“Solo quien ama canta”. Joseph Pieper

El papel del artista, semejante al del sacerdote, cuyo objetivo fundamental es el de ayudar a recordar “un rostro que nuestra intuición ya apenas percibe…el rostro de un Dios-hombre que ostenta todavía las huellas de una ejecución vergonzosa.”

 

Solo quien ama canta. Josef Pieper, Editorial Encuentro, Madrid 2015, 76 pp.

 

Reseña de Javier Aparicio González

 

En un mundo que considera el trabajo como un absoluto y que vive obsesionado por el rendimiento y la producción, las bellas artes y la música acuden al rescate del hombre para recordarle que se puede vivir de otra manera. Este es el leitmotiv que recorre toda la obra de este pequeño pero enriquecedor libro, fruto de charlas y conferencias con académicos y artistas, del filósofo alemán Josef Pieper (1904-1997).

En el primer capítulo, y frente a esta situación, Pieper realiza un llamamiento a redescubrir la frase de Aristóteles: “Trabajamos para tener ocio”, ya que el pensador alemán considera que es aquí donde está en juego todo. Y es que “una desintegración total y definitiva del concepto de ocio, un concepto básico de la tradición y el pensamiento occidental, tendría necesariamente una consecuencia histórica evidente, a saber, el estado totalitario del trabajo.” Para Pieper, frente al trabajo, que tiene un sentido práctico y “que no está lleno de sentido en sí mismo”, están las artes liberales, que revindican “una actividad llena de sentido en sí misma”. Lo que quiere decir que “existen actividades humanas que no necesitan ser justificadas, en ningún caso, por criterios empresariales de utilidad económica.” Según el filósofo germano, si a esto no se da una contestación clara y rotunda se llegará a una situación donde “todo el mundo de forma explícita se convertirá en un proletario.” Y es que según Josef Pieper, está en juego el cumplimiento último de la existencia humana, que acontece con la contemplación. Siempre que se de esta contemplatio, este alcanzar “el corazón de todas las cosas”, “el fundamento divino de todo anhelo que existe”, “tiene lugar una actividad significativa por sí misma”. Las formas concretas de alcanzar esta contemplación son fundamentalmente tres: la meditación religiosa, la reflexión filosófica y la creación o participación en la experiencia artística. Así, las tres, lejos de cualquier tentación gnóstica están abiertas a todos los hombres. Donde este fenómeno acontece se produce una liberación, que es “casi más necesaria que el pan cotidiano, el cual es ciertamente indispensable y sin embargo insuficiente.”

En segundo lugar, Josef Pieper asegura que la capacidad de percibir la realidad tal y como es, es decir, la facultad del hombre de “ver”, está en declive. No sólo por la agitación del hombre moderno, sino por el “ruido visual”, al que contribuyen de forma definitiva la televisión y el cine, que según el autor, lejos de agudizar el sentido de la vista, lo atrofian. Y es que Pieper considera muy sabia la advertencia de los antiguos, que llamaba “destructora” a la concupiscencia de los ojos. Porque “aquellos que ya no están capacitados para ver la realidad con sus propios ojos, son igualmente incapaces de escuchar de forma correcta. Y es precisamente el hombre empobrecido de este modo aquél que sucumbe inevitablemente a los conjuros demagógicos de los poderosos de turno.” ¿Y qué se puede hacer ante esto? El filósofo alemán, propone la exclusión de nuestra vida de estos estímulos, así como trabajar para poder participar en la creación artística ya que esta permite “mirar con frescura renovada la realidad visible.”

En la tercera parte del libro, Pieper reflexiona sobre la esencia de la música, debate antiquísimo entre los filósofos. El pensador alemán considera que la particularidad de la música reside en que es “capaz de abrir un sendero en el reino del silencio” y expresar “el dinamismo del yo existencial del hombre.” En definitiva, la música se hace presente donde “la palabra hablada resulta completamente insuficiente”, para transmitir esperanza y tristeza, en el camino a veces arduo y fatigoso de la vida. Además Pieper, en la línea de Platón y Aristóteles, que resaltaban la importancia de la música en la modelación del ethos del hombre y de los pueblos, alerta del peligro de cierta música del nihilismo, que considera fácil, light, orgiástica, en definitiva, música para esclavos. Y es que para el pensador alemán, que ensalza la música de Juan Sebastián Bach, así como la música clásica en general, lo realmente decisivo “es que estemos dispuestos a escuchar atentamente el mensaje esencial de esta música, y a permitir que dicho mensaje encuentre eco, como en las reverberantes cuerda de un instrumento, en la inmediatez interior de nuestra alma.” Ya que esto nos llevaría a una “lucidez nueva”, hacia una “existencia interior de mayor vigorosidad y autenticidad”, que permitiría volver “con resolución, constancia, valentía y esperanza hacia el único y exclusivo Bien.”

Finalmente, Josef Pieper, resalta el papel del artista, semejante al del sacerdote, cuyo objetivo fundamental es el de ayudar a recordar “un rostro que nuestra intuición ya apenas percibe…el rostro de un Dios-hombre que ostenta todavía las huellas de una ejecución vergonzosa.” Así, y con una actitud de humildad por parte del artista, es decir de no buscar nada para sí mismo, se puede alzar un cántico de alabanza divina, que diga como San Agustín en mirada de amorosa contemplación y de abrazo total a la realidad “cantare amantis est”, es decir, “solo quien ama canta…”

Publicado en: Revista Humanitas

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