Del asalto feminista

DEL ASALTO FEMINISTA

BREVE NOTA INTERPRETATIVA DE LOS ACONTECIMIENTOS ÚLTIMOS

J.L. ÁLVAREZ DE MORA,

estudiante en Derecho y Política

Los acontecimientos vividos en los últimos días, sino acentuados ya de atrás, han advertido al Occidente del avance raudo e inexorable, bajo los ecos de mayo del ’68, de un poder matriarcal que apunta a copar todas las instancias de la vida social, asfixiándola.

Vemos brotar en derredor de los hombres normales grupos de deficientes emocionales que han quedado prendidos del primer relato mitológico que les ha sido ofrecido. Por lo demás, gentes de quienes un día se predicara la generación más preparada de la historia.

Las mujeres han renunciado a la autoridad sobre la vida familiar para lanzarse al asalto del poder político. Lo cual es, en buena medida, causa de la nueva manera de totalitarismo: sibilino, edulcorado, narcotizante, feliz, cariñoso y maternal.

En el mundo de Eva se baten dos elementos en brega letal: el elemento femenino y el masculinizante. Si la mujer es un constructo normativo del hombre —patriarcado— para los desahogos de éste, —«la mujer es un hombre en un cuerpo extraño», confesó Simone de Beauvoir— en el proceso de deconstrucción de las estructuras sociales, luego también de la mujer, se articularán maniobras atroces por desfeminizarla. La confusión de los órdenes naturales entre el hombre y la mujer es caos; y la mímesis, la pulsión enfermiza por imitar al hombre revela un complejo de inferioridad poco cuidado.

Dice el feminismo de las mujeres que son «un colectivo digno de pena y necesitado de atención». Pues, en el fondo, la postura de la víctima es la posición política más rentable. La adhesión estabularia in multitudine a la causa feminista ha mostrado, de nuevo, los resortes de la psicología de las masas; no es otra cosa que un analogado débil los grandes procesos revolucionarios de la historia. Se pelea por vencer a un enemigo metafísico, sin dimensión operatoria; un fantasma de quien todos hablan, a quien todos persiguen y acusan y a quien nadie ha visto salvo encarnado en los mismos hombres.

El feminismo es, de más, una ideología mortífera: basten dos generaciones feministas para que cualquier pueblo desaparezca. Y es, en esencia, una ideología antipolítica, pues impide la philia en la comunidad, lanzando a los cives al fratricidio. Hace del orden caos, ora en la familia, ora en la comunidad; en suma, en todo el cuerpo político. Y de la puesta en común de los fines, un imposible ontológico. Pues hasta el más mínimo detalle de interacción social será pasado por el trillo de la idea en movimiento.

El feminismo hace de la inevitabilidad del conflicto la plasmación de la violencia, pretendida ahora estructural; esto es, imputable a la cultura, no a la vida en común. Contiene de suyo, en su más íntima lógica, visos de religión política: las soflamas feministas son la buena nueva, predicada por una cohorte de sacerdotisas laicas venidas al mundo para librar al resto de mujeres de su falsa conciencia y de la esclavitud que cargan a sus espaldas. La sacralización de un grupo sobre otro requiere la patologización del enemigo existencial, al cual se le desea muerte por arrastrar sine die el pecado original. Las alusiones al pecado estructural y las deformaciones sociales, y la eterna promesa de un porvenir edénico cierran una ateología política, por más que burda, total.

El feminismo no deja de responder, pues, a una lógica individualista, liberal y enferma del ideal emancipatorio; y ahonda a velocidades altísimas en el proceso de integración de los mercados, no pocas veces ensalzando la tesis protestante del trabajo en cuanto valor. El casamiento unívoco —en términos marxistas— del Capital con la Causa de la emancipación femenina ha puesto en evidencia la sospecha que se arrastra de lejos: la superestructura ideológica dominante no es otra cosa que la mezcolanza entre el neoliberalismo y el progresismo posmarxista. El feminismo ahonda con virulencia en el proceso de integración de los mercados: las mujeres, arrastradas ahora por la lucha competitiva del todos contra todos, engrosan la maquinaria de la productividad, precipitando la laceración de la familia, única célula con vigor para evitar el suicidio colectivo; mientras el Estado, a la par que otea una hecatombe demográfica que amenaza con derrumbarlo en el horizonte, la promueve y la impone al través de la Política.

Mas el feminismo supone de una reacción contra el individuo desde el individualismo mismo; esto es, una reacción frente a lo establecido desde lo establecido. Libertad individual, de comercio, conciencia y pensamiento, derechos humanos, igualdad de los individuos, nación política, ciudadanía etc. ya nada importan: la mitología liberal ha quebrado.

El Estado, a la orden de las aspiraciones voluntaristas del liberalismo, en su proceso de demolición de los cuerpos intermedios, ejecutó, en primer término, el desgaje de la Iglesia del poder político; después, de la familia; y más recientemente del individuo mismo; comportando con ello la consiguiente vorágine de desencantamiento del hombre de la comunidad política, de su familia y últimamente de su propia naturaleza. Pero el hombre nunca podrá vivir sin axiomas ni anclajes.

La constelación política ha cambiado por entero. Estamos ante horizontes nuevos. Del vacío del binomio Estado-individuo han emergido las identidades como nuevas formas de autoidentificación referencial. Formas a las que el «hombre autodeterminado», confundido y desamparado, acude en busca de refugio. La proliferación de sectas subestatales y la vindicación de causas marginales serán una constante en adelante. El centro de gravedad del conflicto político ha virado hacia de la intersubjetividad de los grupos. Porque la identidad, se ha dicho, es la gran cuestión de nuestro tiempo.

Los desequilibrios patológicos que suscitan las dinámicas anteriores requieren de prontas curas, que han de ser inyectadas al cuerpo en gangrena tan pronto como sea posible. El momento populista ha irrumpido por inercia: estamos ante la lucha del pueblo contra las élites mundializadas y sus sectas afines.

Antropoceno

¿Acaso hemos fracasado como especie? ¿Somos la peor plaga? Y, por tanto, ¿ha llegado el fin de la política y tenemos que tirar el bastón de mando? ¡Todo lo contrario!

Antropoceno. Manuel Arias Maldonado (@goncharev) Ed. Taurus. 2018.

El concepto “antropoceno” obedece a una feliz expresión acuñada por el químico Paul Crutzen para designar el sello geológico que la actividad humana ha dejado en el planeta Tierra, dando fin al Holoceno. Tiene tres significados diferentes: como periodo de tiempo, como momento de la historia natural y, lo que más nos interesa ahora, como una imagen para repensar la realidad sociopolítica. Es un término muy querido por los ecologistas de diverso cuño que Manuel Arias Maldonado incorpora con gran fortuna a la filosofía social y política.

La expresión “cambio de época” ya es un lugar común y pocos ámbitos se escapan a su influencia. La dificultad, no obstante, radica en saber en qué consiste. En este original y bien documentado ensayo publicado por la editorial Taurus el autor ofrece importantes claves. Partiendo del impacto que la actividad humana ha dejado sobre el planeta a lo largo de la modernidad tardía, aproximadamente desde la “Revolución industrial”, y dando por sentados los hechos denunciados por el ecologismo, como el cambio climático, la disminución de la naturaleza virgen, la urbanización, la agricultura industrial, las infraestructuras de transporte, las actividades mineras, la pérdida de biodiversidad, la modificación genética, los avances tecnológicos, etc., el autor se pregunta por la legitimidad de la acción del hombre.antropoceno 2

¿Acaso hemos fracasado como especie? ¿Somos la peor plaga? Y, por tanto, ¿ha llegado el fin de la política y tenemos que tirar el bastón de mando? ¡Todo lo contrario! La modernidad tardía cantaba el fin de la política, y la posmodernidad se ha dado de bruces contra la naturaleza devolviéndonos la libertad perdida. “El Antropoceno constituye un oportunidad, se trata de que trabaje para nosotros, reabriendo el debate sobre la buena sociedad”.

No es fácil datar el fin de la Edad Moderna, pero si tenemos en cuenta algunos de sus rasgos más señalados, como son el racionalismo, la subjetividad, la separación de naturaleza y técnica y, espiritualmente hablando, la confianza absoluta en el poder humano, podemos decir que algo está cambiando. No se puede poner una fecha exacta, pero los hongos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, Auschwitz, el Telón de Acero, las fotos que el Apolo XI mandó de la luna o Chernóbil, han cambiado para siempre la conciencia del hombre y su relación con el Mundo. No hay duda, y no hay más que ver las distopías al uso, ya sean de zombis, catástrofes naturales o máquinas malvadas sometiendo al hombre para ver que el miedo, la sospecha y la desconfianza en el hombre han llegado a la cultura de masas. A otro nivel, son muchos los científicos que se preguntan si la relación del hombre con el planeta es sostenible. Así, en realidad lo que está sucediendo, como señalaba Romano Guardini, es que “en la conciencia de todos brota el sentimiento de que nuestra relación con el poder es falsa y de que incluso este creciente poder nos amenaza a nosotros mismos”.

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Publicado por:

Armando Zerolo @armandozerolo

en El Debate de hoy @eldebatedehoy