“Romanticismo político”. Carl Schmitt

Portada de Romanticismo político de C. SchmittCarl Schmitt. “Romanticismo político”, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2000.

por Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo. 

Alguien dijo en alguna ocasión que la moralidad de una persona se entiende en la relación que encuentra un gesto humano con la concepción del todo que lo motiva. Y hoy, sólo hace falta una mínima perspectiva, una pequeña distancia con las cosas, para darse cuenta hasta qué punto los “todos”, los “absolutos” o las “totalidades” que pueblan la conciencia del yo contemporáneo afectan a nuestra capacidad de entendimiento de la realidad, y orientan nuestras acciones y gestos hacia quejas, ironías, lamentos e indignaciones muchas veces estériles.

Este problema viene en realidad de largo y obedece a unas causas determinadas, pero tiene un nombre que es capaz de englobarlo y que se llama Romanticismo.

Establecido con un arraigo más característico en el siglo XIX, en el espíritu de la sociedad burguesa inspirada por las formas políticas de la Revolución francesa como el Estado-Nación o el Estado de Derecho, es una respuesta esteticista al desengaño político de la época, que vacía la realidad de contenido ante la ilusión de las infinitas posibilidades de la acción humana. A falta de una verdadera participación o acción política, disuelta en los medios de la oratoria y escritura propios de la tribuna y el periódico, el siglo ofrece una respuesta en forma de productividad lírica que entiende como posibilidad, como occasio.

La ocasión del Romanticismo en su perspectiva de posibilidad infinita en este cuadro de Friedrich

La “ocasión” del Romanticismo en su perspectiva de posibilidad infinita (Carpar David Friedrich)

 

Los nuevos demiurgos revolucionarios

Parlamento

Estética de la “clase discutidora”, como la llamaba Donoso Cortés

Carl Schmitt describe sencillamente el Romanticismo como la salida anímica que encuentra la época burguesa al dualismo privado-público originado por el protestantismo, en medio claro está del monopolio político propio del Estado.

El problema esencial que desvelan los románticos es, una vez más, el de la mediación. Según Schmitt, el Romanticismo no se puede entender sin las grandes ideas derivadas de una metafísica secularizada. Si el siglo s. XVII podía caracterizarse por una idea de un Dios absoluto y providencialista, dos siglos más tarde ya encontramos arraigados en la mentalidad común dos grandes demiurgos derivados: la Humanidad y la Historia. Lo que los hombres podían hacer en nombre de una idea de Dios, lo realizan ahora estos dos grandes actores abstractos. De ser un instrumento de Dios se pasa a ser por ejemplo un instrumento de la Historia. Nace esa famosa creencia de que los hombres hacen la Historia, en vez de pensar que son seres históricos. O, tomando al absoluto la Humanidad, se cree que cada gesto o cualidad humana sirven a la sociabilidad del hombre, que a la postre forma parte de una comunidad universal.

“Cuando los románticos llevan diarios personales, escriben cartas, se analizan a sí mismos y a otros, discuten retratan, caracterizan, esto se encuentra desde luego orientado por las dos nuevas realidades: la comunidad y la historia. Transforman cada pensamiento en una conversación sociable y cada instante en un momento histórico, se detienen en cada segundo y en cada sonido y lo encuentran interesante. Pero más aún: cada instante se transforma en un punto a partir del cual construyen, y como su sentimiento se mueve entre el yo comprimido y la expansión en el cosmos (…). Este es el camino por el que se asegura un dominio romántico de la realidad” (p. 137)

La realidad va vaciándose para dejar paso al sentimiento. Solo tendrá consideración la realidad que no contradiga al romántico, la que a él le inspire genialidad y pueda transformar únicamente de manera lírica. Schmitt lo sintetiza en una palabra: sólo importa lo “fantástico”.

Idea del burgués subjetivista

Idea del burgués subjetivista

Así, en esa época de los periódicos, los salones literarios, la crítica de arte burguesa y, sobre todo, de la música de Beethoven, Listz, Wagner o Chopin, se intenta redimir el desencanto del siglo, como decía Weber, mediante el poder armonizador que se le da a la estética. El desengaño de la forma política parlamentaria, el darse cuenta de que no funcionaba con el perfecto equilibrio esperado, daba lugar en definitiva a esta reacción igualmente formal. Como si el lirismo fuese capaz de superar o recomponer la unidad perdida. Y así, esta época representativa de la burguesía parlamentaria trae este modo de respuesta individualista al mundo que, en potencia, llama a lo revolucionario.

Era de esperar que la crítica schmittiana al Romanticismo viniese esencialmente por la directa oposición que encuentra con la decisión política y con la norma jurídica, que destruyen lógicamente la independencia ocasionalista del romántico.

Populismo: “cul de sac” del romanticismo

Esta deriva de la productividad romántica creadora de una reordenación del mundo corresponde a la dinámica abierta por la Revolución de 1789 en su perspectiva ateiológica. Se entiende que el Romanticismo era la respuesta necesaria, digamos, a la falta de fundamento trascendente del orden político del Estado-Nación.

Tanto es así que, como el fundamento del orden de la Revolución francesa permanece, también se mantiene el Romanticismo político. La ironía y el juego de la tertulia no han desaparecido, sino que hoy siguen muy presentes, como un ruido de fondo, en periódicos y algunos canales de televisión, saltando de manera casi indiferente de un tema a otro. No sólo eso, sino que la quintaesencia de la espiritualización romántica se sublima lógicamente en el populismo. El populista al fin y al cabo no es más que el romántico que decide, en función de dónde sopla el viento de los sondeos y de cuáles son las últimas tendencias del consenso, qué conforma el verdadero êthos entero del pueblo o Nación. De ahí por cierto que los cambios históricos se adviertan, ante todo, como cambios estéticos, que en última instancia son cambios en la representación.
.Populistas en cartel

Lo cierto es que los últimos ejemplos en esa búsqueda política del espíritu del pueblo llegan ya a ser casos verdaderamente paradigmáticos y clarividentes, pues las figuras de los representantes siempre terminarán por crear o salir al encuentro de nuevos demiurgos mediadores que puedan interceder en pos de la catarsis del espíritu político romántico.

Sant Jordi Kirchner

Está claro que mientras no podamos ser capaces de pensar la política en términos distintos a los anglosajones, seguiremos anclados en la autocomplacencia romántica, nido de revoluciones y motivo de estancamiento general. Y sino, lo de siempre, como dice Álvaro D’Ors: “a cada nuevo orden, una nueva violencia”.

 

 

 

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Carl Schmitt. “Teoría de la Constitución”

Teoría de la ConstituciónCarl Schmitt. “Teoría de la Constitución”, Madrid, Alianza editorial, 2011, pp. 494.

por Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo.

Las frecuentes alusiones de muchos de nuestros mandatarios contemporáneos en lo que a la “estabilidad”, “afianzamiento”, “dignidad”, “respeto”, “integridad”, “defensa”, “victoria” y “confianza” del Estado de Derecho se refieren, no hacen más que intentar arraigar, en la confusa mentalidad política actual, uno de los mayores mitos políticos de nuestro tiempo. Baste citar esta obra del conocido jurista alemán, para que podamos entender mejor los presupuestos y elementos fundamentales que caracterizan a este edificio del derecho positivo, la obra magna que el liberalismo político rememora con nostalgia como su edad de oro.

Para Carl Schmitt, resulta claro que la unidad de la Nación moderna se debe a un acto político garantizado por el Estado, que ayuda con su mecanismo al mantenimiento de la soberanía. Desde entonces, el problema desencadenado, de manera especialmente gráfica en el s. XIX, era saber quién mandaba y mantener el equilibrio de la soberanía a través del sistema de los contrapoderes, procurando su separación y distinción. El problema en cada entidad nacional desde entonces, hasta ahora, ha sido cómo se podía bascular la tensión del poder entre esos dos extremos opuestos cuya misma polaridad configura el esquema básico del Estado moderno: la soberanía de uno solo (la del rey o dictador) y la de la llamada soberanía popular o democracia que, como Schmitt sostiene, reviste de igual modo el carácter de una dictadura, pues su decisión tiene voluntad de dictaminar la forma de la propia existencia política y siempre es personal, a pesar de que revista la forma de una comisión.Asamblea constituyente

De este modo se llega  al paradigma moderno del estado del ciudadano, un ente abstracto configurado a través del pacto recogido en la Constitución por medio del llamado poder constituyente. La decisión de tal poder, análogo por otra parte al poder de creación ex-nihilo del Dios del Génesis, contiene así un cierto fundamento ontologizador al afectar, en palabras de Schmitt, a la forma de “existencia política” de los individuos contenidos en tal pacto.

Identidad y representación: contrapoderes existenciales necesarios

Uno de los puntos fundamentales destacados por Schmitt en este sencillo manual de filosofía del Derecho Constitucional, reside en el problema político inaugurado hace dos siglos y del que nunca terminan de asimilarse sus consecuencias prácticas: la representación de la soberanía popular.  Y es que a la legitimidad del monarca absoluto -procedente del Derecho Divino de los Reyes protestante-, que identificaba un pueblo con su rey, le sigue consecuentemente la identificación que el pueblo encuentra en sus representantes. La equivalencia es tal, pues hoy -quizás no se sepa lo suficiente- el Derecho Divino está instalado en la palabra “democracia”. No obstante… ¿existe realmente esta equivalencia política en la representación en nuestro tiempo? Esta pregunta resulta clave hoy más que nunca, pues en ella está en juego todo el ser político -y tal vez algo más- de un pueblo, además de otros factores como la unidad de una Nación.

Escaño vacío

El sistema de escaños fantasmas

Si la monarquía absoluta entrañaba una representación absoluta, con la soberanía popular la representación no se realiza en menor grado sino de forma distinta, diversa. Ya no será una persona quien, de manera totalizante, encarne un Estado, sino una nueva pluralidad. Por eso suele recordarse que lo que la Revolución francesa trajo consigo fue, entre otras cosas, a los partidos políticos. Esto implica: primero, que el pueblo no se representa participando directamente en los asuntos públicos, sino por los cauces diversos de lo que entendemos extensivamente por “opinión pública”; después, que el pueblo no elige a sus representantes sino que es la comisión constituyente la que normalmente estatuye a los representantes del pueblo, sirviéndose, por ejemplo, de normas que regulan el funcionamiento de las elecciones. Y es que a falta de libertad política, la representación será el mal necesario para que el orden constitucional del Estado moderno se establezca. Cabe señalar además que caer en el extremo de la idea representativa resulta un peligro pues, como dice Carl Schmitt:

Democracia el roto

En ningún lugar ni en ningún momento ha existido una identidad absoluta y completa del pueblo presente consigo mismo como unidad política. Todo intento de realizar una democracia pura y directa tiene que observar esos límites de la identidad democrática“.

 

En última instancia, esto anula por completo la mediación “teatral”, si se quiere, de la representación. La idea de una democracia directa, como sostienen muchos estudiosos de Ciencia Política actuales, además de privatizar el sentido de lo público tal y como se entiende con el Estado moderno, elimina la noción de autoridad contenida en la idea de representate -un magister, al fin y al cabo-, al tiempo que, por cierto, se da un paso más destinado a la politización de la existencia, algo que todos vivimos en el presente.

Dicho en otros términos: la mentalidad creada por el Estado, su ideología, en forma de “estatismo”, será tanto más influyente cuanto menos tiendan a diferenciarse estos dos principios de identidad y representación, ya sea por asunción consciente que busca de alguna manera la reforma del sistema, o por la resignación general de la conciencia, es decir, en última instancia, la despersonalización o descuido de lo privado ante el asedio de lo político.

De la política a la creencia: teología política

Ciertos expertos en Carl Schmitt aseguran que ésta Teoría de la Constitución, que escribió hacia 1928, resulta una de sus obras más completas. Y lo cierto es que, cualquier buen conocedor de la obra del alemán se da cuenta de que, en este manual de Derecho, laten constantemente muchas de sus preocupaciones como son el problema de la unidad de la soberanía y la importancia de la decisión en la configuración de la dictadura moderna, la forma normativa del orden buscado por el Estado de Derecho liberal burgués y, de una manera especial, las conexiones entre la teología cristiana y la política post-revolucionaria. La analogía más básica la encontramos en la asociación del principio de legitimidad monárquica con la trascendencia de un Dios personal y la legitimidad democrática asociada con la inmanencia y un principio teológico secularizado como el de la igualdad. Algo que permite entender, también desde la política, la creencias religiosas de un pueblo.  Ese “dime en qué Dios crees y te diré quien eres”, viene también determinado por la forma política de una época.  ¿No podemos ver una relación entre ese Dios ajeno a su Creación con los sistemas normativos cerrados y autónomos de muchos teóricos del Estado de Derecho?, ¿y entre la igualdad de todos los hombres ante Dios con la igualdad ciudadana ante la ley del Estado, como refería Tocqueville? Atendiendo a la forma decimonónica del Estado, Schmitt nos puede recordar así a un Donoso Cortés:

Da Vinci y el Dios creadorLa burguesía liberal quiere un Dios, pero un Dios que no sea activo; quiere un monarca, pero impotente; reclama la libertad y la igualdad, pero al mismo tiempo, la restricción del sufragio a las clases poseedoras para asegurar la necesaria influencia de la cultura y de la propiedad en la legislación“.

La dicotomía entre un Dios cercano e interventor y un Dios creador de un orden perfecto resultan fundamentales para entender especialmente toda la política europea del s. XIX y buena parte de la del s. XX.

Si atendemos a estos fundamentos, siempre podremos decir que la verdadera revolución política comenzó siendo una revolución escatológica. Y así, la primera no puede perder de vista la segunda, incluso cuando cree hallarse lejos de todo cielo para actuar sobre el mundo. Pues no es una novedad el decir que la escatología política -si podemos emplear este término- se encuentran también muy presente incluso para el supuesto del extremo democrático: un pueblo o “humanidad” que intenta determinarse a sí misma.

Para Schmitt el problema está claro: el pueblo no puede estar absolutamente presente, ni estar por tanto absolutamente representado, ni, a fortiori, conservar una unidad política. Lo sucedido en 1789 tuvo, de hecho, que explotar hacia afuera para, inmediatamente después, ser fuertemente representada. Nos preguntamos, entonces: ¿que otra deriva política le queda a la forma ateiológica democrática?

Historia de las formas del Estado. Una introducción.

Dalmacio NegroTítulo: Historia de las formas del Estado. Una introducción

Autor: Dalmacio Negro Pavón

Editorial: El Buey Mudo

Año: 2010

(Publicado en El Buey Mudo)

Un libro que trata de comprender lo que es el Estado a través de la Historia de las Ideas.

“Hasta qué extremo el concepto de Estado se ha convertido para Europa en omnímoda idea ordinal se manifiesta, finalmente, en el hecho de que fuera posible convertirlo en el siglo XIX en concepto genérico aplicable a todos los tiempos y pueblos y en la concepción del orden político por antonomasia en la historia universal. Aún hoy en día, hay quien habla del “Estado antiguo” de los griegos y romanos en lugar de la Polis griega o la República Romana, o se refiere al “Estado alemán de la Edad Media”. De este modo, una forma concreta de organización específica de la unidad política, enteramente vinculada a una época y condicionada por la historia, pierde su lugar en ésta a la vez que su contenido típico. Con  su engañosa abstracción se la aplica a tiempos y pueblos totalmente diferentes proyectándola sobre formaciones y organizaciones de carácter completamente distinto. Es probable que esta enfatización del concepto de Estado elevándolo a la categoría de organización genérica de la forma de organización política de todos los tiempos y pueblos acabe, en un futuro próximo, cuando termine la época de la estatalidad”.
Carl Schmitt

Dalmacio Negro acomete la clasificación de las formas de Estado desde el punto de vista de las ideas, destacando su evolución y su específico modo de ser. Es un análisis que aborda no sólo la actual deriva del Estado, sino también su naturaleza y  su papel configurador de las relaciones entre los mismos ciudadanos.

El autor:

Dalmacio Negro Pavón (Madrid, 1931) es catedrático de Ciencia Política en la Universidad CEU San Pablo. Miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, es autor de numerosos ensayos, artículos, colaboraciones en obras colectivas y ediciones de clásicos del pensamiento político. Ha publicado Liberalismo y socialismo. La encrucijada intelectual de Stuart MillComte: positivismo y revoluciónEl liberalismo español. Una AntologíaLa tradición liberal y el Estado;Gobierno y EstadoLo que Europa debe al cristianismoEl Estado en EspañaLa situación de las sociedades europeas. La destrucción del êthos y el Estado y El mito del hombre nuevo.