Michael Burleigh. Causas sagradas: religión y política en Europa.

Causas sagradas img2Michael Burleigh. Causas sagradas. Religión y política en Europa: de la primera Guerra Mundial al terrorismo islamista . Madrid, Taurus, 2006, 640 pp. 

por Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo. 

Estamos de vuelta con la segunda parte de este estudio panorámico del investigador británico Michael Burleigh, historiador y periodista en medios como The Times o el Daily Mail, que retoma el hilo de su narración histórica del binomio religión-política allí donde lo dejó, a finales de la Primera Guerra Mundial, con ánimo de desembarcar en nuestro siglo XXI con una perspectiva algo más justa, más adecuada, que la que suelen aportar nuestros manuales historicistas al uso.

¿Y por qué son interesantes estos dos tomos de un escritor británico que estudia las ‘religiones de la política‘ arrancando desde la Revolución francesa? Entre otras cosas, porque su inhabitual perspectiva nos acerca al quid del verdadero sentido de la Historia, pues pone en relación el plano de las creencias —apuntando a ese problema hoy tan evidente como es el de la conciencia— junto con otro ámbito, tan esencial cuando se habla de política, como es lógicamente el de la acción humana. Pues no hay acción sin intención, no se obra sino es a través de una idea concebida en algún contexto dado: así es como acontece en la Historia y como se estudia en política. Comprender el pasado histórico con todas las debidas consideraciones ayuda pues a percibir esas ideas en las que el hombre habita, que diría Ortega, cosa que nos acerca, por tanto, a entender al propio hombre en su historia, con todos los factores que lo constituyen. Es la única forma que tenemos de llegar a ser capaces de mirar con más justicia esta revuelta época presente y a ese hombre, que somos nosotros, que se encuentra viviendo en ella. En ese sentido, puede citarse de nuevo aquella especie de disculpa de Alexis de Tocqueville a la hora de abordar la cuestión, medio siglo después de la Revolución: «no hay ninguna acción humana, por muy rara que sea, que no nazca de una idea muy general que los hombres han concebido de Dios, de sus relaciones con el género humano, de la naturaleza de su alma y de sus deberes hacia sus semejantes. No podemos evitar que esas ideas sean la fuente común de la que proviene todo lo demás».

Michael Burleigh2Burleigh, agnóstico declarado, realiza su estudio detallado en un espacio intermedio entre la historia del cristianismo y la deriva del mundo moderno tras los cambios suscitados desde 1789, en un terreno en el que «cultura, ideas, política y fe religiosa» de alguna manera las hacen converger. De este modo, el libro comienza narrando el alzamiento de los totalitarismos partiendo del desbarajuste suscitado por el famoso Tratado de Versalles, que despreció categóricamente a los vencidos en la guerra, dando pie a que se creasen las condiciones para el advenimiento de la Segunda Gran Guerra, además de una descripción del estado social e institucional en que se encontraban los países tras la contienda. En este caso, comienza contando por ejemplo las diferencias habidas en la forma de conmemoración de la contienda o la manifestación nacional de duelo entre los distintos países como forma pública de culto civil, algo que tuvo un mayor arraigo en las victoriosas Gran Bretaña o Francia que en Alemania, cuyo humus social, político y espiritual de entonces se hallaba más expuesto a las tendencias del romanticismo político y a sus distintos profetas, dando lugar más tarde al triunfo de la consabida ideología nacionalsocialista.

Siguiendo no obstante esta especie de tercera vía entre cristianismo y modernidad, la panorámica que encontramos en Causas sagradas no se centra únicamente en la historia sucesiva de las grandes potencias arrebatadas por el espíritu totalitario, que contagiaron a su vez a toda una serie de países entonces como Yugoslavia, Austria o Rumanía, sino que expone en todo momento el diálogo que las distintas confesiones cristianas, es decir, el protestantismo, los ortodoxos y la Iglesia católica, tuvieron en los momentos más significativos. Resulta llamativo desde ese punto de vista la minuciosidad con la que trata el caso de Pio XII y la Iglesia en su papel frente a los distintos países antes, durante y después del conflicto bélico. La dificultad para entender los cambios advenidos en cada sitio y en cada momento, la verdadera capacidad o no de denuncia de las locuras cometidas en nombre de la ideología, la posibilidad de ayuda y amparo a las distintas víctimas en los distintos momentos, qué respuesta se fue dando a la cuestión judía, la relación con los Estados Unidos, su situación tras el conflicto a la hora de la reconstrucción del continente… todo esta explicado con un especial detalle con el que se quiere evitar cualquier crítica mordaz o precipitada.

Muro de BerlínEl trabajo de años de estudio hace que este análisis distinga con bastante claridad las diferencias la historia de países en cierto modo dispares como Rumanía y Francia, Inglaterra y Rusia, Yugoslavia y Portugal, o el caso irlandés, al que dedica un capítulo aparte en el que uno puede acercase al nudo de la cuestión irlandesa frente a las idílicas evocaciones que la nostalgia y el cine han creado en el imaginario colectivo de la patria de San Patricio, la Guinness y el IRA. La segunda mitad de la obra recorre más sucintamente la situación del comunismo durante la Guerra Fría, en especial en Alemania, el recorrido iniciado por los democristianos tras la guerra y el papel de la Iglesia del polaco Juan Pablo II antes de la caída del muro.

Cierto es que resulta llamativo cómo esta profusa historia del s.XX entre el cristianismo y la modernidad, entre religión y política, de este británico afincado en Londres parece abreviarse pasada la Guerra Fría en una serie de críticas morales al libertinaje de la cultura sesentayochista, al espiritualismo New Age  y a la teología de la liberación, antes de llegar al 11 de septiembre como paradigma de un nuevo tiempo en el que la amenaza islámica se cierne cada vez más sobre un Occidente desnortado entre la neutralidad desconcertante del Estado de Bienestar, junto con el olvido que la Unión Europea tuvo expresamente desde 2004 cuando olvidó citar al cristianismo como una de las señas identitarias fundamentales de Europa en el anteproyecto de la Constitución de la Unión Europea. Pues nadie va a negar que, más allá de las especulaciones acerca de la posibilidad de una futura Eurabia —como llaman a la teocracia que el islamismo impondría de hacerse con el poder en el viejo continente—, el fundamentalismo islámico es una realidad que está llamando hoy a la puerta de una Europa que se encuentra en otro nuevo paradigma con respecto a la situación heredada tras la victoria aliada de 1945. Aun con todo, se echa en falta en este gran vistazo de la historia del siglo pasado alguna concreción mayor o referencia a la relación entre religión y política que históricamente se ha ido configurando bajo la socialdemocracia europea. Pues es cierto que la historia no ha llegado a su fin, como diría un Fukuyama refiriéndose con ello a la homologación que la forma de las democracias de partidos europeas ha conseguido. No solo eso, sino que la ideología ha seguido postulando una idea avanzada del ‘hombre nuevo‘ propia de las religiones, en este caso, de la religión ateiológica surgida de la Revolución. Una Revolución que quiso empezar de cero la Historia, haciendo de ella un demiurgo que, por mediación de los hombres, iría alcanzando su desarrollo hasta alcanzar una plenitud que vendría a ser la instalación del Reino de Dios en la Tierra, que por medio de un poder y una fuerza descomunal, instalaría por fin la salvación en este mundo.

La pregunta que cabe hacerse otra vez en estos momentos es, observando ese interín entre la caída del muro y el ataque a Norteamérica, ¿qué ha sucedido con la ideología bajo las nuevas formas de política benefactora en Europa?, ¿muerto el perro —léase Hitler, Stalin o el Tito yugoslavo— se acabó la rabia? ¿no es hora de ir más allá de los diversos mitos de la transición hacia un significado un tanto más profundo de en qué consiste y ha consistido la socialdemocracia postbélica? Seguramente sea éste uno de los mayores interrogantes políticos dignos de ser afrontados, al menos en la presente Europa.

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