Gregorio Morán: Adolfo Suárez. Ambición y destino

C848342.jpgGregorio Morán. Adolfo Suárez. Ambición y Destino, Madrid, Debate, 2009, 639 pp.

por Alonso Muñoz Pérez.

@alonsomunoz53

La generación de españoles jóvenes que no hemos conocido otro régimen sino el del 78 solemos desconocer los orígenes y, por tanto, los fundamentos del mismo. Nos han dado la FEN -Formación del Espíritu «Nacional»- con la hora semanal de ese prodigio de intoxicación política llamado «Cuéntame» (un cuento chino). Ni acertamos a saber cómo estos personajes que nos gobiernan tengan tanto mando en plaza, ni comprendemos porqué un país con gente relativamente normal y buena, funcione tan mal. El mito de la transición nos pone un velo que evitaba hasta hace no mucho incluso la misma posibilidad de crítica. Ciertamente, algunos ancianos sabios -como Antonio García-Trevijano– que se conocían el percal muy personalmente nos advertían. Pero en general, nadie ponía en cuestión el régimen del 78. Hoy, y aunque esta mitología sigue siendo mayoritaria, ya se han abierto brechas y han surgido niños que señalan al emperador desnudo de la oligarquía setentayochista, esa misma que tiene paralizado al país.

Los libros desmitificadores

Podríamos decir que el primero de esos libros en romper el anti-democrático consenso, fue el decisivo libro de Jesús Cacho, El negocio de la libertad. Aquí con mucho detalle, fechas, conversaciones y nombres se explicaba la impostura no sólo del PP de Aznar sino de la supuesta superioridad moral del grupo Prisa, que en realidad no era sino la del prosaico dinero. Polanco pudo hacer su fortuna gracias a que en 1970, el aparato estatal le concedió un monopolio de facto sobre la impresportada_9979ión de libros de texto. Pero el gran mito en empezar a caer con este libro fue el de San Juan Carlos I, profeta mayor de la Santa Transición. Un Rey muy practicante del «borboneo»: aquello de decir a todo el mundo lo que todo el mundo quiere oír. Otros libros en esta serie desmitificadora a fuer de contar lo que realmente pasa más allá de los medios de incomunicación de masas podrían ser las series sobre el 11M de Luis del Pino, Jose María de Pablo (La cuarta trama) o Ignacio López-Bru (Las cloacas del 11M). También las documentadas investigaciones de Jesús Palacios sobre el 23F, donde el español normal descubre que su jefe de estado no sólo lo puso Franco digitalmente sino que ya con la nueva «Constitución» aprobada, tuvo bastantes afinidades electivas con los sucesos del 23F.

El caso Suárez como expresión de los modos de la oligarquía

Pues bien, el libro de Gregorio Morán viene a completar esta labor desacralizadora de la mediocre clase política española al presentar sin aderezos ni inciensos, pero sin irracionales inquinas ni subjetivismos arbitrarios, la figura de Suárez -«un chusquero de la política» en propia definición- y de todo ese régimen oligárquico que lo aupó. Suárez fue un pequeño Nicolás avant la lettre y Pablo Iglesias un Suárez en potencia. El mérito es todo de la clase que lo aupó y no del interesado. Si Suárez es una mezcla -en definición de Leopoldo Calvo Sotelo- de «superficialidad e instinto», el régimen que lo hizo número dos de Falange, gobernador civil, presidente de la Empresa Nacional de Turismo, director general de Televisión Española y finalmente, Presidente de Gobierno (con y sin urnas), ¿cómo debe de ser valorado? Esa es la terrible tesis de Morán: el triunfo de Suárez y su posterior canonización en vida -con la inestimable ayuda de la pérdida de memoria del homenajeado- es la expresión de un régimen político personalista, mediocre y ayuno de toda perspectiva cultural-espiritual. El libro de Morán ilustra perfectamente la continuidad de los modos políticos entre el estatismo franquista y el estatismo setetayochista. Pues hemos de tener presente que así como el régimen franquista construyó su legitimidad sobre la victoria en la Guerra, el régimen setetayochista ha hecho de su pecado original, una virtud: construye su legitimidad en la «victoria» (democrática) sobre el régimen franquista. En una especie de complejo de Edipo político, debe matar constantemente al padre para poder demostrar que no es hijo del mismo, sino un régimen maduro y sin hipotecas. Cuanto más el Estado devora a la Nación, más debe demostrar que es un régimen político distinto en sus modos del franquista. El libro de Morán disuelve el encantamiento. Aquellos que creen que no había corrupción ni en el franquismo ni en la transición podrán comprobar que sólo hemos avanzado en perder vergüenza, pero que hay ciertas constantes, cierto bajo continuo que permanece.

La virtud política dominante del setentayochismo: el servilismo.

Si los diversos regímenes políticos tienen su sentimiento político específico, según señalaba Montesquieu o los clásicos griegos con el honor para la monarquía o el temor para el despotismo, ¿cuál sería el sentimiento político de régimen setentayochista? Pues a juzgar por el libro de Morán, la fidelidad. Es el sentimiento o la virtud más valorada en un régimen de arbitrios personalistas sin proyecto político-cultural alguno, sin criterio ontológico. El régimen consiste en un número limitado de silla-musicalsillas y en un número de aspirantes siempre mucho mayor. Así la virtud más estimada por el que reparte algunas de esas sillas es que el sentado no le cree problemas, sea una extensión de su voluntad y por tanto él mismo pueda copar aquellas sillas donde físicamente no puede sentarse. Viceversa, la virtud que deberá ofrecer el aspirante a silla es la del servilismo más total: si me das la silla, te la cuidaré, seré tu alter ego, no te daré problemas, te ayudaré a controlar el rancho de sillas. El consenso no es sino la expresión colectiva de la fidelidad que la clase política se tiene a sí misma. El que se mueve, no se sentará. El que permanece en el consenso, tendrá su porción de silla. El hecho de que esas sillas se levanten sobre nuestras espaldas, es algo que importa poco a los que juegan a este juego de las sillas políticas musicales.

Naturalmente, en este tipo de juego, la superficialidad y el instinto se convierten en ambición (de sentarse) y en destino (como fuerza para llegar a las mejores sillas). Servilismo y fidelidad son virtudes, fuerzas que catapultan al subordinado hacia los mejores taburetes de poder. El borboneo, la quintaesencia de la técnica lógica del poder mediocre. El libro hace muy concreto este vals político, casi de modo cinematográfico por su concreción e historicidad.  Nadie que lo lea podrá pensar lo mismo del Rey emérito, del Opus Dei, de los Garrigues Walker, Girón de Velasco, Landelino Lavilla, Pilar Urbano, López Rodó y en general de los actuales modos de actuar en la política y en la empresa, en la Universidad y en el mundo editorial. En un espacio público monopolizado por unos lodos que vienen de los polvos que describe este libro.

La moraleja de este anti-manual político

Afortunadamente, como moraleja uno empezará a sentirse culpable si aspira simplemente -como proyecto vital- a «colocarse», a ser cooptado por los poderosos sentados para ser uno más. Los jóvenes no podemos aspirar a colocarnos. El país necesita que ofrezcamos al espacio público algo que lo sane y reconstruya y no más demandas de derechos, canonjías y asientos garantizados de por vida. A este respecto sería interesante preguntarse si los modos de los nuevos partidos reproducen o no formalmente esta política servil y aduladora del jefe.

Por tanto, libros como los de Morán, nos resultan de extraordinaria utilidad al explicar muy concretamente los hechos y las personas que hoy mandan y asolan el país. Es una suerte de anti-hagiografía de la clase política española, un colectivo que no quiere las sillas del poder sino para colocarse y que una vez sentado sólo piensa en qué hacer para continuar sentado o mejorar el asiento. El poder se quiere por sí mismo y no es un medio más que para conservar y aumentar más poder. Es la conclusión como esperpento del Estado de poder maquiavélico.

Hay que añadir con pesar una nota sobre el papel del catolicismo político y cultural: muy lamentable. Ejerció de catalizador cuando no de acelerador de estos modos marcoantonioserviles, superficiales y carentes de perspectiva. Morán lo expone con la crudeza de un médico forense mientras que más ad intra habría que completarlo con José Manuel Cuenca Toribio (Iglesia y cultura en la España del s. XX) o Agapito Maestre (El fracaso de un cristiano. El otro Herrera Oria). La realidad pseudo-política descrita por Morán nos debería llevar a los católicos a reflexionar sobre la acción política sin reducirla a un problema moral y con el deseo de ofrecer un espacio público con una lógica distinta a la de una secta de ambiciosos danzando alrededor de las sillas del poder al son de una música política que otros -más listos, más malvados y más anglosajones- han compuesto para oscuros fines. Que el libro de Morán nos sirva siquiera de anti-manual político, de tablas de la ley lo que no debe de ser la política. Y por tanto a aspirar a una política con fines (la Wertrationalität weberiana), dentro de un espacio público renovado y con una lógica del poder basada no en la okupación de sillas, sino en la auctoritas. Ser político es querer que los demás sean mejores y que les vaya mejor que a uno mismo.

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Un aperitivo del libro puede leerse en esta entrevista al autor.

Acaba de salir un libro de Morán que también promete: El Cura y los mandarines (Hª no oficial del bosque de letrados). Cultura y política en España, 1962-1996.

La noticia en Voz Populi aquí.

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La oposición real, la posible y la ficticia.

LeviathanPor Alonso Muñoz Pérez

Todo poder es un fenómeno espiritual. No para la tradición estatista de la política, cuyo credo -no hay más Dios mortal que el Estado y el santo Hobbes es su profeta- concibe el poder como una catapulta, una presa o un cañón: energía potencial acumulada, susceptible de almacenamiento, de cuantificación y de generación impersonal. Se podría decir, simplificando un tanto, que Hobbes inauguró la tradición del poder como resorte, como mecanismo, confundiendo así en el plano ontológico, fuerza y poder. El Leviathan no es más que la agregación de las fuerzas individuales, enajenadas en el cuerpo artificial del soberano. La portada del libro de Hobbes no puede ser más elocuente: un gran hombre formado de pequeños hombres, cañones, armas de pólvora y rayos.

Sin embargo, la tradición europea de la política -cual río intrahistórico que surge del manantial bíblico-  ha considerado el poder como una realidad espiritual. Ciertamente desde Hobbes y el surgimiento del Estado, esta tradición coexiste con la tradición del poder como resorte, como energía potencial. Pero, como señala Guardini,

«sólo puede hablarse de poder en sentido verdadero cuando se dan estos dos elementos: de un lado, energías reales, que puedan cambiar la realidad de las cosas, determinar sus estados y sus recíprocas relaciones; y de otro, una conciencia que esté dentro de tales energías, una voluntad que les dé unos fines, una facultad que ponga en movimiento las fuerzas en dirección a estos fines. Todo esto presupone el espíritu, es decir, aquella realidad que se encuentra dentro del hombre y que es capaz de desligarse de los vínculos directos de la naturaleza y de disponer libremente sobre ésta» (El poder, cap. 1, p. 171 ed. esp.).

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Cuidado con desear el anillo de poder estatal…

¿Qué implica cada una de esta dos concepciones del poder, aquella en la que el poder es un fenómeno espiritual y la otra donde más bien es mecánico-material? Pues en la segunda, en donde el poder es concebido como materia dispuesta de un determinado modo (la catapulta o la torsión de una goma), entonces la lucha política es entendida como la guerra no-violenta por el control del Gran Artefacto del poder. Es comprensible que por tanto, la guerra sea la continuación de la política por medios ya plenamente violentos. Y aun esa misma lucha es comprendida en términos de «fuerzas», de ahí las abundantes metáforas físicas: mantener la presión, utilizar los instrumentos de, arrastrar al contrario a, empujar hacia, congelar la política de, etc… Como los referentes de nuestra clase política -sean conscientes de ello o no- son anglosajones, su concepción del poder es la dominante: mecanicista, materialista y, por tanto, irreal. La tierra prometida de nuestros políticos es Anglosajonia. Desde José María Aznar, a Pablo Iglesias (Podemos = Yes, we can), pasando por Íñigo Errejón y Pedro Sánchez, las referencias cognitivas e intelectuales de nuestra clase política son anglosajonas.

La última raíz de la estupidez en la vida política y su falta de sentido común estaría en esa auto-referencialidad del poder moderno: el idiotés del que hablada Aristóteles. Pues nada hay más contrario al realismo político que la razón de Estado, dicho sea con perdón de los estatistas (y realistas) bienintencionados. Y es que ya deberíamos saber que los sueños de la razón -de Estado- no engendran políticas realistas, sino un desastre económico, social y espiritual digno de una mejor guerra mundial. Veremos.

Hombres sirviendo un cañón como analogía de la relación del poder estatal y sus súbditos…

La política de resortes se podría sintetizar en que todo consiste en presionar y arrastrar, tirar y empujar. Dos movimientos básicos que hacen de la política un mero cálculo vectorial. Así personajes como Suárez (lean la estupenda y documentada biografía de Gregorio Morán y empiecen a desacralizar al Santo Patrón de la Transición española) o Zapatero, que en un contexto de realidad no hubieran pasado de sobrevivir entre el mileurismo y el INEM, se convierten en talentos políticos de primer orden por su capacidad intuitiva para calcular presiones y empujes. Nada menos (pero nada más). Así, los pertenecientes a la otra tradición de la política (la respublicana) hemos de comprender que el Estado se sostiene sobre fundamentos de poder no estatales y sólo tiene poder porque parasita a un pueblo, a unas personas y a unos modos no-estatales. Por eso la respuesta a la pregunta de Böckenförde, de si “el Estado liberal y secularizado, ¿se nutre de supuestos normativos que él mismo es incapaz de garantizar?”, no puede ser sino un rotundo sí. El apoyar-se del poder sobre sí mismo lleva como última consecuencia a la despersonalización (cualitativamente) y a la despoblación (cuantitativamente hablando). Es el tema de la Biopolítica. Pues al poder de la modernidad estatista le terminamos molestando las personas, deseando en el fondo -por paradójico que parezca- una política y un orden etsi personas non daretur. El summum de este modo de pensar lo sintetiza ese ser tenebroso -consejero de seguridad nacional de los EE.UU., consejero de Obama y teórico de la oligarquía anglosajona- y de nombre impronunciable, Zbigniew Brzezinski:

«Hoy en día es infinitamente más fácil matar a un millón de personas que controlar a un millón de personas» (17 de noviembre de 2008, Chatam House, Londres).

Y ya se sabe que la cultura moderna anglosajona es extremadamente práctica. Pueden oír al mismo Brzezinski decirlo (con subtítulos en inglés, presionar el botón de subtítulos en la parte inferior del vídeo):

Por ello, más bien tenemos que apuntar a la otra tradición europea. Aquella donde el poder es un fenómeno espiritual, un hacer hacer, en definición minimalista sugerida por Dalmacio Negro. Hacer es fuerza. Hacer hacer (a otro), es ya una conexión espiritual de entendimiento y voluntad entre al menos dos personas. Por eso el poder, entendido como fenómeno espiritual, tiene una única fuente ontológica: el logos. La retórica, por un lado, y el dia-logos, por otra, se convierten así en el método de la política, en el medio por el que se consigue influir en otros presentándoles un modo de acción colectiva y una forma de la vida común que les conmueva. La tiranía, la demagogia, el caudillismo o el Estado serán siempre modos impolíticos para esta tradición. La manera de recuperar no ya esta tradición -eso de recuperar tradiciones no tiene en sí mismo mucho valor- sino simplemente el poder y la res publica es precisamente ganando la batalla de las ideas. Porque, lo sepan o no, Rajoy, Pedro Sánchez, Iglesias y -apuremos toda la ponzoña al vaso- muchos católicos,  son resortes de un mismo mecanismo de poder -el poder como dominio y fuerza, el poder del anillo de Sauron, el villano de «El Señor de los Anillos»- además de hijos putativos de un Brzezinski o de un Kissinger cualquiera. Es decir, están bajo el influjo espiritual de una visión política que no han escogido simplemente porque no son conscientes de ella.

El triple círculo de Podemos, la representación de la serpiente Oroboros y una imagen del Anillo de Poder con el Ojo de Sauron. Oligarquías nacionales, regionales y oposición ficticia luchan por el Anillo de poder: The Ring is mine!

El triple círculo de Podemos, la representación de la serpiente Oroboros y una imagen del Anillo de Poder con el Ojo de Sauron. Oligarquías nacionales, regionales y oposición ficticia luchan por el Anillo de poder: The Ring is mine!

La clase política y su oposición ficticia (We-can y adláteres) no son sino manifestaciones de la misma hidra, posiblemente también en un sentido muy literal y directo, cuestión esta que merecería reflexión aparte. En realidad, la única oposición real a la actual clase política viene… del nacionalismo. El nacionalismo no es sino la manifestación espiritual de la enfermedad oligárquica regional. Es un Pujol que también quiere el caramelo de la soberanía, el anillo de poder de Sauron. Pues, en toda lógica, ¿porqué debería uno compartir con otros co-oligarcas algo que podría tener en plena posesión? ¿Quién no soñaría con convertirse en el Sauron (regional) y no en un mero miembro de los diecisiete espectros del anillo? Pujol ya fue un año a la reunión de Bildberg, pero no le volvieron a invitar. Calaron su categoría personal bastante rápido y los dominadores de este mundo no están para perder el tiempo con sotas de bastos. Aun así, la única espita real en la impenetrable clase política española es el nacionalismo, una cuña de la misma madera, lo cual dice mucho del momento tan lamentable en el que nos encontramos.

anillounicoPor tanto entre la clase política del Congreso de los Imputados, la oposición real (los nacionalistas) y la oposición ficticia (Podemos) sólo cabe desear una oposición posible, una oposición que recuperando el sentido de lo público -no confundir con Estado por favor- pueda reordenar en su justo lugar el terreno de lo Económico, lo Jurídico, lo Ético a través de una política del logos. De ahí la necesidad antes aludida (Prolegómenos a toda política futura…) de una labor intelectual como acción política (no sólo como previa sino como coextensa con la acción política). Para Platón, el estudio no era una ocupación teórica, sino práctica. Una labor de comprensión, precisamente, del poder como fenómeno espiritual que está al alcance de todos los que estamos fuera del aparato estatal -y no anhelamos convertirnos en aparatchniks- así como profundizar en las razones del escepticismo hacia la clase política, que no son otras que el propio modo de gobernar estatal. Esto también daría para otra reflexión.

Si Vaclav Havel pudo hablar del «Poder de los sin poder», y Lech Walesa liderar la primera revolución obrera real de la historia, hoy tocaría un tipo de reflexión política que mostrara la desnudez del emperador que nos tiraniza (esta UOSP, o Unión de Oligarquías Socialdemócratas Partidistas), que nos vacunara contra los fantasmas del pasado decimonónico –Tirano Banderas redivivo con categorías de la Discourse Theory– y diera lugar a una Teoría de la Política renovada. Pero, ¿habrá quien apueste por esta oposición posible? ¿Habrá quien se pregunte como Hável, porqué están las catedrales ahí?