Votar como participación en un acto de aclamación (Ernst Jünger)

 

Publicamos un texto del pensador alemán, Ernst Jünger, sobre el sentido del votar, del voto en blanco o nulo y de la abstención como forma de participar políticamente.

[Texto extractado de La Emboscadura, Barcelona, 1988, caps. 2 y 3]

Vivimos en unos tiempos en que continuamente están acercándose a nosotros poderes que vienen a hacernos preguntas, a plantearnos cuestiones.

Y esos poderes no están llenos únicamente de un afán ideal de saber. Al aproximarse a nosotros con sus cuestiones, lo que de nosotros aguardan no es que aportemos una contribución a la verdad objetiva; más aún, ni siquiera aguardan que contribuyamos a la solución de los problemas. A lo que esos poderes conceden valor no es a nuestra solución, sino a nuestra contestación a las preguntas que nos hacen. Esta diferencia es importante. Aproxima la cuestión al cuestionario, la interrogación al interrogatorio.

Eso puede estudiarse bien en la evolución que lleva de la papeleta del voto al folio del cuestionario. La papeleta de voto tiene como objetivo verificar unas relaciones numéricas y evaluarlas. Pretende averiguar qué es lo que el votante quiere, y el proceso electoral se orienta a que esa voluntad del votante pueda expresarse con limpieza, sin sujeción a influencias ajenas. De ahí que la votación vaya acompañada también de un sentimiento de seguridad y aun de un sentimiento de poder, tal como corresponde a un acto libre de la voluntad ejecutado en derecho.

[…] El votante en que aquí estamos pensando se acercará, pues, a la urna con unos sentimientos enteramente distintos de aquéllos que experimentaban su padre o su abuelo. Desde luego que hubiera preferido con mucho mantenerse alejado de la urna; ahora bien, en ese alejamiento se hubiera expresado una respuesta inequívoca. Pero también aparece peligrosa la participación, puesto que no debe olvidarse que existe la dactiloscopia, la ciencia de las huellas digitales, y también unos métodos estadísticos muy sutiles. ¿Por qué, pues, votar, es decir, elegir, en una situación en que ya no queda elección?

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España: ¿En serio?

La respuesta que a esta pregunta se da es que, al ofrecerle a nuestro votante la papeleta de voto, se le ofrece la ocasión de participar en un acto de aclamación.

No a todo el mundo se lo considera digno de semejante ventaja – así, en las listas faltarán, sin ningún género de duda, los nombres de los innumerables desconocidos de los que se reclutan los nuevos ejércitos de esclavos. De ahí que el votante acostumbre a saber qué es lo que de él se aguarda. Hasta aquí las cosas están claras. A medida que van desarrollándose las dictaduras, van reemplazando también las elecciones libres por los plebiscitos. Pero el ámbito abarcado por éstos es mayor que el que, con anterioridad a ellos, ocupaban las elecciones. Lo que ocurre es, más bien, que la elección misma se convierte ahora en una de las modalidades del plebiscito.

[…] Pero en los sitios donde el plebiscito se disfraza con la modalidad de las elecciones libres se concederá valor a mantener secreto su carácter de plebiscito. La dictadura pretende de ese modo aducir una demostración no solamente de que se apoya en la mayoría, sino de que el aplauso de ésta tiene al mismo tiempo sus raíces en la libre voluntad de cada cual. El arte del caudillaje no consiste sólo en plantear bien la pregunta, sino, a la vez, en escenificarla bien, en su puesta en escena; y ésta es un monopolio. La puesta en escena tiene la misión de presentar el proceso como un coro avasallador, que mueve a terror y admiración.

Ernst

Hasta aquí las cosas parecen clarísimas, aunque a un espectador de cierta edad le resultan desde luego novedosas. El votante se ve confrontado a una pregunta tal, que resulta recomendable contestarla en el sentido deseado por quien la hizo, y ello por motivos aplastantes. Pero la verdadera dificultad está en que al mismo tiempo debe conservarse la ilusión de la libertad. Con ello la cuestión desemboca en la estadística, como en ella desembocan todos los procesos morales que se dan en estos ámbitos. Vamos a ocuparnos en sus detalles con cierto detenimiento. Ellos serán los que nos conduzcan a nuestro tema.

Unas votaciones en las cuales el cien por cien de los votos concuerde con lo deseado es una cosa que casi no plantea ninguna dificultad desde el punto de vista técnico. Ya ha habido casos en que se ha alcanzado esa cifra; incluso se han dado casos en que se la ha sobrepasado, al aparecer en algunos distritos electorales un número de votos mayor que de votantes. Lo que tales incidentes ponen de manifiesto son fallos en la dirección escénica, fallos que no todas las poblaciones están dispuestas a consentir.

En los sitios en que operan propagandistas más sagaces, las cosas se presentan más o menos de la manera siguiente: El cien por cien: una cifra ideal y, como todos los ideales, algo que nunca puede alcanzarse. Pero es posible acercarse a esa cifra – de modo muy similar a como en los deportes cabe acercarse en fracciones de segundo o de metro a ciertos records que también son inalcanzables. Una muchedumbre de cálculos complicados es lo que a su vez determina en qué grado cabe acercarse al ideal.

Resultado elecciones 1937, bajo Stalin

Resultado elecciones 1937, bajo Stalin

En aquellos sitios donde las dictaduras están ya firmemente asentadas, un noventa por ciento de «síes» sería algo que se apartaría demasiado del ideal. No cabe confiar en que a las masas se les ocurra la idea de que en todo diez por ciento se oculta un enemigo secreto. En cambio, una cifra de votos nulos y de «noes» que se moviese en torno al dos por ciento sería no sólo soportable, sino también favorable. Pero nosotros no vamos a considerar ese dos por ciento como algo residual ni a dejarlo, por tanto, de lado. Ese dos por ciento merece que le dediquemos un estudio detallado. Precisamente en los residuos es donde hoy en día se encuentran las cosas, insospechadas.

Resultados elecciones generales España 2011

Resultados elecciones generales España 2011

El provecho que de ese dos por ciento saca el organizador de las elecciones es doble: por un lado, ese dos por ciento otorga curso legal al restante noventa y ocho por ciento de los votos, pues testifica que cada uno de los que votaron de este último modo podría haber votado en el mismo sentido en que lo hizo aquel dos por ciento. Con ello adquieren valor los «síes», se convierten en algo auténtico y que tiene completa validez. Para las dictaduras es importante demostrar que en ellas no está extinguida la libertad de decir «no». Este es uno de los máximos cumplidos que cabe rendir a la libertad.

[VÍDEO: Elecciones en la URSS en 1987. Con urnas, cabinas para voto secreto, posibilidad de tachar el candidato propuesto, votar en contra y escribir el nombre de cualquier persona. ¿Era un régimen representativo?]

La segunda ventaja de ese dos por ciento que estamos estudiando consiste en que mantiene el movimiento continuo del que no pueden prescindir las dictaduras. Tal es el motivo por el que éstas suelen presentarse siempre a sí mismas como un «partido», cuando en realidad eso es absurdo. Si se alcanzase el cien por cien de los votos, se alcanzaría el ideal. Pero esto traería consigo los peligros que siempre van anejos al cumplimiento pleno de algo. También es posible dormirse en los laureles de la guerra civil. En presencia de toda gran fraternización es preciso preguntarse: pero el enemigo ¿dónde está? Tales inclusiones son al mismo tiempo exclusiones – exclusiones de un tercero, de un tercero al que se odia, pero del que no es posible prescindir.

La propaganda ha de recurrir a una situación en la cual, ciertamente, al enemigo del Estado, al enemigo de la clase, al enemigo del pueblo se le han propinado recios golpes en la cabeza y aun se lo ha convertido casi en una cosa ridícula, pero que, a pesar de ello, todavía no se ha extinguido del todo. Las dictaduras no pueden vivir de la adhesión pura, si al mismo tiempo el odio y con él el terror no procuran los contrapesos. Ahora bien, el terror se tornaría absurdo si los votos fueran buenos en un cien por cien; en ese caso el terror golpearía únicamente a hombres justos. Este es el segundo significado que posee el aludido dos por ciento. El es la demostración de que los buenos son, sí, una inmensa mayoría, pero no se hallan enteramente libres de peligros. En cambio, cabe suponer que, en presencia de una unidad tan convicta, solamente una contumacia muy especial puede negarse con su comportamiento a participar en aquélla. Quienes así actúan son saboteadores que utilizan la papeleta de voto -¿y qué hay más sencillo que pensar que tales individuos pasarán a otras formas de sabotaje, si se les presenta la ocasión ?

Captura de pantalla 2015-12-06 a las 17.14.48Este es el punto en que la papeleta de voto se transforma en folio de cuestionario. Aquí no es necesario suponer que vayan a exigirse responsabilidades individuales por la respuesta dada, mas de lo que sí se puede estar seguro es de que existen relaciones numéricas. Se puede estar seguro de que ese dos por ciento aparecerá también, de acuerdo con las reglas de la doble contabilidad, en unos registros diferentes de los de la estadística electoral; aparecerá, por ejemplo, en las listas de nombres de los presidios y de los campos de trabajo, o en aquellos lugares donde es Dios el único que cuenta las víctimas.

Tal es la segunda función que esa diminuta minoría desempeña con respecto a la inmensa mayoría – la primera función consistía, como hemos visto, en ser la minoría la que otorgaba valor, más aún, realidad a la mayoría del noventa y ocho por ciento. Más importante que esto es, empero, lo siguiente: nadie desea que lo cuenten entre ese dos por ciento; ese dos por ciento pone a la vista un insidioso tabú. Al contrario, cada cual otorgará importancia a que se difunda bien difundido que el voto emitido por él ha sido un voto bueno. Y si el individuo en cuestión formase por acaso parte del mencionado dos por ciento, ocultará eso aun a sus mejores amigos. Otra ventaja del aludido tabú consiste en que está dirigido también contra la clase de los que no votan, contra los que se abstienen.

La actitud consistente en no participar en las elecciones es una de las que llenan de inquietud a Leviatán; pero quien es ajeno al asunto tiende a sobreestimar la posibilidad de la abstención.

A la vista de los peligros que la amenazan, esa actitud se esfuma con rapidez. Siempre podrá contarse, pues, con una participación casi total en las elecciones, y no será mucho menor el número de los votos emitidos en el sentido deseado por quien hizo la pregunta.

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