Leopold von Ranke. “Sobre las épocas de la Historia moderna”

Ranke - portada CEPCLeopold von Ranke. “Sobre las épocas de la Historia moderna”, edición preparada por Dalmacio Negro Pavón. Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2015, pp. 448. 

Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo

Es muy claro que el hombre de hoy, nosotros, tenemos por lo general un gran problema con la cuestión de la comprensión o explicación de eso que llamamos Historia, así, con mayúsculas. Parece como si no hubiésemos hecho otra cosa que heredar una pesada carga de los antepasados, una especie de legado descomunal que exige de un gran esfuerzo ya sólo para poder comprenderlo y en nuestras manos se jugase, además, el destino de las próximas generaciones. A ello podemos decir: no es del todo cierto, no es del todo falso.

La línea que separa un extremo de otro, por así decir, resulta confusa para muchos de nosotros y, sin embargo, solo empieza a trazarse cuando se enfoca partiendo de una respuesta muy personal, pues la historia, así como el poder, son fenómenos específicamente humanos, como diría Guardini, y ambos parece que se nos han vuelto problemáticos.

Corona Carlomagno

Famosa corona de Carlomagno

No en vano han de relacionarse poder e Historia, pues el dualismo existencial en el que estamos normalmente envueltos procede en buena medida de una maraña tejida entre ambos. Se ve muy claramente cuando se dice aquello de que “el hombre hace la Historia”, participado o entregándose a ella, como hacía Calígula en la obra teatral de Camus en un apoteósico final. Ahora bien, la Historia no es ningún bicho, no es un monstruo devorador ni algo así como un potro salvaje que cabalgar; estrictamente hablando, la Historia es lo que ha sucedido, son los hechos ocurridos, y el hombre no hace más que vivir en la Historia, estar en medio de ella. Posee de suyo una riqueza inabarcable, no circunscrita a reducciones de distinto tipo: “no se deja encasillar en adagios proféticos, ni respecto al pasado ni respecto al futuro; y menos aún según fórmulas matemáticas. No pertenece ni a Nostradamos, ni a Karl Marx, ni a los algebristas” dice en un escolio D. Dalmacio Negro.

Y es que el problema en este sentido se abre cuando, por ejemplo, nos hacemos la pregunta acerca del sentido de la Historia, que es perfectamente legítima, pero que, precisamente por ese fallo de querer entender la Historia en un sentido absoluto, casi como concepto, cae en el primero de los errores  de método histórico como es el historismo, que no hace sino tratar de sacar una idea, eîdos, de un época o momento. Una especie de búsqueda de la forma, Gestalt, de ciertos conjuntos históricos (el primero quizás en haberse hecho esta pregunta fue el famoso monje tardomedieval Joaquín de Fiore, cuya pregunta tuvo consecuencias verdaderamente insospechadas y tremendamente actuales). Y tras él, ante la pretensión de que esa Historia nos llevase a alguna parte más adelante, ante ese eîdos siempre por llegar, podemos darle una coherencia interna al conjunto, explicando el camino trazado o a trazar mediante el historicismo, cara de la misma moneda que el historismo.

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Leopold von Ranke

Y de este modo es cierto que para una solución a la pregunta del poder del hombre en el mundo cabe empezar, cuanto menos, por darle un enfoque adecuado, y para ello un historiador muy recomendable, librado además de la Gestalt romántica de su época, muy pegado a lo político y a sus necesarias tensiones, es Leopold von Ranke.

Este Sobre las épocas de la Historia moderna constituye una sorprendente síntesis, un resumen en muy pocas páginas, de la historia de Europa desde sus orígenes romanos hasta la época de las Revoluciones norteamericana y francesa, pasando por el desarrollo del Imperio en la Edad Media, la Querella de Investiduras con el Papado, las rupturas de los poderes temporales con el poder espiritual, el alzamiento de las Monarquías estatales y la Reforma protestante. El historiador alemán cuenta con el rigor de los acontecimientos cómo se ha ido orquestando esa polifonía política que es Europa, de la que siempre decía que era un Estado de Naciones. Lo hace centrado en su clave política, sabedor de que la tensión con el poder espiritual forma parte precisamente, se entienda o no, de su naturaleza. Así confiesa, por ejemplo, en conversación con su discípulo el Rey Maximiliano II de Baviera, para quien fueron impartidas estas lecciones, que la tensión fundamental en el momento de entonces, mediados del s.XIX, se jugaba entre los principios del legitimismo monárquico y el de la soberanía popular, alertando asimismo de los peligros de las nuevas religiones de la política: “de lo único que hay que pedir a Dios que nos guarde es de las revoluciones sociales”.

La clave de Ranke es su conjugación de las ideas que imperan en un momento de la Historia junto con las fuerzas vitales que las encarnan, de eso que llama las tendencias históricas, que conviven unas y otras en un mismo tiempo, e individuos que actúan en el mundo conforme a ellas. Así el Estado, por ejemplo, es una estructura de carácter histórico -y, por cierto, muy cristiana- que arrastra consigo, como estructura política, una serie de ideas o concepciones del mundo que también le sirven de sustento. Por eso resultan interesantes al mismo tiempo las numerosas notas de esta nueva edición reeditada por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, con las que Dalmacio Negro y su explicación del Estado va contrastando el discurrir histórico narrado por el alemán. Unos apuntes que remiten por otra parte precisamente a su libro Historia de las formas del Estado.

Orbis terrarum 2

Es tan cierto que hoy lo político ha sido ya tan indiscutiblemente sustituido por lo “social” (muchos se sienten “cansados” por ello) que resultan esclarecedoras y muy gratificantes obras como la de Ranke, centradas en la historia de lo puramente político, en sus connaturales tensiones con lo espiritual y en ese misterio contenido en eso que llamamos el carácter de los pueblos. Porque la Historia no debe cansar, sino a lo sumo enseñar e inspirar, pues la respuesta es de cada tiempo, en medio de las nuevas tendencias, que pueden llegar ser tan omnímodas y aniquiladoras de lo humano como el propio pasado reciente ha podido demostrar.

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El mito del hombre nuevo. Dalmacio Negro

9788474909616Título: El mito del hombre nuevo

Autor: Dalmacio Negro Pavón

Editorial: Ediciones Encuentro

Año: 2009

Madrid, 437 págs, 28 Euros.

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por Armando Zerolo Durán. Prof. Ciencia Política Universidad CEU-San Pablo.

Dalmacio Negro, en El mito del hombre nuevo, aporta un concepto fundamental para entender la deriva totalitaria de las políticas occidentales: a saber, el de «religión secular». La política contemporánea, lejos de carecer de fe, tiene demasiada, ¿pero en qué cree? Según el profesor Negro, hoy se cree con fe religiosa en un objeto que no es digno del fervor humano, el Estado, a quien se confía una misión salvífica secularizada.

El resultado de la nueva religión secular, desprendida de toda trascendentalidad, es un fin inmanente que consiste en transformar al hombre, desde su cuerpo hasta su alma, para convertirlo en un ser con una naturaleza nueva. Por tanto, el largo camino recorrido por Dalmacio Negro para describir el nuevo fenómeno político, en realidad describe una revolución antropológica puesta en manos de la política.

Entran en juego muchos elementos bien conjugados por el profesor Negro para explicar el complejo fenómeno contemporáneo de la aparición de un hombre nuevo. En primer lugar, un concepto con un calado tan profundo debe incardinarse en un sustrato religioso que le de el vigor necesario, y lo encuentra en la herejía protestante y el calvinismo. Otro elemento no menos importante y vinculado al primero es el de una nueva concepción de la naturaleza, que se empieza a entender como mero objeto manipulable por una razón técnica. Es el nacimiento del artificialismo, que supone que la naturaleza no participa de la razón y que, por tanto, no tiene principios propios que orienten la conducta. Todo es transformable si se tiene la fuerza necesaria para hacerlo, el único límite a la voluntad aplicada es el poder de que se disponga. En el S.XVI esto supuso una revolución intelectual, pero con el paso del tiempo y la evolución tecnológica, el problema empezó a tener efectos en el mundo físico y antropológico. La conquista del universo fue un movimiento bidireccional, de explosión hacia nuevos mundos, y de implosión, hacia la posesión de las almas.

El Siglo XVIII vio nacer una nueva filosofía y, con ella, nuevos profetas de la política. Quizás el más significativo fuese Rousseau, quien dio forma a un nuevo Estado Moral encargado de redimir al hombre del pecado original. Con el contractualismo rousseauniano, el mito del hombre nuevo tomó la forma con la que se le conocería a partir de entonces. El estado de naturaleza, momento histórico mítico, imaginario, sirvió de guía y motor para la revolución permanente de la realidad. Ofreció los presupuestos ideológicos para que la rebeldía moderna contra lo natural tomase cuerpo en forma de Estado Nacional. Con la hipóstasis de la Nación, convertida en un cuerpo con un querer y un entender propios, los individuos encontraban el lugar al que entregar en holocausto su voluntad. La voluntad de cada uno, los deseos del corazón humano, debían convertirse en la voluntad de la Nación. La libertad personal, como bien vio Rousseau, no podía desconocer el destino del Mundo, pero el ginebrino, al desacralizar el mundo, también mutiló la libertad. El horizonte de la libertad ya no era el misterio, que con la encarnación, se ofrecía al hombre, sino que era la Nación. De aquí que Rousseau llegase a lo que posteriormente se ha conocido como «la paradoja de la libertad» que, según él mismo, consiste en lo siguiente: «a fin de que el pacto social no sea una fórmula vana, encierra tácitamente el compromiso, que por sí solo puede dar fuerza a los otros, de que cualquiera que rehúse obedecer a la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo; lo cual no significa otra cosa sino que se le obligará a ser libre, pues tal es la condición que, otorgando cada ciudadano a la patria, le garantiza contra toda dependencia personal, condición que constituye el artificio y el juego del mecanismo político y que es la única que legitima las obligaciones civiles, las cuales serían sin ella absurdas y tiránicas y quedarían expuestas a los mayores absurdos».

La politización de la moral llevada a cabo durante los siglos XVIII y XIX va absorbiendo los ámbitos jurídico, político y económico, tras haberlo hecho previamente con el religioso y metafísico. Todos estos ámbitos de la existencia humana, sin los cuales la acción humana no puede realizarse, son monopolizados por el Estado y, con ellos, la moral entendida en un amplio sentido. De ahí a neutralizar la conciencia no hay apenas distancia, pues una conciencia concebida al margen del Mundo es una entelequia. Es el momento, según Negro, del Estado Minotauro, un Estado que controla los cuerpos y las almas, una realidad política que aspira a fabricar un hombre nuevo, una nueva naturaleza y un nuevo Dios.

Las características de este hombre nuevo, tal y como se articulan en el mito, suponen una confianza absoluta en el futuro, y un pesimismo sobre el presente, lo que genera al tiempo un resentimiento sobre la realidad, y un ansia revolucionaria desmesurada. Un hombre que se libera del presente, de su presente histórico y temporal, que sale de su cuerpo y se emancipa de su sexo, de sus padres, de su patria y de su Dios, «un hombre –escribe Negro- desarraigado, ajeno a la tierra, para el que la muerte carece de sentido y cuyo sentimiento de felicidad consiste en la indiferencia». El hombre nuevo es producto de la transformación de la sociedad y de la cultura que, sin compromiso con el pasado, se lanza confiado en brazos de la nueva sociedad perfecta.

La nueva criatura de la revolución antropológica es solitaria, desarraigada, sin pasado y sin presente, perteneciente a un colectivo homogéneo que llama «humanidad», pero que no tiene personalidad porque le han extirpado la conciencia. Irreligioso, neutral, antipolítico, unidimensional, utilitario, puramente exterior, en el que el cuerpo es lo único, «en suma, un hombre en el que habrá desaparecido la naturaleza humana según ha sido hasta ahora. Un nuevo Adán».

La originalidad del pensamiento de Dalmacio Negro que, en este libro, explica el motor espiritual de la ideología política contemporánea no se detiene aquí, y en Historia de las formas del Estado, publicado por El Buey Mudo en 2010, una secuela de El mito del hombre nuevo, desarrolla las causas y efectos políticos de la religión secular.

Historia de las formas del Estado. Una introducción.

Dalmacio NegroTítulo: Historia de las formas del Estado. Una introducción

Autor: Dalmacio Negro Pavón

Editorial: El Buey Mudo

Año: 2010

(Publicado en El Buey Mudo)

Un libro que trata de comprender lo que es el Estado a través de la Historia de las Ideas.

“Hasta qué extremo el concepto de Estado se ha convertido para Europa en omnímoda idea ordinal se manifiesta, finalmente, en el hecho de que fuera posible convertirlo en el siglo XIX en concepto genérico aplicable a todos los tiempos y pueblos y en la concepción del orden político por antonomasia en la historia universal. Aún hoy en día, hay quien habla del “Estado antiguo” de los griegos y romanos en lugar de la Polis griega o la República Romana, o se refiere al “Estado alemán de la Edad Media”. De este modo, una forma concreta de organización específica de la unidad política, enteramente vinculada a una época y condicionada por la historia, pierde su lugar en ésta a la vez que su contenido típico. Con  su engañosa abstracción se la aplica a tiempos y pueblos totalmente diferentes proyectándola sobre formaciones y organizaciones de carácter completamente distinto. Es probable que esta enfatización del concepto de Estado elevándolo a la categoría de organización genérica de la forma de organización política de todos los tiempos y pueblos acabe, en un futuro próximo, cuando termine la época de la estatalidad”.
Carl Schmitt

Dalmacio Negro acomete la clasificación de las formas de Estado desde el punto de vista de las ideas, destacando su evolución y su específico modo de ser. Es un análisis que aborda no sólo la actual deriva del Estado, sino también su naturaleza y  su papel configurador de las relaciones entre los mismos ciudadanos.

El autor:

Dalmacio Negro Pavón (Madrid, 1931) es catedrático de Ciencia Política en la Universidad CEU San Pablo. Miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, es autor de numerosos ensayos, artículos, colaboraciones en obras colectivas y ediciones de clásicos del pensamiento político. Ha publicado Liberalismo y socialismo. La encrucijada intelectual de Stuart MillComte: positivismo y revoluciónEl liberalismo español. Una AntologíaLa tradición liberal y el Estado;Gobierno y EstadoLo que Europa debe al cristianismoEl Estado en EspañaLa situación de las sociedades europeas. La destrucción del êthos y el Estado y El mito del hombre nuevo.

 

Seminario del jueves 17 de Enero de 2013

El seminario de pensamiento político ha seguido durante muchos años como hilo conductor el manual clásico de G. Sabine, Historia de la teoría política, FCE. Desde hace medio año está tomando como hilo conductor el libro de Dalmacio Negro Pavón, Historia del las formas de Estado, (Madrid, El buey mudo, 2012). Tras haber leído y comentado el capítulo I (Cuestiones previas sobre el orden político, la historicidad de la política y el problema político planteado por el Estado), el capítulo II (Lo político) y el tercero (Las formas de la vida política), en esta sesión comentamos el cuarto, titulado El Estado.

Se podría sintetizar la discusión entre los diferentes participantes en torno a tres polos: la cuestión de la ley de hierro de la oligarquía, el Estado como mito y la relación del Estado con los procesos de civilización. Así pues, algunas de las ideas tratadas en ese día fueron:

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La ley de hierro de la oligarquía

Opera en el nivel de régimen no en el de forma (es decir: monarquía, aristocracia, democracia, oligarquía como variedad de la aristocracia). En toda forma política está inmanente la ley de hierro de la oligarquía (Michels, Mosca). Guste o no guste, gobiernan unos pocos (al parecer este tema suscitó estupor hace poco en un encuentro académico). Si no hay un ethos que actúe, el poder de la oligarquía queda sin límites reales. También se trata de que la democracia con el peso de los números contenga a la oligarquía. Con la aparición del socialismo se plantea el problema de que la ideología hace que el Estado deje de ser neutral. Sin embargo, parece que si el Estado no es neutral, no existe. A propósito de esto se señala que la socialdemocracia (Lasalle) es la matriz del socialismo revolucionario (Lenin o Rosa Luxemburgo eran originalmente militantes socialdemócratas) y no viceversa.

El Estado como mito científico

Véase el libro de Cassirer, El mito del Estado. El Estado surge con la pugna de Hobbes contra Aristóteles y su deseo de constituirse en una alternativa al aristotelismo. Para Hobbes los que participaban en la guerra civil eran “aristotélicos”. Es importante entender la propuesta histórica de una monarquíalas reformas sociales sin revolución (Von Stein, solución propugnada en España por Ángel López Amo). Para esto también, A. D’Ors y H. Hoppe. El socialismo se basa en una interpretación económica del Estado. Éste surge para dar seguridad. Al principio religiosa, luego política, social y ahora hasta sexual (seguridad en el placer, scil. aborto). El Estado es un Estado de excepción permanente. Hoy se descompone porque no puede ya quitar más (cfr. Sloterdijk, Die nehmende Hand und die gebende Seite, Suhrkamp, 2010) así que o se externaliza o privatiza. Contemporáneamente la empresa está sustituyendo a la propiedad (también por motivos fiscales). El Estado es un mito creado científicamente para dar seguridad. Contrasta con la tradición sapiencial de la política (Rodríguez de la Peña, Los reyes sabios. R. Brague, La sabiduría del mundo). El Rey siempre actúa con la idea de imponer su voluntad de manera sabia. O. Marquard es un pensador alemán muy interesante. Quien gobierne debe ser alguien con experiencia.

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El Estado y el proceso de civilización

Se plantea la coexistencia del Estado y del proceso de civilización en el sentido de N. Elias. ¿Son fenómenos coetáneos, con una relación de causalidad, parte de un megaproceso mayor? El Estado y la Sociedad están cada vez más confundidos (cfr. la gobernanza) y la presión para estandarizar procesos y para introducir la vida en una previsibilidad civilizatoria es creciente e intensa. Sin embargo, el proceso de civilización sostiene la vida humana como nunca antes era pensable. Por ejemplo, con la revolución médica (cfr. Le Fanu, The Rise and Fall of the Modern Medicine). El primer gran aparato técnico o civilizatorio es el Estado. Esto es cada vez más objeto de crítica por parte de Benedicto XVI: el proceso de civilización está convirtiéndose paradójicamente en un proceso de civilización (estandarización) descivilizador (eliminador del ethos).

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Bibliografía y autores tratados

R. Michels, Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna. 2 Tomos, Amorrortu editores (2a, ed. 2008).

G. Mosca, Scritti politici, Classici UTET, 1982.

J. Le Fanu, The Rise and Fall of the Modern Medicine, 2011.

O. Marquard, Filosofía de la compensación, Barcelona, 2001.

A. Rodríguez de la Peña, Los reyes sabios, Actas, 2008.

R. Brague, La sabiduría del mundo, Encuentro, 2008

N. Elias, El proceso de la civilización, FCE, 2010

P. Sloterdijk, Die nehmende Hand und die gebende Seite, Suhrkamp, 2010

A. D’Ors, Ensayos de Teoría política, EUNSA, Pamplona, 1979.

H. Hoppe, Monarquía, Democracia y Orden Natural, Gondo, 2004.

L. Von Stein, Movimientos sociales y monarquía, CEC, 1979.

Ángel López Amo, La monarquía de la reforma social, Rialp, 1952.

F. Lasalle, ¿Qué es una constitución?, Buenos Aires, Siglo XX, 1975.

E. Cassirer, El mito del Estado, FCE, 2004.

G. Sabine, Historia de la teoría política, FCE.

D. Negro Pavón, Historia de las formas de Estado. Una introducción, El Buey Mudo, 2010.