René Girard, maestro cristiano de la sospecha

Paul Ricoeur bautizó como «maestros de la sospecha» a tres grandes pensadores –Marx, Nietzsche y Freud– que provocaron el mayor terremoto en la cultura contemporánea. Sin duda ese apelativo habría servido también como tarjeta de presentación de la obra del académico francoamericano René Girard (1923-2015). El propio Ricoeur dijo de él: «Será de la misma importancia para el siglo XXI que Marx o Freud para el XX». Sin embargo, la sospecha girardiana ha llevado al descubrimiento de territorios teóricos ignotos para la vieja desconfianza de corte nietzscheano o freudo-marxista. Y es que, pese a representar una forma de continuidad con la estela del movimiento crítico instaurado por los maestros de la sospecha, la obra de Girard se alza frente a ellos como una enmienda a la totalidad de sus postulados, como una sutil forma de inversión (especialmente en lo que se reere a la valoración de la religión) del paradigma intelectual todavía hegemónico en los círculos sociales de la ortodoxia posmoderna. «Hegel del cristianismo», «Darwin de la cultura», «Albert Einstein de las ciencias humanas», los títulos que René Girard ha ido acumulando con el tiempo confirman la intuición de Ricoeur y justifican sobradamente la atención y el reconocimiento que esta obra sin parangón alcanza en nuestros días como nuevo paradigma metodológico y teórico en el estudio de las relaciones humanas y las estructuras sociales.

Frente a los ídolos del consenso bienpensante y a la nueva barbarie de la especialización, el pensamiento de Girard se arma como una larga reflexión interdisciplinar, unificadora y totalizante, que desafía las orgullosas fronteras de los saberes regionales y que explota, partiendo de la literatura y ensamblando el esfuerzo teórico de disciplinas dispersas, las inmensas posibilidades heurísticas de una intuición sencilla, densa y profunda, pero también reprimida: el deseo mimético que dene, a los ojos de este autor, toda acción humana. Según Girard, esta imitación en los deseos conduce irremediablemente a rivalida – des intestinas y al conflicto intracomunitario. De ellos nace el mundo de lo sagrado, mundo marcado con el sello de la mentira y de la violencia contra chivos expiatorios, primero perseguidos como culpables de la crisis social, y después sacralizados como responsables de la reconciliación colectiva. En la oscuridad e ignorancia de este mundo arcaico y primitivo, la luz de la Revelación judía y cristiana –dice Girard– representa la llama originaria de la primera sospecha: la que ofrece una salida de la caverna mítica del desconocimiento, y la que encarna la liberación de las cadenas impuestas por los dioses engendrados con sangre de víctimas inocentes. Frente al consenso anticristiano de los Marx, Nietzsche, Freud y sus epígonos, la Revelación cristiana es para Girard la llave de la sospecha que cierra un mundo y abre otro: el nuestro.

Domingo González