Leopold von Ranke. “Sobre las épocas de la Historia moderna”

Ranke - portada CEPCLeopold von Ranke. “Sobre las épocas de la Historia moderna”, edición preparada por Dalmacio Negro Pavón. Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2015, pp. 448. 

Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo

Es muy claro que el hombre de hoy, nosotros, tenemos por lo general un gran problema con la cuestión de la comprensión o explicación de eso que llamamos Historia, así, con mayúsculas. Parece como si no hubiésemos hecho otra cosa que heredar una pesada carga de los antepasados, una especie de legado descomunal que exige de un gran esfuerzo ya sólo para poder comprenderlo y en nuestras manos se jugase, además, el destino de las próximas generaciones. A ello podemos decir: no es del todo cierto, no es del todo falso.

La línea que separa un extremo de otro, por así decir, resulta confusa para muchos de nosotros y, sin embargo, solo empieza a trazarse cuando se enfoca partiendo de una respuesta muy personal, pues la historia, así como el poder, son fenómenos específicamente humanos, como diría Guardini, y ambos parece que se nos han vuelto problemáticos.

Corona Carlomagno

Famosa corona de Carlomagno

No en vano han de relacionarse poder e Historia, pues el dualismo existencial en el que estamos normalmente envueltos procede en buena medida de una maraña tejida entre ambos. Se ve muy claramente cuando se dice aquello de que “el hombre hace la Historia”, participado o entregándose a ella, como hacía Calígula en la obra teatral de Camus en un apoteósico final. Ahora bien, la Historia no es ningún bicho, no es un monstruo devorador ni algo así como un potro salvaje que cabalgar; estrictamente hablando, la Historia es lo que ha sucedido, son los hechos ocurridos, y el hombre no hace más que vivir en la Historia, estar en medio de ella. Posee de suyo una riqueza inabarcable, no circunscrita a reducciones de distinto tipo: “no se deja encasillar en adagios proféticos, ni respecto al pasado ni respecto al futuro; y menos aún según fórmulas matemáticas. No pertenece ni a Nostradamos, ni a Karl Marx, ni a los algebristas” dice en un escolio D. Dalmacio Negro.

Y es que el problema en este sentido se abre cuando, por ejemplo, nos hacemos la pregunta acerca del sentido de la Historia, que es perfectamente legítima, pero que, precisamente por ese fallo de querer entender la Historia en un sentido absoluto, casi como concepto, cae en el primero de los errores  de método histórico como es el historismo, que no hace sino tratar de sacar una idea, eîdos, de un época o momento. Una especie de búsqueda de la forma, Gestalt, de ciertos conjuntos históricos (el primero quizás en haberse hecho esta pregunta fue el famoso monje tardomedieval Joaquín de Fiore, cuya pregunta tuvo consecuencias verdaderamente insospechadas y tremendamente actuales). Y tras él, ante la pretensión de que esa Historia nos llevase a alguna parte más adelante, ante ese eîdos siempre por llegar, podemos darle una coherencia interna al conjunto, explicando el camino trazado o a trazar mediante el historicismo, cara de la misma moneda que el historismo.

Leopold_von_Ranke

Leopold von Ranke

Y de este modo es cierto que para una solución a la pregunta del poder del hombre en el mundo cabe empezar, cuanto menos, por darle un enfoque adecuado, y para ello un historiador muy recomendable, librado además de la Gestalt romántica de su época, muy pegado a lo político y a sus necesarias tensiones, es Leopold von Ranke.

Este Sobre las épocas de la Historia moderna constituye una sorprendente síntesis, un resumen en muy pocas páginas, de la historia de Europa desde sus orígenes romanos hasta la época de las Revoluciones norteamericana y francesa, pasando por el desarrollo del Imperio en la Edad Media, la Querella de Investiduras con el Papado, las rupturas de los poderes temporales con el poder espiritual, el alzamiento de las Monarquías estatales y la Reforma protestante. El historiador alemán cuenta con el rigor de los acontecimientos cómo se ha ido orquestando esa polifonía política que es Europa, de la que siempre decía que era un Estado de Naciones. Lo hace centrado en su clave política, sabedor de que la tensión con el poder espiritual forma parte precisamente, se entienda o no, de su naturaleza. Así confiesa, por ejemplo, en conversación con su discípulo el Rey Maximiliano II de Baviera, para quien fueron impartidas estas lecciones, que la tensión fundamental en el momento de entonces, mediados del s.XIX, se jugaba entre los principios del legitimismo monárquico y el de la soberanía popular, alertando asimismo de los peligros de las nuevas religiones de la política: “de lo único que hay que pedir a Dios que nos guarde es de las revoluciones sociales”.

La clave de Ranke es su conjugación de las ideas que imperan en un momento de la Historia junto con las fuerzas vitales que las encarnan, de eso que llama las tendencias históricas, que conviven unas y otras en un mismo tiempo, e individuos que actúan en el mundo conforme a ellas. Así el Estado, por ejemplo, es una estructura de carácter histórico -y, por cierto, muy cristiana- que arrastra consigo, como estructura política, una serie de ideas o concepciones del mundo que también le sirven de sustento. Por eso resultan interesantes al mismo tiempo las numerosas notas de esta nueva edición reeditada por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, con las que Dalmacio Negro y su explicación del Estado va contrastando el discurrir histórico narrado por el alemán. Unos apuntes que remiten por otra parte precisamente a su libro Historia de las formas del Estado.

Orbis terrarum 2

Es tan cierto que hoy lo político ha sido ya tan indiscutiblemente sustituido por lo “social” (muchos se sienten “cansados” por ello) que resultan esclarecedoras y muy gratificantes obras como la de Ranke, centradas en la historia de lo puramente político, en sus connaturales tensiones con lo espiritual y en ese misterio contenido en eso que llamamos el carácter de los pueblos. Porque la Historia no debe cansar, sino a lo sumo enseñar e inspirar, pues la respuesta es de cada tiempo, en medio de las nuevas tendencias, que pueden llegar ser tan omnímodas y aniquiladoras de lo humano como el propio pasado reciente ha podido demostrar.

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Eric Voegelin. “La nueva ciencia de la política”

Portada VoegelinEric Voegelin. “La nueva ciencia de la política”. Buenos Aires, Katz editores, 2006, pp. 234. 

Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo

Tremendo el esfuerzo de síntesis que el profesor Voegelin realiza en esta obra que aglutina una serie de conferencias dadas por él a comienzo de los años 50 en una fundación norteamericana en Luisiana. Tremendo también por la claridad con la que expone un tema no siempre fácilmente explicable ni cognoscible hoy día, como es el de acercarse a la base, sustrato o sustancia fundamental sobre la que se orienta y asienta la política moderna, la política de nuestros días.

Voegelin es un hombre profundamente marcado por su tiempo. Cuando tendría unos treinta años, vio a su país transformarse por la ascensión del nacionalsocialismo, poco a poco contemplaba como símbolos de cruces gamadas, brazos alzados, movimientos de masas y discursos enfebrecidos con promesas mesiánicas acompañaban el alzamiento de un país antes de salir a la guerra; el movimiento de una Nación entera en aras de algo que trascendía a la mera política per se.

Faraón coronado con los dioses

Faraón como ejemplo de alguien a la altura de los dioses tras su coronación

Para este alemán la premisa es de nuevo la misma: no hay política sin religión, no se da lo profano sin lo sagrado o, en términos más cristianos si se quiere, no se entiende lo temporal sin lo espiritual. El trasfondo y la investigación van en este sentido. De esta manera, para lograr una mirada justa sobre la política, para no quedar en meros análisis geoestratégicos en los que gana el más fuerte, la voluntad de poder, hay que parar mientes para ir más lejos. Esa anchura y profundidad que ha constituido al mismo tiempo la crítica más radical a la política, lo que más ha podido desvencijarla en partes, ha sido la revolución ascética de la antigüedad. Así, siguiendo un poco el pensamiento de Jaspers, por quien se ve influido, Voegelin afirma que el momento crucial de la humanidad, ese ‘tiempo eje’ sobre el que se expanden los límites de lo humano y, por ende, de lo político, tuvo lugar sobre todo cuando se produjo en la historia la máxima dilatación del alma humana, la amplitud de las dimensiones de lo espiritual, la apertura del hombre su profundización de la trascendencia. Algo que empieza concretamente en tiempo en el que, como si de un “cajón histórico” se tratase, confluyen a la vez, entre los siglos IV y IX a.C., los filósofos griegos, Confuncio y Lao-Tsé, los uphanishads hindúes, Buda y los profetas de Israel.

Coronación del emperador japonés en 1928

El traje de coronación del emperador japonés Hirohito, fiel a su tradición de instrumento divino aún en 1928

La serie de charlas en que consiste este libro fueron dadas por el profesor alemán dentro de un ciclo denominado “Verdad y representación”, que hacen justa mención a las dos ideas fundamentales que estructuran todo el discurso: por un lado, la verdad como conocimiento auténtico y libre de la trascendencia como realidad de realidades del hombre en este mundo, y por otro, la verdad que representa la política, basada siempre en una concepción determinada de lo divino, esto es, en una idea del cosmos, que el gobierno ha de afirmar, custodiar y representar. Son dos conceptos que no es que hubieran de estar enfrentados en la antigüedad sino más bien al contrario, intentaban ir de la mano en todo momento. Tal es el caso prototípico de la famosa realeza divina, del rey-sacerdote como eje del universo (axis mundi), en el que vemos a la persona del monarca intentando encarnar lo sagrado en sus actos, decisiones o incluso su vestimenta, poniéndose a su servicio como el mejor de los instrumentos posible; o todavía por ejemplo el paradigma de la tragedia para el antiguo mundo heleno, en el que ésta servía, no como un medio de distracción, educación o esparcimiento ocasional en la vida de un griego, sino como el lugar de la catarsis de todo un pueblo y sus gobiernos frente a su común destino; el lugar en el que la conciencia humana se actualizaba en tiempos de paz.

Soteriología política

A pesar de todo, señala Voegelin, hay que considerar que si la primera separación entre la verdad representada por la política como cosmología y la verdad natural-antropológica dio comienzo con ese nuevo tiempo-eje que sacudió los cimientos existenciales de la mitología antigüa y su política, en ese largo y único periodo de desarrollo de la conciencia humana, la desdivinización del mundo acometida por el cristianismo fue y ha sido sin embargo, para el enfrentamiento entre la idea de “verdad” y la de “representación”, la revolución de las revoluciones. Pues es cierto que este enfrentamiento entre la “verdad” de la filosofía y la “representación” política alcanza un auténtico e inesperado punto álgido de inflexión durante aquellos primeros siglos de experiencia cristiana y las consiguientes andanzas de los primeros cristianos frente a una de las doctrinas políticas representativas más sólidas de la historia, como era la del imperium romano.

Emperados Constantino en una imagen alegórica

Emperador Constantino en una imagen alegórica sobre la conversión futura del Imperio

La Fe en Jesucristo inaugura así, primero, una nueva consciencia en el hombre consistente en una reciprocidad efectiva y operativa con un Dios personal que le lleva más allá de sus límites y, después, somete a la política a una transformación insospechada, sacándola del primer plano para ponerla en relación con la Ciudad de Dios en la Tierra que sería la Iglesia, cuya misión es en buena medida la de preservar y colaborar en pro de la verdad del hombre y de su destino, en una continua tensión escatológica consecuencia de los “nuevos cielos y la nueva tierra” (Ap 21). Es este nuevo eskathon cristiano el que ha introducido un nuevo tipo de verdad que es muy particularmente destacada por Eric Voegelin en toda su obra: la verdad soteriológica, referente a la salvación del hombre aquí y en el más allá, caracterizada por esa desaprensión humana y radical compromiso divino que constituyen la Fe en un Dios personal y Trinitario.

El error en que caen muchos estudiosos contemporáneos como el mismo Jaspers, es olvidar que este tipo de conocimiento divino y humano soteriológico es el que ha transformado el alma humana, su destino, su historia y, por ende, también a la política contemporánea, rebosante en todos sus poros de esta soteriología que, lejos de la Fe custodiada por la Iglesia, fuera de la razonabilidad del método cristiano, se convierte en una derivación del espiritualismo gnóstico. Tanto es así que Voegelin describe la Reforma protestante como el triunfo político del gnosticismo y su propaganda, la “invasión exitosa de las instituciones occidentales por parte de los movimientos gnósticos”. No hay más que leer un extracto del prototipo del santo puritano que realiza un sacerdote anglicano del s. XVI citado por Voegelin para darse cuenta de hasta qué punto este gnosticismo y su embate político protestante no han perdido ninguna actualidad

Protestante predicador

Un defensor de la ‘causa puritana’

Para apoyar su ‘causa’ (…) formula severas críticas a los males sociales y, en particular, a la conducta de las clases superiores. La frecuente repetición de este acto irá conformando la opinión de los oyentes de que los oradores deben de ser hombres de singular integridad, celo y santidad, ya que sólo los hombres que son singularmente buenos pueden sentirse tan indignados con el mal. El siguiente paso será la concentración de la indignación popular ante el gobierno establecido. (…) Al mismo tiempo, muestran cuál es el punto que debe atacarse para eliminar el mal de este mundo. Después de tal preparación, habrá llegado el momento de recomendar una nueva forma de gobierno como el ‘remedio soberano a todos los males’, dado que la gente que ‘rebosa descontento y disgusto ante la situación actual’ está lo suficientemente indignada como para imaginar que cualquier cosa la ayudaría, excepto la mayor parte de lo que ya intentó’”.

Lanzados a su causa invocando a los demiurgos de la historia joaquinita y de la Sión futura en el mundo, la élite puritana se reparte los papeles entre soldados y magistrados en su lucha por conseguir el monopolio de la representación existencial frente a sus rivales gnósticos. En ese sentido, Voegelin hace notar cuán latente está ese antiguo gnosticismo en la mentalidad de hoy, primero con la vieja idea de ‘progreso’, cierto en el medio pero no el fin, y después con el ‘utopismo’, que ha resurgido un tanto en el último tiempo, y que dice estar cierto en el fin pero no sabe muy bien cómo llegar a él.

Por último, hay que terminar añadiendo que el que da otro giro definitivo tratando de solventar el problema de la guerra civil desatada en los países europeos entre los partidarios de una u otra verdad política gnóstica, es de nuevo aquel atormentado genio puritano que tanto ha significado en la historia de Occidente: Thommas Hobbes. Es él quien zanja el problema teológico político desatado entre las corrientes gnósticas con su teoría del Estado como Deus mortalis que neutraliza el conflicto y monopoliza el mando. Hobbes lo que hace básicamente es redefinir la idea de representación política, basándola en una verdad existencial, haciendo del deseo de paz y de la obediencia pasiva al mando que la garantiza el principio del orden. Logra así una resacralización del llamado poder temporal, que había quedado como fuera de juego desde la conversión cristiana de la política hasta finales de la Edad Media, y que a partir de ahora será el que se arrogue la prerrogativa de sanción y el poder de supervisión incluso sobre la autoridad espiritual eclesiástica. El resultado resulta ser pues inesperado y sorprendente: transformar la theologia supranaturalis del cristianismo en una inmanente theologia civilis.

Eric Voegelin

Eric Voegelin

Sucede así que el Estado, quitándole la palabra a la Iglesia a la hora de mostrar la realidad, intenta pues monopolizar también la disputa gnóstica e inevitablemente predica una imagen del mundo acorde a su teología civil como nuevo cosmos, “un mundo de ensueño que es en sí mismo una fuerza social de primer orden en lo que respecta a motivar actitudes y actos de las masas gnósticas y de sus representantes” como apunta Voegelin. Por eso mismo, por la forma de su origen histórico y su misma estructura, la política desde entonces ha tendido siempre a censurar cualquier discusión seria acerca de las verdades esenciales del hombre. De ahí la aún más asombrosa transformación paulatina de la mentalidad de cada individuo particular dentro del conjunto de la sociedad, al que se le dan continuamente imágenes determinadas sobre su naturaleza y su destino. Se inaugura así el drama gnóstico de la autosalvación: la salvación de este hombre en este mundo, entendido por cada particular como una contribución de buena fe a la sociedad, en tensión continua, consciente o inconsciente, por el miedo a la muerte.

Un libro imprescindible para todo el que esté animado a discernir y entender su tiempo.

Michael Burleigh. Causas sagradas: religión y política en Europa.

Causas sagradas img2Michael Burleigh. Causas sagradas. Religión y política en Europa: de la primera Guerra Mundial al terrorismo islamista . Madrid, Taurus, 2006, 640 pp. 

por Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo. 

Estamos de vuelta con la segunda parte de este estudio panorámico del investigador británico Michael Burleigh, historiador y periodista en medios como The Times o el Daily Mail, que retoma el hilo de su narración histórica del binomio religión-política allí donde lo dejó, a finales de la Primera Guerra Mundial, con ánimo de desembarcar en nuestro siglo XXI con una perspectiva algo más justa, más adecuada, que la que suelen aportar nuestros manuales historicistas al uso.

¿Y por qué son interesantes estos dos tomos de un escritor británico que estudia las ‘religiones de la política‘ arrancando desde la Revolución francesa? Entre otras cosas, porque su inhabitual perspectiva nos acerca al quid del verdadero sentido de la Historia, pues pone en relación el plano de las creencias —apuntando a ese problema hoy tan evidente como es el de la conciencia— junto con otro ámbito, tan esencial cuando se habla de política, como es lógicamente el de la acción humana. Pues no hay acción sin intención, no se obra sino es a través de una idea concebida en algún contexto dado: así es como acontece en la Historia y como se estudia en política. Comprender el pasado histórico con todas las debidas consideraciones ayuda pues a percibir esas ideas en las que el hombre habita, que diría Ortega, cosa que nos acerca, por tanto, a entender al propio hombre en su historia, con todos los factores que lo constituyen. Es la única forma que tenemos de llegar a ser capaces de mirar con más justicia esta revuelta época presente y a ese hombre, que somos nosotros, que se encuentra viviendo en ella. En ese sentido, puede citarse de nuevo aquella especie de disculpa de Alexis de Tocqueville a la hora de abordar la cuestión, medio siglo después de la Revolución: «no hay ninguna acción humana, por muy rara que sea, que no nazca de una idea muy general que los hombres han concebido de Dios, de sus relaciones con el género humano, de la naturaleza de su alma y de sus deberes hacia sus semejantes. No podemos evitar que esas ideas sean la fuente común de la que proviene todo lo demás».

Michael Burleigh2Burleigh, agnóstico declarado, realiza su estudio detallado en un espacio intermedio entre la historia del cristianismo y la deriva del mundo moderno tras los cambios suscitados desde 1789, en un terreno en el que «cultura, ideas, política y fe religiosa» de alguna manera las hacen converger. De este modo, el libro comienza narrando el alzamiento de los totalitarismos partiendo del desbarajuste suscitado por el famoso Tratado de Versalles, que despreció categóricamente a los vencidos en la guerra, dando pie a que se creasen las condiciones para el advenimiento de la Segunda Gran Guerra, además de una descripción del estado social e institucional en que se encontraban los países tras la contienda. En este caso, comienza contando por ejemplo las diferencias habidas en la forma de conmemoración de la contienda o la manifestación nacional de duelo entre los distintos países como forma pública de culto civil, algo que tuvo un mayor arraigo en las victoriosas Gran Bretaña o Francia que en Alemania, cuyo humus social, político y espiritual de entonces se hallaba más expuesto a las tendencias del romanticismo político y a sus distintos profetas, dando lugar más tarde al triunfo de la consabida ideología nacionalsocialista.

Siguiendo no obstante esta especie de tercera vía entre cristianismo y modernidad, la panorámica que encontramos en Causas sagradas no se centra únicamente en la historia sucesiva de las grandes potencias arrebatadas por el espíritu totalitario, que contagiaron a su vez a toda una serie de países entonces como Yugoslavia, Austria o Rumanía, sino que expone en todo momento el diálogo que las distintas confesiones cristianas, es decir, el protestantismo, los ortodoxos y la Iglesia católica, tuvieron en los momentos más significativos. Resulta llamativo desde ese punto de vista la minuciosidad con la que trata el caso de Pio XII y la Iglesia en su papel frente a los distintos países antes, durante y después del conflicto bélico. La dificultad para entender los cambios advenidos en cada sitio y en cada momento, la verdadera capacidad o no de denuncia de las locuras cometidas en nombre de la ideología, la posibilidad de ayuda y amparo a las distintas víctimas en los distintos momentos, qué respuesta se fue dando a la cuestión judía, la relación con los Estados Unidos, su situación tras el conflicto a la hora de la reconstrucción del continente… todo esta explicado con un especial detalle con el que se quiere evitar cualquier crítica mordaz o precipitada.

Muro de BerlínEl trabajo de años de estudio hace que este análisis distinga con bastante claridad las diferencias la historia de países en cierto modo dispares como Rumanía y Francia, Inglaterra y Rusia, Yugoslavia y Portugal, o el caso irlandés, al que dedica un capítulo aparte en el que uno puede acercase al nudo de la cuestión irlandesa frente a las idílicas evocaciones que la nostalgia y el cine han creado en el imaginario colectivo de la patria de San Patricio, la Guinness y el IRA. La segunda mitad de la obra recorre más sucintamente la situación del comunismo durante la Guerra Fría, en especial en Alemania, el recorrido iniciado por los democristianos tras la guerra y el papel de la Iglesia del polaco Juan Pablo II antes de la caída del muro.

Cierto es que resulta llamativo cómo esta profusa historia del s.XX entre el cristianismo y la modernidad, entre religión y política, de este británico afincado en Londres parece abreviarse pasada la Guerra Fría en una serie de críticas morales al libertinaje de la cultura sesentayochista, al espiritualismo New Age  y a la teología de la liberación, antes de llegar al 11 de septiembre como paradigma de un nuevo tiempo en el que la amenaza islámica se cierne cada vez más sobre un Occidente desnortado entre la neutralidad desconcertante del Estado de Bienestar, junto con el olvido que la Unión Europea tuvo expresamente desde 2004 cuando olvidó citar al cristianismo como una de las señas identitarias fundamentales de Europa en el anteproyecto de la Constitución de la Unión Europea. Pues nadie va a negar que, más allá de las especulaciones acerca de la posibilidad de una futura Eurabia —como llaman a la teocracia que el islamismo impondría de hacerse con el poder en el viejo continente—, el fundamentalismo islámico es una realidad que está llamando hoy a la puerta de una Europa que se encuentra en otro nuevo paradigma con respecto a la situación heredada tras la victoria aliada de 1945. Aun con todo, se echa en falta en este gran vistazo de la historia del siglo pasado alguna concreción mayor o referencia a la relación entre religión y política que históricamente se ha ido configurando bajo la socialdemocracia europea. Pues es cierto que la historia no ha llegado a su fin, como diría un Fukuyama refiriéndose con ello a la homologación que la forma de las democracias de partidos europeas ha conseguido. No solo eso, sino que la ideología ha seguido postulando una idea avanzada del ‘hombre nuevo‘ propia de las religiones, en este caso, de la religión ateiológica surgida de la Revolución. Una Revolución que quiso empezar de cero la Historia, haciendo de ella un demiurgo que, por mediación de los hombres, iría alcanzando su desarrollo hasta alcanzar una plenitud que vendría a ser la instalación del Reino de Dios en la Tierra, que por medio de un poder y una fuerza descomunal, instalaría por fin la salvación en este mundo.

La pregunta que cabe hacerse otra vez en estos momentos es, observando ese interín entre la caída del muro y el ataque a Norteamérica, ¿qué ha sucedido con la ideología bajo las nuevas formas de política benefactora en Europa?, ¿muerto el perro —léase Hitler, Stalin o el Tito yugoslavo— se acabó la rabia? ¿no es hora de ir más allá de los diversos mitos de la transición hacia un significado un tanto más profundo de en qué consiste y ha consistido la socialdemocracia postbélica? Seguramente sea éste uno de los mayores interrogantes políticos dignos de ser afrontados, al menos en la presente Europa.

John Neville Figgis: “El Derecho Divino de los Reyes”

John N. Figgis. “El Derecho Divino de los Reyes”, México, Fondo de Cultura Económica, 1942, pp. 326.

por Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo. 

El Derecho Divino de los ReyesFácil es comprobar cómo muchos de los teóricos de la política de nuestros días guardan en la recámara la carta de la doctrina del “Derecho Divino” como contrarréplica perfecta a toda referencia, no ya sólo a la Iglesia, sino a toda idea trascendente necesaria para la justificación de la legitimidad política. De este modo, se niega cualquier influencia de lo sagrado en la política, y entonces sucede que una época que se dice “desacralizada” es capaz de ocultar mejor las ideas-creencia que configuran gran parte de su existencia, esas que inspiran gestos y palabras. En ese sentido, ya se ha referido que la democracia forma parte de una de esas ideas madre propias de nuestro tiempo que, divinizada y desgastada como concepto, no es en el fondo más que una “superstición cientificista”, como hace poco afirmaba Dalmacio Negro aún a riesgo de parecer extremadamente simple e impreciso.

Nos basta este libro del discípulo anglicano de Lord Acton para poner la historia en su contexto y ver cómo, de una necesidad histórica-política, combinada en parte con el instinto de conservación humano, nace y se configura una doctrina que fue tan natural entonces como para nosotros puede ser hoy la de la democracia.

El Derecho Divino de los reyes viene a ser un poso de la Historia que, arrastrado por la necessità política de los nacientes Estados nacionales, llega al s.XVIII ciertamente enmohecido, lastrado por el paso de los siglos. Figgis analiza en este libro sobre todo la historia de Inglaterra para explicar el origen de esta doctrina: un principio que surge en respuesta a la búsqueda de seguridad y “unidad” de un pueblo a través de la política, en los momentos en que la sempiterna Querella de Investiduras entre el poder temporal y el espiritual se mostraba abiertamente a la vista de todos. De todos modos, lo que Figgis demuestra es que no hay que esperar a los Tudor, con Enrique VIII y el origen del anglicanismo, para hablar del Derecho Divino –aunque sí que fuese entonces la época en que el principio se defendió con mayor furor. En el caso de Inglaterra, podemos remontarnos a la invasión normanda de Guillermo el Conquistador para advertir sus primeros rasgos más propiamente políticos, pues a la antigua creencia en la santidad de la realeza habría de añadirse el carácter hereditario de la corona por ser los reyes propietarios de grandes feudos, de un patrimonio extensivo, de tal forma que se hizo a su vez efectiva la regla de la primogenitura.

Santo Tomás Moro, frente a un futuro cardenal anglicano de Enrique VIII

Tomás Moro defendiéndose frente al cardenal Wolsey de Enrique VIII

Durante ese proceso de engrandecimiento del cuerpo del Rey que tan bien explicara Kantorowitz, por el cual la monarquía fue ganando peso y tamaño, comienzan los primeros intentos históricos del monarca para alcanzar la “libertad” de la corona y hacer de su voluntad algo preponderante por encima de las limitaciones consuetudinarias del Derecho. Es el caso por ejemplo del último en la dinastía de los Plantagenet, el depuesto Ricardo II, a finales del s. XIV, intentando promulgar una suerte de Constitución escrita  que salvaguardara los derechos de la Corona; una Lex Regia. Y si recordamos el pensamiento de Carl Schmitt, tal vez encontremos aquí el primer rastro de lo que luego se ha llamado teología política que, anticipando de alguna manera la Reforma, se confronta a la teología jurídica, que es más propiamente católica, como recuerda Dalmacio Negro, pues da primacía al cumplimiento del derecho frente al poder soberano del legislador.

Soberanía no es Derecho Divino

Es muy importante recalcar que uno de los fallos principales del pensamiento legitimista del siglo XIX –ese en que después se legitimarán, por ejemplo, los fascismos del s. XX– proviene de la identificación de la moderna Soberanía con la doctrina del Derecho Divino de los reyes. Figgis lo explica muy bien: del orden por Derecho Divino del s. XIV al orden de la soberanía del s.XVII hay un largo trecho, el mismo que separa una concepción teológica trascendente de una justificación naturalista de la política.

"No hay hombre sobre la Ley", le dijo el Parlamento  a Carlos I de Inglaterra

“No hay hombre sobre la Ley”, le dijo el Parlamento a Carlos I de Inglaterra

En el siglo de Locke y Cromwell, el conflicto inglés ya no está centrado tanto en la querella entre la Monarquía y la Iglesia, sino entre un Rey y el Parlamento. La preocupación por la sanción cambia, la justificación es otra. La doctrina de la obediencia y de la no-resistencia, última de las patas que sostienen en origen la viabilidad del Derecho Divino, ya no se acredita citando directamente las cartas de San Pablo sino alegando cada vez más un Derecho natural racionalista. La discusión está en ver si la desobediencia es un atentado a la autoridad real o a las “leyes y libertades del reino”, pero ya en unos términos que emancipan la cuestión de la trascendencia hacia aquellas del naturalismo divinizado. De tal modo que hasta en el razonamiento de Filmer, autor de Patriarcha, uno de los escritos más significativos entonces para los defensores de la dinastía de los Estuardo frente a los Cromwell, encontramos el siguiente silogismo: “lo que es natural al hombre existe por derecho divino, la monarquía es natural al hombre; luego, la monarquía existe por derecho divino”.

Por eso, camuflado de naturalismo, la soberanía resultará ser un principio derivado del de Derecho Divino, pero distinto. El Derecho Divino es una doctrina justificadora de un orden al que cabe someterse, delegado en un monarca que lleva en sí la representación de la “corporación real” o Reino y que en su modo laico es como un vicario de Dios, a quien se encuentra sometido en conciencia. La soberanía es la sustantivización de un adjetivo –soberano– que será divinizada como el fundamento del orden mismo; un orden realizado a través del Derecho o Common Law en el caso inglés, que en ese sentido naturalista viene a ser “la razón natural desarrollada y explicada por la sabiduría colectiva de múltiples generaciones”.

La “divina” libertad de conciencia

John Henry Newman 2

John Henry Newman

Por último, en su cuidadoso relato de la historia inglesa, Figgis hace ver que en la doctrina del Derecho Divino se encuentra el origen de uno de los principios formales fundamentales de las democracias modernas: la libertad de conciencia. Esta reivindicación legal propia de nuestros tiempos nace de la protesta de un Rey que alega desobedecer en conciencia a los abusos del derecho de intromisión papal en los asuntos temporales, y ello en nombre de Dios. De hecho, este ha sido uno de los pilares importantes del anglicanismo a lo largo de su historia, de ahí que el famoso Brindis del cardenal Newman viniese de Inglaterra: “por el Papa, sí, pero primero, ¡por la conciencia!”.

Visto desde una perspectiva política, desde luego que son ahora los súbditos del rey –el pueblo entonces, o la sociedad, en nuestro días–, quienes se defienden o asumen las intromisiones del “clericalismo político” que dictamina el tejido normativo de obligado cumplimiento. Entre la maraña de deberes socioeconónicos impuestos por la moralina del consenso, esperemos que este principio moderno no quede, al menos por su uso, tan obsoleto como el divino Derecho de los reyes.

 

Lo que Europa debe al cristianismo. Dalmacio Negro

Lo que Europa debe al cristianismo

Título: Lo que Europa debe al cristianismo

Autor: Dalmacio Negro Pavón

Editorial: Unión editorial

Año: 2004

Madrid, 337 págs.

(para comprar pulse aquí)

por Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando en la universidad CEU-San Pablo

Este ensayo realizado por el profesor Dalmacio Negro en 2004 aborda la crisis existencial que Europa vive en su conflicto interno por o contra la religión. Una situación que podría calificarse de paradigma histórico pues jamás civilización alguna conoció un problema de tal naturaleza, en el que todo un continente intenta zafarse abiertamente de la religión que la ha concebido sin poder dejar de estar, paradójicamente, en continuo diálogo con ella. De tal modo que el que hasta hace unos siglos fue el continente más eminente, influyente, misionero y dinámico del planeta es el mismo que ahora existe de manera más remota, anémica y desorientada. Una Europa que, aún a expensas del auxilio que le confieren multitud de agentes externos y de su manifiesta impotencia desde hace ya algo más de un siglo, no parece tener nunca la pretensión de renuncia a su primacía histórica.

Entre el escepticismo acerca del proyecto de unificación política europea, el insustancial paficismo humanitarista que lo sustenta como ideología de base, la creciente influencia de la religión islámica en países como Francia, la incertidumbre existencial relacionada con la cuestión de la natalidad, la estética postmodernista asentada tras mayo del 68, el problema financiero y de propiedad, el auge de ciertos nacionalismos con una deriva aún más progresista, el general hastío consecuencia de la increencia y la escasa respuesta muchas veces por parte del clero y de los laicos, podemos afirmar que Europa se encuentra ante una gran encrucijada que seguramente no esté sabiendo interpretar.

La pregunta pertinente es entonces si Europa es capaz de encontrar una identidad y un sentido con ese extraño odio hacia sí misma, ya que si sólo consigue, como decía el cardenal Ratzinger hace unos años en el Senado italiano, “ver de su propia historia lo que es censurable y destructivo, al tiempo que no es capaz de ver lo que es grande y puro”, no le quedará más que reinventarse a partir de la nada, como parece estar haciendo especialmente en estos momentos. No obstante, la fisionomía de Europa es y seguirá siendo cristiana, y la tesis de fondo en este libro es que hasta el nihilismo con que hoy ineludiblemente nos topamos tiene unos rasgos configurados por el cristianismo. Por ello Dalmacio Negro concluye el libro con toda una serie de 20 ideas madre o formas clave que caracterizan aquello que solemos entender por cultura europea. Desde el concepto de democracia, la idea de progreso o hasta el hecho mismo del Estado, todo resulta verdaderamente poco comprensible sino es por su transmutación sufrida a raíz de la Fe. Por eso, podemos afirmar que las cenizas a partir de las cuales el fénix europeo querrá renacer una y otra vez, siempre estarán compuestas de componentes cristianos, aún a riesgo de quedar finalmente desvirtuados.

Al final, en este camino de pérdida de forma e identidad, parece no obstante un factor decisivo el solipsismo en el que Europa empezó a instalarse tras la Revolución francesa, algo que se materializó en esa corriente que hemos denominado como Romanticismo. La subjetividad se acentuó entonces de manera particular, así como la dicotomía violenta entre un pasado mitificado y un futuro vertido hacia optimistas utopías: el siglo de las revoluciones sociales nacería de esa contraposición entre el yo y el mundo (no-yo), en un movimiento que de alguna manera sobrevive a nuestros días, siendo además el Estado moderno el encargado de encauzar desde entonces este impulso de “destrucción creadora” a través de sus reinterpretaciones ideológicas de la realidad o, en otras palabras, de su proyecto, consciente o no, de la salvación de la humanidad en este mundo a través de las ideologías civiles.

Ese sentido del yo del nihilismo siempre va a encontrar en algún momento una brecha en la idea de “relación”, igual que en la de “trascendencia” y es muy seguro que, instalados en el voluntarismo absoluto, el futuro inmediato de Europa se juegue razonablemente en la respuesta creativa proveniente de estas dos realidades. El porvenir deberá de distinguirse del futuro; la promesa, del proyecto político. La brecha del nihilista es oportunidad de encuentro y el escenario está servido.

 

 

El absolutismo como mito – La querella de las investiduras – La razón pública

Seminario del 4 de Marzo de 2013

P1000282Henshall: Sostiene que Inglaterra iba muy avanzada hacia el Estado. Eso es lo que da lugar a la expropiaciones de Enrique VIII. No hay estado absoluto, sino el aumento de la potencia del Papa. Durchardt y Ash, polémica en Alemania. Aparece la expresión de absolutismo 1820 para criticar al Antiguo Régimen. Estaba antes presente pero sólo como legibus solutus. El absolutismo es un mito.

La confianza la destruye también la Reforma. El pensamiento que busca demostrar a Dios es porque es temeroso. La desconfianza se contrarresta mediante el miedo. Antes no jugaba un papel político. Pero el Estado va a utilizarlo transformando el Derecho en legislación. En Derecho canónico no hay distinción entre legalidad y legitimidad. Pero precisamente como estaban unidas, por ahí se cuela la legislación.

Querella de las investiduras. Más que cristiandad, habría que hablar de imperio como defensa frente al Anticristo. Por eso el emperador se mete a nombrar cargos eclesiásticos. Entonces sobreviene la lucha 1075, Dictatus Papae. Es el inicio de la lucha de la Iglesia por la laicización. La revolución legal papal, H. Berman (Law and Revolution). La formación de la tradición jurídica occidental. Las cosas sagradas son asunto de la Iglesia. Otra cosa es con Bonifacio VIII que consideraba todo sacro. Sociología de la Religión de Luhmann: desde el punto de vista sociológico no es indiferente si una sociedad es o no religiosa. Comte: el poder espiritual.

Binder o Pinder: sostiene que en el fondo Nietzsche ve que sin Dios no se sostiene nada. Paul Valadier, S.J., Nietzsche y la crítica al cristianismo, Cristiandad, 1982. M. Frank, no habla de ocultación de Dios sino como que “se va de vacaciones”. Abschied von Gott de un alemán. Autonegación de Dios para que lo finito pueda ser. G. Scholem: las grandes corrientes de la mística judía. Zubiri: lo importante no es el ser sino la realidad. Hobbes atribuye la potentia ordinata al Estado. No se da cuenta que con esto está construyendo un mito. Dalmacio: es un pensador profundamente cristiano. Es un pensador que va contra la revolución y crea algo revolucionario. Croce: la única revolución es la cristiana porque se dirige al hombre interior. La francesa es una contrarevolución. P. Manent: todos los problemas políticos de Europa son respuesta a problemas planteados por la Iglesia.

El Estado es un trasunto de la polis. La lucha es por hacer del Estado P1000280una comunidad como la Iglesia. El Estado-nación parece que lo consigue. La razón de Estado es eminentemente económica. Mientras la Comunidad busca el Bien (común). Destrucción del pueblo.

Mantener el equilibrio es la tarea de la política antigua y medieval, incluso hasta Maquiavelo. Con Hobbes ya no. El objeto de la Economía no es la producción: es la matriz de la lógica, combinar los recursos para que sean más eficaces.

Razón pública es lo que guía el Estado y ratio Status sería la razón intelectual de esta razón pública. El Estado se arroga la razón pública, la del pueblo.

El contraste, R. Guardini: en la vida práctica el principio de no-identidad, de no-contradicción etc… no son tan decisivos como el contraste. La vida práctica está llena de contrastes. Sin la libertad religiosa no hay libertad política. Pero en un contexto polémico, este debate se utiliza contra la Iglesia, etc… Marx es anti-estatista. El Estado como mito es anti-cristiano. En 1er lugar es particularista. Incluso si hubiera un Estado P1000281mundial sería anti-universalista, contra la Iglesia. La misio del estado es acabar con el conflicto. El marxismo es el nuevo cristianismo de Saint Simon. J. Ellul en su libro sobre el marxismo.

Agamben: el poder y la gloria. Historia de lo de economía de salvación. ¿Cuál es el origen de esta expresión?

Bibliografía

N. Henshall, The Myth of Absolutism. Change and Continuity in Early modern European Monarchy. Essex, Longmans Group 1992.

Paul Joachimsen,  “Der Humanismus und die Entwicklung des deutschen Geistes”.  Deutsche Vierteljahrsschrift für Literaturwissenschaft und Geistesgeschichte. 8. 1930.

R. G. Asch/H. Durchhardt (eds.), El Absolutismo (1550-1700), ¿un mito? Barcelona, Idea Books 2000. [Der Absolutismus – ein Mythos? Köln, Böhlau Verlag 1996].

H. Berman, Law and Revolution, The formation of the Western legal tradition, Harvard College, 1983.

N. Luhmann, Sociología de la Religión, Barcelona, Herder, 2009.

A. Comte, Primeros ensayos, Madrid, FCE, 2001.

Paul Valadier, S.J., Nietzsche y la crítica al cristianismo, Madrid, Cristiandad, 1982.

G. Scholem, Las grandes tendencias de la mística judía, Madrid, Siruela, 1996.

Zubiri, Sobre la realidad, Madrid, Alianza, 2001.

Croce, Perché non possiamo non dirci cristiani, Vicenza, La Locusta, 2004. Disponible aquí.

R. Guardini, El contraste, Ensayo de una filosofía de lo viviente-concreto, Madrid, BAC, 1996.

Saint Simon, El nuevo cristianismo, Madrid, Biblos, 2004.

J. Ellul, La edad de la técnica, Madrid, Octaedro, 2003.

G. Agamben, El reino y la gloria. Por una genealogía teológica de la economía y del gobierno, Valencia, Pre-Textos, 2009.