El prototipo del hombre-masa según Ortega y Gasset. Y es sorprendente.

[El técnico, el profesor universitario especialista]

Por «masa» no se entiende especialmente al obrero; no designa aquí una clase social, sino una clase o modo de ser hombre que se da hoy en todas las clases sociales, que por lo mismo representa a nuestro tiempo, sobre el cual predomina e impera. Ahora vamos a ver esto con sobrada evidencia.

¿Quién ejerce hoy el poder social? ¿quién impone la estructura de su espíritu en la época? Sin duda, la burguesía. ¿Quién, dentro de esa burguesía, es considerado como el grupo superior, como la aristocracia del presente? Sin duda, el técnico: ingeniero, médico, financiero, profesor, etcétera, etc. ¿Quién, dentro del grupo técnico, lo representa con mayor altitud y pureza? Sin duda, el hombre de ciencia. Si un personaje astral visitase a Europa, y con ánimo de 20121220-glenn-hubbard-624x420-1356024252juzgarla, le preguntase por qué tipo de hombre, entre los que la habitan, prefería ser juzgada, no hay duda de que Europa señalaría, complacida y segura de una sentencia favorable, a sus hombres de ciencia. Claro que el personaje astral no preguntaría por individuos excepcionales, sino que buscaría la regla, el tipo genérico «hombre ciencia», cima de la humanidad europea.
Pues bien: resulta que el hombre de ciencia actual es el prototipo del hombre-masa. Y no por casualidad, ni por defecto unipersonal de cada hombre de ciencia, sino porque la ciencia misma -raíz de la civilización- lo convierte automáticamente en hombre-masa; es decir, hace de él un primitivo, un bárbaro moderno.

 [La ciencia lleva en sí el desarrollo del especialismo]

La cosa es harto sabida: innumerables veces se ha hecho constar; pero sólo articulada en el organismo de este ensayo adquiere la plenitud de su sentido y la evidencia de su gravedad.

La ciencia experimental se inicia al finalizar el siglo XVI (Galileo), logra constituirse a fines del siglo XVII (Newton) y empieza a desarrollarse a mediados del XVIII. El desarrollo de algo es cosa distinta de su constitución y está sometido a condiciones diferentes. Así, la constitución de la física, nombre colectivo de la ciencia experimental, obligó a un esfuerzo de unificación. Tal fue la obra de Newton y demás hombres de su tiempo. Pero el desarrollo de la física inició una faena de carácter opuesto a la unificación. Para progresar, la ciencia necesitaba que los hombres de ciencia se especializasen. Los hombres de ciencia, no ella misma. La ciencia no es especialista. Ipso facto dejaría de ser verdadera. Ni siquiera la ciencia empírica, tomada en su integridad, es verdadera si se la separa de la matemática, de la lógica, de la filosofía. Pero el trabajo en ella sí tiene -irremisiblemente- que ser especializado.

[Historia del especialismo inherente a la ciencia]

Sería de gran interés, y mayor utilidad que la aparente a primera vista, hacer una historia de las ciencias físicas y biológicas mostrando el proceso de creciente especialización en la labor de los investigadores. Ella haría ver cómo, generación tras generación, el hombre de ciencia ha ido constriñéndose, recluyéndose, en un campo de ocupación intelectual cada vez más estrecho. Pero no es esto lo importante que esa historia nos enseñaría, sino más bien lo inverso: cómo en cada generación el científico, por tener que reducir su órbita de trabajo, iba progresivamente perdiendo contacto con las demás partes de la ciencia, con una interpretación integral del universo, que es lo único merecedor de los nombres de ciencia, cultura, civilización europea.

La especialización comienza precisamente en un tiempo que llama hombre civilizado al hombre «enciclopédico». El siglo XIX inicia sus destinos bajo la dirección de criaturas que viven enciclopédicamente, aunque su producción tenga ya un carácter de especialismo. En la generación subsiguiente, la ecuación se ha desplazado, y la especialidad empieza a desalojar dentro de cada hombre de ciencia a la cultura integral. Cuando en 1890 una tercera generación toma el mando intelectual de Europa, nos encontramos con un tipo de científico sin ejemplo en la historia. Es un hombre que, de todo lo que hay que saber para ser un personaje discreto, conoce sólo una ciencia determinada, y aun de esa ciencia sólo conoce bien la pequeña porción en que él es activo investigador. Llega a proclamar como una virtud el no enterarse de cuanto quede fuera del angosto paisaje que especialmente cultiva, y llama dilettantismo a la curiosidad por el conjunto del saber.

El caso es que, recluido en la estrechez de su campo visual, consigue, en efecto, descubrir nuevos hechos y hacer avanzar su ciencia, que él apenas conoce, y con ella la enciclopedia del pensamiento, que concienzudamente desconoce. ¿Cómo ha sido y es posible cosa semejante? Porque conviene recalcar la extravagancia de este hecho innegable: la ciencia experimental ha progresado en buena parte merced al trabajo de hombres fabulosamente mediocres, y aun menos que mediocres. Es decir, que la ciencia moderna, raíz, y símbolo de la civilización actual, da acogida dentro de sí al hombre intelectualmente medio y le permite sellosoperar con buen éxito. La razón de ello está en lo que es, a la par, ventaja mayor y peligro máximo de la ciencia nueva y de toda civilización que ésta dirige y representa: la mecanización. Una buena parte de las cosas que hay que hacer en física o en biología es faena mecánica de pensamiento que puede ser ejecutada por cualquiera, o poco menos. Para los efectos de innumerables investigaciones es posible dividir la ciencia en pequeños segmentos, encerrarse en uno y desentenderse de los demás. La firmeza y exactitud de los métodos permiten esta transitoria y práctica desarticulación del saber. Se trabaja con uno de esos métodos como con una máquina, y ni siquiera es forzoso, para obtener abundantes resultados, poseer ideas rigorosas sobre el sentido y fundamento de ellos. Así, la mayor parte de los científicos empujan el progreso general de la ciencia encerrados en la celdilla de su laboratorio, como la abeja en la de su panal o como el pachón de asador en su cajón.

[La nueva casta de “hombres nuevos”, hombres-masa, especialistas]

Pero esto crea una casta de hombres sobremanera extraños. El investigador que ha descubierto un nuevo hecho de ]a naturaleza tiene por fuerza que sentir una impresión de dominio y seguridad en su persona. Con cierta aparente justicia, se considerará como «un hombre que sabe». Y, en efecto, en él se da un pedazo de algo que junto con otros pedazos no existentes en él constituyen verdaderamente el saber. Esta es la situación íntima del especialista, que en los primeros años de este siglo ha llegado a su más frenética exageración. El especialista «sabe» muy bien su mínimo rincón de universo; pero ignora de raíz todo el resto.

He aquí un precioso ejemplar de este extraño hombre nuevo que he intentado, por una y otra de sus vertientes y haces, definir. He dicho que era una configuración humana sin par en toda la historia. El especialista nos sirve para concretar enérgicamente la especie y hacernos ver todo el radicalismo de su novedad. Porque antes los hombres podían dividirse, sencillamente, en sabios e ignorantes, en más o menos sabios y más o menos ignorantes. Pero el especialista no puede ser subsumido bajo ninguna de esas dos categorías. No es sabio, porque ignora formalmente cuanto no entra en su especialidad; pero tampoco es un ignorante, porque es «un hombre de ciencia» y conoce muy bien su porciúncula de universo. Habremos de decir que es un sabio-ignorante, cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor el cual se comportará en todas las cuestiones que ignora no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio.

Y, en efecto, este es el comportamiento del especialista. En política, en arte, en los usos sociales, en las otras ciencias tomará posiciones de primitivo, de 1401229027812ignorantísimo; pero las tomará con energía y suficiencia, sin admitir -y esto es lo paradójico- especialistas de esas cosas. Al especializarlo, la civilización le ha hecho hermético y satisfecho dentro de su limitación; pero esta misma sensación íntima de dominio y valía le llevará a querer predominar fuera de su especialidad. De donde resulta que aun en este caso, que representa un máximum de hombre cualificado -especialismo- y, por lo tanto, lo más opuesto al hombre-masa, el resultado es que se comportará sin cualifícación y como hombre-masa en casi todas las esferas de vida.

[El resultado: la estupidez, la desaparición del hombre culto, la crisis de la ciencia]

La advertencia no es vaga. Quienquiera puede observar la estupidez con que piensan, juzgan y actúan hoy política, en arte, en religión y en los problemas generales de la vida y el mundo los «hombres de ciencia», y claro es tras ellos, médicos, ingenieros, financieros, profesores, etcétera. Esa condición de «no escuchar», de no someterse a instancias superiores que reiteradamente he presentado como característica del hombre-masa, llega al colmo precisamente en estos hombres parcialmente cualificados. Ellos simbolizan, y en gran parte constituyen, el imperio actual de las masas, y su barbarie es la causa inmediata de la desmoralización europea.

Por otra parte, significan el más claro y preciso ejemplo de cómo la civilización del último siglo, abandonada a su propia inclinación, ha producido este rebrote de primitivismo y barbarie.

frase-solo-el-hombre-culto-es-libre-epicteto-136753          El resultado más inmediato de este especialismo no compensado ha sido que hoy, cuando hay mayor número de «hombres de ciencia» que nunca, haya muchos menos hombres «cultos» que, por ejemplo, hacia 1750. Y lo peor es que con esos pachones del asador científico ni siquiera está asegurado el progreso íntimo de la ciencia. Porque ésta necesita de tiempo en tiempo, como orgánica regulación de su propio incremento, una labor de reconstitución, y, como he dicho, esto requiere un esfuerzo de unificación, cada vez más difícil, que cada vez complica regiones mas vastas del saber total. Newton pudo crear su sistema físico sin saber mucha filosofía, pero Einstein ha necesitado saturarse de Kant y de Mach para poder llegar a su aguda síntesis. Kant y Mach -con estos nombres se simboliza sólo la masa enorme de pensamientos filosóficos y psicológicos que han influido en Einstein- han servido para liberar la mente de éste y dejarle la vía franca hacia su innovación. Pero Einstein no es suficiente. La física entra en la crisis más honda de su historia, y sólo podrá salvarla una nueva enciclopedia más sistemática que la primera.

El especialismo, pues, que ha hecho posible el progreso de la ciencia experimental durante un siglo, se aproxima a una etapa en que no podrá avanzar por sí mismo si no se encarga una generación mejor de construirle un nuevo asador más provechoso.

Pero si el especialista desconoce la fisiología interna de la ciencia que cultiva, mucho más radicalmente ignora las condiciones históricas de su perduración, es decir, cómo tienen que estar organizados la sociedad y el corazón del hombre para que pueda seguir habiendo investigadores. El descenso de vocaciones científicas que en estos años se observa -y a que ya aludí- es un síntoma preocupador para todo el que tenga una idea clara de lo que es civilización, la idea que suele faltar al típico «hombre de ciencia», cima de nuestra actual civilización. También él cree que la civilización está ahí, simplemente, como la corteza terrestre y la selva primigenia. […]

[Necesidad de una instancia superior y de una auténtica filosofía. La magia de la masa. La violencia del Estado]

El día que vuelva a imperar en Europa una auténtica filosofía -única cosa que puede salvarla- se volverá a caer en la cuenta de que el hombre es, tenga de ello ganas o no, un ser constitutivamente forzado a buscar una instancia superior. Si logra por sí mismo encontrarla, es que es un hombre excelente; si no, es que es un hombre-masa y necesita recibirla de aquél.

Pretender la masa actuar por sí misma es, pues, rebelarse contra su propio destino, y como eso es lo que hace ahora, hablo yo de la rebelión de las masas. Porque a la postre la única cosa que sustancialmente y con verdad puede llamarse rebelión es la que consiste en no aceptar cada cual su destino, en rebelarse contra sí mismo. En rigor, la rebelión del arcángel Luzbel no lo hubiera sido menos si en vez de empeñarse en ser Dios -lo que no era su destino- se hubiese empecinado en ser el más íntimo de los ángeles, que tampoco lo era. (Si Luzbel hubiera sido ruso, como Tolstoi, habría acaso preferido este último estilo de rebeldía, que no es más ni menos contra Dios que el otro tan famoso.)

Cuando la masa actúa por sí misma, lo hace sólo de una manera, porque no tiene otra: lincha. No es completamente casual que la ley de Lynch sea americana, ya que América es, en cierto modo, el paraíso de las masas. Ni mucho menos podrá extrañar que ahora, cuando las masas triunfan, triunfe la violencia y se haga de ella la única ratio, la única doctrina. Va para mucho tiempo que hacía yo notar este progreso de la violencia como norma. Hoy ha llegado a un máximo desarrollo, y esto es un buen síntoma, porque significa que automáticamente va a iniciarse un descenso. Hoy es ya la violencia la El-sueño-de-la-razón.-Goyaretórica del tiempo; los retóricos, los inanes, la hacen suya. Cuando una realidad humana ha cumplido su historia, ha naufragado y ha muerto, las olas la escupen en las costas de la retórica, donde, cadáver, pervive largamente. La retórica es el cementerio de las realidades humanas, cuando más, su hospital de inválidos. A la realidad sobrevive su nombre, que, aun siendo sólo palabra, es, al fin y al cabo, nada menos que palabra, y conserva siempre algo de su poder mágico.

Pero aun cuando no sea imposible que haya comenzado a menguar el prestigio de la violencia como norma cínicamente establecida,
continuaremos bajo su régimen; bien que en otra forma.

Me refiero al peligro mayor que hoy amenaza a la civilización europea. Como todos los demás peligros que amenazan a esta civilización, también éste ha nacido de ella. Más aún: constituye una de sus glorias; es el Estado contemporáneo.

 

Ortega y Gasset, “La barbarie del especialismo”, “El mayor peligro, el Estado”, La rebelión de las masas, caps. XII y XIII.

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El hombre y el Estado. Jacques Maritain

9788474900811.__mediano__Título: El hombre y el estado

Autor: Jacques Maritain

Editorial: Ediciones Encuentro

Año: 2002

Madrid, 220 págs, 15 Euros. Traducción de Juan Miguel Palacios

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por Armando Zerolo Durán. Prof. Ciencia Política Universidad CEU-San Pablo.

Apuntes para salir de la Edad Moderna

El hombre y el Estado vio la luz por primera vez en 1951 y desde entonces ha sido traducido a multitud de idiomas causando las más variadas reacciones.

En esta breve reseña de un libro sobradamente conocido queremos resaltar algunas de las opiniones que todavía hoy pueden arrojar algo de luz acerca de las líneas fundamentales que están guiando la salida de la Edad Moderna y configurando una nueva época. No pretendemos, por tanto, entrar a valorar la polémica acerca de su “democratismo”.

Es un hecho más o menos aceptado que ya no estamos en la modernidad ni somos modernos, que vivimos un fin de siècle, que algo se acaba para dar lugar a algo nuevo e incierto. La salida de la modernidad seguirá una vía moderna, trazada por los acontecimientos históricos de ese periodo y el carácter formado en ese tiempo. Ha sido la modernidad la que ha generado las condiciones de una nueva época. Igual que Alejandro fue discípulo de Aristóteles, que la ciudad medieval generó los caracteres del Estado Moderno, la novedad surgió de lo pasado en una tensión entre la continuidad y la discontinuidad. Toda época histórica tiene en sí el germen de algo nuevo y distinto a ella misma, y cuenta con el desgaste del tiempo que implica su propia caducidad.

Así parece entenderlo Maritain cuando habla del clima histórico de la modernidad, y para hacerlo se refiere necesariamente a la Edad Media, que al mismo tiempo se presenta como oposición a lo moderno y como su precursora. La Edad Media fue una “era sacral”, donde la “unidad de fe era una condición previamente requerida para la unidad política y el marco de referencia fundamental era la unidad de un cuerpo social de naturaleza político-religiosa”. Paradójicamente esta unidad entre lo político y lo religioso hizo que la Iglesia tuviese que ocuparse de cosas que no le eran propias. No se produjo una confusión, como se sostuvo por muchos pensadores ilustrados, pero sí que se dio una unidad radical entre las nociones de ciudadano y de cristiano, había que ser cristiano para ser ciudadano. El modelo, escribe Maritain, “tuvo éxito durante unos cuantos siglos, mas, a fin de cuentas, fracasó tras la Reforma y el Renacimiento, y un retorno al ideal sacral de la Edad Media es hoy en día inconcebible”.

La Edad Moderna “no es una edad sacral, sino una edad profana o secular. El orden de la civilización terrena y de la sociedad temporal ha alcanzado en ella una completa diferenciación y una plena autonomía”. El esfuerzo moderno, en este sentido expresado, no es necesariamente negativo, pues una correcta afirmación de la independencia de los distintos órdenes (religioso y temporal, Dios y el César) es precisa incluso para una correcta adhesión religiosa. El problema es que, como señala Maritain, “este proceso normal se ha visto acompañado, y echado a perder, por el más agresivo y estúpido esfuerzo para aislar y, en último término, expulsar a Dios y al Evangelio de la esfera de la vida social y política”.

El Estado Moderno, como forma política de una sociedad que se ha construido a sí misma a imagen del ideal tecnológico, ya no está al servicio del hombre, sino que pone todos los factores humanos al servicio de sus propios fines. El término de esta forma estatal, el Estado Totalitario, es una “última desintegración consecuencia de la lenta putrefacción de la conciencia humana en el interior del cuerpo social”.

Pero en todo caso, dando por supuestas las consecuencias brutales de este laicismo radical, resulta interesante ver los efectos no queridos de esta actitud, que aun siendo nihilista, ha provocado efectos imprevistos. El hecho es que el hombre moderno ha crecido en la conciencia de que, primero, “el poder político no es el brazo secular del poder espiritual”, segundo, “la igualdad de todos los miembros del cuerpo político”, tercero, “la importancia de las fuerzas internas que actúan en la persona humana, por oposición a la fuerzas exteriores de coerción” y, cuarto, el peligro para el bien común del “debilitamiento y decaimiento de los resortes interiores de la conciencia”.

La experiencia de los campos de concentración, nazis o soviéticos, y la conclusión fatal de la Segunda Guerra Mundial con la bomba atómica, desvelaron por fin el mito del Estado y pusieron ante el hombre moderno la realidad bestial de la ensoñación. Este acontecimiento, esta toma de conciencia colectiva de la falacia de un mundo  ideal fabricado por el hombre, es lo que pone fin a la Modernidad. “Los tiempos actuales, por miserables que puedan ser, pueden exaltar a quienes aman a la Iglesia y a quienes aman la libertad. La situación histórica con la que se enfrentan está definitivamente clara”, señala Maritain. La época actual es una época de opciones radicales debido a la “claridad” de los acontecimientos. Hay una opción que se nos presenta dramáticamente nítida, y es la alternativa entre la autonomía de la libertad materializada en el Estado Moderno, y la liberación de la Verdad, en cuya obra coopera en el mundo la Iglesia. Es un debate que no tiene solución política y que hoy se presenta, por los cambios históricos, con un aspecto original propio de los nuevos tiempos.

Poder terrenal. Religión y política en Europa. Michael Burleigh

portada-poder-terrenal_medTítulo: Poder terrenal. Religión y política en Europa. De la Revolución Francesa a la Primera Guerra Mundial

Autor: Michael Burleigh

Editorial: Taurus

Año: 2005

Madrid, 600 págs, 24,20 Euros.

por Armando Zerolo Durán. Prof. Ciencia Política Universidad CEU-San Pablo.

Michael Burleigh, historiador e investigador en las Universidades de Oxford y Cardiff y en la London School of Economics, presenta un novedoso análisis histórico del período comprendido entre la Revolución Francesa y la Primera Guerra Mundial.

Contra las tesis materialistas de la escuela historicista dominante, el autor  plantea que el hombre es un ser religioso por naturaleza y que, por tanto, la dialéctica entre religión y política es inevitable, haciendo bueno el resabio popular de que cuando el hombre expulsa la naturaleza por la puerta, esta entra violentamente por la ventana.

La dimensión religiosa, lejos de estar superada, como afirmaban las religiones positivistas del siglo XIX, por ejemplo la comteana, nunca ha dejado de estar presente y lo único que ha ido cambiando han sido los objetos de culto y la concepción de la verdad. Lo más significativo de este hecho no es, para el autor, ni el culto a la razón ilustrada, ni las utopías fanáticas de las nuevas Iglesias positivas, ni tan siquiera las religiones civiles modernas, sino los mal llamados “totalitarismos”.

El término “totalitarismo” hizo fortuna en el medio académico y popular, pero según Burleigh no hace justicia al fenómeno y oculta tras de sí la sibilina intención de no mostrar los rasgos mesiánicos de las ideologías decimonónicas. Lo que realmente conmueve al historiador es ver cómo, llegado un momento, acontece un fenómeno de dimensiones hasta entonces inimaginables, a saber, la aparición de los Estados nacionales con poder para definir el bien y el mal y para pronunciarse sobre los designios de la Humanidad. Son entes políticos nuevos de reconocimiento universal y con pleno poder de acción sobre el destino último del hombre. Esto, tradicionalmente, ha estado en manos de la religión y, por ello, el fin del libro es desvelar el trasfondo religioso de los grandes movimientos que han conmocionado al mundo occidental en los dos últimos siglos.

La parte más interesante del trabajo de Michael Burleigh es, sin duda, el haber recuperado para la ciencia histórica la realidad de que la religión forma parte de la naturaleza humana y que la política no puede sustituir al verdadero Dios. Esto último lo demuestra repasando las atrocidades que se han cometido en los últimos tiempos en nombre de ídolos como la razón, la humanidad, la clase o la raza.

La revisión que hace de nuestro tiempo es espectacular, y no se limita a datos estadísticos, sino que acompaña el análisis de un estudio de los movimientos culturales, el sentir popular, la música, el arte, etc. para reflejar dónde ha ido realizando el hombre en cada momento su sentido religioso. Bajo el esquema clásico de las dos espadas o el trono y el altar, demuestra que quedaban aspectos fundamentales de la esencia humana ignorados y que no es suficiente valorar las luchas de poder para explicar la política.

Realmente destacable es la explicación que hace de los nacionalismos, de los que afirma que serían ininteligibles sin tener en cuenta la religión. Son el resultado de un proceso paralelo de politización de la religión y de sacralización de la política en el que la Nación se convierte en el origen primordial de la soberanía. Afirma Burleigh que “para las minorías de élite nacionalistas la fe patriótica se convirtió, según la profundidad e intensidad de la entrega a la causa, en algo análogo a la pertenencia a una Iglesia alternativa o, en casos extremos, a la adoración de la nación como un dios.” El nacionalismo se destaca como un esfuerzo análogo a la romanización o evangelización cristianas en el que cada Estado desarrolla su propia religión con consecuencias más o menos trágicas según se trate del alemán, francés, belga, italiano o irlandés.

La eficacia de mitos como los del hombre nuevo, la nación salvadora o de las ideologías mesiánicas no sería explicable si no atendiese a la naturaleza religiosa del hombre. El problema se plantea cuando las necesidades de trascendencia y salvación reales de todo hombre se intentan satisfacer de cualquier manera. Entonces, y en el libro queda perfectamente retratado, se produce necesariamente una sangría tanto más brutal cuanto mayor sea el afán de sustituir la verdadera religión. De ahí que las dos grandes religiones políticas del siglo XX, el nazismo y el comunismo, sean las que más muertos tienen en su haber.

Queda pendiente ver lo que habría de llegar después de la Gran Guerra y esperamos con interés la continuación de este magnífico libro que ha conseguido dar una explicación mucho más completa de nuestra época desde el momento que ha captado genialmente que la historia está marcada por el actuar libre del hombre conforme a su naturaleza y no por leyes necesarias.