“La mente naufragada” Mark Lilla. Ed. Debate.

La editorial Debate presenta este sugerente ensayo de Mark Lilla bajo el subtítulo “Reacción política y nostalgia moderna”, lo que ayuda a hacerse una idea de la tesis principal del texto. El autor afirma con razón que el tema de la “revolución” está mucho más estudiado que el de la “reacción” e intenta aproximarse al mismo sugiriendo al final una hipótesis sobre la interpretación de la historia.

El tema del ensayo empieza a ser recurrente en la bibliografía de los últimos años, lo cual pone en evidencia que el tema del cambio histórico y el de la relación del hombre con el pasado y el futuro empieza a emerger a la superficie de la opinión pública. Durante el siglo XX fue un tema reservado a eruditos y el asunto de la filosofía de la historia ocupaba grandes tomos complejos a los que accedían pocos, y normalmente al final de sus días, cuando la madurez del pensamiento así lo requería. En nuestro tiempo, cuando la incertidumbre histórica es perfectamente perceptible, el tema de la revolución y la reacción como actitudes posibles ante el presente es muy relevante.

Mark Lilla propone un itinerario por sus lecturas de las últimas décadas, y nos habla de pensadores, corrientes y acontecimientos que enmarcan un modo de estar “reaccionario”. Para él, el reaccionario es aquel al que la historia le ha derrotado. Ve que el tiempo pasado fue mejor y que el futuro está definido por una gran nube negra. Aclara que “los reaccionarios no son conservadores. Son a su modo tan radicales como los revolucionarios”. Para él, y de ahí el título, “la reaccionaria es una mente naufragada y donde otros ven que el río del tiempo fluye igual que siempre, el reaccionario ve las ruinas del paraíso”.

La política tiene un espíritu, un sentido, que no es solo el reflejado en el positivismo de las instituciones, sino que fluye como una corriente subterránea alimentando los pozos de la acción. Es esta corriente la que Lilla descubre con agudeza. La nostalgia tiene un poder psicológico sobre las corrientes políticas e influye activamente en las políticas concretas. El reaccionario duda del presente porque lo ve decadente y duda, “¿debería simplemente retirarse y convertirse en un exiliado interior, un disidente secreto?” El valor de este ensayo reside en alertarnos del peligro de “ausentarnos del presente” precisamente en esta época que es eminentemente política. Con la imaginación del desastre corremos el riesgo de imponerle un sentido a la historia que no es verdadero y, lo que es más grave para el autor, “eludir la responsabilidad total del futuro”.

La parte más débil del ensayo es la dedicada al análisis de la historiografía católica, identificándola con autores contrarrevolucionarios como Bonald, Lamennais o Maistre, e ignorando a otros como el mismo Chateaubriand que discutió con ellos, y una deriva católica de la modernidad que parece no conocer, aquella que va, según Del Noce, desde Descartes, pasando por Vico, Rosmini, hasta llegar a los De Lubac, Balthasar, Guardini o Ratzinger. Estos autores no hablan de “tiempos tan catastróficos” ni viven en la reacción, y son sin duda mucho más agudos que Brad Gregory, al que dedica demasiado espacio.

No obstante, solo el intento de intentar clarificar la diferencia entre conservador y reaccionario, y el hecho de agrupar en una misma familia a reaccionarios y revolucionarios ya es de por sí una aportación muy útil al mundo del pensamiento contemporáneo. “La lección de san Agustín -concluye Lilla- sigue siendo tan oportuna ahora como hace mil quinientos años: estamos destinados a construir nuestro camino conforme avanzamos.”

 

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