“Locuciones latinas y razonamiento jurídico”. Juan Manuel Blanch

“Locuciones latinas y razonamiento jurídico. Una revisión a la luz del derecho romano y del derecho actual”. Juan Manuel Blanch. Madrid, Dykinson, 2017, 752 pp.

El Derecho Romano es una disciplina para juristas maduros pues se aprecia y se entiende su valor cuando se ha tenido un contacto prolongado con la realidad jurídica. Antes, es decir, para los juristas que no están todavía maduros, puede parecer arqueología jurídica o pura anécdota. La realidad es bien distinta y los juristas de pura cepa saben bien que es una de las disciplinas que mejor enseñan a razonar en derecho, rectamente. Juan Manuel Blanch Nougués es uno de estos últimos y, además, tiene la generosidad de compartir su experiencia con el público amplio a través de una obra que es útil para todos. Aclara conceptos básicos del derecho a todos, casi a modo de diccionario, aunque esta obra está muy lejos de quedarse en eso; pero también enseña a razonar a aquellos que ya están inmersos en la realidad jurídica y explica nuestra tradición a los que nos sentimos deudores de la misma. Esta obra tiene la rara virtud de ser útil a alumnos de primer curso de Derecho, de Historia o de cualquier titulación humanística y, además, servir de instrumento para juristas iniciados que deseen perfeccionar su capacidad de interpretación y razonamiento.

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Las locuciones latinas condensan en una sentencia breve un razonamiento y un concepto, la mayoría de las veces más complejo de lo que pueda parecer. Ex novo, Fórum, Cui prodest, Secundum ius, etc., son locuciones asimiladas a nuestro uso jurídico cotidiano, e incluso coloquial, que tienen tras de sí una larga historia y un significado preciso y profundo. Como señala el profesor Blanch, las locuciones latinas son una preciosa síntesis de razón y memoria: “el mero razonar sin memoria carece de sentido”.

Blanch aclara en la introducción a la obra que “lo característico de Roma, que la hace verdaderamente original frente a cualquier otra cultura del mudo, incluida la griega, es que fue creada fundamentalmente por juristas, no por legisladores”. En efecto, esto es una realidad que hoy se nos puede escapar y que quizás explique el desafortunado descuido del Derecho Romano en las Facultades de Derecho. Podríamos decir, siguiendo esta terminología, que hoy se enseñan muchas “leyes” y poco “derecho” o, lo que sería lo mismo, que hoy formamos “legisladores” y no “juristas”. El discernimiento del caso concreto, buscando la solución de casos, basados en hechos y ayudados por un saber histórico, es lo propio del jurista. Conocer la legislación vigente de un lugar particular, para “aplicarla” a los casos, sin el uso de la razón y la memoria, es propio de “picapleitos”, como decía Cicerón en su tratado Las Leyes. Como explica Blanch, “la diferencia entre el jurista y el legislador es notable, porque frente a este no goza aquel de poder para imponer sus decisiones. Su fuerza radica en su capacidad de convencimiento”. Fuerza de la razón (imperium rationis) frente a razón de la fuerza (ratio imperii). El derecho no es, como decía Kelsen, el monopolio de la fuerza en manos del Estado. Esa afirmación Hobbesiana está muy lejos de lo que es nuestra tradición romana pues el derecho es, como desentraña Blanch de un modo sumamente ameno, una combinación sutil de tradición y razón.

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El derecho nace de la trama de relaciones personales en íntima conexión con la naturaleza y con la vida. Su comprensión, por tanto, no puede separarse de la historia y de un correcto razonamiento. Ante la inflación legislativa característica de nuestra época y el estatismo como forma política, recuperar el Derecho Romano según esta original propuesta es de enorme valor. Valor que se hace extensivo a las Facultades de Derecho y a una reflexión profunda sobre qué tipo de “profesionales” queremos formar.

Estamos ante un libro fruto de un largo trabajo, y así nos consta, que es útil para muchos y que suma la virtud de que puede leerse “picoteando”, abriendo sus páginas al azar, y dejándonos sorprender y divertir por lo que encontremos.

“El arte de educar”. Franco Nembrini

El arte de educar de padres a hijos.arte educar

Franco Nembrini

Editorial Encuentro

Madrid, 2014

255 páginas

Reseña realizada por Javier Aparicio

La educación “es un acto de misericordia, un gran perdón continuo”. Con estas provocadoras palabras Franco Nembrini, profesor italiano de Literatura e Historia en la enseñanza media, y autor de diversos ensayos sobre Dante y la Divina Comedia, ilumina la difícil tarea del educador en este ameno y reconfortante “manual” educativo. Fruto de la recopilación de diversas charlas, encuentros y conferencias con familias y profesores, el profesor Nembrini huye de abstracciones educativas y habla desde su experiencia personal como hijo, alumno, padre y profesor.  En los diversos capítulos se percibe la influencia del libro “Educar es un riesgo” de Luigi Giussani al que Franco Nembrini considera un referente.

Para el profesor italiano “las cosas se aprenden dentro de una relación”, nunca a través del miedo, del chantaje, o de la reducción de la educación a una cuestión de imposición de normas. Según el autor la educación se basa en el amor, en afirmar el valor del otro. Y ese amor conlleva no sólo el perdón, sino la acogida del otro tal y como es.  “Yo te quiero antes de que cambies, antes de que seas como yo quiero, antes de que seas bueno, antes de que saques buenas notas en la escuela, yo afirmo tu valor antes de cualquier expectativa”.

Uno  de los pilares fundamentales para construir esta relación pasa por la certeza de que  el alumno vea que te importa su destino, es decir, su felicidad.  ¿Significa esto que tenemos que ser perfectos? No. Para Nembrini lo que el alumno busca del educador es un “hombre viviendo”, un hombre esperanzado que le permita crecer seguro. Lo que significa que en muchas ocasiones sobran los discursos.  “Papá asegúrame que merece la pena haber venido al mundo” para el autor esta es la demanda que tienen todos los hijos en el fondo de su corazón.

Frente al misterio de la libertad, presente siempre en todo acontecimiento educativo, Franco Nembrini recurre a la parábola del hijo pródigo. Según el educador italiano, el padre podría haberle dicho al hijo: “¡No te vas!” (optando por una solución autoritaria),  o bien: “¡Me voy contigo!” (propuesta muy recurrente hoy). “Son dos errores: cerrar la casa para que no puedan salir o irnos con ellos”. Lo que ellos piden es “gente que está, que aguanta por el bien de su hijo, para que él tenga esperanza”. “Quieren saber si su casa está fundada sobre roca, y te ponen a prueba, tiran y aflojan para ver si la cuerda se rompe; pero tú permaneces”.

capitanes intrépidos

Para Franco Nembrini hoy existe un tipo de cultura que es devastadora ya que anula en los chicos “los parámetros de juicio en cuanto a lo feo, lo bello, el bien y el mal”. Y promueve modelos vacíos a través de la televisión y del cine. En definitiva, “una cultura de la soledad que exaspera la competencia y la rivalidad”. Lo que les hace superficiales, excesivamente instintivos y estar “totalmente en manos del poder” produciéndose así lo que Giussani llama una “invasión despótica de las conciencias”.  Frente a esto, Nembrini propone un “movimiento de resistencia cultural” que ofrezca una experiencia de bien, verdad y belleza. Una propuesta educativa positiva y de carácter unitario, que no elimine las preguntas de la vida, el por qué de las cosas y que huya del cinismo imperante. Una propuesta que realce la conveniencia del bien para nuestros hijos, para crecer e incrementar su personalidad.

Para el autor un profesor es alguien que se deja educar, cuya virtud es la paciencia y que no  se deja dominar por el miedo. Que respeta la gradualidad, un crecimiento progresivo en el alumno y sobre todo alguien que nunca dice: “¡Ya es demasiado tarde!”, que no niega la posibilidad de cambio. El educador es un adulto que tiene delante de sí un desafío siempre abierto ya que está en juego el misterio de la libertad humana.   Sin embargo, Nembrini considera que este desafío no se puede acometer en soledad. Necesitamos a nuestros amigos, “es siempre y sólo un pueblo el que genera verdadera vida”.

Finalmente, Nembrini insiste en que es de vital importancia, que no nos señalemos a nosotros mismos en el proceso educador. “No os digo, seguidme a mí, sino que tenéis que ir detrás de ese hombre que veis ahí…” Jesús es el gran educador, el único que permite desde la humildad acoger a nuestros hijos.  En definitiva Aquel que vino al mundo, no para solucionar nuestros problemas, sino para ofrecernos un punto de vista totalmente nuevo para afrontarlos.

 

Javier Aparicio González