“La Monarquía Constitucional. Principios del Estado liberal según Chateaubriand.” Armando Zerolo, Ed. Dykinson. 2017, 137 pp.

La crisis del Estado contemporáneo es un hecho. Unos lo atribuyen al desgaste de la socialdemocracia, otros al auge de los populismos, y algunos a las nuevas tecnologías. Lo cierto es que, más allá de esas explicaciones particulares, estamos ante un cambio de época, lo cual no es necesariamente negativo si se saben aprovechar las oportunidades que toda época, como señalaba Ranke, proporciona.chateaubriand2

El objeto de este ensayo sobre los albores del Estado tal y como lo conocemos hoy es precisamente señalar la responsabilidad histórica que reside en momentos de crisis. Chateaubriand es solo un ejemplo de uno de esos grandes hombres que saben actuar con lucidez en un tiempo de cambios como fue el de la Restauración francesa (1814-1830). Un periodo poco conocido en la historia de las ideas políticas y, no obstante, crucial para el desarrollo de los dos siglos posteriores, hasta hoy. Después de la Revolución Francesa y de Napoleón quedaba un país entero por reconstruir, ¿Se debía volver atrás? ¿Qué era salvable de las ruinas? ¿Y qué oportunidades se ofrecían? Solo algunos grandes hombres supieron moverse entre las olas del pasado y las del futuro, salvando la nave del oleaje. El Estado Moderno, en su variante constitucional, nació de esta convulsión histórica, sumando la experiencia inglesa y norteamericana, la crisis de la Monarquía Absoluta y las ideas liberales que surgían en aquel momento en selectos grupos. De todo ello se nutrió Chateaubriand para aportar unas ideas originales y ricas al ideario político.

Chateaubriand es más conocido por su obra literaria, pues no hay que olvidar que fue el genio indiscutible del romanticismo, con una prosa nueva y rica, rompedora con los cánones del clasicismo, y directa a la individualidad del hombre romántico. No obstante, y esta es la razón por la que la primera parte del ensayo incluye una biografía política, esta fama no hace justicia con la realidad. En efecto, el personaje literario emergía cuando las circunstancias reprimían al hombre político. Sólo entonces el hombre de acción se refugiaba en las musas esperando mejor ocasión para volver a saltar a la arena.

La segunda parte del ensayo destaca el problema que hoy vuelve a estar de actualidad, el problema del cambio de época, pues la Restauración se movió arrastrada por una ola más grande llamada romanticismo, de la que nadie, ni los progresistas, ni los reaccionarios, ni los liberales ni los conservadores, podían escapar. Era una ola cultural que tocaba el corazón mismo del hombre. Hoy sucede algo parecido, y la reflexión política no puede dejarse al margen de los condicionantes culturales. Hoy no se puede volver a formas políticas pasadas que presuponen principios inactivos nacidos del paradigma ilustrado y luterano. La libre discusión, la libertad de conciencia y religiosa, la moderación política, el respeto de la ley o la igualdad de condiciones son presupuestos que están en jaque. No podemos seguir dándolos por supuestos, como si de algo eterno se tratase. Nacieron en una época, maduraron gracias a unos precedentes, y ahora, olvidadas sus raíces, quedan como palabras vacías en el desierto. Lo mismo sucedió después de la Revolución Francesa, aunque con los presupuestos culturales de los siglos XVII y XVIII, inoperantes en el siglo XIX para explicar el auge del igualitarismo y del liberalismo. Ante la perplejidad por el cambio de paradigma, unos se enroscaron en el pasado, y otros se sumergieron en los ensueños del futuro. Pocos vivieron la contingencia de lo político, el presente quedó desierto. Solo algunos supieron poblar el espacio presente y proponer con realismo acciones para el momento. Uno de ellos fue Chateaubriand. chateaubriand3

La tercera y última parte explica lo que él mismo llamó “catecismo constitucional”, sus ideas sobre cómo debería ser la forma política más adecuada para la Francia del siglo XIX. Las claves de su propuesta, para escándalo de la mayoría de sus amigos, eran la libertad de prensa y la separación de poderes. El monarca perdía gran parte de sus atribuciones y las cámaras, en un sistema bicameral novedoso para la tradición política francesa, adquirían un gran protagonismo. Al rey se le atribuía, por parte de Chateaubriand, un “poder moderador”, lo cual hoy nos resulta muy familiar, pero en la época fue un auténtico escándalo y ser fiel a su opinión le causó grandes disgustos. El reparto de poderes entre las cámaras, la alta y la baja, se basaba en las tesis liberales, próximas a lo que en 1830 sería recogido por los liberales doctrinarios, atribuyéndoles un poder legislativo que hasta ese momento pertenecía al rey. Propuso abrir el sufragio a otros estamentos y clases sociales, dando voz a los industriales y a las rentas del capital mobiliario, en detrimento del poder aristocrático. Y, sin duda la medida con la que se sintió siempre más identificado, fue la de la libertad de prensa. Fue su caballo de batalla, significó grandes peleas con el Ministerio de la Policía, y le costó su carrera y su fortuna.

Este ensayo que ahora publica Armando Zerolo, con prólogo de Oliver Tort es, en definitiva, una propuesta para repensar el Estado Moderno en su variante constitucional ahora que se acerca su momento final. No todo está perdido, solo hay que saber aprovechar los restos del naufragio para construir un barco nuevo.

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