El siguiente campo de cultivo

Tras la intervención de Rusia, el vuelco a favor de Assad en la Guerra de Siria y la victoria de Trump, una inquietud recorría el subconsciente de los críticos de las oligarquías occidentales: ¿y ahora qué?

Para el temible complejo económico-bélico occidental, siempre ha de existir un campo donde, por una parte, gastar mucho dinero y por otra parte, mantener la presión y el control sobre el mundo no-occidental. Pero al encaminarse hacia el agotamiento el fecundo -en guerra y emigrantes- campo sirio (aquí una interesante exposición de la Hna. Ma. Guadalupe Rodrigo) por la previsible victoria Sirio-Ruso-Iraní y la derrota del terrorismo (y la OTAN), algunos nos preguntábamos: ¿y ahora cuál será el siguiente campo de cultivo de las élites occidentales?

Dos posibilidades surgían en el horizonte: o una cadena de atentados en Occidente (sobretodo Europa, que es el tonto útil del atlantismo) de mayor o menor gravedad, o bien un nuevo frente internacional. Parece que, en este sentido, el Deep State, ha conseguido aparentemente reactivar la tensión Siria (hasta los medios oficiales ya se hacen eco de este atentado de bandera falsa) y además, recordar al inocente espectador occidental que existen todavía muchas posibilidades de guerra por medio del bombardeo de Afganistán y el envío de tres Portaaviones a Corea del Norte.

Pero in politicis, las cosas pueden tener muchos planos, como en toda buena obra teatral y no siempre lo que hace un personaje tiene el sentido que parece y sólo se descubre ese sentido a medida en que se desarrolla el drama. Así, todavía no sabemos hacia dónde se encaminará el mundo: si hacia un debilitamiento tanto del poder de las élites occidentales sobre el mundo como de las mismas sobre sus pueblos, o por el contrario hacia la guerra internacional, la crisis económica y el desierto cultural-simbólico.

Por ello merece la pena oír análisis como los de Thierry Meyssan: nada de lo hecho hasta ahora es irreversible y podría ser un modo por el que Trump no se enfrenta al Deep State mientras no tiene su poder consolidado. Es lo que sugiere en estos dos artículos breves:

Trump: dos pasos adelante y un paso atrás

¿De verdad cambió Trump de casaca?

Meyssan señala que una reunión de cuatro horas entre Tyllerson y Lavrov y luego otras dos horas con Putin, no parece que sea simplemente una reunión para constatar diferencias. Las dudas ahora son: ¿se reactivará irreversiblemente el conflicto sirio o podrá finalmente concluirse con la derrota del terrorismo patrocinado por las potencias occidentales? ¿Se abrirá un nuevo frente en Corea del Norte y, si es que sí, servirá ese frente para poder justificar ante el Deep State el cierre del conflicto sirio? Cuando se te hace presidente de una asociación de drogadictos, no es tan fácil cortarles las dosis. Si acaso se les puede ofrecer metadona lejos de su camello habitual mientras se les separa, distrae e impide que roben para pagarse las dosis. Cómo se curará la “guerradicción” de las potencias occidentales es la pregunta que tenemos que plantear ahora.

Eso presuponiendo que Trump y algunos estadounidenses más quieren acabar con este ciclo de dependencia auto-destructivo. Porque existe la posibilidad de que simplemente el drogadicto esté incrementando la dosis, ampliando campos de cultivo. Y mientras, ¿quién nos liberará de esta banda de adictos al robo, al conflicto bélico internacional y a la destrucción de los pueblos occidentales que ahora nos gobierna? ¿No debería llegar la hora en la que echemos a esta banda de ladrones -San Agustín dixit- y polemofílicos de nuestra casa?

Alonso Muñoz Pérez

Origen: El siguiente campo de cultivo

Anuncios

“La Atlántida roja. El fin del comunismo en Europa.” Luigi Geninazzi

Hay una pequeña historia de Europa que está aún por escribir, la del fin del Estado Soviético en los países satélites “del este”. Varsovia, Moscú, Budapest, Berlín, Praga, Sofía y Bucarest fueron los escenarios de un drama al que Europa occidental prestó poca atención y que, por esa razón, aun sigue sin comprender muy bien. El interés de este pequeño relato histórico de uno de los periodistas mejor documentados, Luigi Geninazzi, reside en la información que aporta de primera mano y en su interpretación que nos puede ayudar a los “occidentales” a comprender nuestro propio proceso de disolución nacional.

Lech Walesa, en el prólogo escrito a propósito para este libro, dice: “cada vez que me preguntan quién hizo caer el comunismo en la Europa del Este suelo responder que el mérito corresponde en el 50% a Juan Pablo II, en un 30% a Solidarnosc y el resto se lo reparten Reagan, Kohl y Gorbachov.” Es su opinión y esta historia está todavía por hacer, pero aporta un juicio histórico al que aquí en la vieja Europa hemos prestado poca atención, y es que la Iglesia, también entendida como el conjunto de personas libres con una fe personal, jugó un papel determinante.juan_pablo_ii_plaza_victoria_1979

La historia de este libro comienza en Danzig en 1980, en la ciudad donde comenzó la Segunda Guerra Mundial. “Los del mono azul contra el régimen rojo”, una huelga en los astilleros Lenin que amenazaba con acabar, como así sucedió 10 años antes, con un baño de sangre. Se atrincheraron en las fábricas y esperaron la negociación por un aumento salarial que les permitiese comprar los alimentos básicos. En poco tiempo todos los astilleros del litoral báltico estaban también en huelga y la agitación se extendió por toda Polonia. Geninazzi cuenta, en primera persona, cómo veía pasar el tiempo a los obreros: jugando a las cartas, escribiendo poemas, con la dignidad del que luchaba por su pan y por su libertad. A las cinco de la tarde, todos los días, un rato de oración. Y así se fraguó una nueva revolución, una nueva forma de cambiar las cosas. Lech Walesa cuenta cómo intentaron acabar con el comunismo y qué fue lo que realmente triunfó: “En los años 50 alguno lo intentó con las armas, pero perdió la vida por manifiesta inferioridad. En los años 60 y 70 intentamos salir a la calle para hacer oír nuestra protesta, pero nos silenciaron con la fuerza. Hemos buscado varias soluciones, pedimos consejo a los políticos e intelectuales de occidente. Pero ninguno de ellos creía que fuese posible la caída del Imperio soviético. Luego llegó nuestro papa, el papa polaco, y descubrimos que hay algo más fuerte que los carros de combate y los misiles atómicos. Juan Pablo II apeló a los recursos espirituales y a la fe de nuestro pueblo y nos pidió que no tuviéramos miedo.”

Polonia primero, Checoslovaquia después, donde el comunismo adoptó un rostro especialmente duro cuando en 1948 los comunistas tomaron el poder y reprendieron con dureza al pueblo y a la Iglesia, con más de 400 campos de concentración en los años 50, y la terrible represión de 1968 que sofocó la Primavera de Praga. En los 80 algo se mueve y sacude el sistema. Se firma la “Carta 77” que reclama el respeto de los derechos políticos, civiles y sociales más elementales. Vaclav Havel es la figura más destacada de este movimiento que pronto recogió miles de adhesiones y que vio en “Solidaridad” un ejemplo alentador.” El pontificado de Juan Pablo II representó una esperanza de cambio para todos los creyentes del Este de Europa”. Cuando el papa se presentó en 1979 como “el papa eslavo”, su primer saludo fue para los hermanos checos y eslovacos. Las relaciones entre la Iglesia y el Estado estaban cambiando y las manifestaciones públicas de la fe empezaban a ser inevitables. La conmemoración del aniversario de los santos Cirilo y Metodio fue acogida por más de 200 mil fieles. Checoslovaquia resurgirá.

Alemania Oriental en 1986 fue el siguiente peldaño en la escalera hacia la emancipación del comunismo. Estaba punto de caer el muro de la vergüenza y nadie parecía adivinarlo. La bandera de la protesta, “abandonada por la Iglesia protestante, la recupera la Iglesia católica, debidamente minoritaria pero combativa”. El episcopado condenó con firmeza las decisiones del gobierno y se opuso con firmeza al intento de convertir a los sacerdotes en funcionarios. Era el año 1987 y el concierto de Génesis en la Puerta de Brandemburgo se escuchaba en la Alemania Oriental. Los gritos de “Gorby, Gorby” resuenan entre la multitud de la DDR y después, un aullido general: “¡Abrid la Puerta, derribad el Muro!”.

muro de berlín

En 1987 Rumanía sufre la oscuridad, el hambre y el terror, según Geninazzi. No solo los alimentos, también la energía estaba racionada y, tal era la situación, que se envidiaba a Polonia. Ceausescu, el sátrapa rumano, tenía hundido en la miseria a su pueblo y la tensión estaba a punto de hacer saltar por los aires al gobierno. Dos años después, en 1989, una “conspiración disfrazada de revolución”, acabó con el gobierno entre baños de sangre y violencia generalizada. Es una historia aun hoy poco conocida y que el autor se esfuerza en tomar desde el principio.

1989 será el año en que “la historia empiece a correr”. Los acontecimientos se precipitaron con resultados de sobra conocidos. El mérito de Luigi Geninazzi es relatarnos con un ameno y pulcro estilo periodístico unos hechos vividos en primera persona que muestran cómo el sistema de hierro soviético no colapsó, como hundido por su propia debilidad, sino que fue la fuerza espiritual de un pueblo valiente, acompañado por un papa profeta, lo que posibilitó el cambio y la futura reconstrucción. Como dijo Juan Pablo II el 13 de enero de 1989, “en países donde durante años un partido ha dictado la verdad en la que creer y el sentido que dar a la historia, estos hermanos han demostrado que no es posible ahogar las libertades fundamentales que dan sentido a la vida del hombre”.

Casi 30 años después la historia continúa y, como señala Walesa, “sobre las ruinas del comunismo ha nacido un capitalismo de nuevo cuño, totalizante y agresivo”. Es un reto que el ejemplo de solidaridad nacido en los años 80 puede ayudar a afrontar. Está claro que la tecnocracia y las estructuras por sí solas no nos darán la solución y la Europa “occidental” tiene mucho que aprender de la historia de los pueblos del este.

“La Atlántida roja. El fin del comunismo en Europa.” Luigi Geninazzi. Rialp, Madrid, 2014

Por Armando Zerolo

USP-CEU Madrid

Dalmacio Negro “La ley de hierro de la oligarquía”. Ediciones Encuentro.

Por Javier Aparicio González

La historia de Europa es “una lucha permanente por la libertad política”.  Estas son las palabras del prestigioso catedrático español de Historia de las Ideas y Formas Políticas, Dalmacio Negro Pavón. El autor, en este breve pero sugerente ensayo, reivindica el auténtico pensamiento político europeo, en pugna con “la ley de hierro de la oligarquía” un concepto que Negro Pavón rescata del politólogo y sociólogo alemán Robert Michels. El autor, recorre la historia de Occidente de la mano de los grandes pensadores políticos, llevándonos desde Grecia a la actualidad para finalizar advirtiendo que esta “ley de hierro” que ha pasado tantas veces por alto, es una constante que sigue operando en nuestros días.

Para Negro, todo gobierno es oligárquico yutopia por ello la clave de la política consiste en cómo disminuir la presión de la oligarquía (que en el fondo es la unión del poder político y económico) para evitar que ahogue la libertad colectiva. En el pensamiento de Negro Pavón, hay dos pilares,  uno griego y otro cristiano. La libertad política, invento griego, que articula el “hombre exterior”, donde  existe “la posibilidad de participar libres e iguales en la ordenación racional de la vida colectiva” y el gran descubrimiento cristiano, la conciencia, “el hombre interior”, baluarte de libertad.

Los griegos, que concebían la política como un arte medicinal parar sanar de los males colectivos, intuyeron ya el problema de la oligarquía.  Frente a ella, reivindicaron la ciudadanía (polites), la libertad política y el bien común (koinon agathon), considerando que la destrucción de estos elementos degradarían a la Polis al nivel de los bárbaros y la abocarían a la peor de las tiranías. Para Negro Pavón parte de la crisis política actual se explica por la ignorancia e incomprensión fundamentalmente del pensamiento político clásico de Platón y Aristóteles. Además,  el autor considera, que la alteración de la tradición política europea parte de Lutero, Hobbes y Rousseau. Y es que “el pensamiento político tradicional no prejuzga la naturaleza humana: ateniéndose a la realidad según la experiencia, la acepta según es, pecaminosa pero racional.”

Dalmacio Negro considera que en nuestros días se está consolidando la supeditación de la política a la economía y la idea de que el pensamiento político debe ser científico. Por ello, apelando de nuevo a la Grecia antigua, reivindica la democracia moderada frente a la actual democracia contemporánea, demagoga  y radical. En donde la oligarquía está condiciendo a una combinación de plutocracia, en la “que el poder dinerario corrompe las instituciones, incluidas las más ajenas a la política como pueden ser las iglesias”, y oclocracia (el gobierno de la muchedumbre).  Citando a Pierre Manent: “bajo la apariencia de la democracia opera en realidad una oligarquía” en la que “la minoría de los que ostentan el poder material y cultural manipulan las instituciones políticas en su propio beneficio”. En la línea de Tocqueville, el autor recuerda el peligro de la tiranía de la opinión pública, amplificada hoy por la propaganda y los nuevos medios de comunicación.

Finalmente, apoyándose en diversos autores contemporáneos, Negro Pavón asegura que, en líneas generales, hoy impera el Estado de partidos, que anula la voluntad de los pueblos  manipulados por los grupos de interés y la Nomología, es decir las invasión de la esfera privada de los ciudadanos para imponer conductas y alterar las relaciones naturales entre los mismos.  A todo ello hay que añadir la corrección política, el infantilismo imperante, los ataques a la libertad de expresión, pasando por la crisis de la auctoritas de la Iglesia, algo grave, ya que es el auténtico contrapoder frente a la potestas de los poderes temporales.

Frente a esta “ley de hierro de la oligarquía” Dalmacio propone una  política realista, escéptica sobre la naturaleza humana , que rescate el pensamiento tradicional europeo y fomente la política del justo medio (al estilo aristotélico) así como  la formación de células intermedias de autogobierno, que impidan la destrucción de las libertades individuales y el ethos de nuestras sociedades.

 

Javier Aparicio González

Publicado en “Humanitas 83”.

 

https://issuu.com/humanitas60/docs/083_humanitas_100_dpi