Carl Schmitt. “Legalidad y legitimidad”

Carl Schmitt. “Legalidad y legitimidad”. Duncher & Humblot, Argentina, 2002, pp. 129.

Constitución de Weimar

Constitución de Weimar

Por Ignacio Álvarez O’Dogherty.

Basta esta obra que Carl Schmitt publicó con urgencia en el año 1932 para que se puedan observar los problemas que entraña el gran mito político del Constitucionalismo o, dicho de otro modo, del llamado Estado de Derecho. Y es que, a pesar de que sea más de medio siglo el que nos separa del problema constitucional que Schmitt abordaba aquí, nuestras dificultades no han variado desde entonces sino que, más bien al contrario, han abundado ciertamente en la cuestión.

Efectivamente la fecha no es baladí, y esta obra la publica el profesor alemán un año antes de que se legalizara el partido nacionalsocialista en Alemania, llevando un rumbo inesperado a la que entonces había sido la República de Weimar y que pronto se convertiría en el III Reich. Como buen jurista, lo que hace es abordar con detalle el problema que representaba su legitimación, por así decir, dentro del sistema legislativo-constitucionalista, de un partido que podría calificarse de anticonstitucional, como de alguna manera señala aquí Schmitt.

Ahora bien, para ello Schmitt va un tanto más allá a la hora de achacar a este o aquel artículo de una Constitución la premisa de inconstitucionalidad en esta historia para adentrarse en los fundamentos mismos del sistema del Estado legislativo moderno, y lo hace profundizando un tanto en las implicaciones contemporáneas del difícil concepto de legitimidad. Un concepto que, como dice en el prólogo, proviene en origen del Derecho Canónico, en donde no se hace distinción entre “ley” y “legitimidad”, pues son una misma cosa, pero que tras la Gran Contrarrevolución de 1789 se ha convertido históricamente en un problema ambigüo. Es complejo pero concreto, pues, como recuerda Schmitt, la disputa se remonta al momento de la Restauración francesa, cuando se produjo un curioso ensayo de constitucionalismo continental parlamentario en el que tres distintas tendencias interpretaban el fundamento mismo del denominado “orden constitucional” y pugnaban, desde la tribuna hasta en la calle, por hacer valer su “principio” rector.

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El Reichstag en 1933

Es cierto que ya en época de Weimar había llovido desde entonces, pero la problemática originada en Francia seguía estando presente en el constitucionalismo estatal alemán del momento, probando que efectivamente coexistían diversas posibilidades o tendencias dentro de esos llamados “equilibrios” del constitucionalismo weimeriano. No deja de ser complejo e interesante, pues Schmitt creía en las posibilidades de la legalidad constitucional, o al menos se atenía estrictamente a ellas, pero veía al mismo tiempo los peligros instrínsecos del funcionalismo estatista del Estado de Derecho apoyado en la democracia parlamentaria, expresión constitucionalista del principio de la soberanía popular, que inicia la idea de que el voto instantáneo de una mayoría plebiscitaria tiene potencialmente la capacidad de reformar todo y abolir cualquier ley o establecer una completamente opuesta a la misma si así lo requiere.

Schmitt identifica aquí las diferencias opciones “legítimas” que se presentan fuera del proceso normal de promulgación de leyes por medio de las Cámaras en la Constitución de Weimar y las resume en tres: la de la ordenanza presidencialista, la plebiscitaria democrática y la de los derechos especiales reconocidos y protegidos dentro de la misma Constitución -hasta el punto de que éstos últimos pueden llegar a crear, llegado el caso, una “especie de Estado” dentro del mismo Estado. Estos tres forman un conjunto de tres “legisladores extraordinarios” con posibilidad legítima de cambiar la misma Constitución. El problema para Schmitt era que veía cómo ya estas legitimidades habían sido minadas a lo largo de la historia de la República alemana, ya cada vez más desprovistas de sentido dentro de la maraña técnico-funcionalista que iba creando la legislación de un sistema pluralista de partidos cuya gobernabilidad era bastante débil. Dentro de la situación general,  con una Alemania en semejante situación de inestabilidad general, tras reiteradas elecciones a la Presidencia de la República y al Reichstag, numerosas disoluciones de éste en un estado de continua negociación y tránsito, Hitler subiría finalmente a la cancillería justamente en nombre de la legalidad, designado finalmente por el presidente del Reich, Hindenburg que, “defensor de la Constitución”, lo asimiló como parte del proceso constitucionalista.

Al final, la legitimidad iría a liquidarse entonces en nombre de la “legalidad” y por ello Schmitt alegaba que eso significaba precisamente el fin del principio del Estado legislativo, de la teoría pura, ideal, por así decir, del Estado de Derecho. La idea de la Constitución parlamentaria, ya tan maltrecha en la práctica histórica, iría a ser blindada y posteriormente aniquilada por un partido político que ya no toleraría la posibilidad de una reforma, como critica aquí Schmitt, y que iniciaría otra forma ideal del estatismo, el Estado totalitario, que curiosamente, como sabemos hoy, siguió siendo particularmente detallista en todo proceso burocrático legalista. Los funcionarios, y con ello concluye Schmitt, por lo general no hicieron más que aceptar la legalidad del Führer.

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