristiana.  Decía Romano Guardini, que «el cristianismo ha elevado al hombre a un plano de la capacidad de actuar en el que, cuando se hace bueno,  es mejor que el pagano, pero cuando se hace malo es peor que éste último» (Escritos políticos. Madrid, Palabra 2011. 2, V, p. 67). Un ejemplo extremo, a riesgo parecer excesivo: la libertad e igualdad de la mujer en el mundo cristiano, llevada al límite es la pornografía voluntaria; es decir, libre y consentida. Por razones meramente culturales e incluso políticas, debiera estar prohibida en el espacio público occidental  o por lo menos controlada, y es desde luego inmoral utilizarla como arma política. Sin embargo, es un hecho que contribuye a distorsionar toda la cultura islámica (y  otras culturas). Es contra cosas así contra lo que se rebelan esas culturas o civilizaciones, sobre todo el islam.

[7] Vid. la   síntesis de la historia de la revolución francesa en A.. García-Trevijano, Teoría pura de la República. Madrid, El buey mudo 2010. I

[8] La idea no era nueva en Francia. El Edicto de Nantes (1598) del calvinista Enrique IV para poner fin a la guerra civil entre católicos y calvinistas (hugonotes) expresaba en cierto modo la voluntad de borrar el pasado (pero el cristianismo).

[9] Vid. D. Negro. “Reflexión sobre la fe y la heterodoxia en España” En  J. Mª Magaz (Ed.), Los riesgos de la fe en la sociedad española, Madrid, Universidad San Dámaso 2014.

[10] Calvinismo y puritanismo son casi sinónimos. Lutero era un teólogo agustiniano. Calvino un jurista que radicalizó la omnipotentia iuris (la omnipotencia del  derecho) como expresión del orden creado y, en la práctica, un ideólogo. El calvinismo es más importante en conjunto en la evolución de las ideas modernas, que el luteranismo y otras derivaciones protestantes. El ingrediente religioso de la revolución francesa es calvinista. El historiador Edgar Quinet lamentaba que no hubiera implantado el protestantismo.

[11] En tiempos recientes en Alemania, sin la menor reserva o reticencia. Vid. Karl R. Ziegert, Zivilreligion. Der protestantische Verrat an Luther. Wie sie in Deutschland entstanden ist und wie sie hersscht. Munich, OLZOG 2013.

[12]  Las dos o tres páginas de la Introducción a Leviatán (hay varias eds.  en  español) contienen lo esencial de su doctrina sobre el dios mortal.

[13]  Vid. C. Schmitt, “El Estado como mecanismo en Hobbes y en Descartes”  (1937). Razón Española. Nº 121 (mayo-junio 2005).

[14] Vid. D. Negro, Del Gobierno y el Estado. Madrid, Marcial Pons 2002.

[15]  Vid. R. M. Weaver, Las ideas tienen consecuencias. Madrid, El buey mudo 2011.

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