Homenaje a Juan de Mariana en la Catedral de Toledo

Sábado, 16/04/2016 – De 11:30 hasta 17:00 
La jornada constará de tres actos: una sesión de conferencias en la catedral de Toledo, una ofrenda floral en la iglesia de San Ildefonso, y un almuerzo típico en el restaurante Venta de Aires, que se desarrollarán según el siguiente programa:

11.30 Encuentro en la entrada de Catedral Primada de Toledo (calle Cardenal Cisneros, 1).

11.40 Bienvenida y presentación de la jornada a cargo de Juan Ramón Rallo, director del Instituto Juan de Mariana.iu

11:45 Conferencia de Juan Ramón Rallo: «Juan de Mariana y el liberalismo».

12.15 Conferencia de Ángel Fernández: «La escuela española de economía».

12.40 Conferencia de Jesús Huerta de Soto: «Juan de Mariana, los escolásticos españoles y la actualidad de su pensamiento».

13.40 Llegada a la iglesia de San Ildefonso y ofrenda floral ante la tumba del padre Juan de Mariana.

14.45 Almuerzo típico en el restaurante Venta de Aires (Paseo Circo Romano, 35; tlf. 925 22 05 45).

Más información aquí: Instituto Juan de Mariana

Presentación del libro “La monarquía sin corona”, compilación de escritos de José María de Pando

Real Academia de Ciencias Morales y Políticas: El próximo lunes 7 de marzo, a las 19h., tendrá lugar la presentación del libro “La monarquía sin corona” (Lima, Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2016), compilación de escritos de José María de Pando, obra editada por el académico correspondiente peruano D. Fernán Altuve-Febres Lores.

Intervendrán además en el acto el presidente de la Academia, D. Juan Velarde Fuertes, y los académicos D. Marcelino Oreja Aguirre y D. Dalmacio Negro Pavón.

Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. La Casa y torre de los Lujanes (Plaza de la Villa 2-3).

http://www.racmyp.es/prensa/noticia.cfm?id=121

Video: Presentación “Ley de hierro de la oligarquía”

Publicamos para aquellos que no pudieron asistir o que quieran volver a escucharlo el video del coloquio con Don Dalmacio Negro acerca de su último libro “La ley de hierro de la oligarquía”, en Ediciones encuentro, que tuvo lugar el pasado 21 de diciembre en la Universidad San Pablo CEU.

Pinche aquí para verlo: Video coloquio “Ley de hierro de la oligarquía”

Respondió a tres preguntas:

  1. ¿El Estado es bueno o malo?
  2. ¿El concepto de oligarquía tiene un carácter peyorativo?
  3. ¿Cómo son las oligarquías actuales?

Esperamos que resulte de su interés.

¡ATENCIÓN! COLOQUIO 21 de DICIEMBRE

Comunicamos que el acto previsto para el lunes 14

se traslada al lunes 21, a las 16:30,

en la Sala de Audiencias de la Facultad de Derecho de la Universidad San Pablo CEU. Disculpen las molestias y estaremos encantados de contar con su asistencia.cartel.jpg

Votar como participación en un acto de aclamación (Ernst Jünger)

 

Publicamos un texto del pensador alemán, Ernst Jünger, sobre el sentido del votar, del voto en blanco o nulo y de la abstención como forma de participar políticamente.

[Texto extractado de La Emboscadura, Barcelona, 1988, caps. 2 y 3]

Vivimos en unos tiempos en que continuamente están acercándose a nosotros poderes que vienen a hacernos preguntas, a plantearnos cuestiones.

Y esos poderes no están llenos únicamente de un afán ideal de saber. Al aproximarse a nosotros con sus cuestiones, lo que de nosotros aguardan no es que aportemos una contribución a la verdad objetiva; más aún, ni siquiera aguardan que contribuyamos a la solución de los problemas. A lo que esos poderes conceden valor no es a nuestra solución, sino a nuestra contestación a las preguntas que nos hacen. Esta diferencia es importante. Aproxima la cuestión al cuestionario, la interrogación al interrogatorio.

Eso puede estudiarse bien en la evolución que lleva de la papeleta del voto al folio del cuestionario. La papeleta de voto tiene como objetivo verificar unas relaciones numéricas y evaluarlas. Pretende averiguar qué es lo que el votante quiere, y el proceso electoral se orienta a que esa voluntad del votante pueda expresarse con limpieza, sin sujeción a influencias ajenas. De ahí que la votación vaya acompañada también de un sentimiento de seguridad y aun de un sentimiento de poder, tal como corresponde a un acto libre de la voluntad ejecutado en derecho.

[…] El votante en que aquí estamos pensando se acercará, pues, a la urna con unos sentimientos enteramente distintos de aquéllos que experimentaban su padre o su abuelo. Desde luego que hubiera preferido con mucho mantenerse alejado de la urna; ahora bien, en ese alejamiento se hubiera expresado una respuesta inequívoca. Pero también aparece peligrosa la participación, puesto que no debe olvidarse que existe la dactiloscopia, la ciencia de las huellas digitales, y también unos métodos estadísticos muy sutiles. ¿Por qué, pues, votar, es decir, elegir, en una situación en que ya no queda elección?

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España: ¿En serio?

La respuesta que a esta pregunta se da es que, al ofrecerle a nuestro votante la papeleta de voto, se le ofrece la ocasión de participar en un acto de aclamación.

No a todo el mundo se lo considera digno de semejante ventaja – así, en las listas faltarán, sin ningún género de duda, los nombres de los innumerables desconocidos de los que se reclutan los nuevos ejércitos de esclavos. De ahí que el votante acostumbre a saber qué es lo que de él se aguarda. Hasta aquí las cosas están claras. A medida que van desarrollándose las dictaduras, van reemplazando también las elecciones libres por los plebiscitos. Pero el ámbito abarcado por éstos es mayor que el que, con anterioridad a ellos, ocupaban las elecciones. Lo que ocurre es, más bien, que la elección misma se convierte ahora en una de las modalidades del plebiscito.

[…] Pero en los sitios donde el plebiscito se disfraza con la modalidad de las elecciones libres se concederá valor a mantener secreto su carácter de plebiscito. La dictadura pretende de ese modo aducir una demostración no solamente de que se apoya en la mayoría, sino de que el aplauso de ésta tiene al mismo tiempo sus raíces en la libre voluntad de cada cual. El arte del caudillaje no consiste sólo en plantear bien la pregunta, sino, a la vez, en escenificarla bien, en su puesta en escena; y ésta es un monopolio. La puesta en escena tiene la misión de presentar el proceso como un coro avasallador, que mueve a terror y admiración.

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Hasta aquí las cosas parecen clarísimas, aunque a un espectador de cierta edad le resultan desde luego novedosas. El votante se ve confrontado a una pregunta tal, que resulta recomendable contestarla en el sentido deseado por quien la hizo, y ello por motivos aplastantes. Pero la verdadera dificultad está en que al mismo tiempo debe conservarse la ilusión de la libertad. Con ello la cuestión desemboca en la estadística, como en ella desembocan todos los procesos morales que se dan en estos ámbitos. Vamos a ocuparnos en sus detalles con cierto detenimiento. Ellos serán los que nos conduzcan a nuestro tema.

Unas votaciones en las cuales el cien por cien de los votos concuerde con lo deseado es una cosa que casi no plantea ninguna dificultad desde el punto de vista técnico. Ya ha habido casos en que se ha alcanzado esa cifra; incluso se han dado casos en que se la ha sobrepasado, al aparecer en algunos distritos electorales un número de votos mayor que de votantes. Lo que tales incidentes ponen de manifiesto son fallos en la dirección escénica, fallos que no todas las poblaciones están dispuestas a consentir.

En los sitios en que operan propagandistas más sagaces, las cosas se presentan más o menos de la manera siguiente: El cien por cien: una cifra ideal y, como todos los ideales, algo que nunca puede alcanzarse. Pero es posible acercarse a esa cifra – de modo muy similar a como en los deportes cabe acercarse en fracciones de segundo o de metro a ciertos records que también son inalcanzables. Una muchedumbre de cálculos complicados es lo que a su vez determina en qué grado cabe acercarse al ideal.

Resultado elecciones 1937, bajo Stalin

Resultado elecciones 1937, bajo Stalin

En aquellos sitios donde las dictaduras están ya firmemente asentadas, un noventa por ciento de «síes» sería algo que se apartaría demasiado del ideal. No cabe confiar en que a las masas se les ocurra la idea de que en todo diez por ciento se oculta un enemigo secreto. En cambio, una cifra de votos nulos y de «noes» que se moviese en torno al dos por ciento sería no sólo soportable, sino también favorable. Pero nosotros no vamos a considerar ese dos por ciento como algo residual ni a dejarlo, por tanto, de lado. Ese dos por ciento merece que le dediquemos un estudio detallado. Precisamente en los residuos es donde hoy en día se encuentran las cosas, insospechadas.

Resultados elecciones generales España 2011

Resultados elecciones generales España 2011

El provecho que de ese dos por ciento saca el organizador de las elecciones es doble: por un lado, ese dos por ciento otorga curso legal al restante noventa y ocho por ciento de los votos, pues testifica que cada uno de los que votaron de este último modo podría haber votado en el mismo sentido en que lo hizo aquel dos por ciento. Con ello adquieren valor los «síes», se convierten en algo auténtico y que tiene completa validez. Para las dictaduras es importante demostrar que en ellas no está extinguida la libertad de decir «no». Este es uno de los máximos cumplidos que cabe rendir a la libertad.

[VÍDEO: Elecciones en la URSS en 1987. Con urnas, cabinas para voto secreto, posibilidad de tachar el candidato propuesto, votar en contra y escribir el nombre de cualquier persona. ¿Era un régimen representativo?]

La segunda ventaja de ese dos por ciento que estamos estudiando consiste en que mantiene el movimiento continuo del que no pueden prescindir las dictaduras. Tal es el motivo por el que éstas suelen presentarse siempre a sí mismas como un «partido», cuando en realidad eso es absurdo. Si se alcanzase el cien por cien de los votos, se alcanzaría el ideal. Pero esto traería consigo los peligros que siempre van anejos al cumplimiento pleno de algo. También es posible dormirse en los laureles de la guerra civil. En presencia de toda gran fraternización es preciso preguntarse: pero el enemigo ¿dónde está? Tales inclusiones son al mismo tiempo exclusiones – exclusiones de un tercero, de un tercero al que se odia, pero del que no es posible prescindir.

La propaganda ha de recurrir a una situación en la cual, ciertamente, al enemigo del Estado, al enemigo de la clase, al enemigo del pueblo se le han propinado recios golpes en la cabeza y aun se lo ha convertido casi en una cosa ridícula, pero que, a pesar de ello, todavía no se ha extinguido del todo. Las dictaduras no pueden vivir de la adhesión pura, si al mismo tiempo el odio y con él el terror no procuran los contrapesos. Ahora bien, el terror se tornaría absurdo si los votos fueran buenos en un cien por cien; en ese caso el terror golpearía únicamente a hombres justos. Este es el segundo significado que posee el aludido dos por ciento. El es la demostración de que los buenos son, sí, una inmensa mayoría, pero no se hallan enteramente libres de peligros. En cambio, cabe suponer que, en presencia de una unidad tan convicta, solamente una contumacia muy especial puede negarse con su comportamiento a participar en aquélla. Quienes así actúan son saboteadores que utilizan la papeleta de voto -¿y qué hay más sencillo que pensar que tales individuos pasarán a otras formas de sabotaje, si se les presenta la ocasión ?

Captura de pantalla 2015-12-06 a las 17.14.48Este es el punto en que la papeleta de voto se transforma en folio de cuestionario. Aquí no es necesario suponer que vayan a exigirse responsabilidades individuales por la respuesta dada, mas de lo que sí se puede estar seguro es de que existen relaciones numéricas. Se puede estar seguro de que ese dos por ciento aparecerá también, de acuerdo con las reglas de la doble contabilidad, en unos registros diferentes de los de la estadística electoral; aparecerá, por ejemplo, en las listas de nombres de los presidios y de los campos de trabajo, o en aquellos lugares donde es Dios el único que cuenta las víctimas.

Tal es la segunda función que esa diminuta minoría desempeña con respecto a la inmensa mayoría – la primera función consistía, como hemos visto, en ser la minoría la que otorgaba valor, más aún, realidad a la mayoría del noventa y ocho por ciento. Más importante que esto es, empero, lo siguiente: nadie desea que lo cuenten entre ese dos por ciento; ese dos por ciento pone a la vista un insidioso tabú. Al contrario, cada cual otorgará importancia a que se difunda bien difundido que el voto emitido por él ha sido un voto bueno. Y si el individuo en cuestión formase por acaso parte del mencionado dos por ciento, ocultará eso aun a sus mejores amigos. Otra ventaja del aludido tabú consiste en que está dirigido también contra la clase de los que no votan, contra los que se abstienen.

La actitud consistente en no participar en las elecciones es una de las que llenan de inquietud a Leviatán; pero quien es ajeno al asunto tiende a sobreestimar la posibilidad de la abstención.

A la vista de los peligros que la amenazan, esa actitud se esfuma con rapidez. Siempre podrá contarse, pues, con una participación casi total en las elecciones, y no será mucho menor el número de los votos emitidos en el sentido deseado por quien hizo la pregunta.

Conferencia-coloquio Dalmacio Negro

Con ocasión de la publicación de su último libro, “La ley de hierro de la oligarquía”, y la celebración de las elecciones del 20-D, el lunes 14 se celebrará un encuentro con Don Dalmacio Negro sobre “la ley de hierro de la oligarquía”. Le preguntaremos por el Estado, las oligarquías y los partidos políticos, y a continuación se abrirá un coloquio. El acceso es libre hasta completar aforo y el libro se podrá adquirir en la entrada.

Invitacion Minima Politica

Carl Schmitt. “Legalidad y legitimidad”

Carl Schmitt. “Legalidad y legitimidad”. Duncher & Humblot, Argentina, 2002, pp. 129.

Constitución de Weimar

Constitución de Weimar

Por Ignacio Álvarez O’Dogherty.

Basta esta obra que Carl Schmitt publicó con urgencia en el año 1932 para que se puedan observar los problemas que entraña el gran mito político del Constitucionalismo o, dicho de otro modo, del llamado Estado de Derecho. Y es que, a pesar de que sea más de medio siglo el que nos separa del problema constitucional que Schmitt abordaba aquí, nuestras dificultades no han variado desde entonces sino que, más bien al contrario, han abundado ciertamente en la cuestión.

Efectivamente la fecha no es baladí, y esta obra la publica el profesor alemán un año antes de que se legalizara el partido nacionalsocialista en Alemania, llevando un rumbo inesperado a la que entonces había sido la República de Weimar y que pronto se convertiría en el III Reich. Como buen jurista, lo que hace es abordar con detalle el problema que representaba su legitimación, por así decir, dentro del sistema legislativo-constitucionalista, de un partido que podría calificarse de anticonstitucional, como de alguna manera señala aquí Schmitt.

Ahora bien, para ello Schmitt va un tanto más allá a la hora de achacar a este o aquel artículo de una Constitución la premisa de inconstitucionalidad en esta historia para adentrarse en los fundamentos mismos del sistema del Estado legislativo moderno, y lo hace profundizando un tanto en las implicaciones contemporáneas del difícil concepto de legitimidad. Un concepto que, como dice en el prólogo, proviene en origen del Derecho Canónico, en donde no se hace distinción entre “ley” y “legitimidad”, pues son una misma cosa, pero que tras la Gran Contrarrevolución de 1789 se ha convertido históricamente en un problema ambigüo. Es complejo pero concreto, pues, como recuerda Schmitt, la disputa se remonta al momento de la Restauración francesa, cuando se produjo un curioso ensayo de constitucionalismo continental parlamentario en el que tres distintas tendencias interpretaban el fundamento mismo del denominado “orden constitucional” y pugnaban, desde la tribuna hasta en la calle, por hacer valer su “principio” rector.

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El Reichstag en 1933

Es cierto que ya en época de Weimar había llovido desde entonces, pero la problemática originada en Francia seguía estando presente en el constitucionalismo estatal alemán del momento, probando que efectivamente coexistían diversas posibilidades o tendencias dentro de esos llamados “equilibrios” del constitucionalismo weimeriano. No deja de ser complejo e interesante, pues Schmitt creía en las posibilidades de la legalidad constitucional, o al menos se atenía estrictamente a ellas, pero veía al mismo tiempo los peligros instrínsecos del funcionalismo estatista del Estado de Derecho apoyado en la democracia parlamentaria, expresión constitucionalista del principio de la soberanía popular, que inicia la idea de que el voto instantáneo de una mayoría plebiscitaria tiene potencialmente la capacidad de reformar todo y abolir cualquier ley o establecer una completamente opuesta a la misma si así lo requiere.

Schmitt identifica aquí las diferencias opciones “legítimas” que se presentan fuera del proceso normal de promulgación de leyes por medio de las Cámaras en la Constitución de Weimar y las resume en tres: la de la ordenanza presidencialista, la plebiscitaria democrática y la de los derechos especiales reconocidos y protegidos dentro de la misma Constitución -hasta el punto de que éstos últimos pueden llegar a crear, llegado el caso, una “especie de Estado” dentro del mismo Estado. Estos tres forman un conjunto de tres “legisladores extraordinarios” con posibilidad legítima de cambiar la misma Constitución. El problema para Schmitt era que veía cómo ya estas legitimidades habían sido minadas a lo largo de la historia de la República alemana, ya cada vez más desprovistas de sentido dentro de la maraña técnico-funcionalista que iba creando la legislación de un sistema pluralista de partidos cuya gobernabilidad era bastante débil. Dentro de la situación general,  con una Alemania en semejante situación de inestabilidad general, tras reiteradas elecciones a la Presidencia de la República y al Reichstag, numerosas disoluciones de éste en un estado de continua negociación y tránsito, Hitler subiría finalmente a la cancillería justamente en nombre de la legalidad, designado finalmente por el presidente del Reich, Hindenburg que, “defensor de la Constitución”, lo asimiló como parte del proceso constitucionalista.

Al final, la legitimidad iría a liquidarse entonces en nombre de la “legalidad” y por ello Schmitt alegaba que eso significaba precisamente el fin del principio del Estado legislativo, de la teoría pura, ideal, por así decir, del Estado de Derecho. La idea de la Constitución parlamentaria, ya tan maltrecha en la práctica histórica, iría a ser blindada y posteriormente aniquilada por un partido político que ya no toleraría la posibilidad de una reforma, como critica aquí Schmitt, y que iniciaría otra forma ideal del estatismo, el Estado totalitario, que curiosamente, como sabemos hoy, siguió siendo particularmente detallista en todo proceso burocrático legalista. Los funcionarios, y con ello concluye Schmitt, por lo general no hicieron más que aceptar la legalidad del Führer.

“La ley de hierro de la oligarquía”. Dalmacio Negro

Dalmacio Negro “La ley de hierro de la oligarquía”. Ediciones Encuentro, Madrid, 2015. 96 pp. 10€.

NOVEDAD

En este breve ensayo Dalmacio Negro expone con claridad una de las leyes condicionantes de lo político: la ley de hierro de la oligarquía. Según esta ley toda forma de gobierno, ya sea democrática, aristocrática o monárquica, tiende a estar dominada por un pequeño grupo. Es ley de la política y ley del comportamiento humano, y reconocerlo un humilde ejercicio de realismo político.

La verdad de la política es la libertad colectiva y la cuestión capital es quién la posee. Lo más probable es que la posean solo unos pocos protegidos legalmente por el sistema político, pero también es cierto que el gobierno se asienta sobre la opinión, y esta, eso sí, depende de la mayoría. Por lo tanto, el juego político siempre ha consistido en un equilibrio entre el gobierno y la opinión, y la actitud política más saludable es la crítica racional.utopia

Reducir la cuestión política a sistemas racionalistas por los cuales todos gobiernan el todo es una falta de realismo que lleva a la negación de lo político y al fortalecimiento de las oligarquías. Por un lado se neutraliza la crítica y, por otro, se blindan las élites.

La ley de hierro, asegura Dalmacio Negro, tiene la ventaja de que “desenmascara los mitologemas mediante la desilusión y descalifica o ridiculiza las pretensiones del pensamiento político y de la política que no se atienen a lo concreto y agible en el momento presente, a la realidad histórica”. En efecto, en política es bueno lo que es posible, y lo imposible, indefectiblemente, lleva al peor de los desastres. El siglo XX ya ha visto demasiados sueños de la razón puestos en práctica, y muchos líderes llenos de grandísimas ideas, pero como aseveraba Hölderlin, “el paraíso en la Tierra es el Infierno”.

La ley de hierro, empero, tiene dos inconvenientes. El primero es que imposibilita las teorías universales y fuerza a la prudencia política a adecuarse a la realidad concreta. Significa renunciar a los grandes sueños, a la claridad de los sistemas, y al optimismo ingenuo, para doblegarse ante la realidad. La realidad no es necesariamente negativa, pero tampoco es tolerante con el capricho de los sueños. El segundo inconveniente es que, si se lleva hasta sus últimas consecuencias se puede llegar a la conclusión de que el poder es malo. Esto es peligroso, y está en la base de la mayoría de los sistemas liberales que nacieron en el siglo XIX. Supone que, en definitiva, la libertad del hombre es peligrosa porque su poder es malo y porque la razón del hombre es incapaz de conocer el bien y la verdad. Pero la ley de hierro de la oligarquía no nace de una postura escéptica, sino de un desvelamiento de la realidad política tal cual es.partidos

El ensayo, aunque recorre las ideas de los grandes pensadores de lo político, es de gran actualidad porque se detiene en el que es uno de los principales problemas de nuestro momento: los partidos como expresión de una forma particular de oligarquía. Así, para Dalmacio Negro, ”el meollo de la cuestión radica en cómo impedir o mitigar que los que mandan, no sólo los partidos (aunque sean de notables, como los liberales y conservadores del siglo XIX), se comporten oligárquicamente respecto al resto de la sociedad o sean meras correas de transmisión de los intereses, deseos, sentimientos, incluso caprichos, de las oligarquías sociales”. No se pueden eliminar las oligarquías, pero sí encontrar regímenes políticos que sean más capaces de mitigarlas y controlarlas que otros.

Las utopías, y el profesor Negro hace un recorrido interesante por las más importantes de nuestros tiempos, en cuanto que irreales, se muestran incapaces de tratar seriamente el problema y dejan, por tanto, a las oligarquías operar libremente y enquistarse en la sociedad hasta agotarla. “En conclusión, escribe el autor, el gobierno perfecto, el régimen perfecto, la Constitución perfecta, la Ciudad ideal, el fin perseguido por la religión democrática como trasunto político de la Civitas Dei agustiniana, es una utopía. Los gobiernos serán siempre oligárquicos.

 

“Los dioses de la Revolución” Christopher Dawson.

“Los dioses de la Revolución”. Christopher Dawson. Madrid, Encuentro, 2015. 214 pp.

Armando Zerolo Durán

USP-CEU Madrid

Acaba de publicarse por primera vez en español un opúsculo de Christopher Dawson en una cuidadísima edición y traducción a cargo de Jerónimo Molina.

El ensayo, como todas las obras de Dawson, es claro, bien documentado y muy ameno. Su tesis es que toda civilización tiene un sustrato religioso, lo quiera o no. La Revolución Francesa se presta a un “case study”, como dirían los compatriotas del autor, pues es un buen ejemplo de cómo actúa lo religioso en la política. En la Revolución las ideas religiosas, después de la sequía racionalista de la Ilustración, actuaron como alma y fuerza de las grandes sacudidas del fenómeno revolucionario. Dawson tiene el interés de desvelarnos que, cuando lo religioso no encuentra su cauce trascendente y, por tanto, se politiza, acaba convirtiéndose en una religión secular.revolucion francesa

La revolución protestante y una de sus secuelas, el calvinismo, produjeron una serie de convulsiones políticas a lo largo de los siglos XVI y XVII que tuvieron por efecto un auge de los nacionalismos y de las religiones particulares. Configuraron poco a poco un modo de entender la política en el que todo dependía del poder político, dejando poco espacio a lo imprevisible. Territorio, religión y salvación eran un todo fuera del cual era difícil encontrar sentido a la vida. La Ilustración quiso acabar con estas “supersticiones” introduciendo un modo “científico” de organizar la vida. El S.XVII y parte del XVIII vio nacer un entusiasmo por la razón y los modos racionalistas de organizar la vida. Dios era un mecánico perfecto que diseñó una máquina sin fallos. El hombre podía hacerse con los mandos y dirigirla con el uso exclusivo de su inteligencia técnica. Se podía recomenzar la historia abandonando las viejas creencias góticas y partir de una naturaleza humana, “tabla rasa”, para construir el nuevo edificio humano, inmanente y secular, “racional”. Pero la historia demostró que estos planteamientos dejaban demasiadas cosas fuera y que la vida, en efecto, se convertía en algo insoportable. Pronto llegó el aburrimiento político y fue fácil despertar de nuevo el fervor con las religiones seculares. La Revolución Francesa llegó para dar respuesta a los anhelos religiosos del hombre y los “ciudadanos” dejaron que les pastoreasen sin escrúpulos.

El centralismo y la mano férrea de Luis XIV habían conseguido organizar eficazmente el territorio y crear una forma de gobierno útil, pero tal concentración de poder en una sola persona solo era sostenible por alguien con una energía excepcional que, en el éxito indiscutible de su poder, encontraría también la causa de su fracaso. “La aristocracia más orgullosa y antigua de Europa –escribe Dawson- cuyo origen se pierde en la historia, es un árbol podrido que se lleva por delante la primera ráfaga de la tormenta”. Los católicos independientes son pocos y la Iglesia francesa es una rama entre otras, y no Luis XVIprecisamente la más vigorosa, del grueso tronco del absolutismo. La sociedad dirigente, según imágenes usadas en la época, “baila al borde de un volcán” o “anda sobre una alfombra de pétalos de rosa al borde del precipicio”. Su inconsistencia e irresponsabilidad les hace ser perfectamente inconscientes de su situación y de la de su país. La Revolución no tendrá por qué ser un viento huracanado para arrasar el viejo edificio carcomido, bastará un suave soplo para que la estructura colapse.

El nuevo orden social no podía fundarse en los viejos cimientos del Antiguo Régimen y buscó en el entusiasmo religioso de las religiones seculares el impulse y el material para la reconstrucción del edificio. “La Declaración de los Derechos del Hombre, credo oficial de la Revolución francesa, le proporciona al descontento político y económico del pueblo francés una fundamentación filosófica o, mejor, teológica, en la que basar un nuevo orden social”. La Asamblea Nacional ya empezada la Revolución, busca unir al rey y la religión con la Nación, el nuevo concepto político, en una refundación total de la Iglesia nacional. Claro está que, como toda religión, tendría que tener su propio credo. Según Dawson, “su credo es la declaración de derechos y su evangelio El contrato social [Rousseau], desarrollando gradualmente un culto regular que tiene su centro en el Altar de la Patria, el Árbol de la Libertad, el Libro de la Constitución, y que se aplica a abstracciones deificadas como la Razón, la Libertad, la Naturaleza y la Patria. […] Como el cristianismo, se trata de una religión de salvación, la salvación del mundo por el poder del hombre liberado por la Razón. La Cruz es sustituida por el Árbol de la Libertad, la Gracia de Dios por la Razón del Hombre y la Redención por la Revolución”.revolucion francesa ii

El 21 de enero de 1793 Luis XVI muere en el cadalso y la Revolución se precipita en su segunda fase, la del Terror, y se propone llevar hasta sus últimas consecuencias los sueños de la razón. El Estado vuelve a los modos centralistas del absolutismo y Robespierre convierte el gobierno en una dictadura de guerra, pero de guerra civil religiosa, que es la peor de las guerras. Es la guerra de la libertad contra sus enemigos, es la Nación que se defiende de los “pecadores”, y en definitiva, es una guerra contra las conciencias en la que, obviamente, pierden todos. Según Dawson, “nunca ha habido un papa tan resuelto a resuelto a reivindicar la supremacía del poder espiritual como el papa de esta nueva iglesia”. Así, “la vieja religión periclita con el viejo Estado, de modo que es necesario darle una forma concreta y orgánica al ideario espiritual del nuevo orden”. La misión del espíritu de la Revolución, encarnado en el pueblo, es la moralización del Estado para que, de una vez por todas, el buen hombre y el buen ciudadano se unan en la perfecta armonía de la Naturaleza, ideal pagano de la salvación.

Rémi Brague. “La vía romana”

Rémi Brague “Europa, la vía romana”, edición preparada por Juan Miguel Palacios. Madrid, Gredos, 1995, pp. 147.

Ensayo escrito en 1992 y traducido al español en 1995  en una cuidada edición de Juan Miguel Palacios, ha tenido un formidable éxito internacional y numerosas críticas y observaciones. No cabe duda de que es ya un clásico contemporáneo y de que su autor es uno de los personajes culturales de referencia.via romana

No obstante su merecida fama, son muchos los que lo han criticado y sospechamos que pocos han podido comprender la verdadera naturaleza del ensayo. No se trata de un compendio de derecho romano ni de una historia de la civilización occidental, sino que es un ejercicio modesto y atrevido sobre el sentido de la historia europea. Como Ranke y otros grandes del pensamiento histórico, entiende que Europa se ha jugado siempre su destino en la tensión entre lo temporal y lo espiritual: “Europa –señala Brague– ha de seguir siendo, o volver a ser, el lugar de la separación de lo temporal y lo espiritual, más aun, de la paz entre ellos”. Europa se ha configurado históricamente por la polaridad entre religión y política, Iglesia y Estado, Papado e Imperio, etc., y esto es lo que la ha hecho original y rica, como ya antes señalara Luis Diez del Corral en el clásico “El rapto de Europa”.

Uno de los aspectos que hacen más interesante el libro es el de señalar que Europa hoy debe volver a ser el lugar en el que acontezca la fecunda relación entre religión y política y, lo que es aun más importante, porque está cambiando el paradigma establecido en la modernidad tan claramente formulado por Hobbes. El Estado, por agotamiento histórico, ha dejado de ser el mediador entre lo espiritual y lo temporal y, de un modo alarmante, vemos surgir con fuerza nuevas religiones seculares que concentran en un solo polo religión y política. La confusión de los términos puede ser oriental, puede ser pagana, puede ser antigua, pero no puede ser europea, o Europa dejaría de ser lo que es. Europa se ha hecho y vive por la tensión polar entre el poder espiritual y el poder temporal. Es una polaridad que genera tensión y movimiento. Si se rompe, entonces se corta de raíz la riqueza cultural que mantiene viva a Europa.

Rémi Brague atribuye esta particularidad europea al genio romano, porque Europa no es solo Atenas y Jerusalén, también es Roma y principalmente Roma. No por sus ideas ni exclusivamente por su derecho (original y extraordinaria creación romana), sino por su actitud, porque para Brague Roma es, sobre todo, una “actitud”. Roma fue capaz de hacer suyos contenidos de otros y transmitirlos. “La estructura de transmisión de un contenido que no es suyo propio, he aquí, justamente, el verdadero contenido.” Roma se entiende como continuadora de Grecia y conquistadora de bárbaros, es decir, menos que Grecia y más que los “otros”. Y en este “menos y más” Roma avanza por el espacio y por el tiempo formando una realidad histórica única, una civilización. imperio romano

“Los romanos no han hecho sino transmitir, pero esto no es poca cosa”. Algunos esto lo han entendido como hacer de menos a Roma, cuando en realidad lo que está diciendo el autor es que, en términos cristianos, la humildad, “hacerse humus”, es la verdadera potencia humana. Hacerse menos para que algo, otra cosa, germine en nosotros y se haga árbol. Roma tuvo esta virtud y pudo transmitir y crear una civilización, la europea, mientras que Grecia, por ejemplo, murió de rigidez. Por eso afirma Brague que “en el mundo cristiano el fenómeno de la secundariedad se encuentra en la relación con lo Absoluto y me parece –dice el autor- que la secundariedad es la que, a este nivel fundamental, singulariza a Europa”. Esta es la “vía romana”, el camino de la secundariedad, la actitud humilde que ha generado a lo largo del tiempo a Europa y lo que le ha permitido entrar en contacto con otras culturas impregnándose de ellas hasta un momento dado en el que parece que se empiezó a desgastar esta idea. El siglo XIX vio aparecer la primacía de Europa, y con ella el mal llamado “imperialismo cultural”, el colonialismo, las dos Grandes Guerras y la rigidez cultural de un continente que se ha vuelto viejo. “El sueño de la filología era el de hacernos volver a ser griegos. Tal sueño se ha realizado. Pero de manera irónica. Hemos querido saltar por encima de los romanos para llegar a ser nosotros mismos los modelos de cultura (…) Nos hemos vuelto así bárbaros, y no ya bárbaros helenizados, sino griegos barbarizados, sólo conscientes a medias de su propia barbarie”.embarazada

La pregunta histórica es, pues, si la modernidad ha supuesto un peligro para Europa. La respuesta está en otra pregunta que se hace el autor de modo polémico: “¿Somos aun romanos?”. El peligro está en la pérdida de potencial que ha configurado Europa y en la creencia de que la universalidad de la que ella es portadora sea “una particularidad local válida sólo para ella y que no tiene que extenderse a otras culturas”. Europa debe recordar la dignidad de la verdad que porta en su seno, y la “indignidad respecto de aquello de lo que ella no es más que mensajera y servidora”.

La tesis de Brague no es, por tanto, la de la dialéctica del progreso (o la involución), sino la de una verdad histórica mucho más aguda: “la Antigua Alianza no es un pasado del que nos alejaríamos, sino un fundamento permanente”. Europa es (y debe seguir siéndolo) una tensión polar entre lo temporal y lo espiritual.

Armando Zerolo Durán

Profesor Derecho y Ciencia Política USP-CEU

Leopold von Ranke. “Sobre las épocas de la Historia moderna”

Ranke - portada CEPCLeopold von Ranke. “Sobre las épocas de la Historia moderna”, edición preparada por Dalmacio Negro Pavón. Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2015, pp. 448. 

Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo

Es muy claro que el hombre de hoy, nosotros, tenemos por lo general un gran problema con la cuestión de la comprensión o explicación de eso que llamamos Historia, así, con mayúsculas. Parece como si no hubiésemos hecho otra cosa que heredar una pesada carga de los antepasados, una especie de legado descomunal que exige de un gran esfuerzo ya sólo para poder comprenderlo y en nuestras manos se jugase, además, el destino de las próximas generaciones. A ello podemos decir: no es del todo cierto, no es del todo falso.

La línea que separa un extremo de otro, por así decir, resulta confusa para muchos de nosotros y, sin embargo, solo empieza a trazarse cuando se enfoca partiendo de una respuesta muy personal, pues la historia, así como el poder, son fenómenos específicamente humanos, como diría Guardini, y ambos parece que se nos han vuelto problemáticos.

Corona Carlomagno

Famosa corona de Carlomagno

No en vano han de relacionarse poder e Historia, pues el dualismo existencial en el que estamos normalmente envueltos procede en buena medida de una maraña tejida entre ambos. Se ve muy claramente cuando se dice aquello de que “el hombre hace la Historia”, participado o entregándose a ella, como hacía Calígula en la obra teatral de Camus en un apoteósico final. Ahora bien, la Historia no es ningún bicho, no es un monstruo devorador ni algo así como un potro salvaje que cabalgar; estrictamente hablando, la Historia es lo que ha sucedido, son los hechos ocurridos, y el hombre no hace más que vivir en la Historia, estar en medio de ella. Posee de suyo una riqueza inabarcable, no circunscrita a reducciones de distinto tipo: “no se deja encasillar en adagios proféticos, ni respecto al pasado ni respecto al futuro; y menos aún según fórmulas matemáticas. No pertenece ni a Nostradamos, ni a Karl Marx, ni a los algebristas” dice en un escolio D. Dalmacio Negro.

Y es que el problema en este sentido se abre cuando, por ejemplo, nos hacemos la pregunta acerca del sentido de la Historia, que es perfectamente legítima, pero que, precisamente por ese fallo de querer entender la Historia en un sentido absoluto, casi como concepto, cae en el primero de los errores  de método histórico como es el historismo, que no hace sino tratar de sacar una idea, eîdos, de un época o momento. Una especie de búsqueda de la forma, Gestalt, de ciertos conjuntos históricos (el primero quizás en haberse hecho esta pregunta fue el famoso monje tardomedieval Joaquín de Fiore, cuya pregunta tuvo consecuencias verdaderamente insospechadas y tremendamente actuales). Y tras él, ante la pretensión de que esa Historia nos llevase a alguna parte más adelante, ante ese eîdos siempre por llegar, podemos darle una coherencia interna al conjunto, explicando el camino trazado o a trazar mediante el historicismo, cara de la misma moneda que el historismo.

Leopold_von_Ranke

Leopold von Ranke

Y de este modo es cierto que para una solución a la pregunta del poder del hombre en el mundo cabe empezar, cuanto menos, por darle un enfoque adecuado, y para ello un historiador muy recomendable, librado además de la Gestalt romántica de su época, muy pegado a lo político y a sus necesarias tensiones, es Leopold von Ranke.

Este Sobre las épocas de la Historia moderna constituye una sorprendente síntesis, un resumen en muy pocas páginas, de la historia de Europa desde sus orígenes romanos hasta la época de las Revoluciones norteamericana y francesa, pasando por el desarrollo del Imperio en la Edad Media, la Querella de Investiduras con el Papado, las rupturas de los poderes temporales con el poder espiritual, el alzamiento de las Monarquías estatales y la Reforma protestante. El historiador alemán cuenta con el rigor de los acontecimientos cómo se ha ido orquestando esa polifonía política que es Europa, de la que siempre decía que era un Estado de Naciones. Lo hace centrado en su clave política, sabedor de que la tensión con el poder espiritual forma parte precisamente, se entienda o no, de su naturaleza. Así confiesa, por ejemplo, en conversación con su discípulo el Rey Maximiliano II de Baviera, para quien fueron impartidas estas lecciones, que la tensión fundamental en el momento de entonces, mediados del s.XIX, se jugaba entre los principios del legitimismo monárquico y el de la soberanía popular, alertando asimismo de los peligros de las nuevas religiones de la política: “de lo único que hay que pedir a Dios que nos guarde es de las revoluciones sociales”.

La clave de Ranke es su conjugación de las ideas que imperan en un momento de la Historia junto con las fuerzas vitales que las encarnan, de eso que llama las tendencias históricas, que conviven unas y otras en un mismo tiempo, e individuos que actúan en el mundo conforme a ellas. Así el Estado, por ejemplo, es una estructura de carácter histórico -y, por cierto, muy cristiana- que arrastra consigo, como estructura política, una serie de ideas o concepciones del mundo que también le sirven de sustento. Por eso resultan interesantes al mismo tiempo las numerosas notas de esta nueva edición reeditada por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, con las que Dalmacio Negro y su explicación del Estado va contrastando el discurrir histórico narrado por el alemán. Unos apuntes que remiten por otra parte precisamente a su libro Historia de las formas del Estado.

Orbis terrarum 2

Es tan cierto que hoy lo político ha sido ya tan indiscutiblemente sustituido por lo “social” (muchos se sienten “cansados” por ello) que resultan esclarecedoras y muy gratificantes obras como la de Ranke, centradas en la historia de lo puramente político, en sus connaturales tensiones con lo espiritual y en ese misterio contenido en eso que llamamos el carácter de los pueblos. Porque la Historia no debe cansar, sino a lo sumo enseñar e inspirar, pues la respuesta es de cada tiempo, en medio de las nuevas tendencias, que pueden llegar ser tan omnímodas y aniquiladoras de lo humano como el propio pasado reciente ha podido demostrar.

Coloquio sobre el “Individuo sin individualidad”. Capograssi.

Coloquio sobre el libro de Giuseppe Capograssi, El individuo sin individualidad, recientemente editado por Encuentro, que tendrá lugar el

 jueves 8 de Octubre, a las 19.30 h,

en la Sala de Juntas de la Facultad de Derecho de la Complutense (nada más entrar en el hall principal, a la izquierda).

Coordinado por Ana Llano y Armando Zerolo, ambos profesores del área de Filosofía del Derecho y socios de Universitas, contará con la presencia de:

– Juan José García Norro, Catedrático de Metafísica y Teoría del Conocimiento en la

Universidad Complutense de Madrid

– Prado Esteban, Educadora infantil y escritora comprometida con los derechos de la mujer

– David Blázquez, Director de Programas de “Aspen Institute” en España

En muy pocas y lúcidas páginas, El individuo sin individualidad describe nuestro tiempo como “una época de desaparición del yo” y, tras sostener que recuperar la individualidad es “el único problema de nuestra historia”, concluye: “cuanto más aumente el número de individuos… que lleguen a redescubrir y custodiar su corazón… más crecerán las posibilidades de salvación”.

Esperamos que sea de su interés.

“Cartas del lago Como”. Romano Guardini

“Cartas del Lago Como”. Romano Guardini. Eunsa, Navarra, 2013, 119pp.

“Querido amigo: ¿recuerdas aquel atardecer, allá, a orillas del bosque, donde las águilas posaban su nido? De vez en cuando se deslizaban fuera hacia el cielo azul. Nuestra vista las seguía en su vuelo circular; toda nuestra vida íntima afluía a los ojos y, empujada hasta allí por la fuerza de un impulso claro y vibrante, asomaba todo nuestro ser a la plenitud del espacio”lago como

Así empezaba la primera carta que Romano Guardini escribió a un amigo suyo y que dio origen a un intercambio epistolar que duraría más de dos años. Ya se pueden ver esbozadas sus grandes preocupaciones y las grandes ideas que luego tomarían forma en “El ocaso de la Edad Moderna” y “El Poder”. En el precioso entorno del lago Como Guardini reflexiona sobre la relación que tiene el hombre con la naturaleza y con su propio destino. Con un lenguaje sencillo, dirigido a un amigo, observa con sus propios ojos un mundo que se perdía y otro que aparecía. El juicio histórico era inevitable y desde entonces sería su preocupación constante, ¿a dónde vamos? ¿qué estamos perdiendo por el camino y qué estamos ganando?

La cultura, tal y como se había concebido durante siglos, “vivía en estrecha dependencia de la naturaleza, y ésta se hallaba ligada vitalmente al mundo de lo humano”. Los pueblos pequeños se integraban en la naturaleza, y los campos de cultivo y los modos de vida del hombre se identificaban con el paisaje como viva imagen de una cultura humana y natural. Pero todo esto, constataba Guardini, “está a punto de perecer”: “me doy perfecta cuenta que va a surgir un mundo en el que el hombre no podrá ya sobrevivir, un mundo deshumanizado por doquier”.

La técnica, que aparecía a sus ojos como una ruidosa motocicleta quebrando el silencio del valle, o como una chimenea que rompía la silueta dominante de un viejo campanario, o un ruidoso barco partiendo en dos el espejo del lago, marca el inicio de un nuevo mundo, de una cultura que ya está estrechamente vinculada a la naturaleza, “se han quebrado los lazos que nos unían a ella”. Preguntaba a su amigo: “¿te das cuenta que con esto se ha perdido algo decisivo?”.

Pero inteligentemente ya veía que, en el fondo, toda cultura supone una distancia con lo inmediato y, por tanto, con la naturaleza, porque “toda cultura exige un precio que consiste en la renuncia a la vitalidad espontánea, a la realidad viviente”. Aunque se paga con sangre, como dice Guardini, el hombre es incapaz de renunciar a profundizar en la esencia de la realidad, avanzando en un doloroso camino hacia lo universal (tema que desarrollará en “El Contraste”). El paso es decisivo porque le desvincula de lo viviente, de lo real y concreto, porque lo abstracto y lo conceptual no son espíritu, no tienen vida. Conocemos mediante conceptos, y los conceptos no tienen vida, “lo que el concepto es para el conocimiento de las cosas, el mecanismo, el instrumento, la máquina lo son para una empresa práctica”. “La máquina, escribe Guardini, es un concepto de acero”. Toda cultura es un camino de abstracción, siempre ha sido así, pero el impulso que ha recibido en la modernidad, animado por la técnica, ha desplazado definitivamente el equilibrio entre naturaleza y cultura, dejando a este última en un lugar marginal.hombre máquina

La pregunta, entonces, es radical: ¿a dónde vamos? Una posible respuesta es hacia la aniquilación del hombre por la máquina (basta ver el sinfín de películas apocalípticas sobre el fin del hombre). Guardini no se conforma con esta respuesta y plantea otra pregunta: “¿En medio de este mundo caótico se esconde un nuevo orden? ¿puede la vida permanecer floreciente en medio de este sistema?”.

Dando por hecho que la gran rueda de la técnica ha destruido, o pronto lo hará, todas las relaciones naturales del hombre con su entorno, Guardini piensa que “el hombre deberá tomar en su vida como punto de partida y de apoyo todo lugar en que se revele el nuevo orden marcado por las fuerzas liberadas”. “Perdemos irremisiblemente la batalla por la cultura viviente si queremos permanecer en las primitivas posiciones de otros tiempos, y sentiremos un profundo desconcierto frente a la cultura antigua”. “No debemos oponernos a todo lo nuevo esforzándonos por conservar un mundo de infinita belleza que está a punto de perecer. Ni, por el contrario, debemos esforzarnos en crear un mundo nuevo, impulsados por un afán quimérico, al margen de la realidad”. El tiempo que nos ha tocado vivir es el suelo sobre el que podemos crecer, no otro, ni pasado ni quimérico, solo presente. Y lo que somos cada uno de nosotros se mide exclusivamente en la actitud que tenemos ante el tiempo.

No es una renuncia, es un reto. La técnica no es mala ni anticristiana. “La ciencia, la técnica y todo cuanto procede de ambos ha sido posible gracias al cristianismo”. Solo el cristiano, dice Guardini, puede librarse de los lazos de la naturaleza, y solo un hombre así, verdaderamente libre, puede “adoptar una resolución tan extrema que lo ha de conducir a dominar la ciencia moderna (este es el tema de “El Poder”). El reto que se nos presenta, y que exige del hombre un ejercicio de libertad como nunca antes se había presentado,  es el “conquistar el dominio de estas fuerzas desencadenadas para forjar con ellas un orden nuevo, profundamente vinculado al hombre”.chagall

Dado que la cultura auténtica no se arraiga en el saber, sino en el ser, no se trata de que el hombre contemporáneo “sepa” más, sino de que “sea” más., de que sea profundamente él. El centro de gravedad, hoy, se encuentra en la persona, es una realidad histórica, y “para encumbrar al individuo hasta ese rango, lo cual constituye el espíritu de los tiempos nuevos, ha sido preciso sacrificar la verdadera cultura”. El individuo es nuevo porque nuevo es su contexto, radicalmente nuevo, tanto, que debemos empezar a hablar sin miedo de una nueva época. Esto produce desconcierto, pero es evidente que hemos abandonado ya hace tiempo el mundo de ayer y que hemos de pensarnos en el nuevo presente. “Tengo la persuasión, dice Guardini, que se está elaborando un nuevo tipo común. Diferente del de la antigüedad; diferente del de la Edad Media, y fundamentalmente diferente del que correspondía al Humanismo, Clasicismo y Romanticismo. Este nuevo tipo está en armonía con aquel nuevo orden de cosas del que hemos hablado ya, en consonancia con aquel nuevo plano de profundidad abierto en lo más íntimo del ser humano (este es el gran tema de “El ocaso de la Edad Moderna”).

Ni en sus cartas, ni en sus escritos, da una solución, porque no la hay, porque el único reclamo que nos hace el presente, es responder personalmente a las circunstancias particulares. Ve que una nueva vida empieza a brotar en el hombre, nada más, y ve que sería insensato ahogarla en lágrimas de lamento. La última carta acaba así: “La historia, partiendo de sus orígenes sigue su curso, y hemos de estar preparados, poniendo nuestra confianza en lo que Dios hace y en las fuerzas que Él ha depositado en nosotros y cuya actividad sentimos”.

Eric Voegelin. “La nueva ciencia de la política”

Portada VoegelinEric Voegelin. “La nueva ciencia de la política”. Buenos Aires, Katz editores, 2006, pp. 234. 

Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo

Tremendo el esfuerzo de síntesis que el profesor Voegelin realiza en esta obra que aglutina una serie de conferencias dadas por él a comienzo de los años 50 en una fundación norteamericana en Luisiana. Tremendo también por la claridad con la que expone un tema no siempre fácilmente explicable ni cognoscible hoy día, como es el de acercarse a la base, sustrato o sustancia fundamental sobre la que se orienta y asienta la política moderna, la política de nuestros días.

Voegelin es un hombre profundamente marcado por su tiempo. Cuando tendría unos treinta años, vio a su país transformarse por la ascensión del nacionalsocialismo, poco a poco contemplaba como símbolos de cruces gamadas, brazos alzados, movimientos de masas y discursos enfebrecidos con promesas mesiánicas acompañaban el alzamiento de un país antes de salir a la guerra; el movimiento de una Nación entera en aras de algo que trascendía a la mera política per se.

Faraón coronado con los dioses

Faraón como ejemplo de alguien a la altura de los dioses tras su coronación

Para este alemán la premisa es de nuevo la misma: no hay política sin religión, no se da lo profano sin lo sagrado o, en términos más cristianos si se quiere, no se entiende lo temporal sin lo espiritual. El trasfondo y la investigación van en este sentido. De esta manera, para lograr una mirada justa sobre la política, para no quedar en meros análisis geoestratégicos en los que gana el más fuerte, la voluntad de poder, hay que parar mientes para ir más lejos. Esa anchura y profundidad que ha constituido al mismo tiempo la crítica más radical a la política, lo que más ha podido desvencijarla en partes, ha sido la revolución ascética de la antigüedad. Así, siguiendo un poco el pensamiento de Jaspers, por quien se ve influido, Voegelin afirma que el momento crucial de la humanidad, ese ‘tiempo eje’ sobre el que se expanden los límites de lo humano y, por ende, de lo político, tuvo lugar sobre todo cuando se produjo en la historia la máxima dilatación del alma humana, la amplitud de las dimensiones de lo espiritual, la apertura del hombre su profundización de la trascendencia. Algo que empieza concretamente en tiempo en el que, como si de un “cajón histórico” se tratase, confluyen a la vez, entre los siglos IV y IX a.C., los filósofos griegos, Confuncio y Lao-Tsé, los uphanishads hindúes, Buda y los profetas de Israel.

Coronación del emperador japonés en 1928

El traje de coronación del emperador japonés Hirohito, fiel a su tradición de instrumento divino aún en 1928

La serie de charlas en que consiste este libro fueron dadas por el profesor alemán dentro de un ciclo denominado “Verdad y representación”, que hacen justa mención a las dos ideas fundamentales que estructuran todo el discurso: por un lado, la verdad como conocimiento auténtico y libre de la trascendencia como realidad de realidades del hombre en este mundo, y por otro, la verdad que representa la política, basada siempre en una concepción determinada de lo divino, esto es, en una idea del cosmos, que el gobierno ha de afirmar, custodiar y representar. Son dos conceptos que no es que hubieran de estar enfrentados en la antigüedad sino más bien al contrario, intentaban ir de la mano en todo momento. Tal es el caso prototípico de la famosa realeza divina, del rey-sacerdote como eje del universo (axis mundi), en el que vemos a la persona del monarca intentando encarnar lo sagrado en sus actos, decisiones o incluso su vestimenta, poniéndose a su servicio como el mejor de los instrumentos posible; o todavía por ejemplo el paradigma de la tragedia para el antiguo mundo heleno, en el que ésta servía, no como un medio de distracción, educación o esparcimiento ocasional en la vida de un griego, sino como el lugar de la catarsis de todo un pueblo y sus gobiernos frente a su común destino; el lugar en el que la conciencia humana se actualizaba en tiempos de paz.

Soteriología política

A pesar de todo, señala Voegelin, hay que considerar que si la primera separación entre la verdad representada por la política como cosmología y la verdad natural-antropológica dio comienzo con ese nuevo tiempo-eje que sacudió los cimientos existenciales de la mitología antigüa y su política, en ese largo y único periodo de desarrollo de la conciencia humana, la desdivinización del mundo acometida por el cristianismo fue y ha sido sin embargo, para el enfrentamiento entre la idea de “verdad” y la de “representación”, la revolución de las revoluciones. Pues es cierto que este enfrentamiento entre la “verdad” de la filosofía y la “representación” política alcanza un auténtico e inesperado punto álgido de inflexión durante aquellos primeros siglos de experiencia cristiana y las consiguientes andanzas de los primeros cristianos frente a una de las doctrinas políticas representativas más sólidas de la historia, como era la del imperium romano.

Emperados Constantino en una imagen alegórica

Emperador Constantino en una imagen alegórica sobre la conversión futura del Imperio

La Fe en Jesucristo inaugura así, primero, una nueva consciencia en el hombre consistente en una reciprocidad efectiva y operativa con un Dios personal que le lleva más allá de sus límites y, después, somete a la política a una transformación insospechada, sacándola del primer plano para ponerla en relación con la Ciudad de Dios en la Tierra que sería la Iglesia, cuya misión es en buena medida la de preservar y colaborar en pro de la verdad del hombre y de su destino, en una continua tensión escatológica consecuencia de los “nuevos cielos y la nueva tierra” (Ap 21). Es este nuevo eskathon cristiano el que ha introducido un nuevo tipo de verdad que es muy particularmente destacada por Eric Voegelin en toda su obra: la verdad soteriológica, referente a la salvación del hombre aquí y en el más allá, caracterizada por esa desaprensión humana y radical compromiso divino que constituyen la Fe en un Dios personal y Trinitario.

El error en que caen muchos estudiosos contemporáneos como el mismo Jaspers, es olvidar que este tipo de conocimiento divino y humano soteriológico es el que ha transformado el alma humana, su destino, su historia y, por ende, también a la política contemporánea, rebosante en todos sus poros de esta soteriología que, lejos de la Fe custodiada por la Iglesia, fuera de la razonabilidad del método cristiano, se convierte en una derivación del espiritualismo gnóstico. Tanto es así que Voegelin describe la Reforma protestante como el triunfo político del gnosticismo y su propaganda, la “invasión exitosa de las instituciones occidentales por parte de los movimientos gnósticos”. No hay más que leer un extracto del prototipo del santo puritano que realiza un sacerdote anglicano del s. XVI citado por Voegelin para darse cuenta de hasta qué punto este gnosticismo y su embate político protestante no han perdido ninguna actualidad

Protestante predicador

Un defensor de la ‘causa puritana’

Para apoyar su ‘causa’ (…) formula severas críticas a los males sociales y, en particular, a la conducta de las clases superiores. La frecuente repetición de este acto irá conformando la opinión de los oyentes de que los oradores deben de ser hombres de singular integridad, celo y santidad, ya que sólo los hombres que son singularmente buenos pueden sentirse tan indignados con el mal. El siguiente paso será la concentración de la indignación popular ante el gobierno establecido. (…) Al mismo tiempo, muestran cuál es el punto que debe atacarse para eliminar el mal de este mundo. Después de tal preparación, habrá llegado el momento de recomendar una nueva forma de gobierno como el ‘remedio soberano a todos los males’, dado que la gente que ‘rebosa descontento y disgusto ante la situación actual’ está lo suficientemente indignada como para imaginar que cualquier cosa la ayudaría, excepto la mayor parte de lo que ya intentó’”.

Lanzados a su causa invocando a los demiurgos de la historia joaquinita y de la Sión futura en el mundo, la élite puritana se reparte los papeles entre soldados y magistrados en su lucha por conseguir el monopolio de la representación existencial frente a sus rivales gnósticos. En ese sentido, Voegelin hace notar cuán latente está ese antiguo gnosticismo en la mentalidad de hoy, primero con la vieja idea de ‘progreso’, cierto en el medio pero no el fin, y después con el ‘utopismo’, que ha resurgido un tanto en el último tiempo, y que dice estar cierto en el fin pero no sabe muy bien cómo llegar a él.

Por último, hay que terminar añadiendo que el que da otro giro definitivo tratando de solventar el problema de la guerra civil desatada en los países europeos entre los partidarios de una u otra verdad política gnóstica, es de nuevo aquel atormentado genio puritano que tanto ha significado en la historia de Occidente: Thommas Hobbes. Es él quien zanja el problema teológico político desatado entre las corrientes gnósticas con su teoría del Estado como Deus mortalis que neutraliza el conflicto y monopoliza el mando. Hobbes lo que hace básicamente es redefinir la idea de representación política, basándola en una verdad existencial, haciendo del deseo de paz y de la obediencia pasiva al mando que la garantiza el principio del orden. Logra así una resacralización del llamado poder temporal, que había quedado como fuera de juego desde la conversión cristiana de la política hasta finales de la Edad Media, y que a partir de ahora será el que se arrogue la prerrogativa de sanción y el poder de supervisión incluso sobre la autoridad espiritual eclesiástica. El resultado resulta ser pues inesperado y sorprendente: transformar la theologia supranaturalis del cristianismo en una inmanente theologia civilis.

Eric Voegelin

Eric Voegelin

Sucede así que el Estado, quitándole la palabra a la Iglesia a la hora de mostrar la realidad, intenta pues monopolizar también la disputa gnóstica e inevitablemente predica una imagen del mundo acorde a su teología civil como nuevo cosmos, “un mundo de ensueño que es en sí mismo una fuerza social de primer orden en lo que respecta a motivar actitudes y actos de las masas gnósticas y de sus representantes” como apunta Voegelin. Por eso mismo, por la forma de su origen histórico y su misma estructura, la política desde entonces ha tendido siempre a censurar cualquier discusión seria acerca de las verdades esenciales del hombre. De ahí la aún más asombrosa transformación paulatina de la mentalidad de cada individuo particular dentro del conjunto de la sociedad, al que se le dan continuamente imágenes determinadas sobre su naturaleza y su destino. Se inaugura así el drama gnóstico de la autosalvación: la salvación de este hombre en este mundo, entendido por cada particular como una contribución de buena fe a la sociedad, en tensión continua, consciente o inconsciente, por el miedo a la muerte.

Un libro imprescindible para todo el que esté animado a discernir y entender su tiempo.