Michael Burleigh. Causas sagradas: religión y política en Europa.

Causas sagradas img2Michael Burleigh. Causas sagradas. Religión y política en Europa: de la primera Guerra Mundial al terrorismo islamista . Madrid, Taurus, 2006, 640 pp. 

por Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo. 

Estamos de vuelta con la segunda parte de este estudio panorámico del investigador británico Michael Burleigh, historiador y periodista en medios como The Times o el Daily Mail, que retoma el hilo de su narración histórica del binomio religión-política allí donde lo dejó, a finales de la Primera Guerra Mundial, con ánimo de desembarcar en nuestro siglo XXI con una perspectiva algo más justa, más adecuada, que la que suelen aportar nuestros manuales historicistas al uso.

¿Y por qué son interesantes estos dos tomos de un escritor británico que estudia las ‘religiones de la política‘ arrancando desde la Revolución francesa? Entre otras cosas, porque su inhabitual perspectiva nos acerca al quid del verdadero sentido de la Historia, pues pone en relación el plano de las creencias —apuntando a ese problema hoy tan evidente como es el de la conciencia— junto con otro ámbito, tan esencial cuando se habla de política, como es lógicamente el de la acción humana. Pues no hay acción sin intención, no se obra sino es a través de una idea concebida en algún contexto dado: así es como acontece en la Historia y como se estudia en política. Comprender el pasado histórico con todas las debidas consideraciones ayuda pues a percibir esas ideas en las que el hombre habita, que diría Ortega, cosa que nos acerca, por tanto, a entender al propio hombre en su historia, con todos los factores que lo constituyen. Es la única forma que tenemos de llegar a ser capaces de mirar con más justicia esta revuelta época presente y a ese hombre, que somos nosotros, que se encuentra viviendo en ella. En ese sentido, puede citarse de nuevo aquella especie de disculpa de Alexis de Tocqueville a la hora de abordar la cuestión, medio siglo después de la Revolución: «no hay ninguna acción humana, por muy rara que sea, que no nazca de una idea muy general que los hombres han concebido de Dios, de sus relaciones con el género humano, de la naturaleza de su alma y de sus deberes hacia sus semejantes. No podemos evitar que esas ideas sean la fuente común de la que proviene todo lo demás».

Michael Burleigh2Burleigh, agnóstico declarado, realiza su estudio detallado en un espacio intermedio entre la historia del cristianismo y la deriva del mundo moderno tras los cambios suscitados desde 1789, en un terreno en el que «cultura, ideas, política y fe religiosa» de alguna manera las hacen converger. De este modo, el libro comienza narrando el alzamiento de los totalitarismos partiendo del desbarajuste suscitado por el famoso Tratado de Versalles, que despreció categóricamente a los vencidos en la guerra, dando pie a que se creasen las condiciones para el advenimiento de la Segunda Gran Guerra, además de una descripción del estado social e institucional en que se encontraban los países tras la contienda. En este caso, comienza contando por ejemplo las diferencias habidas en la forma de conmemoración de la contienda o la manifestación nacional de duelo entre los distintos países como forma pública de culto civil, algo que tuvo un mayor arraigo en las victoriosas Gran Bretaña o Francia que en Alemania, cuyo humus social, político y espiritual de entonces se hallaba más expuesto a las tendencias del romanticismo político y a sus distintos profetas, dando lugar más tarde al triunfo de la consabida ideología nacionalsocialista.

Siguiendo no obstante esta especie de tercera vía entre cristianismo y modernidad, la panorámica que encontramos en Causas sagradas no se centra únicamente en la historia sucesiva de las grandes potencias arrebatadas por el espíritu totalitario, que contagiaron a su vez a toda una serie de países entonces como Yugoslavia, Austria o Rumanía, sino que expone en todo momento el diálogo que las distintas confesiones cristianas, es decir, el protestantismo, los ortodoxos y la Iglesia católica, tuvieron en los momentos más significativos. Resulta llamativo desde ese punto de vista la minuciosidad con la que trata el caso de Pio XII y la Iglesia en su papel frente a los distintos países antes, durante y después del conflicto bélico. La dificultad para entender los cambios advenidos en cada sitio y en cada momento, la verdadera capacidad o no de denuncia de las locuras cometidas en nombre de la ideología, la posibilidad de ayuda y amparo a las distintas víctimas en los distintos momentos, qué respuesta se fue dando a la cuestión judía, la relación con los Estados Unidos, su situación tras el conflicto a la hora de la reconstrucción del continente… todo esta explicado con un especial detalle con el que se quiere evitar cualquier crítica mordaz o precipitada.

Muro de BerlínEl trabajo de años de estudio hace que este análisis distinga con bastante claridad las diferencias la historia de países en cierto modo dispares como Rumanía y Francia, Inglaterra y Rusia, Yugoslavia y Portugal, o el caso irlandés, al que dedica un capítulo aparte en el que uno puede acercase al nudo de la cuestión irlandesa frente a las idílicas evocaciones que la nostalgia y el cine han creado en el imaginario colectivo de la patria de San Patricio, la Guinness y el IRA. La segunda mitad de la obra recorre más sucintamente la situación del comunismo durante la Guerra Fría, en especial en Alemania, el recorrido iniciado por los democristianos tras la guerra y el papel de la Iglesia del polaco Juan Pablo II antes de la caída del muro.

Cierto es que resulta llamativo cómo esta profusa historia del s.XX entre el cristianismo y la modernidad, entre religión y política, de este británico afincado en Londres parece abreviarse pasada la Guerra Fría en una serie de críticas morales al libertinaje de la cultura sesentayochista, al espiritualismo New Age  y a la teología de la liberación, antes de llegar al 11 de septiembre como paradigma de un nuevo tiempo en el que la amenaza islámica se cierne cada vez más sobre un Occidente desnortado entre la neutralidad desconcertante del Estado de Bienestar, junto con el olvido que la Unión Europea tuvo expresamente desde 2004 cuando olvidó citar al cristianismo como una de las señas identitarias fundamentales de Europa en el anteproyecto de la Constitución de la Unión Europea. Pues nadie va a negar que, más allá de las especulaciones acerca de la posibilidad de una futura Eurabia —como llaman a la teocracia que el islamismo impondría de hacerse con el poder en el viejo continente—, el fundamentalismo islámico es una realidad que está llamando hoy a la puerta de una Europa que se encuentra en otro nuevo paradigma con respecto a la situación heredada tras la victoria aliada de 1945. Aun con todo, se echa en falta en este gran vistazo de la historia del siglo pasado alguna concreción mayor o referencia a la relación entre religión y política que históricamente se ha ido configurando bajo la socialdemocracia europea. Pues es cierto que la historia no ha llegado a su fin, como diría un Fukuyama refiriéndose con ello a la homologación que la forma de las democracias de partidos europeas ha conseguido. No solo eso, sino que la ideología ha seguido postulando una idea avanzada del ‘hombre nuevo‘ propia de las religiones, en este caso, de la religión ateiológica surgida de la Revolución. Una Revolución que quiso empezar de cero la Historia, haciendo de ella un demiurgo que, por mediación de los hombres, iría alcanzando su desarrollo hasta alcanzar una plenitud que vendría a ser la instalación del Reino de Dios en la Tierra, que por medio de un poder y una fuerza descomunal, instalaría por fin la salvación en este mundo.

La pregunta que cabe hacerse otra vez en estos momentos es, observando ese interín entre la caída del muro y el ataque a Norteamérica, ¿qué ha sucedido con la ideología bajo las nuevas formas de política benefactora en Europa?, ¿muerto el perro —léase Hitler, Stalin o el Tito yugoslavo— se acabó la rabia? ¿no es hora de ir más allá de los diversos mitos de la transición hacia un significado un tanto más profundo de en qué consiste y ha consistido la socialdemocracia postbélica? Seguramente sea éste uno de los mayores interrogantes políticos dignos de ser afrontados, al menos en la presente Europa.

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Carl Schmitt. “Teoría de la Constitución”

Teoría de la ConstituciónCarl Schmitt. “Teoría de la Constitución”, Madrid, Alianza editorial, 2011, pp. 494.

por Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo.

Las frecuentes alusiones de muchos de nuestros mandatarios contemporáneos en lo que a la “estabilidad”, “afianzamiento”, “dignidad”, “respeto”, “integridad”, “defensa”, “victoria” y “confianza” del Estado de Derecho se refieren, no hacen más que intentar arraigar, en la confusa mentalidad política actual, uno de los mayores mitos políticos de nuestro tiempo. Baste citar esta obra del conocido jurista alemán, para que podamos entender mejor los presupuestos y elementos fundamentales que caracterizan a este edificio del derecho positivo, la obra magna que el liberalismo político rememora con nostalgia como su edad de oro.

Para Carl Schmitt, resulta claro que la unidad de la Nación moderna se debe a un acto político garantizado por el Estado, que ayuda con su mecanismo al mantenimiento de la soberanía. Desde entonces, el problema desencadenado, de manera especialmente gráfica en el s. XIX, era saber quién mandaba y mantener el equilibrio de la soberanía a través del sistema de los contrapoderes, procurando su separación y distinción. El problema en cada entidad nacional desde entonces, hasta ahora, ha sido cómo se podía bascular la tensión del poder entre esos dos extremos opuestos cuya misma polaridad configura el esquema básico del Estado moderno: la soberanía de uno solo (la del rey o dictador) y la de la llamada soberanía popular o democracia que, como Schmitt sostiene, reviste de igual modo el carácter de una dictadura, pues su decisión tiene voluntad de dictaminar la forma de la propia existencia política y siempre es personal, a pesar de que revista la forma de una comisión.Asamblea constituyente

De este modo se llega  al paradigma moderno del estado del ciudadano, un ente abstracto configurado a través del pacto recogido en la Constitución por medio del llamado poder constituyente. La decisión de tal poder, análogo por otra parte al poder de creación ex-nihilo del Dios del Génesis, contiene así un cierto fundamento ontologizador al afectar, en palabras de Schmitt, a la forma de “existencia política” de los individuos contenidos en tal pacto.

Identidad y representación: contrapoderes existenciales necesarios

Uno de los puntos fundamentales destacados por Schmitt en este sencillo manual de filosofía del Derecho Constitucional, reside en el problema político inaugurado hace dos siglos y del que nunca terminan de asimilarse sus consecuencias prácticas: la representación de la soberanía popular.  Y es que a la legitimidad del monarca absoluto -procedente del Derecho Divino de los Reyes protestante-, que identificaba un pueblo con su rey, le sigue consecuentemente la identificación que el pueblo encuentra en sus representantes. La equivalencia es tal, pues hoy -quizás no se sepa lo suficiente- el Derecho Divino está instalado en la palabra “democracia”. No obstante… ¿existe realmente esta equivalencia política en la representación en nuestro tiempo? Esta pregunta resulta clave hoy más que nunca, pues en ella está en juego todo el ser político -y tal vez algo más- de un pueblo, además de otros factores como la unidad de una Nación.

Escaño vacío

El sistema de escaños fantasmas

Si la monarquía absoluta entrañaba una representación absoluta, con la soberanía popular la representación no se realiza en menor grado sino de forma distinta, diversa. Ya no será una persona quien, de manera totalizante, encarne un Estado, sino una nueva pluralidad. Por eso suele recordarse que lo que la Revolución francesa trajo consigo fue, entre otras cosas, a los partidos políticos. Esto implica: primero, que el pueblo no se representa participando directamente en los asuntos públicos, sino por los cauces diversos de lo que entendemos extensivamente por “opinión pública”; después, que el pueblo no elige a sus representantes sino que es la comisión constituyente la que normalmente estatuye a los representantes del pueblo, sirviéndose, por ejemplo, de normas que regulan el funcionamiento de las elecciones. Y es que a falta de libertad política, la representación será el mal necesario para que el orden constitucional del Estado moderno se establezca. Cabe señalar además que caer en el extremo de la idea representativa resulta un peligro pues, como dice Carl Schmitt:

Democracia el roto

En ningún lugar ni en ningún momento ha existido una identidad absoluta y completa del pueblo presente consigo mismo como unidad política. Todo intento de realizar una democracia pura y directa tiene que observar esos límites de la identidad democrática“.

 

En última instancia, esto anula por completo la mediación “teatral”, si se quiere, de la representación. La idea de una democracia directa, como sostienen muchos estudiosos de Ciencia Política actuales, además de privatizar el sentido de lo público tal y como se entiende con el Estado moderno, elimina la noción de autoridad contenida en la idea de representate -un magister, al fin y al cabo-, al tiempo que, por cierto, se da un paso más destinado a la politización de la existencia, algo que todos vivimos en el presente.

Dicho en otros términos: la mentalidad creada por el Estado, su ideología, en forma de “estatismo”, será tanto más influyente cuanto menos tiendan a diferenciarse estos dos principios de identidad y representación, ya sea por asunción consciente que busca de alguna manera la reforma del sistema, o por la resignación general de la conciencia, es decir, en última instancia, la despersonalización o descuido de lo privado ante el asedio de lo político.

De la política a la creencia: teología política

Ciertos expertos en Carl Schmitt aseguran que ésta Teoría de la Constitución, que escribió hacia 1928, resulta una de sus obras más completas. Y lo cierto es que, cualquier buen conocedor de la obra del alemán se da cuenta de que, en este manual de Derecho, laten constantemente muchas de sus preocupaciones como son el problema de la unidad de la soberanía y la importancia de la decisión en la configuración de la dictadura moderna, la forma normativa del orden buscado por el Estado de Derecho liberal burgués y, de una manera especial, las conexiones entre la teología cristiana y la política post-revolucionaria. La analogía más básica la encontramos en la asociación del principio de legitimidad monárquica con la trascendencia de un Dios personal y la legitimidad democrática asociada con la inmanencia y un principio teológico secularizado como el de la igualdad. Algo que permite entender, también desde la política, la creencias religiosas de un pueblo.  Ese “dime en qué Dios crees y te diré quien eres”, viene también determinado por la forma política de una época.  ¿No podemos ver una relación entre ese Dios ajeno a su Creación con los sistemas normativos cerrados y autónomos de muchos teóricos del Estado de Derecho?, ¿y entre la igualdad de todos los hombres ante Dios con la igualdad ciudadana ante la ley del Estado, como refería Tocqueville? Atendiendo a la forma decimonónica del Estado, Schmitt nos puede recordar así a un Donoso Cortés:

Da Vinci y el Dios creadorLa burguesía liberal quiere un Dios, pero un Dios que no sea activo; quiere un monarca, pero impotente; reclama la libertad y la igualdad, pero al mismo tiempo, la restricción del sufragio a las clases poseedoras para asegurar la necesaria influencia de la cultura y de la propiedad en la legislación“.

La dicotomía entre un Dios cercano e interventor y un Dios creador de un orden perfecto resultan fundamentales para entender especialmente toda la política europea del s. XIX y buena parte de la del s. XX.

Si atendemos a estos fundamentos, siempre podremos decir que la verdadera revolución política comenzó siendo una revolución escatológica. Y así, la primera no puede perder de vista la segunda, incluso cuando cree hallarse lejos de todo cielo para actuar sobre el mundo. Pues no es una novedad el decir que la escatología política -si podemos emplear este término- se encuentran también muy presente incluso para el supuesto del extremo democrático: un pueblo o “humanidad” que intenta determinarse a sí misma.

Para Schmitt el problema está claro: el pueblo no puede estar absolutamente presente, ni estar por tanto absolutamente representado, ni, a fortiori, conservar una unidad política. Lo sucedido en 1789 tuvo, de hecho, que explotar hacia afuera para, inmediatamente después, ser fuertemente representada. Nos preguntamos, entonces: ¿que otra deriva política le queda a la forma ateiológica democrática?

¿Monarquía o República?

¿Monarquía o República? En Dalmacio Negro “Capítulo III: Las formas de la vida política”, Historia de las formas del Estado, Madrid, El Buey Mudo, 2010, 421pp.

Giovanii Bembo

Giovanni Bembo, Dux de Venecia (1543-1618)

La historia moderna de España está marcada por la sucesión de “repúblicas” y “monarquías” y se tiende a asociar la forma republicana con la ideología de izquierdas, y la monarquía con la de derechas. Grave confusión que nos impide avanzar con serenidad. Son muchos los que ignoran que las principales y más duraderas monarquías medievales eran republicanas, como por ejemplo la española con el reinado de los Reyes Católicos o la Serenísima República de Venecia, gobernada por el Dux. Para mayor confusión, se da por hecho que la monarquía tiene que ser hereditaria, cuando lo cierto es que hay infinidad de monarquías históricas que han sido electivas, como la de los pueblos germánicos, la merovingia y los primeros reyes de Asturias; y que en la actualidad existen también monarquías electivas como la de los Estados Unidos de América cuyo presidente no es rey pero sí reina, el Vaticano, Samoa y Malasia.
Dalmacio Negro, en su libro Historia de las formas del Estado”, realiza una distinción histórica y teórica que puede ayudar a aclarar la diferencia entre distintas realidades políticas aunque, claro está, la decisión sobre la mejor para un momento histórico concreto nunca vendrá dada enteramente por un razonamiento teórico, sino por la prudencia política y el análisis de todas las circunstancias tenidas en su conjunto.
Para Dalmacio, “la República es en Occidente la figura por antonomasia del orden político, de lo Político como res publica, la cosa pública como concreción del bien común, en tanto el hombre, todo hombre, es político por naturaleza” (p.53). La herencia de este orden político concreto nos viene de Grecia y Roma, pero no en la misma medida ni en idéntico sentido. Para los griegos la forma visible era la ciudad, polis, y lo común la politeia, mientras que el ciudadano formaba parte de ella, “era propiedad de ella”. Al decir de Jouvenel, la intensidad comunitaria de la vida política y moral de los antiguos griegos, debida precisamente a esta propiedad que la polis tenía sobre el ciudadano, resultaría asfixiante a un hombre moderno. Para los romanos, los cives eran hombres libres propietarios de la Urbs, la cosa pública, de la res publica, que era un concepto eminentemente jurídico. Las concepciones griega y romana era en este punto, por tanto, antitéticas. “Europa, según Dalmacio Negro, es heredera de Roma, no de Grecia, aunque la introducción del Estado potenció los conceptos políticos griegos” (p.54).res publica romana
Ahora bien, una cosa es la forma del orden político, que en Europa ha sido casi siempre republicana, y otra muy distinta, la forma del mando político. Una cosa es el orden político y otra cómo se constituye su mando. Dicho de otro modo, no es lo mismo el que manda que aquellos a los que manda, y todavía hoy seguimos inmersos en esta confusión.
Las formas del Gobierno “son los tipos en que se institucionaliza el gobierno del orden político desde un punto de vista formal” (p.43), se basan en la moralidad (êthos) de un grupo determinado e implican el modo concreto de elección del que manda. Tradicionalmente se distinguen las formas de gobierno puras de las impuras. Las puras son “la Monarquía, que es el mando de uno solo ordenado al bien común cuyo ideal es el filósofo rey de Platón; la Aristocracia es el mando de varios, los mejores, los aristoi, los virtuosos; y la Democracia es el mando del pueblo en su conjunto” (p.44). Las formas de gobierno impuras son la perversión de las puras y son tantas como repúblicas corruptas ha habido en la historia, cada una con su propia forma, aunque sí se puede hacer una tipología: por ejemplo, la corrupción de la Monarquía puede dar lugar a una monarquía Absoluta, Constitucional o Parlamentaria, el Principado, el Presidencialismo, Tiranía, etc. La corrupción de la Aristocracia puede dar lugar a la Oligarquía, la Timocracia, la Tecnocracia, Burocracia, etc. Y la corrupción de la Democracia puede devenir en Oclocracia (gobierno de la plebe), la Democracia social o la Democracia totalitaria. Tocqueville habló, por ejemplo, de la tiranía de la mayoría.
Ahora bien, como señala Dalmacio Negro, se ha de distinguir entre el orden político y el gobierno. La república, res publica, puede gobernarse monárquica, aristocrática o democráticamente y, por lo tanto, es “falsa la oposición entre la República y la Monarquía como si fuesen dos formas políticas, de régimen, radicalmente contradictorias. En la tradición occidental, la República es la forma natural del régimen, del orden político, y la oposición entre Monarquía y República hay que entenderla en la perspectiva de las formas europeas en contraste con las de otras culturas y civilizaciones” (p.54).monarquia medieval
Cuando algunos, de derechas y de izquierdas, del centro, de arriba y de abajo, desean una república para España aciertan, porque históricamente es la forma del orden que nos es propia y la que mejor concilia la politicidad natural del hombre con la historicidad de lo político. Pero cuando algunos, también de un lado y del otro, rechazan que el gobierno de la república pueda ser monárquico, se equivocan en lo fundamental, que es la distinción entre el orden político y su gobierno.

La pregunta hoy, ahora, es que qué orden tenemos si no es republicano, y cuál es la mejor forma de Gobierno que le corresponde a eso que tenemos hoy y que no es una república. La pregunta está abierta, demasiado abierta, pero si una pregunta se plantea mal, es imposible llegar a una respuesta acertada.

Jonathan Swift. “Viaje a Laputa” en Los viajes de Gulliver.

En uno de sus accidentados viajes Gulliver arribó a una misteriosa isla flotante. Podía ser dirigida por el rey por encima de otros territorios con los que se comunicaba únicamente a través de cuerdas con las que izaba las peticiones de los súbditos. La isla nunca tomaba tierra y tampoco se alejaba demasiado, proyectaba su sombra sobre los territorios inferiores y nunca se alejaba demasiado de ellos. Siempre estaba en una prudente y molesta distancia.gulliver laputa

Sus habitantes “tenían la cabeza inclinada, sea a la derecha, sea a la izquierda,  y uno de sus ojos vuelto hacia adentro y el otro mirando directamente al cenit”. Se hacían acompañar de un lacayo llamado “agitador” que se servía de un palo en cuyo extremo iba atada una vejiga rellena de guijarros para espabilar a su amo. La razón es que “al parecer, las mentes de estas personas se enfrascan tan intensamente en especulaciones que no pueden ni hablar ni oír lo que otros les dicen si no se las hace volver en sí con algún contacto externo sobre los órganos del habla y del oído”. Así, las gentes de Laputa que pueden permitírselo, van siempre acompañadas de un agitador que les saca de su estado de obnubilación en momentos críticos, agitando el palo cerca de sus ojos y orejas, evitando así que se caigan de la isla, que se golpeen contra algo o entre ellos.

Gulliver cuenta que necesitó hacerse un traje y que el rey dio orden a un sastre de que realizase la tarea. “Tomó la altura con un cuadrante, y luego dibujó con reglas y compases las dimensiones y contornos de mi cuerpo entero y lo trasladó todo al papel. Al cabo de seis días me trajo el traje, muy mal confeccionado, y casi por completo deforme”. Lo que más escandalizó al protagonista de tan desafortunados sucesos fue que “tales accidentes eran frecuentes y que se les prestaba poca atención”. Y lo que les pasaba con la ropa, les pasaba con las casas, todas mal construidas, sin un ángulo recto, y las paredes completamente torcidas, pues el desprecio que se tenía por la geometría aplicada era máximo. Gulliver escribió que “no he visto pueblo más tosco, poco diestro y desmañado, ni tan lerdo e indeciso en sus concepciones. Son pésimos al razonar y dados con gran vehemencia a la contradicción. La imaginación, fantasía e inventiva les son por completo extrañas, y no poseen en su idioma palabras con que expresar dichas ideas”.

Pero sin duda lo más pasmoso de aquel pueblo de matemáticos y geómetras es “la enorme disposición para las novedades en política, que continuamente les tiene averiguando acerca de los asuntos públicos, dando juicios sobre cuestiones de Estado y disputando apasionadamente sobre cada tilde de la opinión de un partido. Y, añade el viajero, he observado la misma actitud entre la mayoría de los matemáticos que he conocido en Europa, aunque nunca acerté a descubrir la menor analogía entre las dos ciencias”.

El rey “no mostraba la menor curiosidad por enterarse de las leyes, el gobierno, historia, religión o costumbres de los demás países, sino que limitaba sus preguntas al estado de las matemáticas y recibía las noticias que yo le daba con el mayor desdén e indiferencia, a pesar de que los agitadores a uno y otro lado le despabilaban frecuentemente”.

Esto me lo contó Gulliver una vez que coincidimos en un pub y tuve la inmensa fortuna de tomar unas pintas con él. Le animé a dejarlo por escrito por considerar maravillosas sus aventuras. Yo, sin embargo, pobre por mi profesión y la mala fortuna de mi familia, no salí nunca de mi pueblo, pero le conté que en nuestro país debía haber descendientes de Laputa que viven en pequeñas casas laputienses. No daba crédito a lo que le contaba y le tuve que narrar alguna de mis historias. Por ejemplo, le pareció digna de la alta Laputa aquella anécdota que tuve con los agentes de calidad de mi trabajo. Le conté que un día vinieron a mi despacho en busca de evidencias de calidad, y que habiéndoles dado dos cajas llenas de papeles, estadísticas, reglamentos autocumplidos y decenas de horas dedicadas a cursos y cumplimentación de formularios autorreferenciales, se fueron tan contentos e imprimieron uno de sus sellos en mi puerta y otro en mi frente. Se desternillaba cuando le conté que otro compañero les entregó un remolque de papel reciclado y que el regocijo de los agentes de calidad fue tal que le nombraron subsecretario de relaciones institucionales de la agencia madre de Laputa.burocracia

Cuando le dije que había otras Laputillas que se encargaban de poner una pegatina en los vehículos y que sin ellas no podía circular nadie fue cuando comenzó a indignarse. Le conté que una vez vi un burro con una de esas pegatinas adheridas en su frente por azar, y que el agente laputiense le multó por no estar homologado. Le conté que en una ocasión un vehículo en pésimo estado se accidentó y que ni los científicos más re-putados (que son los descendientes directos de Laputa) podían explicárselo porque el coche tenía todos los papeles en regla. Otra vez, un oficinista pidió por teléfono a gerencia papel y tinta para su impresora y recibió un “conforme” de la administración de Laputa con el siguiente mensaje: “Conforme. Imprima y entréguelo al subvicegerente”.

Pero cuando su cara enrojeció y entró en un estado colérico fue cuando le conté que en una ocasión se aprobó una ley obligando a todos los súbditos a entregar su casa a unas entidades laputienses, la mitad de su salario y un alto porcentaje de su dinero y que nadie se quejó porque todos consideraban que el procedimiento se había ajustado adecuadamente a los patrones y métodos establecidos. Me pidió que callase si no quería hundirle en la miseria cuando empecé a relatarle aquella vez en que un pueblo entero se quedaba tan contento cuando un gobernante ignorante y lerdo les tiranizaba cada cuatro años porque se les había dado la oportunidad de ir de fiesta e introducir un papel en una caja para elegir entre él y su hermano, por supuesto ambos de la estirpe de los re-putados (cuando se dedican a la política, les llaman di-putados, por descender doblemente de Laputa).

Lo más penoso, y esto ya no se lo conté para no entristecerle todavía más, es que en las Laputillas que hay por aquí los encargados son tan pobres que no pueden permitirse el lujo de costearse un agitador y que de este modo es absolutamente imposible sacarles de su estado de obnubilación. Él me dijo que lo peor que nos podía pasar es que uno de ellos, un laputiense, mutase en “agitador” y consiguiese terminar de confundirnos a todos.

Romano Guardini. “Sobre el problema de la democracia”

Romano Guardini. “Sobre el problema de la democracia”. En Escritos políticos, Madrid, Palabra, 2011, 412 pp.

En un texto redactado en 1946 Romano Guardini le plantea a un amigo una pregunta que está presente en casi todos sus escritos y que, fundamentalmente, es la siguiente: ¿Qué es lo central en la época histórica presente? En El ocaso de la Edad Moderna realiza el intento más exhaustivo de responder a la misma y el ensayo se ha convertido ya en un clásico imprescindible para todo aquel que quiera aproximarse a la realidad política.hopper

En esta carta a un amigo, desconocido para nosotros, Guardini cuenta que había asistido a una conferencia sobre la democracia en Estrasburgo en 1946 de un tal Sagave. La mayoría del público acogió con júbilo inusitado las ideas de dignidad personal, libertad, humanidad y democracia, pero no así el teólogo alemán, al que le parecieron ideas “extrañamente impotentes”. Pidió la palabra y preguntó al profesor si “en vista de los poderes de índole económica, sociológica y política que están en movimiento cabe aún tomar realmente en consideración esas ideas”. No obtuvo una respuesta convincente y eso le pareció muy significativo. Las ideas de otro tiempo, con otros presupuestos, seguían operando en el imaginario colectivo, pero con una desconexión cada vez mayor con una realidad que ya hacía tiempo que caminaba en otro sentido. De ahí la pregunta: ¿Qué es entonces lo central hoy? Es una pregunta histórica, no metafísica. No se pregunta por la esencia del ser, por lo que no cambia, sino si la elaboración conceptual de la modernidad puede dar respuestas satisfactorias a los problemas planteados en la posmodernidad. Es una pregunta de índole práctico, prudencial.

La democracia, entendida por el autor de un modo muy general, y sin ánimo de teorizar sobre las formas de gobierno o de la sociedad, es un estado de vida, una actitud, “en el cual la iniciativa primaria del obrar tanto personal como público reside en el obrar individual. Frente a esa iniciativa está una viva conciencia del derecho del otro y del derecho de las totalidades, de la res pública”, en definitiva, una actitud que tiene en cuenta la individualidad, la libertad, el respeto a la ley y la negociación en pie de igualdad y basada en el respeto. El problema se encuentra en que esta actitud, si bien todavía era obvia para las generaciones de los años 40 del siglo pasado, se asentaba sobre presupuestos que estaban desapareciendo. Solo unos pocos supieron ver que los cimientos se removían aunque el edificio todavía conservaba su fachada sin apenas grietas visibles. Lo que sucedía con la política, sucedía igual con la Iglesia, porque este era un problema de hondo calado. Guardini estuvo atento a ambos fenómenos y supo tratarlos simultáneamente anticipándose al malestar de finales de la década de los 60.

¿Cuáles son los presupuestos que estaban desapareciendo? En primer lugar, para el autor, el concepto de personalidad. da vinciLa conciencia de que cada individuo es único e irrepetible, lo cual no es un disvalor, sino una obviedad, es la base de la existencia. En segundo lugar, que “la persona que tiene una actitud democrática es capaz de estar sobre sí misma, de recorrer su propio camino, de configurar su propia vida”, es decir, de estar a solas, de ser solitaria, en lo que se entiende como “mundo”. En tercer lugar, otro presupuesto que ha desaparecido es la capacidad de asumir responsabilidad y el no querer perder ni “el derecho ni el deber de someter a crítica y rectificar el orden conjunto cuando está convencido de que es erróneo”. En cuarto y último lugar, “el valor de la libertad”, tanto individual como colectiva. Por tanto, lo que observa el teólogo alemán es que se está perdiendo la relación de equilibrio entre la libertad individual y el orden objetivo. Y, en definitiva, le comenta a su amigo, “rara vez encuentro el deseo de libertad que es elemental para la democracia (…) La normativización es impuesta desde fuera, ciertamente, pero también se espera y se acepta desde dentro”. Hoy aquellas ideas parecen elucubraciones románticas de sujetos que han perdido el sentido de la realidad, o al menos así sucede con muchos jóvenes.

Aclarados los presupuestos que hacían posible la democracia, al menos la democracia entendida como la forma de gobierno histórica de la sociedad burguesa del siglo XIX, falta todavía por responder qué es entonces lo central “hoy”. Ya sabemos qué ha dejado de ser central, qué presupuestos se han perdido, y sobre qué no se puede construir la convivencia política.

¿Dónde se encuentra lo central de nuestra época? ¿Qué la caracteriza? ¿Qué ha cambiado que hace inoperantes los conceptos antes vistos? En primer lugar, “lo central es hacer sitio a los que no tienen una existencia formada en sentido burgués, a cuantos dependen de su salario diario, desempeñan una tarea parcial dentro del gran proceso económico de la producción y dependen totalmente de ella, en una palabra: a la masa”. Todos, como conjunto de individuos, son sujetos del Estado. Ya no hay una reducida clase política como podría ser la aristocracia en el Antiguo Régimen, o la burguesía en las democracias parlamentarias del siglo XIX, sino que toda la sociedad en su conjunto es el sujeto político y, por tanto, la actividad del Estado se dirige a ella en su totalidad. Evidentemente esto cambia la actividad del Estado, su tamaño, sus fines y provoca una “planificación absoluta de la existencia, un aparato constantemente actuante de supervisión, distribución, alojamiento, etc.”palaciociudad

En segundo lugar, surge un hombre nuevo que empieza a tomarse realmente en serio la técnica. La sociedad burguesa todavía mantenía una distancia con la misma y su vida se veía afectada tan solo en una pequeña medida por la técnica. Sus casas aun parecían castillos y no fábricas o cubos de hormigón, y su estilo de vida era relativamente sosegado y ajeno al bullicio industrial. Hoy los grandes hombres presumen de trabajar a destajo en los centros financieros de las grandes ciudades y todo, desde la Universidad hasta la empresa y, por supuesto, la vida privada, se mueve al ritmo de la técnica (eufemísticamente llamada “tecnología”). “Está surgiendo un tipo distinto de hombre, un hombre para el que los individuos, por muchos que sean, carecen de importancia” y que ofrece sin escrúpulos los mas horribles sacrificios humanos en aras de una posición personal.tiempos modernos

En tercer lugar, en relación con las cosas, “se trata de erigir una configuración de la existencia, una obra mundial tales que hagan posible que la ciencia, por así decir, haga saltar la tapa de la naturaleza y (…) que la técnica emprenda la tarea de construir un mundo que no sea «natural», sino totalmente y por entero obra”. Desaparece la idea de hombre humano y la idea de naturaleza tal y como se había entendido los “últimos quinientos años”, cuando la idea de “creación” fue sustituida por la idea moderna de “naturaleza”.

Por tanto, si son ciertos estos tres aspectos centrales de nuestro tiempo, los conceptos ligados a la idea de democracia recibida son prácticamente inoperantes y la tarea que se presenta ante nosotros es de un tipo radicalmente distinto. No podemos enfrentarnos al mundo presente con los instrumentos caducos heredados de la sociedad liberal burguesa hija de la modernidad. Cada época exige una respuesta, y la nuestra la espera. “¿No va dirigida en verdad la auténtica tarea a abandonar lo que ya pertenece al pasado, a salir a la nueva palestra, a ver las nuevas tareas, pero a realizarlas de tal modo que en ellas despliegue sus efectos lo esencialmente humano?” La tarea, pues, consiste en desplegar lo humano de nuevo y en lo nuevo. Es la dificultad de un hombre que ha crecido en la “cultura que periclita” y que es consciente de ello, y que debe y quiere afrontar personalmente el reto de responder a su época. “Es una sensación parecida – le dice a su amigo- a la que debió de experimentar el hombre antiguo de los siglos III o IV al ver que su mundo perecía y que estaba surgiendo algo enteramente nuevo”. Hay dos actitudes, intentar salvar los restos del naufragio, o penetrar sin miedo en lo nuevo para, desde allí, “salvar el fruto de lo anterior, para buscar el modo de que lo indispensablemente humano despliegue sus efectos en lo nuevo”. flor desierto

En la respuesta a esta pregunta se encuentra el pensamiento neurálgico de Guardini, sus aspectos más poliédricos y, sin duda, los elementos para una nueva práctica política que ya no es, ni puede serlo, moderna. Es la parte de su pensamiento menos comprendida al tiempo que es la elaboración más personal y original. Es un buen punto de partida.

Prado Esteban Diezma. “Feminicidio o auto-construcción de la mujer”

Feminicidio o auto-construcción de la mujer. Prado Esteban Diezma, Aldarull Ediciones, 2012, 461 pp. 16€

Por Prado Esteban  

En el encabezamiento de uno de sus libros, Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social, Simone Weil coloca una cita de Spinoza, “en lo que concierne a las cosas humanas, ni reír, ni llorar. Ni indignarse, comprender”, magnífico propósito que ha sido el impulso motivador de “Feminicidio o auto-construcción de la mujer”. sorollaA este primer volumen que tendrá continuidad en un segundo texto lo subtitulamos “Recuperando la historia” por entender que la falsificación del pasado es uno de los elementos estratégicos del proyecto estatal para destruir al pueblo como polo de vida política y convivencial ajeno y opuesto a su poder ilegítimo, para demoler los vínculos y estructuras primarias de la vida en sociedad y a todos y cada uno de los individuos que componen la gran masa de los sin poder.

La destrucción de las mujeres a través de la tutela y protección patriarcal del Estado es la forma concreta que adopta la demolición de la humanidad en nuestro sexo y corre paralela a la liquidación de los hombres y la virilidad hoy ya muy avanzada. De tal proyecto se espera el nacimiento de un nuevo infra-ser ya no plenamente humano apto tan solo para el trabajo y el consumo, sin vida afectiva, sexual o convivencial, sin erótica, sin ética ni estética, puro animal laborans u homo animalis.

Comprender estos procesos, su verdadera naturaleza y su gestación histórica es la primera necesidad del tiempo presente, por ello “Feminicidio o auto-construcción de la mujer” indaga en estos asuntos desdeñando los grandes sistemas teóricos de pensamiento, buscando en la experiencia y los hechos verificables la verdad de la historia que no solo es “maestra de vida” como entendió la filosofía clásica, sino que es un constituyente fundamental e irreemplazable del propio ser como muy bien asevera Xavier Zubiri en “Tres dimensiones del ser humano: individual, social, histórica”.

Así, frente al mito sobre el patriarcado divulgado por las corrientes sexistas y feminicidas a través del gran aparato institucional y académico, hemos investigado sus causas políticas, culturales y económicas, es decir su existencia real que, en su versión contemporáneaen lo que se llama España, proviene del Código Civil de 1889. Éste fue elaboración de un parlamento elegido por sufragio restringido, el cual excluía de toda participación política, incluso formal, al 95% de los varones y al 100% de las mujeres, de manera que ni siquiera en ese sentido, tan insustancial, puede ser obra “de los hombres” en general, pues lo fue sólo de una minoría de varones de las clases altas. Analizar esto es la vía hacia una comprensión objetiva y fundamentada de ese componente del gobierno de la sociedad por las elites del poder.castilla cuadro

Enorme importancia tiene demostrar que no hay misoginia en nuestros fueros municipales y cartas de población de los siglos IX-XIII. Nos hubiera gustado citar muchos más de estos documentos pero no es posible por motivos de tiempo y espacio, así que nos hemos limitado a unos pocos. Esto nos llevó a inquirir en la naturaleza no sexista del cristianismo revolucionario, asunto bastante menos innovador, ya que es sabido desde siempre que fue en gran medida un movimiento de mujeres, además de esclavos, libres pobres y otros oprimidos por el aparato de poder romano.

Similar función tienen las novedosas reflexiones sobre la imagen de la mujer en El Quijote, que expresa cuál era la vida de las féminas en los ambientes populares en el siglo XVI, lo que contribuye a refutar la idea central del neomachismo feminista, que el patriarcado está en el mundo popular desde siempre y que sólo puede ser desalojado de ahí por el Estado. Que tal interpretación es rigurosamente falsa se desprende de los datos aportados.

Lo mismo significan los muchos estudios particulares que ofrecemos, bien documentados y contrastados, sobre la condición real de las mujeres en la extinta sociedad rural popular tradicional, viva hasta hace sólo unos pocos años. Lo que el sexismo institucional arguye sobre el mundo rural, sin aportar pruebas y atropellando lo expuesto por las mujeres que en aquél han vivido, es una expresión más de la inquina de la modernidad estatal, urbana, tecnológica y capitalista contra él, incluso cuando ya ha sido no sólo vencido sino también aniquilado.

Todo apunta a que es la modernidad, el progresismo y el Estado contemporáneo, estatuidos aquí por la Constitución de 1812, los que han establecido el patriarcado y el machismo contemporáneos. Lo prueba la inclemente misoginia emergida de la revolución francesa, referencia y guía de la modernidad mundial. En investigar este asunto hemos invertido bastante tiempo, mostrando las disposiciones anti-femeninas decisivas de dicha revolución, lo que es ocultado por casi todos los estudios sobre ella. Tales fueron recogidas en el Código Civil francés de 1804, aún hoy vigente aunque modificado.mujer trabajadora

Hemos estudiado la principal denuncia de la misoginia, estructural y teorizada, de la revolución francesa, la “Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana”, 1791, obra de esa valerosa e inteligente mujer que fue Olimpia de Gouges, guillotinada por el republicanismo jacobino a causa de sus imputaciones.

Hemos indagado la ideología anti-femenina del republicanismo español, así como de la izquierda, concluyendo que la forma como concebían a las mujeres era más  degradante, que la de la derecha y la Iglesia, lo que ayuda a explicar que aquéllas apoyasen, en 1936-1939, más al franquismo que a la causa republicana.

No menos decisiva ha sido la exploración de la función que inmensas masas de mujeres han tenido en el mantenimiento del patriarcado. No ha sido fácil seguir la pista a la activa participación de aquéllas en la victoria del régimen franquista en la guerra civil, con poderosas agrupaciones de féminas fascistas actuando en la retaguardia republicana, asunto estudiado en monografías innovadoras como la de Sofía Rodríguez López, y en otros textos.

Si el franquismo contó con el apoyo entusiasta de una multitud compacta de mujeres organizadas, convencidas y entusiastas que puede cuantificarse en más de un millón, sin las cuales no hubiera ganado la guerra, es legítimo concluir que las mujeres, lejos de ser sólo víctimas del patriarcado son también sus co-autoras y co-mantenedoras. Esto desautoriza el discurso victimista y la pretensión de que sean compensadas ahora con privilegios (discriminación positiva) por padecer el patriarcado sin cooperar con él.

El patriarcado aparece en el análisis ateórico como un régimen político, y también económico, cultural, relacional e ideológico, destinado al control y la dominación política de las mujeres (y, en realidad también de los hombres) por procedimientos singulares, creado históricamente por los Estados, dejando de ser consecuencia de la perfidia masculina y la incapacidad femenina. Nótese que la explicación que asigna a las mujeres un papel totalmente pasivo y subordinado, de meras víctimas, es una reinterpretación ideologizada de la historia conforme al machismo más rancio. Es observable igualmente, que los hombres no resultaron beneficiados por ese sistema, pues sus privilegios fueron formales y sus obligaciones, como soldados y productores, ásperas e inhumanas.mujer sovietica

Hemos demostrado que el patriarcado no es un sistema homogéneo e idéntico a lo largo de la historia porque ha sido el resultado de una trama de circunstancias entre las que la resistencia que han opuesto las clases populares, las mujeres y los hombres, a su existencia es un elemento fundamental. Los momentos de mayor ascenso de la sociedad patriarcal se corresponden con los de declinación de la oposición auténtica por parte de los y las oprimidos por él.

Nuestras investigaciones evidencian la función activa y determinante, para bien y para mal, que las mujeres han tenido en todo el acontecer humano. Así, resultan pensadas y presentadas como seres humanos integrales, lo que ha sido su auténtica existencia histórica.

En el segundo volumen, actualmente en construcción continuará este análisis tomando como centro los problemas más actuales que afectan a las mujeres pero también a los hombres sometidos a una destrucción en el plano político, civil, moral, existencial y físico tan descomunal como la que afecta a las mujeres.

Prado Esteban Diezma

http://prdlibre.blogspot.com.es/

 

 

Vídeo

Capítulo XV: 1.La monarquía hispánica.

Vídeo de la sesión correspondiente al capítulo XV del libro “Historia de las formas del Estado”:


Capítulo XV. Formas no estatales de lo Político.
1. La monarquía hispánica.
Fernando el Católico.
-Derecho divino cristiano y Derecho Natural.
-La Casa de Borbón.
-Cánovas del Castillo.
-La Guerra Civil.
-1975.
-Estado de Partidos.

A pesar del auge del Estado, importantes naciones o unidades políticas no adoptaron la estatalidad o no llegaron a ser propiamente Estados, si bien, como es natural, utilizaron elementos o maneras estatales, en particular, por la fuerza de las cosas, en lo relativo a las relaciones interestatales. En ellas se continuaba entendiendo la política más o menos al modo medieval, como una forma de resolver problemas jurídicos mediante la libertad política.

Cap XVII. 1. Del mito contractualista al laicismo.

Vídeo correspondiente a la sesión de 20 de febrero de 2014.

La revolución francesa rompió con la concepción del orden natural por creación emergiendo el principio de inmanencia con su nuevo naturalismo homogeneizador. Atacó al Pueblo de Dios como el cuerpo místico de Cristo con intención de destruirlo. Introdujo así un cambio en la mentalidad dirigiéndola hacia el colectivismo.
Theos es Dios y theios es lo divino. Hablar pues de una ateiología quizá sea un poco exagerado, pues es hablar del simple nihilismo. No obstante, la Revolución francesa lo que hace es romper con la concepción del hombre natural. Aparece la inmanencia, sobre la que descansará todo poder. La Revolución atacó al Pueblo de Dios como el cuerpo místico de Cristo con la intención de destruirlo. Se introduce un cambio en la mentalidad, dirigiéndola hacia el colectivismo, contrario al cristianismo que es personalista. Hayek hizo una distinción entre el verdadero y el falso individualismo. Por un lado está el individualismo proveniente del estado de naturaleza, y por otro el individualismo cristiano ya que, a pesar de la socialidad explítica en la religión cristiana, el que se salva al final es siempre el individuo…