Leopold von Ranke. “Sobre las épocas de la Historia moderna”

Ranke - portada CEPCLeopold von Ranke. “Sobre las épocas de la Historia moderna”, edición preparada por Dalmacio Negro Pavón. Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2015, pp. 448. 

Ignacio Álvarez O’Dogherty, doctorando de la Universidad CEU San Pablo

Es muy claro que el hombre de hoy, nosotros, tenemos por lo general un gran problema con la cuestión de la comprensión o explicación de eso que llamamos Historia, así, con mayúsculas. Parece como si no hubiésemos hecho otra cosa que heredar una pesada carga de los antepasados, una especie de legado descomunal que exige de un gran esfuerzo ya sólo para poder comprenderlo y en nuestras manos se jugase, además, el destino de las próximas generaciones. A ello podemos decir: no es del todo cierto, no es del todo falso.

La línea que separa un extremo de otro, por así decir, resulta confusa para muchos de nosotros y, sin embargo, solo empieza a trazarse cuando se enfoca partiendo de una respuesta muy personal, pues la historia, así como el poder, son fenómenos específicamente humanos, como diría Guardini, y ambos parece que se nos han vuelto problemáticos.

Corona Carlomagno

Famosa corona de Carlomagno

No en vano han de relacionarse poder e Historia, pues el dualismo existencial en el que estamos normalmente envueltos procede en buena medida de una maraña tejida entre ambos. Se ve muy claramente cuando se dice aquello de que “el hombre hace la Historia”, participado o entregándose a ella, como hacía Calígula en la obra teatral de Camus en un apoteósico final. Ahora bien, la Historia no es ningún bicho, no es un monstruo devorador ni algo así como un potro salvaje que cabalgar; estrictamente hablando, la Historia es lo que ha sucedido, son los hechos ocurridos, y el hombre no hace más que vivir en la Historia, estar en medio de ella. Posee de suyo una riqueza inabarcable, no circunscrita a reducciones de distinto tipo: “no se deja encasillar en adagios proféticos, ni respecto al pasado ni respecto al futuro; y menos aún según fórmulas matemáticas. No pertenece ni a Nostradamos, ni a Karl Marx, ni a los algebristas” dice en un escolio D. Dalmacio Negro.

Y es que el problema en este sentido se abre cuando, por ejemplo, nos hacemos la pregunta acerca del sentido de la Historia, que es perfectamente legítima, pero que, precisamente por ese fallo de querer entender la Historia en un sentido absoluto, casi como concepto, cae en el primero de los errores  de método histórico como es el historismo, que no hace sino tratar de sacar una idea, eîdos, de un época o momento. Una especie de búsqueda de la forma, Gestalt, de ciertos conjuntos históricos (el primero quizás en haberse hecho esta pregunta fue el famoso monje tardomedieval Joaquín de Fiore, cuya pregunta tuvo consecuencias verdaderamente insospechadas y tremendamente actuales). Y tras él, ante la pretensión de que esa Historia nos llevase a alguna parte más adelante, ante ese eîdos siempre por llegar, podemos darle una coherencia interna al conjunto, explicando el camino trazado o a trazar mediante el historicismo, cara de la misma moneda que el historismo.

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Leopold von Ranke

Y de este modo es cierto que para una solución a la pregunta del poder del hombre en el mundo cabe empezar, cuanto menos, por darle un enfoque adecuado, y para ello un historiador muy recomendable, librado además de la Gestalt romántica de su época, muy pegado a lo político y a sus necesarias tensiones, es Leopold von Ranke.

Este Sobre las épocas de la Historia moderna constituye una sorprendente síntesis, un resumen en muy pocas páginas, de la historia de Europa desde sus orígenes romanos hasta la época de las Revoluciones norteamericana y francesa, pasando por el desarrollo del Imperio en la Edad Media, la Querella de Investiduras con el Papado, las rupturas de los poderes temporales con el poder espiritual, el alzamiento de las Monarquías estatales y la Reforma protestante. El historiador alemán cuenta con el rigor de los acontecimientos cómo se ha ido orquestando esa polifonía política que es Europa, de la que siempre decía que era un Estado de Naciones. Lo hace centrado en su clave política, sabedor de que la tensión con el poder espiritual forma parte precisamente, se entienda o no, de su naturaleza. Así confiesa, por ejemplo, en conversación con su discípulo el Rey Maximiliano II de Baviera, para quien fueron impartidas estas lecciones, que la tensión fundamental en el momento de entonces, mediados del s.XIX, se jugaba entre los principios del legitimismo monárquico y el de la soberanía popular, alertando asimismo de los peligros de las nuevas religiones de la política: “de lo único que hay que pedir a Dios que nos guarde es de las revoluciones sociales”.

La clave de Ranke es su conjugación de las ideas que imperan en un momento de la Historia junto con las fuerzas vitales que las encarnan, de eso que llama las tendencias históricas, que conviven unas y otras en un mismo tiempo, e individuos que actúan en el mundo conforme a ellas. Así el Estado, por ejemplo, es una estructura de carácter histórico -y, por cierto, muy cristiana- que arrastra consigo, como estructura política, una serie de ideas o concepciones del mundo que también le sirven de sustento. Por eso resultan interesantes al mismo tiempo las numerosas notas de esta nueva edición reeditada por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, con las que Dalmacio Negro y su explicación del Estado va contrastando el discurrir histórico narrado por el alemán. Unos apuntes que remiten por otra parte precisamente a su libro Historia de las formas del Estado.

Orbis terrarum 2

Es tan cierto que hoy lo político ha sido ya tan indiscutiblemente sustituido por lo “social” (muchos se sienten “cansados” por ello) que resultan esclarecedoras y muy gratificantes obras como la de Ranke, centradas en la historia de lo puramente político, en sus connaturales tensiones con lo espiritual y en ese misterio contenido en eso que llamamos el carácter de los pueblos. Porque la Historia no debe cansar, sino a lo sumo enseñar e inspirar, pues la respuesta es de cada tiempo, en medio de las nuevas tendencias, que pueden llegar ser tan omnímodas y aniquiladoras de lo humano como el propio pasado reciente ha podido demostrar.

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“Pequeña catequesis sobre naturaleza y gracia”. Henri de Lubac.

“Pequeña catequesis sobre naturaleza y gracia”. Henri de Lubac, S.J. Fundación Maior, Madrid, 2014.

Cuando nos preguntamos por la forma política queremos saber cuál es la finalidad y la consistencia, con qué realidades se relaciona y qué es lo que justifica la existencia de la política. La pregunta, por tanto, no se agota solo con las “formas de gobierno” y reducir la cuestión a ese debate, como lo ha intentado la corriente liberal de los últimos dos siglos, aboca a un agotamiento de la política y a un hastío por parte de los supuestos participantes.

planisferio celeste

Planisferio celeste

Es razonable preguntarse por aquello que diferencia a la política de otros órdenes, porque no es legítimo confundir la moral, la filosofía, la economía, la religión o la teología, por ejemplo, con lo político. Pero es una cuestión de delicados equilibrios y no conviene tampoco aislarlos, pretendiendo que cada uno actúe en su esfera con autonomía. La política no puede existir sin la economía, ni la economía sin la moral, por ejemplo.

En lo que a nosotros nos preocupa, que es la política, la pregunta que nos inquieta es si lo político tiene una esencia de la que quepan deducirse actitudes políticas o, si por el contrario, es más adecuado hablar de “condición de lo político” en el sentido de que, al contemplar su finitud, se abre ante nosotros una infinitud. Observar lo político es percibir la tensión que existe en la acción política, es observar la permanente construcción del edificio humano cuyos planos están escritos en el firmamento, y darse cuenta de que la ciudad profana, construida alrededor del templo, sirve para acoger el esplendor de la belleza, para con-templarla. Es esta, para nosotros, la verdadera forma política.

La forma de lo político no es una esencia en devenir y, por tanto, no contiene en sí misma un conjunto de leyes que, todas juntas, nos permitan construir el artilugio político definitivo. Por incómodo que pueda resultarnos a nosotros los modernos, las políticas no pueden deducirse de lo político, porque lo político es, en definitiva, la forma que recibe la obra humana en diálogo con su destino. La acción política no se concreta a partir de una deducción lógica de unos principios, sino del diálogo entre lo de aquí y lo de allí, lo de hoy y lo de mañana, lo de abajo y lo de arriba, porque lo político, más que esencia, es drama.

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La torre de Babel

Y así, entre pregunta y pregunta, conversaciones y silencios, conservando al mismo tiempo un profundo amor por el mundo y una cierta distancia con lo temporal, llegamos a la convicción de que el debate entre lo natural y lo sobrenatural puede darnos muchas claves para salir de la encrucijada en la que la modernidad nos plantó. Buscamos, y el libro de referencia sigue siendo “Le Mystère du surnaturel” de Henri de Lubac, pero no es fácil de conseguir y, mientras lo encontramos, dimos con una reciente publicación muy recomendable: “Pequeña catequesis sobre naturaleza y gracia” del mismo autor. Mucho más accesible y con una orientación más práctica, este pequeño ensayo contiene ya algunas pistas para salir con éxito de la encrucijada dualista moderna, que consiste, en palabras de de Lubac en que “por una parte marxista o tecnócrata, el hombre moderno cree equivocadamente poder ejercer por medio de su técnica un dominio ilimitado sobre la naturaleza y crear su historia, y por otra, abdica, llegando hasta a hablar de su muerte, en nombre mismo de las ciencias y las técnicas que le reducen a un nudo inextricable de conexiones naturales”. Es decir, que o no tenemos nada que ver con la naturaleza y podemos hacer lo que nuestra voluntad quiera, o estamos sumidos en el más extremo determinismo y todas nuestras acciones son reacciones causadas por estímulos físico-químicos. La solución no es fácil, porque pide un equilibrio que no es la media de ambos extremos, sino que requiere un punto de fuga, un criterio externo que de razón de ser a los aparentemente contrarios. En efecto, “ni el hombre puede conformarse con seguir a la naturaleza ni simplemente luchar contra ella como si él fuera todo él un ser de cultura y no tuviera nada de biológico, pues su tarea es más bien la de acoger la naturaleza para transformarla”.

Sabemos que hemos subido demasiado alto para hablar de política, pero el fruto de la tierra crece en la copa del árbol, ahí donde da el pleno sol. Ahora hay que bajar y disfrutarlo. No es justo quedarse en la teología si queremos hablar de política. ¿Y cuál es ese fruto que ahora hay que poner en la cesta? Nos lo dice de Lubac: “la tarea es acoger la naturaleza para transformarla”. No obstante, la ideología liberal, muy influida por la separación protestante entre la naturaleza y la gracia, dedujo para la política una forma de concebir el poder negativa: “como el poder es malo, limitémoslo”. La ilustración más optimista dijo lo contrario: “como el hombre posee el poder, construyamos la ciudad humana, un mundo a nuestra imagen”. El naturalismo nos lleva a deducir leyes de la naturaleza y a actuar técnicamente sobre la realidad, y el espiritualismo, la otra cara del racionalismo, nos lleva a despreciar al mundo, al hombre carnal y al poder que nos ha sido dado.

Yves Congar, según cita de de Lubac, nos habla de una “enfermedad de un Occidente tardío”, “la idea de una sobrenaturaleza añadida a la naturaleza: fruto de esa enfermedad de análisis y separación” que nos ahoga. La modernidad vive de ese dualismo y la posmodernidad intenta salir de él con nuevas claves. Ya no satisface ni un inmanentismo que niega el misterio, ni un extrinsecismo que se salta lo concreto existente.el bosco

Para de Lubac, en realidad, “hay un deseo natural de lo sobrenatural que es lo que evoca esa correspondencia” posible. La tensión que se da en la condición humana que, a través de la observación de su finitud, cae en la cuenta de su radical infinitud. “Lo sobrenatural es pues ese elemento divino inaccesible al esfuerzo del hombre (¡nada de autodivinización!), pero que se une al hombre, «elevándole», penetrándole para divinizarle, llegando así a ser como un atributo del «hombre nuevo»”. Esto, que según la teología católica, vale para el hombre, para nosotros es bueno para la política: el intento de comprender lo político hace que no entendamos nada, porque no se puede reducir a ley causal aquello que en sí mismo es relación. No podemos acorralar la acción política, hay que orientarla y encauzarla hacia la infinitud a la que tiende. Lo político, como lo natural, es aquella realidad que desea ser elevada, pero que no puede hacerlo por sí misma. Está mal intentar la “autoelevación”, ya hemos aprendido la carísima lección que nos impartieron los mesianismos nazi y socialista; pero también está muy mal negar el deseo de elevarse por encima de uno mismo y conformarse con la seguridad de un orden securitario, también esto lo aprendimos de la sociedad burguesa del siglo XIX y su trágico final representado en el escenario de la Primera Guerra Mundial cuyo origen ahora recordamos.

De Lubac afirma que el cristianismo es una doctrina de “transformación” y nosotros no renunciamos a explorar el sentido político que tiene esta afirmación tan radical. Somos conscientes de lo pantanoso que es este territorio, de las atrocidades que los modernos Prometeos han cometido en el mundo, pero somos también conscientes de la tristeza (acedia) política y social que existe hoy por la inacción y que, si no es debidamente respondida, puede ser acogida por nuevos ídolos políticos o, como dice Ganne, “falsos profetas”.

Jürgen Borchert o el crepúsculo del Estado social

 

Jürgen Borchert, Sozialstaatsdämmerung (El crepúsculo del Estado de Bienestar), München, Riemann Verlag, 2013. 12,99 €

JÜRGEN BORCHERT O EL CREPÚSCULO DEL ESTADO SOCIAL.

Por Cristina Negro Konrad

Publicado originalmente en el boletín del prof. D . Pedro Herrero Molina, UNED

http://ecjleadingcases.wordpress.com

61nn8xTIhtLEn 2013 sale a la luz la primera edición del pequeño libro de Jürgen Borchert, juez de lo social en Alemania, Sozialstaastdämmerung o El crepúsculo del Estado Social. En él, se denuncia el sistema fiscal y parafiscal como inconstitucional y se le describe, con cifras, como un ataque frontal a la natalidad, ergo, al futuro del propio sistema.

La presión ejercida sobre matrimonios y padres, aumenta en función del número de hijos o futuros contribuyentes. Así, con un sueldo bruto de 30.000€, descontados impuestos, cuotas, contribuciones y sumadas ayudas por hijo y mínimo existencial, la balanza queda como sigue: un soltero sin hijos dispone libremente de 11.169€ anuales, alguien casado y sin hijos de 5.977€ y si tiene 1 hijo de 1.356€; pero si esa persona casada osa tener 2, incurrirá en pérdidas anuales que ascienden a los 3.427€ y si a pesar de lo expuesto tiene 3, los números rojos se ponen en 8.155€ anuales. Visto lo anterior, no sorprende que en 1965 naciesen en Alemania casi 1,35 millones bebés, mientras que en 2012 lo hacen sólo 650.000. Además, en 1965, sólo uno de cada 75 percibía ayuda social y la cuota estaba en un 19%, en tanto que en 2012, la cuota supera el 32% y uno de cada 5 recibe ayudas. Pero ahí no acaba la cosa, y es que, denuncia el autor, para que Harz-IV (prestación que se concede en Alemania a las personas que, estando en edad de trabajar, no tienen ingresos que superen la cantidad considerada como mínima para poder satisfacer sus necesidades principales, incluyendo vivienda y seguro médico) alcance el nivel de las prestaciones de 1965, habría que aumentar las ayudas en más de un 30%. Así, dice, “cuanto menor es el número de hijos que tenemos, tanto peor son tratados. Una de las naciones más ricas del mundo deja que su prole se eche a perder”. Efectivamente, la Ley Fundamental o Grundgesetz, prescribe la protección del matrimonio y la familia, que el legislador casi proscribe:

Art.6.1: El matrimonio y la familia gozan, dentro del orden estatal, de una protección especial.

Art.20.1: La República Federal Alemana es un Estado Federal democrático y social.

Art.28.1: El orden constitucional de los Länder debe corresponderse con los principios del Estado de Derecho republicano, democrático y social en el sentido de esta Ley Fundamental.

Este es el escenario de un Estado que “invierte” uno de cada tres euros en el Estado Social, mientras la miseria no para de crecer.

El sistema fiscal y parafiscal: de arriba a abajo.

Según explica el juez, para obtener en Alemania una pensión de 700 euros, se requiere, con un salario de 11 euros la hora, tener cotizados 40 años ininterrumpidos. CR_917815_asi_que_todos_somos_iguales_ante_la_leyMientras, sólo el 10% de la recaudación estatal total procede de los económicamente mejor situados, que se embolsan el 35% de las rentas y disponen del 60% del patrimonio nacional. Los débiles y pobres cargan con el 90% restante. Así, el porcentaje de ingresos estatales que proviene de impuestos directos asciende en 2011 a un 25,7%, el de impuestos indirectos a un 25,4% y las cuotas sociales al 37,8%, que hacen un total del 88,9% de los ingresos estatales. El efecto redistributivo real del sistema, tal y como dejó patente la Comisión TEK o Transfer-Enquete-Kommission a finales de los años 70, consiste en crear a los ciudadanos las necesidades que después pretende erradicar.

De hecho, los impuestos directos cuentan en 2011 con una tarifa progresiva; pero la Comisión Kirchhof llegó a la conclusión de que a mayores ingresos, más fácil evitar la imposición tributaria. Cuestión de tecnicismos. Poco tendrá que temer (y pagar) quien disponiendo de un pingüe patrimonio, paga el asesoramiento fiscal adecuado. Además, la evolución histórica del tipo máximo impositivo ha experimentado un decrecimiento, a la par que el importe de la base mínima imponible ha ido en aumento. ¿Y qué pasa con los impuestos indirectos o sobre el consumo? Aunque sean regresivos, al recaer la carga máxima relativa sobre los que menos ingresan, pues el porcentaje de consumo es mayor a menores ingresos, han aumentado progresivamente. En Alemania, el tipo impositivo general estaba en el año 1968 en un 5%, pasando en 2013 al 19%. Por último, y en el contexto de la fiscalidad, cabe destacar lo que Borchert llama impuestos sobre el salario o rendimientos del trabajo, que igualan al IVA en cuanto a cuota de participación en la recaudación total. El juez alemán cita en este sentido a Klaus Tipke, quien hace ya veinte años calificó de “primitiva y brutal”, una política fiscal que baja la tasa máxima impositiva al tiempo que aumenta los impuestos sobre el consumo.

Por otro lado, están las cuotas sociales o el sistema parafiscal, aún más perverso, injusto e insolidario, alcanzando lo recaudado en 2011 el 37,8% del total de los ingresos estatales. Estas cuotas no contemplan progresión de tipos, sino que son fijas, y la tarifa es progresiva y lineal. Además, existe un tope máximo contributivo, límite en el que desaparece toda responsabilidad solidaria. Ni siquiera protege una mínima cantidad existencial, más bien supone una carga desde el primer céntimo; y así, a mayor número de bocas que alimentar, mayor pobreza originan. Además, se estafa al trabajador con la “cuota empresarial”, que en realidad no es más que una parte del salario bruto retenido; pero que ¡no aparece reflejado en la nómina!

Borchert echa cuentas. Si sumamos todas las retenciones que se le practican a un asalariado en Alemania y, por cautela, un 12,5% en impuestos sobre el consumo (en realidad se estiman en un 25%), para un sueldo de 2.500 euros brutos mensuales, nos ponemos en una ¡contribución del 52% del salario bruto! Bonito Estado Social en que los modestos salarios de los trabajadores dependientes son gravados por encima del 50% y los rendimientos sobre el capital en un 25%. Además ciego, porque los grandes patrimonios no derivan exclusivamente del rendimiento de su propietario; sin embargo, gozan de prebendas. Por eso, mientras Karl Albrecht (Aldi Süd) posee un patrimonio de 16,10 mil millones y un juez percibe 120.000 euros brutos al año o la canciller 210.000, se legisla como si los beneficios de Karl Albrecht se debiesen a su exclusivo esfuerzo y no al de sus 200.000 empleados, que transfieren “más de la mitad de sus escuálidas rentas a papá Estado”, para que éste no tenga que implorar caridad a su jefe.

En resumen, el panorama es desolador porque, en justicia, opina Borchert, deberían ser los ricos los primeros en pasar por caja, al obtener estos los mayores rendimientos o poseer una capacidad de rendimiento superior. Mientras, el impuesto sobre el patrimonio brilla por su ausencia y la imposición sobre ganancias patrimoniales o bienes inmuebles ha disminuido. Se distribuye, sí, pero como ya dijimos, de abajo a arriba y no al revés.

Los cerdos jamás cotizarán.

El individuo como tal, no es garante de su futura pensión. Por eso, allá por el año 1955 empezó a hablarse de pactos entre la generación activa y la de los viejos o entre la generación activa y los niños (Shreiber Plan o renta dinámica), descartando Adenauer más tarde a los niños del pacto, pues estos no votan. El sistema carga a los hijos desde entonces, con la jubilación de los pensionistas de la generación de los padres que ni tuvieron hijos ni se hicieron jamás cargo de alguno. De ahí que Borchert afirme que tras el sistema solidario de la Seguridad Social se esconde un sistema de “explotación de las familias mediante transferencias”. O como decía Bertrand de Jouvenel en La ética de la redistribución, la economía doméstica es entendida como espacio de consumo y no de producción. En este sentido, unas palabras burlescas del economista del siglo XIX Friedrich List citadas por el juez: el que cría cerdos es un miembro productivo de la sociedad y el que cría hijos, improductivo. En conclusión, y por esa regla de tres, sería preferible no tener hijos, ¡así lograríamos incluso el superávit!9788474909692

Pero además, como escribió Jouvenel en 1951, es «completamente incomprensible que se le acepten sus gastos, depreciaciones, etc. a un criador de perros de carreras, mientras que a un padre de familia no. […] Es incomprensible hasta el punto de escándalo que la autoridad pública facilite el mantenimiento de un cuadro hortera o de un teatro de variedades, y no el mantenimiento de una gran casa, cosa de valor estético y ético, de la que han salido generaciones de hombres que han hecho del país lo que es. […] Las corporaciones, personae fictae, reciben hoy en día un trato notablemente preferente en comparación con el recibido por la gente real». Cuando, también según el politólogo y economista francés, la verdad es que la familia es en sí contribución indirecta al incremento de la riqueza nacional.

De cómo explotar a las familias al tiempo de ensalzarlas cultural, moral o antropológicamente.

En la Alemania de 2013, el derecho fiscal y social viene regulado, dice Borchert, en más o menos 200.000 artículos, mientras las leyes violan sistemáticamente los principios constitucionales de igualdad y estado social. Esta situación, explica el magistrado, se agrava con la reforma de las pensiones de 1957, que crea el “seguro” de vejez, que nada asegura: ni un solo céntimo de las contribuciones actuales es destinado a la asistencia de los ancianos del mañana. No hay aseguramiento posible de pensiones no resistentes a la evolución demográfica. Mientras, se tima a los padres de los futuros cotizantes, a quienes les es devuelto sólo un porcentaje del fruto de su “inversión en capital humano”. Además de hacerse cargo de los gastos que implica la crianza de sus hijos, contribución máxima al futuro del sistema, deben sostener una generación de desconocidos sin hijos.

Apunta el juez que esta no es una valoración biológica (y menos aún moral) del hecho de no tener hijos, sino económica. Sin embargo, la ceguera del sistema macroeconómico entiende los hogares desligados de toda actividad productiva, hasta el punto de considerar la educación un mero gasto corriente de consumo, no un gasto en bienes de consumo duradero. Y es así, a pesar de que la adecuada crianza de los hijos revertirá en beneficio no sólo social, sino también económico; pero el valor de la educación es atendido por el Estado de forma estanca y residual. No obstante, se habla recurrentemente, de educar en valores o del valor de la familia o se trata la demografía si acaso en un contexto estrictamente cultural, moral o antropológico ¡obviándolo en el campo económico!, cuando el valor, tal y como explica y recuerda Carl Schmitt en su pequeño escrito La tiranía de los valores, es un término puramente económico. Y mientras, las iglesias, apunta Bärbel Fischer en un reciente artículo, hablan desde la total desinformación, con lo que su crítica social no contribuye en modo alguno a mejorar la situación real de las familias.

No es ninguneo, sino explotación inconstitucional e institucional.

Impuestos_OxfamMás allá de ningunear a la familia, el sistema la explota, porque la responsabilidad de quien decide un proyecto de vida sin hijos recae, como vimos, sobre los que sí los tienen y sobre sus propios hijos. Igual que los mercados financieros: todos responden, menos los beneficiados, desligados de cualquier deber. En este sentido, se hace pertinente desenmascarar la falsedad de una idea harto extendida que consiste en creer que al incluir en la cobertura social a los familiares no asalariados (esposas, esposos o hijos) de los cabeza de familia, los solteros están en desventaja respecto a los primeros. En primer lugar, como expone el juez alemán, los que no han tenido hijos también se beneficiaron en su infancia de esta cobertura y en segundo lugar, sus pensiones proceden de las retenciones practicadas a los hijos de otros. Además, los gastos en cuidado sanitario son veinte veces superiores que los que se dan en personas de cero a veinte años. De esta manera se traspasan anualmente 20 millares de euros a pensionistas sin hijos. Pero que los cotizantes sin descendencia deban contribuir al sistema desde el 1 de enero de 2005 con un importe mínimamente superior al de los que sí tienen, constituye, por parte del legislador, un trato intrageneracional claramente desigual.

Para muestra, un botón. A Rosa Rees, que cotizó durante 14 años, para después renunciar a su propia pensión de jubilación en beneficio de la atención prestada a sus hijos, le ha quedado una pensión de 260 euros, mientras sus nueve hijos ingresan mes a mes la cuota máxima (¡6.000€!, sólo cuota del trabajador). Un dinero que acaba en la cuenta corriente de desconocidos. Que la sentencia Trümmerfrauenurteil (BVerfG 7.7.1992)  determine que en el caso Rees, se incumple el art. 6.1. de la Carta Fundamental referido a la protección de la familia y el art. 3.1., que prescribe la igualdad ante la ley como otro derecho fundamental, no parece importarle mucho al legislador, quien hace oídos sordos ¡negándose a devolver el botín!

Conciliación familiar: ¿intereses de la mujer o del capital?

Hoy, la presión ejercida sobre las madres, esperando que hagan las veces de asalariada, está en consonancia con la ideología de Simone de Beauvoir, que entendía que noDeudase debería permitir a la mujer quedarse en casa para criar hijos, porque si tuviese esa opción, demasiadas la tomarían. Nada nuevo bajo el sol. Como recuerda Borchert, esto es algo que conocemos de la Alemania del Este; pero el interés actual por limitar la libertad de la mujer a la hora de escoger el modo de vida que considera más adecuado, no tiene un origen únicamente ideológico, sino también económico. Borchert lo expone en su libro. Así, al Gesamtverband der deutschen Versicherungswirtschaft (GdV) o Asociación General de la Industria Alemana de Seguros, le preocupaban los rendimientos de capital de los seguros de vida, pues a raíz de la evolución demográfica, era más que evidente que según escasease la disponibilidad del factor trabajo, la disponibilidad del factor productivo capital iría en aumento, al menos en sentido relativo. Los salarios subirían y los intereses del capital bajarían. Pero si los salarios bajan, la industria aseguradora puede mantener sus beneficios. Por eso, un documento de la GdV propone una mayor integración de las madres al mercado laboral, además de elevar la edad de jubilación.

Así las cosas, no sorprende que en Alemania no se discuta acerca del peso que unas perspectivas laborales inestables tienen en la decisión de fundar una familia, algo que a todas luces se encuentra en el ámbito de actuación del empleador, capaz de otorgar perspectivas laborales fiables. ¿Acaso se ejerce alguna presión en este sentido?

La claudicación del Estado.

Se ha extendido la idea de que existe la necesidad de proteger las grandes fortunas. El mantra reza que estas garantizan la cobertura de las necesidades sociales; pero ya hemos visto que la verdad es otra. Son precisamente los asalariados y menos agraciados quienes soportan la carga a través de impuestos y cuotas sociales. A menor capacidad adquisitiva, mayor imposición tributaria -y paratributaria –.

BurocraciaForgesSin embargo, es innegable que todo rendimiento económico procede forzosamente de prestaciones previas: el que produce salchichas se aprovecha de la formación que adquirieron los trabajadores (formación alcanzada gracias al esfuerzo y dedicación de sus padres en la crianza, hecho que el legislador desprecia), para transportar las salchichas hace uso de carreteras estatales, se beneficia de la seguridad que crea la policía, etc. Por eso, los impuestos sobre la renta deben entenderse, dice el juez, como la devolución de deudas surgidas de prestaciones estatales previas. La postura radicalmente contraria a lo expuesto, es pretender evitar a toda costa la llamada fuga de capitales; pero a fin de cuentas, explica Borchert citando a Reinhard Blum, entrar en esa lógica es como permitir que los ladrones nos amenacen con robar aún más en caso de que aumenten los castigos y controles. Se impone la cleptocracia.

Pero “un mercado financiero sin reglas ni responsabilidad es tan incompatible con un mundo civilizado como la mafia [y] los mercados financieros sirven a la humanidad tanto como la criminalidad organizada”. Por eso, la economía ya no sirve a las personas, sino las personas a la economía. Por eso,  habla Ángela Merkel de una deseable “democracia acorde al mercado” (“marktkonforme Demokratie). El Estado claudica, renunciando a imponer un marco regulado en el que los agentes económicos actúen con el fin de proveer el equilibrio social. De hecho, el mercado financiero y laboral ya ha sido desregulado, los sistemas solidarios (de pensiones y asistencia sanitaria) debilitados, se ha implantado un sector de salarios bajos, los tipos impositivos empresariales y patrimoniales han bajado, etc. Simultáneamente prolifera el número de asesores externos implicados en proyectos legislativos, decretos u otras normas, en pro de la “especialidad”. Ya no hay res publica, las decisiones ya no son tomadas en un foro público, se acabó la democracia. En su lugar, el estado se ha convertido en agente de las financieras, procurándoles clientes para sus turbios negocios.

Así, los grandes intereses económicos y lobbyistas entraron con Schröder y su “Agenda 2010” en las dependencias legislativas ministeriales. Desde entonces, muchas leyes las dicta el legislador o Bundestag formalmente. Detrás están la Fundación Bertelsmann (leyes Harz), los bancos y la industria financiera (Jubilación Riester), etc.

En definitiva, el protagonismo ha pasado de la economía nacional a las 44.000 multinacionales, a quienes el concepto “patria” (Vaterland) les es completamente ajeno. Pero la verdad es, que el mundo financiero no trae sólo bienestar, sino también graves crisis y la libertad de circulación de capitales lleva al máximo endeudamiento. Las deudas se quedan; pero el capital no. Por eso, los mercados financieros hacen imposible una economía real o división racional del trabajo.

En lugar de reducir el paro, guerra al parado.

Comenta el autor, que la idea de que el propio trabajador parado es responsable de su miserable situación ha calado, perdiendo vigencia el consenso que descansaba en que el estado es responsable del mercado laboral. El origen lo encuentra el magistrado en el traslado de competencias a la Unión Europea (Acuerdos de Maastricht), en concreto al Banco Central Europeo y en la implícita desconexión con los intereses nacionales; además de la globalización y europeización. Pero los derechos sociales dependen del principio de residencia y ocupación dependiente, presuponen la pertenencia a una comunidad nacional solidaria, responsable y de pagadores.

Ahora bien, la caja de Pandora la abrió, explica el juez, Harz-I al introducir, bajo el mandato del socialista Schröder, la contratación en régimen de cesión en condiciones precarias. En España, sucedió de la mano de Felipe González, a través de la Ley 14/ 1994, de 1 de junio, por la que se regulan las Empresas de Trabajo Temporal. Para más inri, con Harz-IV se introduce un nuevo elemento del derecho penal en el derecho social: una sentencia de lo Social no puede reducir el salario base existencial, pero el II Código de Derecho Laboral (Zweites Buch des Sozialgesetzbuchs – Grundsicherung für Arbeitssuchende SGB II) incluye sanciones, que llegan a suprimirlo por no entregar una candidatura a tiempo o desobedecer otras prescripciones. Quien lleva a cabo una lesión corporal de grado medio, sale mejor parado que el que no entrega un curriculum a tiempo.

Pero la guerra contra los trabajadores nacionales llega al extremo de publicarse en el periódico de gran tirada Die Welt un artículo, que cuestiona la legitimidad del voto del parado, mientras el ex Ministro de Economía y Trabajo Wolfgang Clement (SPD) figura en nómina de la conocida E.T.T. Adecco.

La política realmente progresiva se funda en la libertad del individuo.

Dice Borchert que para que el Estado Social funcione, se hacen necesarias determinadas reformas. En primer lugar, debe velarse por la transparencia o un sistema

Deuda Estado español en billetes de 100 Euros

Deuda Estado español en billetes de 100 Euros

universal en que no exista una cuota obrera y otra empresarial, de lo contrario, el trabajador no puede tener una idea real de qué retenciones se le practican. Además, debería suprimirse toda subvención, transferencia de dinero expropiado sobre todo a asalariados. También parece necesaria una reforma del IRPF según el modelo del Solidaritätszuschlag o suplemento solidario, que englobe todo tipo de renta, sin tope máximo y protegiendo un mínimo existencial. La exoneración relativa debería aumentar en función de la disminución del salario y aumento en el número de hijos, porque en estos casos, la cuota en el consumo marginal es mayor (pago de impuestos indirectos). Se contribuye así a la creación de empleo (se estiman como mínimo, dice Borchert, 100.000 puestos de trabajo por descenso de un punto porcentual de las cuotas sociales). Por otra parte, como no se toca el salario bruto y se modifican únicamente los salarios netos según el número de hijos, no es posible el fraude entre adultos con y sin hijos. El volumen de transferencias precisadas disminuiría también drásticamente, porque el número de perceptores descendería. Con otras palabras: el juez de lo social espera de la política que lleve a cabo únicamente lo que es ya su misión constitucional: redistribuir de arriba a abajo y no al revés, no financiar; esto es, ligar la igualdad a la libertad a través de la responsabilidad. Entonces y sólo entonces, afirma Jürgen Borchert, quien aún cree en el Estado Social, saldrá la aurora. Nosotros añadimos para terminar unas palabras de F.A. Hayek en Camino de servidumbre, y son que “el principio rector que afirma no existir otra política realmente progresiva que la fundada en la libertad del individuo sigue siendo hoy tan verdadero como lo fue en el siglo XIX.”. ¡Qué interesante sería estudiar las ideas expuestas en el contexto español y exponer los resultados!

Cristina Negro Konrad

Ref. http://ecjleadingcases.wordpress.com/2014/03/11/cristina-negro-konrad-jurgen-borchert-o-el-crepusculo-del-estado-social/

 Enlace de interés para calcular los días del año en que trabajamos para el Estado:

http://www.civismo.org/es/investigaciones/calculadora-de-impuestos

Sobre la deuda:

http://www.usdebtclock.org/world-debt-clock.html

“El sentido político de la pobreza”. Pierre Ganne.

“El pobre y el profeta”. Pierre Ganne, prólogo de Hans Urs Von Balthasar, Madrid, 2014, Ed.Encuentro, 139pp. 10€

sembrador millet

“El sembrador” de Millet. Ejemplo de un pobre, que siembra en los surcos de la historia, con la esperanza de que la semilla crezca.

La pobreza es uno de los problemas que más lugar da a equívocos y en política no es una cuestión menor. Al menos desde finales del siglo XIX, con la aparición de la llamada “cuestión social”, ha pasado al primer plano de la acción política, con mayor o menor fortuna, de agentes tan diversos como los grupos socialistas, la Iglesia católica, otras iglesias, y agrupaciones de personas con un cierto interés político y “social”. En nombre de la pobreza algunos lo dejan todo y “se van de misiones” y otros luchan por extender la riqueza a todos, pero casi ninguno parece entender el sentido verdadero de la pobreza.pierre ganne
Para Pierre Ganne (1904-1979),hombre con gran sensibilidad política, sacerdote desde 1935, formado con Henri de Lubac, integrante de los servicios secretos franceses y a punto de caer en manos de la Gestapo, “lo primero que tenemos que darnos cuenta es de que estamos impregnados de la ideología liberal que ha sacralizado la miseria”. Se ensalza a los pobres y se condena a los ricos.
El siglo XIX vio nacer el proletariado y, como respuesta a este problema causado por el individualismo atroz, unos y otros no pudieron evitar referirse al Evangelio para intentar dar una respuesta. Por un lado, los cristianos recordaron que “la Buena Nueva se anuncia a los pobres”, pero esto no resolvía con inmediatez el problema de la gente que moría de hambre y miseria; y por otro lado, las ideologías socialistas criticaban a la Iglesia por formar parte de la oligarquía impregnada de ideología liberal, y o reinterpretaron el Evangelio o fundaron una nueva religión socialista. “Sea como fuere, señala Ganne, la cuestión de la pobreza evangélica se planteó desde una especie de confusión romántica, con ambigüedades y equívocos de los que aún hoy no hemos salido. Habría que haber procedido a una elaboración teológica sólida, yendo directos a lo esencial”.
Ganne aclara desde un principio que el Evangelio no ensalza la miseria y que la Iglesia no consuela a los proletarios sacralizando su condición. Dice que “empezando por los Profetas y llegando hasta el corazón del Evangelio la miseria queda denunciada, de la forma más clara posible y a veces incluso de manera violenta, como el fruto del pecado de la sociedad y como el pecado colectivo del pueblo de Dios, como el síntoma más claro de que, a pesar de las manifestaciones de un culto próspero, a pesar de los peregrinajes, los ayunos y los sacrificios, este pueblo ha roto con el Dios verdadero”. La pobreza evangélica se propone tanto a los pobres como a los ricos, y la miseria que se condena puede afectar en la misma medida a los unos y a los otros. Cuando se habla de “pobreza”, no se habla de tener más o menos dinero, sino de algo más profundo y constructivo.
¿Qué es por tanto la pobreza? La pobreza es la esperanza que se conserva a pesar de terribles tentaciones y desilusiones, y los pobres son aquellos que son portadores de la verdadera esperanza. Así, el pobre es el que discierne el camino del porvenir verdadero, sin caer en falsas promesas, milenarismos, mesianismos políticos ni progresismos de distinto cuño. La pobreza, sintetiza Ganne, no se define con relación a las normas o leyes de una sociedad concreta, sino en relación a Yahvé, a su venida y a su reino; “la pobreza supera infinitamente el plano del tener” porque se apoya sobre el ser personal y universal, su intención es el mundo por venir y por eso puede desidolatrar los universos cerrados sobre sí mismos; y por último, la pobreza compromete al hombre por entero, es una decisión y una opción del corazón, de la libertad profunda que plantea así el sentido global de la vida.
¿Y cuál es, entonces, el sentido político de la pobreza? Para Ganne, el pobre tiene una relación verdadera con el porvenir y no pone su confianza en falsos ídolos. El gran problema del siglo XIX fueron las religiones seculares que llegaron a su expresión más terrorífica con los totalitarismos nazi y soviético en el siglo XX. La creencia en el Estado, o en el líder del partido, como mesías que llevaría al pueblo a la tierra prometida trajo, como predijo Hölderling, el infierno a la tierra en lugar del paraíso prometido. Ganne cree que hay que recolocar la política en su sano lugar, sin caer en su idolatría y tampoco en el escepticismo. Para él, la toma de posición de los pobres de Yahvé “era esencialmente política”. ¿Por qué? Porque su proyecto, el proyecto del Dios-Creador, era un proyecto total que compromete el porvenir del hombre político, pero consciente de que no está en manos del hombre su secreto. No se puede sustituir la libertad del hombre en nombre de falsos porvenires, y en eso el pobre es sabio, porque conoce su destino y su libertad. No obstante, “es necesaria la ingenuidad hipócrita y el embrutecimiento erudito del «hombre moderno» para no ver las servidumbres ideológicas, «idológicas», de las que es prisionero. En verdad este hombre moderno es una fabricación ideológica, una conciencia que no se percibe a sí misma, que no quiere percibirse más, que es violada y que ha llegado a consentirlo porque se le ha hecho creer que ha sido violada para conseguir que sea feliz”. La opción de los pobres es, al contrario, una aceptación del verdadero porvenir y una crítica radical a la acción política que comprenda un proyecto global.estatua profeta
Para Ganne, hay una miopía en el hombre político que le impide discernir en los proyectos políticos los objetivos inmediatos y la finalidad que los inspira. “Es la confusión entre lo político y las políticas.” En lo político está implicado mucho más que un proyecto o una solución a un problema concreto, porque en la acción política se implica el porvenir del hombre y, como afirma el autor, “dime cuál es tu porvenir y te diré quién eres”. El hombre se invierte a sí mismo en las acciones que lleva a cabo en el mundo. El ser, como decía Santo Tomás, se conoce en la acción, y en la acción política de un modo notable. El pobre no delega la tarea de definir su porvenir en ninguna instancia puramente humana, “preserva su libertad y mantiene abierta la posibilidad de una crítica radical”. “Se enfrenta a la vez con las dictaduras ateas y religiosas”. Para Ganne, la humanidad, “desprovista de la Luz profética de los pobres puede deslizarse lentamente a la deriva hacia un Estado policial de dimensión planetaria”. La esperanza radica en los pobres, pequeños, ignorados, desconocidos, pero que llevan en su seno la semilla de una novedad que lo cambia todo.
Este pequeño libro conviene a quien le interesen las respuestas cristianas y marxistas de la pobreza, a quien le preocupe el problema del clericalismo y el estatismo, y a quien, en definitiva, esté inquieto por su porvenir.

http://www.ediciones-encuentro.es/libro/el-pobre-y-el-profeta.html

Jonathan Swift. “Viaje a Laputa” en Los viajes de Gulliver.

En uno de sus accidentados viajes Gulliver arribó a una misteriosa isla flotante. Podía ser dirigida por el rey por encima de otros territorios con los que se comunicaba únicamente a través de cuerdas con las que izaba las peticiones de los súbditos. La isla nunca tomaba tierra y tampoco se alejaba demasiado, proyectaba su sombra sobre los territorios inferiores y nunca se alejaba demasiado de ellos. Siempre estaba en una prudente y molesta distancia.gulliver laputa

Sus habitantes “tenían la cabeza inclinada, sea a la derecha, sea a la izquierda,  y uno de sus ojos vuelto hacia adentro y el otro mirando directamente al cenit”. Se hacían acompañar de un lacayo llamado “agitador” que se servía de un palo en cuyo extremo iba atada una vejiga rellena de guijarros para espabilar a su amo. La razón es que “al parecer, las mentes de estas personas se enfrascan tan intensamente en especulaciones que no pueden ni hablar ni oír lo que otros les dicen si no se las hace volver en sí con algún contacto externo sobre los órganos del habla y del oído”. Así, las gentes de Laputa que pueden permitírselo, van siempre acompañadas de un agitador que les saca de su estado de obnubilación en momentos críticos, agitando el palo cerca de sus ojos y orejas, evitando así que se caigan de la isla, que se golpeen contra algo o entre ellos.

Gulliver cuenta que necesitó hacerse un traje y que el rey dio orden a un sastre de que realizase la tarea. “Tomó la altura con un cuadrante, y luego dibujó con reglas y compases las dimensiones y contornos de mi cuerpo entero y lo trasladó todo al papel. Al cabo de seis días me trajo el traje, muy mal confeccionado, y casi por completo deforme”. Lo que más escandalizó al protagonista de tan desafortunados sucesos fue que “tales accidentes eran frecuentes y que se les prestaba poca atención”. Y lo que les pasaba con la ropa, les pasaba con las casas, todas mal construidas, sin un ángulo recto, y las paredes completamente torcidas, pues el desprecio que se tenía por la geometría aplicada era máximo. Gulliver escribió que “no he visto pueblo más tosco, poco diestro y desmañado, ni tan lerdo e indeciso en sus concepciones. Son pésimos al razonar y dados con gran vehemencia a la contradicción. La imaginación, fantasía e inventiva les son por completo extrañas, y no poseen en su idioma palabras con que expresar dichas ideas”.

Pero sin duda lo más pasmoso de aquel pueblo de matemáticos y geómetras es “la enorme disposición para las novedades en política, que continuamente les tiene averiguando acerca de los asuntos públicos, dando juicios sobre cuestiones de Estado y disputando apasionadamente sobre cada tilde de la opinión de un partido. Y, añade el viajero, he observado la misma actitud entre la mayoría de los matemáticos que he conocido en Europa, aunque nunca acerté a descubrir la menor analogía entre las dos ciencias”.

El rey “no mostraba la menor curiosidad por enterarse de las leyes, el gobierno, historia, religión o costumbres de los demás países, sino que limitaba sus preguntas al estado de las matemáticas y recibía las noticias que yo le daba con el mayor desdén e indiferencia, a pesar de que los agitadores a uno y otro lado le despabilaban frecuentemente”.

Esto me lo contó Gulliver una vez que coincidimos en un pub y tuve la inmensa fortuna de tomar unas pintas con él. Le animé a dejarlo por escrito por considerar maravillosas sus aventuras. Yo, sin embargo, pobre por mi profesión y la mala fortuna de mi familia, no salí nunca de mi pueblo, pero le conté que en nuestro país debía haber descendientes de Laputa que viven en pequeñas casas laputienses. No daba crédito a lo que le contaba y le tuve que narrar alguna de mis historias. Por ejemplo, le pareció digna de la alta Laputa aquella anécdota que tuve con los agentes de calidad de mi trabajo. Le conté que un día vinieron a mi despacho en busca de evidencias de calidad, y que habiéndoles dado dos cajas llenas de papeles, estadísticas, reglamentos autocumplidos y decenas de horas dedicadas a cursos y cumplimentación de formularios autorreferenciales, se fueron tan contentos e imprimieron uno de sus sellos en mi puerta y otro en mi frente. Se desternillaba cuando le conté que otro compañero les entregó un remolque de papel reciclado y que el regocijo de los agentes de calidad fue tal que le nombraron subsecretario de relaciones institucionales de la agencia madre de Laputa.burocracia

Cuando le dije que había otras Laputillas que se encargaban de poner una pegatina en los vehículos y que sin ellas no podía circular nadie fue cuando comenzó a indignarse. Le conté que una vez vi un burro con una de esas pegatinas adheridas en su frente por azar, y que el agente laputiense le multó por no estar homologado. Le conté que en una ocasión un vehículo en pésimo estado se accidentó y que ni los científicos más re-putados (que son los descendientes directos de Laputa) podían explicárselo porque el coche tenía todos los papeles en regla. Otra vez, un oficinista pidió por teléfono a gerencia papel y tinta para su impresora y recibió un “conforme” de la administración de Laputa con el siguiente mensaje: “Conforme. Imprima y entréguelo al subvicegerente”.

Pero cuando su cara enrojeció y entró en un estado colérico fue cuando le conté que en una ocasión se aprobó una ley obligando a todos los súbditos a entregar su casa a unas entidades laputienses, la mitad de su salario y un alto porcentaje de su dinero y que nadie se quejó porque todos consideraban que el procedimiento se había ajustado adecuadamente a los patrones y métodos establecidos. Me pidió que callase si no quería hundirle en la miseria cuando empecé a relatarle aquella vez en que un pueblo entero se quedaba tan contento cuando un gobernante ignorante y lerdo les tiranizaba cada cuatro años porque se les había dado la oportunidad de ir de fiesta e introducir un papel en una caja para elegir entre él y su hermano, por supuesto ambos de la estirpe de los re-putados (cuando se dedican a la política, les llaman di-putados, por descender doblemente de Laputa).

Lo más penoso, y esto ya no se lo conté para no entristecerle todavía más, es que en las Laputillas que hay por aquí los encargados son tan pobres que no pueden permitirse el lujo de costearse un agitador y que de este modo es absolutamente imposible sacarles de su estado de obnubilación. Él me dijo que lo peor que nos podía pasar es que uno de ellos, un laputiense, mutase en “agitador” y consiguiese terminar de confundirnos a todos.